Capítulo 2

Ethan Madinson abandonó el ascensor con aire triunfal. Mordisqueó victorioso su labio inferior y sonrió solo, allí tras las paredes de lo que sería su despacho. Una elegante y escultural señorita encargada de la recepción empresarial flanqueaba la puerta de pliegues lateral y metalizada que resguardaba su sitio de trabajo como si de una bóveda de valores se tratase. El logo de Muebles M&T estaba impreso en su extensión y a cada costado, como si se tratase de imponentes guardias, yacía una maceta de palmeras Chamaedorea elegans, hermosas y verduzcas distantes ambas, de un mullido sofá rojo que resaltaba el ambiente de fondo blanco impoluto en una paredes extremadamente lisas que reflejaban de forma artística el brillo de luces que posaban sobre ellas. La mobiliaria perfecta y sin detalles hablaba por sí misma del prestigio de lo que se había convertido en la fábrica de muebles de tableros de melamina más grande del continente. Ese sería su primer día como socio y gerente de las dos sucursales entregadas por su padre ante notario. Debía implementar estrategias que mejorasen sus ventas y un sentido innovador que revolucionará su actual rol, especialmente en el norte grande de Chile en donde una gran parte de su principal cartera de clientes la conformaban las empresas mineras de la zona. Consigo traía un proyecto de fabricación de oficinas prefabricadas, listas para instalar con un ensamblaje, entre comillas, liviano, práctico y versátil con la misma línea de decoración interna que Muebles M &T patrocinaba como propia. Traía consigo el objetivo y los publicistas FreeLancer especiales para un boom publicitario. Sus ideas aspiraban sacudir el piso de quien hoy en día era dueña de lo que antes le perteneció a toda su familia. A veces creía que lo hacía por ellos, pero el demonio y seductor interior le gritaba a viva voz que no se mintiese a sí mismo. Lo hacía solo por él y por ella. Por aquella niña hecha mujer que siempre vio, contempló, deseó desde la ventana de una oficina. Era el momento de que el chico de la ventana tomara el toro por los cachos, se demostrase a sí mismo que podía lograr lo que quisiese y demostrarle al mundo que un chico como él siempre pudo haber amado a una chica como ella.

Cuando cruzó la puerta del despacho no pudo evitar ver los cambios en la decoración del edificio. No existe duda de que la empresa se había renovado. Las palmas le impregnaban un estilo natural, ecológico y debía admitir que era algo que irónicamente vendía; el color y diseños, la magia de los muebles nuevos basados, no solo en funcionabilidad sino que, fusionaba perfectamente la ergonomía, modernidad y estética. Los módulos de venta ofrecidos destacaban en un juego cromático de luces de neón y cristales fusionados a los tableros, brillantes y mates, vendían por sí solos cualquier producto que en él estuvieran. No lo podía negar: Abir Abdallah Taylor era todo un artista comercial. Se jactaba de haberla conocido entre sus amistades canadienses, especialmente durante la inauguración de una de las sucursales en la ciudad de Ontario el año pasado, en donde aspiró toparse con ella, pero su visita fue tan breve y su personal de seguridad tan eficiente que no pudo contactarla, a pesar de su sociedad legalmente constituida más no, declarada públicamente, por convenios institucionales. Esa tarde de la inauguración maldijo a uno de sus escoltas quien rechazó su acceso al vestíbulo en donde se encontraba. Maldijo de tal forma que golpeó una de las paredes del recodo del pasillo en donde le tocó aguardar. Pensó en reproche sobre los orígenes del personal de seguridad. Irónicamente supuso que eran iranís.

Vestía un traje de patchwork con un chaleco hermoso de tono gris y bordes negros que resaltaba con sus suntuosas joyas de piedras y plata. ¡Tan sencilla como siempre y tan linda como nunca! En su caballera llevaba unas gafas para el sol de Gucci con el emblema típico del diseñador en un dorado esplendido que sostenía como si de un cintillo se tratase su larga y sedosa cabellera negra. Recordó el contorno de sus labios desde aquella vez que montaban bicicletas a escondidas. Antofagasta quemaba de calor y ambos habían salido al frente, él en la acera, al pie del negocio de su familia y a ella en su acera, frente al humilde portón de su fábrica y venta de muebles. El asfaltado negro estuvo por unos minutos desolados y por lo que era una transitada avenida no circulaba ni un alma. Era un domingo y como siempre ambas familias trabajaban. En un descuido de ambas familias se unieron en juegos. Ethan la había llamado moviendo su cabeza hacia abajo como un inocente niño. Para hacerse entender dijo: «Tengo una bici nueva. ¿Por qué no vienes un ratico?»

A ella le brillaron los ojos. Se lo pensó un rato. Miró un par de veces hacia adentro, al no ver a sus padres cerca se lanzó en carreras hasta donde estaba el niño. Le dijo: ¡Qué bonita tu bici! . Nunca había tenido una hasta tres años después, pero ya era lo suficientemente grande como para verla como un juguete. Esa tarde disfrutaron en secreto de diez minutos como si hubieran subido a una montaña rusa. Ella subía en el asiento trasero, en la parrillera trasera y se aferraba a su cintura regordeta mientras él giraba y giraba de una esquina a otra, temerosos de ser descubiertos. Fue lo más divertido que hicieron en su vida. En la segunda vuelta ella se bajó de golpe, dio un saltito a su lado y sintió como si un ángel le sonriese, se puso de punticas en los pies doblando un tenis rasgado y viejo que trataba de sacudir como si fuesen nuevos. Lucía hermosa a pesar de ser una cenicienta. ¡La vida da vueltas! ¡Vueltas que da la vida! De regreso a la realidad, sonrió y revisó las gavetas de su escritorio. Reconoció que esa niña se había hecho la mujer que hoy en día sacudía cada una de sus entrañas y se moría por besarla, pero esta vez no en su mejilla, sino en sus propios labios. Suspiró y tuvo que reclinarse en el mullido sofá de lo que sería su asiento de oficina para tranquilizar sus nervios. Sacó de su bolsillo el moderno iPhone y le pidió a quien sería su secretaría hacerse cargo de los preparativos para su gran noche. Su atenta empleada tomó nota de sus peticiones, una a una y terminó informándole de su viaje al norte grande de Chile. El avión le aguardaba y debería estar ese mismo día a las siete p.m. en las instalaciones de Muebles M&T en Antofagasta para hacer revisión de entrega y recepción de los bienes y del patrimonio a primera hora del día siguiente en la mañana.

La señorita no estaba al tanto de quien sería su invitada, no obstante se apresuró a informarle que la señorita Abir Abdallah Taylor debía hacer acto de presencia en su entrega y luego se retiraría para una de sus convenciones en el sur de chile. Temuco había sido la tercera sede más cotizada de la empresa, así que debía asistir a un prestigioso evento que llevaba siete meses organizándose.

—¿Qué? No sabía de este viaje a Antofagasta. Comprendo que todo el itinerario tiene que ver con la toma de mando—absortó en sus pensamientos provocó un breve silencio hasta que espetó una posible salida—pero pudiese abordar un avión mañana a primera hora. Coordine eso, señorita.

—Lo siento señor. La señorita Abir Abdallah Taylor ha establecido como impostergable cada una de las etapas de la sucesión de mando.

Frunció el ceño y tuvo que ponerse de pie, mientras daba un par de pasos al ventanal del séptimo piso.

Sus facciones se tensaron y tuvo que pasar un grueso trago al ajustar el nudo de su corbata.

—¿La señorita Abir Abdallah Taylor?

—Sí señor. Ella está a cargo del acto junto con el comité legal y contable.

—¡Vaya! Que sorpresa—la manzana de Adán subió y bajo y tuvo que volver ajustar el nudo de su corbata lo suficiente para no desaliñar su traje.—Perfecto, hágame llegar las reservas de vuelo. Emprenderé viaje hoy mismo. Tal como lo indica la señorita Abir

La secretaria agradeció su consentimiento y se puso manos a la obra.

«Así que te gusta jugar y prefieres nuestro antiguo campo de batalla, Excelente Abir, excelente».

Capítulo 3

Abir Abdallah Taylor acababa de ver cómo su empleada de confianza subía junto con el chófer su equipaje en la cajuela. Ella estaba sentada con las piernas dobladas de medio lado y su traje ejecutivo de pantalón y camisa de algodón para soportar los rigores del verano. Llevaba un sombrero de sol elegante que resaltaba la profundidad del azabache de sus ojos y su tez tersa apenas demostraba un bronceado leve. La nariz perfecta de rasgos europeos exhibía sus orígenes y sus labios contorneados, delgados y con el carmesí más hermoso que el color brillante de los cerezos. Pensaba en lo que le diría y se disponía a hacer lo que siempre quiso desde el último día en que lo había visto. Iba a cumplir quince años cuando recibió la noticia de que su vecino: El chico de la ventana se iba a mudar a Santiago, a la zona Metropolitana. No pudo negar que su corazón se entristeció. Había vivido breves momentos que valoraba mucho más que todas las demás vivencias propias, pero lo que él le había hecho no tenía perdón. Su amigo Fabián le había dicho que Ethan Madinson deseaba verla, pero que sus padres no se lo permitirían. ¡Había caído como una tonta! ¡Como una imbécil! ¡Lo odiaba! ¡Lo odiaba!

***

Fabián era su mejor amigo, él se lo había dicho más de una vez y en la fiesta de su cumpleaños, esa en donde la Vanessa, su hermana le había estropeado su noche. Lo recordaba con rencor. No podía comprender cómo un chico como Ethan la había utilizado para que su amigo hiciese lo que había hecho con ella. ¡Tan Cobarde! ¡Tan miserable! Deseó haberle dicho lo sucedido a su padre para que cobrase su afrenta. Ella no lo merecía. No solo era su vecina. Era su amiga. El Fabián le había hecho llegar sus tontas figuras de papel con sus banales poemas. ¡Qué estúpida había sido al creer todo!

A su regreso, la familia se había mudado y de la ventana solo quedaba polvo, persianas descorridas y restos de cartón de las desahuciadas cajas de embalar.

Ella se detuvo al frente de la fachada. Intentó golpear la puerta metalizada, se venció y empezó a golpetear con los nudillos la cortina metálica que daba acceso al interior de la fábrica de muebles de don Madison Fuller. Una corazonada le hizo creer que algo diferente a todas las tardes había pasado. Su camisa de cuadros y rayas, una de las tantas que solía comprar en las tiendas de artículos usados, estaba desgarrada y lucía desaliñada, a pesar de haberla jaloneado hacia abajo para mejorar el nefasto estado en que había quedado luego de haber sido revolcada en el terreo piso del galpón abandonado de los Madison en la calle trasera a su propiedad. Después de tanto años quiso ver cara a cara al cobarde e imbécil de Ethan. ¿Cómo pudo haberle hecho eso?¿Cómo pudo traicionarla así? Utilizar sus papelitos mensajeros para hacerla ir a un sitio en donde jamás debió ir. ¡No era de un caballero! ¡Lo detestó! Quería verlo en persona y golpearlo tanto como había golpeado al idiota de su amigo. Fabián tendría que visitar al odontólogo después de lo ocurrido y esperaba que el trozo de madera con que lo golpeó le hubiese roto el labio para toda la vida y aspiraba a que el mordisco en su oreja dejase huellas. Se resignó a la monotonía de la persiana. Se sacudió las palmas de su mano en la tela jeans que cubría los muslos de sus piernas, se sonó la nariz y sin disimulo alguno limpió la humedad de sus fosas nasales con el cuello ajeado de su camisa. Con el dorso de una mano se secó las lágrimas de los ojos. Respiró profundo y dio vuelta cuidando de no ser arrollada. Terminar bajo los neumáticos de un auto era lo que le faltaba para aderezar la tortilla de desastres y humillaciones en que se había convertido su vida.

Desde esa tarde no volvió a saber más nada de quien hasta esa mañana consideró su amigo. Los vecinos del barrio comentaban las razones de su mudanza a la zona metropolitana. Adjudicaban el crecimiento de la empresa en la capital. Ella lloró. Lloró al sentirse traicionada y vendida como una esclava de la época de la colonia. Su amigo quiso tomar lo más valioso que una mujer digna y respetuosa de sí misma puede guardar con tesón. Osó a tocar sus labios y no le bastó la vida para lo que había recibido y lo que prometió le haría llegar. En un principio estuvo tan abatida que no deseaba salir a las afueras, ver a sus padres se convirtió en el reto más difícil de su vida, simplemente porque le habría ocurrido una tragedia que se pudo evitar si ella hubiese obedecido sus reglas. ¿Acaso su padre no le había advertido salir fuera de casa sin permiso? ¡No podía salir sola a ningún lugar! En la calle se corren muchos peligros…Ella lo había comprobado.

Años después era dueña de casi toda su empresa y aunque la de su padre era muy buena comercialmente, ella solo deseaba la de ese chico: el de la ventana. Quería apoderarse de su empresa y poder verlo algún día, cara a cara.

Al Fabián lo había encontrado años atrás y aunque quiso bofetearlo ella misma, no lo hizo. No pretendía partirse una uña con esa basura. Le basto pedirle a uno de sus escoltas que lo hiciera y éste lo cumplió al pie de la letra y cuando alcanzó lo que deseó salió de su auto mostrando sus esbeltas y largas piernas resguardadas de la minifalda más tentadora del mundo, le sonrió.

—Así deseaba verte Fabián. Esto que te sirva de lección para que jamás en tu vida quieras tomar lo que no te pertenece—dio un paso hacia él quien se doblaba en el pavimento teñido del carmesí líquido que resbalaba de sus barbillas gracias a los puñetazos de su escolta. Lo tomó de una oreja sin extraerle un quejido y lo escupió en la cara—Vámonos de aquí. —y lo lanzó con todas sus energías al piso—Esto no luce nada bien.

Así que no se imaginó pidiéndole a uno de sus escoltas que hiciera lo mismo con Ethan porque precisamente con él la química hacía estragos con sus composiciones internas y el solo verlo le hacía sentir esas maripositas que revoloteaban en su estomago desde niña. No entendía por qué. Así que deseaba averiguarlo. Quizá resultaba buena idea cenar en su townhouse en Santiago y partir a primera hora camino a Antofagasta en su compañía, después de todo podía tomar el vuelo que desease con solo una llamada telefónica, pero no quería alterar su programación.

Su secretaria la llamó por teléfono para informarle la decisión del caballero Ethan de apegarse a las reglas aunque lamentaba no poder verla esa noche en la ansiada cena.

Ethan Madinson marcó unas seis o siete veces a su número personal que por políticas de comunicación de la empresa debería tener, pero en ningún momento fue capaz de aceptar la llamada, cosa que lo hizo exacerbarse.

— ¡Niña boba! ¡Sí! Sigues siendo la niña boba de antes, la que solo sale para reuniones escolares ¿ahora solo sale a reuniones laborales? ¿En qué has cambiado Abir Abdallah Taylor? —Cerró los ojos deseando poder tenerla cerca. Deseaba abrazarla, besar y besar hasta la saciedad esos labios de cereza con los que tanto soñó. Su entrepierna sufrió una hincada y de solo pensarla volvió a sentir una rigidez que tuvo que saciar con una gaseosa bien fría, mientras contemplaba el cielo aún con la luz vespertina.

***

A la mañana siguiente, ambos se encontraron en el aeropuerto de Santiago en la puerta de abordaje a sus asientos preferenciales. Esta vez estarían muy cercas. Asientos contiguos en una cabina desde donde ninguno debería tratar temas personales según lo había expresado con claridad la señorita Abir Abdallah Taylor al abordar junto a él.

En asientos continuos de la fila opuesta estaba sentado él, quien buscaba doblar su pierna de la mejor manera para así poder visualizarla en su asiento. Llevaba un vestido rosa bastante ceñido al cuerpo y un cinturón precioso con lazos de cuero sintético, sus lentes, esta vez de carey. Su calzado de punta fue a dar bajo el asiento en un momento de sus merecidos descansos. Él veía como tanteaba el piso bajo su asiento en busca del cotizado calzado y se sonría divertido al darse cuenta de lo complicado que se le estaba volviendo el asunto a la hermosa dama.

Hace rato que habían despegado, los asientos estaban reclinados en posición de descanso y algunos habían optado por ir al diminuto baño en los costados extremos de los pasillos. Ethan desabrochó su cinturón y se puso de pie para, de cuclillas, buscar y recoger el elegante calzado de Abir. Boquiabierta no tuvo tiempo de protestar e impedir que tomase su zapato del compartimiento inferior de su asiento y lo pusiese en el pie correspondiente. El calor de la yema de sus dedos traspaso la panty de su media color piel y ella apenas vio prudente reclinarse sobre su asiento encogiendo a la medida posible sus piernas a un costado. Sus mejillas se arrebolaron al instante y esto le hizo sonreír tal como lo hacía cuando niño. Sus ojitos negros brillaron en medio de las facciones maduras del hombre en que se había convertido.

Ella murmuró un « Merci beaucoup », que rememoró en él las viejas cartas y poemas de amor que ella descifraba al instante gracias a las lecciones incesantes de su madre. « De rien », contestó en baja voz y regresó a su asiento. Desde allí, una aeromoza se acercó y le ofreció licores. Sin titubear se inclinó por un oporto y ella por un jugo de manzanas que fue servido en una copa que permitía ver a trasluz el ámbar delicioso del líquido dulce que mojaba sus labios. Ella se dio la vuelta con copa en mano y se dedicó a ver el contorno de las nubes a su paso. Las alas del avión le hicieron rememorar su vida llena de necesidades, de privaciones. Pero se lo había prometido a sí misma. «Seré poderosa, grande, magnate. Nadie volverá a ver a Abir Abdallah Taylor, pequeña e insignificante». A Fabián le había pasado factura con creces. Un par de golpizas y un secuestro exprés, sin más daño causado que el robo y destrucción de su camioneta importada. ¿En qué se había convertido ella? No lo quiso saber. Se resignó a creer que simplemente se defendía. Defendía a la niña que fue. Solo eso. Se sorprendía de sí misma al recapitular los hechos y la manera en que había aceptado las indicaciones de su guardaespaldas, no objetó ninguna con excepción de la privativa de vida. No era una asesina. Solo deseaba saldar cuentas. No auto flagelarse por la eternidad. Ahora estaba allí, en el mismo avión con Ethan Madison, el amigo que había enviado a Fabián para tomar lo que nunca pudo él tomar por los caminos de la dulzura. Lo detestaba, pero cuando se inclinó y tomó su pie entre sus manos para calzar ese impertinente zapato su mente estalló y su estómago hizo vueltas. ¡No se lo iba a permitir!

Al arribar el vuelo y tras seguir las recomendaciones para el aterrizaje, y luego para descender Ethan intentó seguirla, pero fue inútil sus intentos por asistirla. Ella cerró los ojos por un momento y debió lamentar haber prescindido de su personal de seguridad. Fue una mala elección.

La rampa temporal los condujo hasta la salida, una vez afuera comenzó el retiro de equipaje.

Ethan volvió a insistir y está vez acertó en tomar primero que ella su valija de la banda transportadora. La bajó y la hizo a un lado de la suya.

—Permítame ayudarle. Una mujer tan bella y delicada como usted no debería llevar carga encima.

—Es usted muy amable caballero, pero…

—Basta, Abir. Deja por favor las formalidades que no van con nosotros. Fuimos amigos, vecino y ahora socios... quizá podamos llegar a ser algo más que eso.—terminó susurrando.

De nuevo se ruborizó y para disimular su estado de shock ante sus insinuaciones peinó con sus dedos su cabellera repleta de bucles y mechas rojizas que la hacían ver aún más joven. Puso sus lentes de Carey sobre su cabellera como si fuese un cintillo, tal y como lo hizo con el Gucci la primera vez que la vio. Al parecer era su estilo y le encantaba. Sus almendrados ojos y su nariz perfilada le brindaban aires de diosa que lo enloquecía.

—Ya le dije que no quería alusiones personales de ningún tipo. Nos veremos mañana en la sala de juntas.

—Le pedí a mi secretaria hospedarme en su mismo hotel, así que no tengo inconveniente en acompañarla.

Boquiabierta giró la vista a un lado inquieta y miró de un lado a otro como quien busca a alguien.

—No se preocupe. Espero a alguien. A mi anfitrión.

—Entiendo, pero mis normas de cortesía no me permiten abandonar a una dama sola en medio de un aeropuerto, así que esperaré hasta que esa persona llegué a buscarte.

—No se preocupe—puso la mano en el colgador del equipaje, pero él la retuvo entre la suya.

—Abir, tus manos siguen siendo de algodón—sus ojos se clavaron en ella y sin proponérselo se contraían y se dilataban como las de un felino mientras su manzana de Adán subía y bajaba, tras el nudo de una corbata gris.

—¿Por qué me niegas un minuto de tu compañía Abir?

—¿Por qué? ¿Preguntas, por qué?

—No entiendo, por supuesto qué pregunto por qué. No sé qué intentas decirme

—Por favor, no quiero hablar contigo.

—Quiero besarte. Sí, me muero por besarte Abir.

—¡Maldito seas! No pudiste hacerlo cuando eras un niño y por esa razón mandaste a tu amigo para que me tomara a las fuerzas. ¡Canalla!—en ese punto de la conversación su voz se hizo bastante audible e hizo que la perplejidad lo descompusiera por completo. Con una mano en el bolsillo y la otra frotando su mentón lampiño quiso calmar su estado de exaltación antes de que funcionarios de seguridad recurrieran a ella.

—Espera, no entiendo. ¿Qué yo mande a quién a qué?

—Claro, es más fácil hacerte el imbécil. Fabián me dijo que tú le habías dicho que quería ser besada por él y muy bastardo me maltrato en su intento. Me golpeó…

Ethan Madinson empalideció y tuvo que sentarse en los asientos de alrededor porque sus piernas masculinas y robustas parecían quebrantarse. Estupefacto evaluó su rostro e imaginó lo peor de la escena que le contaba. Recordó a su amigo diciéndole que nadie se había comido esa manzana. ¿Cómo iba a comérsela él? Y lo maldijo en baja voz cerrando los puños sobre sus rodillas. Abir también quebrantó en ese punto de la conversación, así que se sentó con sus piernas dobladas de medio lado. Sus manos entretejieron sus dedos sobre las rodillas cubiertas de nylon de sus medias color piel. No pudo mantenerse firme como imaginó lo haría. Él y su recuerdo la debilitaba. Su aroma la enloquecía.

—Nunca envié a Fabián a buscarte y jamás, pero jamás haría algo así y mucho menos contigo Abir…Dime qué tanto daño te hizo Fabián. Dímelo por favor.

—No soy una debilucha como quizá creían. Le mordí las orejas—Comprendió entonces la marca en su oreja izquierda— nos revolcamos en el piso, pero no le permití hacer lo que quería. Primero lo mataba.

—¡Por Dios, Abir, eras una joven. Éramos jovenes!¿Cómo pudo Fabián hacerte eso? Usar mi nombre para llegar a ti… ¡Desgraciado!

—¿Sabes? ya no importa. Nunca planifiqué decírtelo. No es Fácil hacerlo. Me guardé el secreto por mucho tiempo.

—Intentó violarte— espetó.

—Ya te dije que no deje que hiciera lo que quería.

—Pero te marcó. ¡Por Dios Santo, todos estos años estuviste marcada, herida y no dijiste nada? ¿Por qué no me buscaste? Debiste contarme, se habría aclarado todo.

—Tu madre es una víbora. Tiempo después entendí que ella y Fabián estaban de acuerdo. Por esa razón ustedes se mudaron esa misma tarde. Solo quiso distraerme para que ni tú ni yo nos viéramos de nuevo.

—¡Oh por Dios Abir, no lo sabía, nunca lo hubiese imaginado, lo siento. Lo siento mucho!

—Limítate a lo laboral. La empresa la compré para vengarme de tu madre, más que de ti mismo.

—Pero Abir, soy inocente. Una víctima igual que tú. Deberíamos entendernos, darnos tiempo y llegar a nuevos acuerdos.

—El único acuerdo al que quiero llegar es a la compra de tus acciones. Todas. Quiero el cien por ciento de la empresa.—dijo con determinación.

—¿Abir? Estoy molesto con lo que mi madre pudo haber hecho, pero no puedo hacerle eso a mi familia.

— Entonces limítese a temas de sociedad Don Ethan Madisson.

Tomó su maleta, arrancó una de sus lágrimas con el dorso de la mano y dándose media vuelta se puso en marcha.

Él se quedó inmutable junto a las sillas de espera. Inconsciente de lo que estaba pasando. Triste por las vivencias que en su nombre su mejor amigo le había hecho pasar. Se sentó despacio, apoyó sus codos en sus rodillas y con sus palmas tapó su rostro mientras lloraba.

Se repuso a prisa al  sentir su presencia. Abir no se marchó. No pudo. Dio vuelta  a su equipaje y tomó asiento, de nuevo, junto a él.

—Quiero creerte.

—No tuve nada que ver con lo que hizo Fabián ese…¡Maldito!

—De nada sirve maldecir. Yo cobré mi deuda…Créeme: me faltas tú.

—Pretendes saldar mi deuda injustamente. Hazlo. No me importan las acciones de la empresa. Tengo mis propios negocios, bien lo has dicho antes. Pero debes permitirme demostrar mi inocencia.

—¿Cómo?

—¿Salgamos hoy? Te invito a nuestra primera cita.

—No soy una estúpida para caer en tus trampas.

—No soy un villano, Abir. ¿Qué te parece el vestíbulo del hotel?

—¿El vestíbulo? Tiene una vista maravillosa.

—La piscina frente al mar, además una cocina gourmet especial. Te invitó mi platillo preferido.

—¿Brochetas de pollo? —recordó en voz alta en medio de una mirada impregnada de la gracia suficiente para arrancar de sus labios una tímida sonrisa en medio de sus tribulaciones.

—No, Abir. Es un plato más sofisticado.

—¿Y con qué frecuencia visitas el hotel Antofagasta? —quiso saber en medio de un escenario de picardía.

—¿De verdad, deseas saberlo?

—Perdón, no debí preguntar

Sus mejillas se sonrojaron en medio de su mirada gacha. Suspicaz tomó de nuevo su equipaje, pero Ethan Madinson estaba allí con su mano a milímetros de la suya, respirando sobre ella, inhalando su cercanía y deseando estrecharla entre sus brazos sin atreverse a completar la acción más fugaz de toda su vida. Ambos parpadearon hasta que la suavidad del dorso de la masculina mano acarició el pómulo tibio de su amiga. Un mechón de sus hebras recién pintadas brilló sobre el mentón y terminó enroscado entre su dedo índice.

—Te ha quedado de maravillas el nuevo look, Abir. Me encanta.

Arrebolada, convertida de la forma más inusual en un manojo de nervios se alejó de quien fuese su mejor amigo.

—Tu cabello castaño también te lo has retocado.

Una sonora carcajada la contagió.

—¿Yo? ¡Por Dios Abir! ¿Te imaginas? Yo sentado en un salón de belleza tinturándome la cabellera.

—Entonces, debo decirte que está perfecta, pero ya estuvo bien. Tantos halagos nos va a volver bobos. Retomemos, ¿en dónde habíamos quedado?

—En que tú y yo nos iríamos juntos al hotel y nos sentaríamos en el vestíbulo con un par de tazas de café y una deliciosa cena para dos.

—Bien… vamos.

—Espera. ¿no esperabas a alguien?

—¿No puedo tener mentiras blancas? Ambas se sonrieron.

Ethan llevó su equipaje sobre el de Abir de una mano y con la otra, tomó posesión de su blanca mano de algodón. No deseaba soltarla.

De camino al hotel Antofagasta la incertidumbre reinaba entre ambos. Ella no podía mantener la compostura y Ethan parecía intimidarla. Él condujo un Mercedes Benz contratado por su nueva secretaria mientras Abir se dedicó a aplicar polvo facial en su rostro.

—No necesitas maquillarte Abir.

—¿Acaso es porque te he espantado antes?

—Al contrario… luces tal cual te recuerdo. Hermosa como una muñeca.

—¡Oh por Dios Ethan! No sigas con tantos halagos. No pienso ceder a tus deseos.

—Hablas como si fuera un villano. Anda, dime… ¿a qué deseos te refieres?

De inmediato enmudeció. Llevaba el cinturón de seguridad puesto y sirvió de testigo ante la presión de su cuerpo cuando se inclinó hacia ella bordeándola con uno de sus robustos brazos. Apenas subían y bajaban nerviosas sus pupilas en medio de una suave transpiración y la caricia del aliento de sus bocas sobre los labios uno del otro.

—¿Acaso sabes cuáles son mis deseos Abir Abdallah Taylor?

Evasiva frunció el rostro, no pudo evitar empinar sus labios sonrosados y temblorosos.

—Si continúa seduciéndome desistiré de charlar contigo en el vestíbulo.

Se lamió los labios en medio de una bocana de aire tibio cargado de lujuria antes de retomar su posición para conducir. Abrochó su cinturón de seguridad para terminar aferrado al cuero del volante. —¿Por qué tus padres no vinieron contigo?

—Ellos tienen su propia vida al igual que mi persona. Debo construir mis propias sendas. También hiciste lo mismo.

—En mi caso, me liberé del yugo familiar hasta que mi padre me pidió hacerme cargo de sus acciones en M& T Muebles.

El motor emitió un ruido que hizo que frunciera el ceño, pero constató el orden de todas las piezas al observar los relojes del tablero.

—¿Entonces, no pediste las acciones?

—No las necesito Abir, más que para verte a ti. Solo para ello.

—¡Que abusador Ethan! — sonrió.

—Dime abusador, cuando te demuestre mis formas abusivas de amar.

De nuevo evadió su mirada y volvió acariciar ese bendito mechón de su cabellera, esta vez sobre su ojo derecho.

—¿Amaste a la Hillary?

—¡Vaya, amiguita!, me alegra que lo preguntes, pero… No. Nada que ver. Hillary se hizo doctora en medicina infantil y se fue a prestar servicios a Yemen, según escuché…Nunca fue mi tipo.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—Por favor, Abir. Dime todo. ¿A quién amaste?

Iba a decir que a él, pero algo en ella se lo impidió, así que apenas una bocanada de aire salió de su boca, mientras buscó la forma de contener la respiración.

De repente el ruido de los neumáticos contra la leve inclinación de la rampa que los condujo hasta el estacionamiento les hizo volver a la razón.

—Hemos llegado—enfatizó con el brillo del deseo en sus ojos. Estaba sediento de ella y no sabía por cuánto tiempo pudiese abstenerse de su bebida preferida. Por un momento cerró los ojos y se vio con ella en su habitación. Tímida como siempre; dulce, tierna, hermosa, con los labios entreabiertos en espera de ser besada. ¡Maldita sea, la deseaba con todas las fuerzas y el deseo dolía de forma inclemente!

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