Capítulo 2

Ha sido mucha información la que he tenido que procesar en los últimos días. Es verdad cuando dicen que siempre se puede esperar lo peor de todo. Ha sido una bomba atómica la que ha explotado sobre nosotros desde esa noche. Ahora somos nosotros los que huimos de una persona que debería de estar huyendo.

Si esto pudiera compararse con una guerra, definitivamente nosotros estábamos perdiendo. Lo estábamos haciendo de una manera dolorosa y agonizante en la que queríamos cobrar venganza y al mismo tiempo dejar todo en paz antes de que intentaran de nuevo arrebatarnos a alguien.

—No podemos volver —me dijo William sabiendo que eso no ayudaba a calmar mi miedo.

Semanas antes había dejado la ciudad después de saber del peligro que habitaba de nuevo en nuestras vidas. Había tenido que dejarlo todo incluso a mi hija en manos de personas que siquiera conocía del todo. Un día antes de lo ocurrido regresé a Nueva York por mi hija y esa misma noche en la que la desgracia pasó tuve que huir con William de la ciudad. Llevar a Eliza conmigo no era opción, no podía ponerla en peligro. Dejarla con Thiago tampoco era lo más sensato, no si nos había quedado bastante claro que estábamos siendo vigilados.

—Necesito ir por mi hija —dije negando, absteniéndome de escuchar las advertencias de William.

—Eliza está en buenas manos —trató de tranquilizarme.

Clavé mis uñas en la piel de mis muñecas en una manera de encontrar tranquilizarme. Todo estaba yendo mal, la muerte nos había llegado por medio de una persona. Era la advertencia a que solo era el comienzo, aunque no habíamos creído que sería por medio de él.

—¿Qué hay de Valet? —quise saber mirando a William.

Valet. Valet había tenido que sufrir aquel infierno más que nadie. Había tenido que soportar ese dolor presenciando ella misma el momento y la consecuencia después de eso. Me pregunté como se encontraría en estos momentos. Si la calma y la paciencia estaban de su lado ahora que más lo necesitaba. Sobre todo ahora que tenía que mantenerse fuerte.

—Me he encargado de ella. Sabe qué es lo que tiene que hacer —contestó William a mi duda—. Le dije a Nathaniel que la protegería si él no podía hacerlo, y pienso cumplir con esa voluntad suya.

Nathaniel. Escuchar su nombre me hizo reaccionar y volver a recordar la terrible realidad. Cuando me enteré no lo pude creer y ahora ante el recuerdo era difícil aguantar las lágrimas.

Jamás hubiese pensado que pasaría aquello. Pensar que todo estaría bien no había sido suficiente. Nada estaba bien por más que William tratase de encontrar una forma de hacérmelo entender o sentir. Todos estábamos cargando con un miedo y terror, pero sobre todo había una persona que cargaba con un duelo mucho más que nadie.

—¿Cuánto tiempo tenemos que quedarnos aquí? —pregunté a William mirándolo.

Nos encontrábamos en Pensilvania. Una casa en el campo donde era difícilmente ser localizada a menos que supieses el camino de memoria, había dicho William. Teníamos que esperar a que Sebastian Bachelor fuese capturado, pero sabía que no podíamos quedarnos aquí por mucho tiempo. No podíamos quedarnos aquí y simplemente esperar. Eliza estaba al cuidado de unos conocidos de William, Thiago en cualquier momento se preguntaría por qué estoy fuera de la ciudad por mucho tiempo y querrá ver a su hija.

Las cosas no podían acomodarse ni un poco. Cualquier opción que tuviéramos planeada era un riesgo.

Todos estábamos escapando. Todos estábamos huyendo. Nos habían hecho ver que no podíamos ganar y ahora solamente nos quedaba esperar.

—El suficiente para asegurarnos de que estamos a salvo —contestó William cuando casi había olvidado que le había preguntado algo.

Lo miré por un momento después mirando el fuego en la chimenea, escuchando el crujido de la leña conforme esta se quemaba con el fuego ardiendo manteniendo la casa cálida por el frío afuera. Quise hacer una mueca, pero solamente cerré los ojos.

—Nunca lo estaremos —pronuncié en voz baja quizá sonando algo pesimista—. Primero fue mi padre, luego Nathaniel —alcé la mirada hacia William quien estaba del otro lado de la sala y no pude ocultar el dolor en mis palabras sintiendo que se quebraría mi voz—. Nos están cazando como siervos y esta vez es sin piedad.

Alcé el mentón con dolor ante mis palabras porque sabía que era lo que pasaría. Era cuestión de tiempo para darse cuenta de que el próximo ataque podría ser a cualquiera de nosotros.

Volví a mirar a la chimenea cruzándome de brazos, concentrándome en las llamas de fuego anaranjadas. Preparándome mentalmente para lo que se podría venir. Sintiendo el dolor y desesperación de no poder tener a mi hija conmigo en esos momentos. No poder hacer más para protegerla. Solo quería que ella estuviera a salvo, no importaba si la próxima persona en ser el blanco de Sebastian era yo, solamente quería que Eliza estuviera bien.

Pensando en ella las lágrimas brotaron de mis ojos en silencio, sintiendo el sollozo atascarse en mi garganta.

—Jessica —me llamó William y lo miré sin importar que mirase la evidencia de mi dolor y miedo.

Se miraba nervioso, preocupado y ansioso por primera vez desde que habíamos huido de la ciudad, pues antes se había mostrado sereno y calmado. ¿Acaso mis palabras le habían causado el miedo que naturalmente debía de sentir?

—¿Sí? —contesté sin moverme esperando a que dijera lo que tenía que decir.

Me miró por un largo tiempo y me pareció extraño porque había duda en sus ojos. Finalmente alzó el mentón tomando aire por la nariz y después soltándolo por ahí mismo sin dejar de mirarme cuando dio un paso hacia el frente.

—Hay algo que tienes que saber.

Capítulo 3

Me había costado acostumbrarme al cambio de horario, pero me las arreglaba para despertar a la hora en que necesitaba hacerlo para asegurarme de que todo marchara bien. Despertaba un poco antes del amanecer, así podía salir de la habitación e ir directo al balcón y tener unos minutos para recuperarme de todas las pesadillas que me asechaban por la noche.

Se había convertido en una rutina, una en la que cada día deseaba que pudiese cambiar al menos un poco. Pero no lo hacía.

Después de mirar el sol salir a lo lejos en los cerros, volvía a entrar a la habitación y abría las cortinas para que la luz iluminara el espacio. Me acercaba a la pequeña cocineta que yacía ahí y calentaba agua para poder preparar el té. Se había vuelto tan rutinario en las últimas dos semanas que parecía un robot haciendo todo en automático.

Y mientras me encargaba de seguir la rutina, los recuerdos volvían a invadir mi mente.

<< Me sentía prisionera dentro de estas cuatro paredes. Me habían tenido lejos de todo por cinco días. Siquiera sabía con exactitud el lugar donde me encontraba, había pasado todo el camino llorando que no me enfoqué en mirar a donde me llevaba aquel hombre esa noche que se convirtió en mi nueva pesadilla.

A lo que había escuchado al hombre hablar por teléfono, habíamos salido de Manhattan. Creo que estábamos en el distrito de Queens, en un edificio descuidado dentro de un apartamento de tamaño reducido donde me habían hecho quedarme por cinco días.

No me dejaban salir. El hombre no dejaba de vigilarme cada que pudiese hacerlo. No contestaba tampoco a mis preguntas y yo estaba muriendo por dentro sin saber absolutamente nada de Nathaniel ni lo que se suponía que estaban haciendo conmigo. Me daba de comer, pero me rehusaba a hacerlo. No tenía apetito y en lugar de eso el no saber nada de Nate me daba nauseas haciéndome vomitar en muchas ocasiones por el esfuerzo de mi llanto.

Había durado dos días sin ducharme simplemente porque mis nervios y ansias me habían hecho olvidar por completo mi cuidado personal. Hasta el tercer día recibí ropa cómoda, en realidad era una sudadera deportiva y unos pantalones holgados que aquel hombre con nombre desconocido me dio. Pude tomar una ducha, pero podría jurar que había durado quizá una hora debajo del agua.

Me sentía insegura. Estaba en un apartamento sola con un hombre que no conocía y aunque sabía que era alguien de seguridad profesional, temía. Me rehusaba a estar cerca de él y pude notar conforme pasaban los días en como él lo notó.

Había una cama en la esquina de la habitación y yo dormía ahí, si se podía decir de esa manera porque a lo mucho lograba conciliar el sueño solamente por tres horas, el insomnio había vuelto a hacerme compañía por las noches. El hombre se quedaba fuera de la habitación, al parecer durmiendo en un sofá si es que dormía porque a lo que había escuchado necesitaba estar las veinticuatro horas vigilando.

Al séptimo día escuché una voz femenina en el apartamento y de inmediato fui capaz de levantarme de la cama con las pocas fuerzas que tenía para poder acercarme a la puerta y escuchar mejor la conversación.

—Encárgate de ella, se sentirá más segura —escuché al hombre decir.

—De acuerdo, ¿ya ha comido algo? —preguntó una voz delicada.

—No ha querido hacerlo bien, quizá puedas convencerla y tranquilizarla —explicó el hombre.

—Seguro has sido duro con ella, Rob. Tienes que entender —enunció la chica.

Hubo un silencio y entonces unas pisadas fuertes.

—Ella es nuestro blanco para capturar a Sebastian Bachelor, necesitamos tenerla de nuestro lado por ahora para que él venga a nosotros —dijo con crudeza—. Mantén tu radio activo para cualquier cosa. No dudes en informar cualquier detalle sospechoso que notes —ordenó el hombre que al parecer tenía por nombre Rob—. Y no menciones nada sobre Vaughan, no creo que sea momento de hablar de aquel tema con ella.

—Pero, Rob, no creo que el tenerla en la duda sea… —reclamó la chica.

—Yo soy el encargado de esta misión y yo decido cómo manejar las cosas. Ocúpate de tu cargo, Klaine —de pronto la voz del hombre se uso demandante y firme.

—De acuerdo —aceptó la chica.

Las fuertes pisadas de nuevo se escucharon y desaparecieron cuando una puerta se cerró. Tragué saliva y retrocedí en silencio para no ser escuchada pero casi tropiezo al chocar con la pequeña mesa que yacía ahí en el centro de la habitación. En automático me giré para verificar que nada hubiese caído de esta y entonces dos suaves golpes en la puerta se escucharon poniéndome nerviosa.

—¿Se puede? —escuché la voz de la chica del otro lado de la puerta.

Mi mirada se quedó fija en la puerta, por un momento dudando en si dar el permiso o no a que entrara.

—A-adelante —tartamudeé y me sentí inútil por eso.

La puerta se abrió lentamente dejándome ver a una chica rubia de complexión delgada. Iba vestida con unos pantalones negros, una blusa roja y una chaqueta de cuero del mismo color que la de sus pantalones. Era hermosa, sus facciones eran finas y me sorprendió pensar que era parte de un equipo profesional de seguridad.

—Con permiso —dijo con educación dedicándome una sonrisa mientras se adentraba a la habitación.

Me miró por unos segundos, fue una mirada humilde y bondadosa y una parte de mí me dijo que podía confiar en ella.

—¿Eres mi nueva guardaespaldas? —indagué con mis manos aferradas a la mesita detrás de mí.

La chica abrió los ojos sorprendida y después soltó una carcajada negando y llevándose una mano al abdomen.

—Oh claro que no. No soy ninguna guardaespaldas —explicó con una sonrisa y se acercó a mí—. Soy Annabeth, un gusto —se presentó extendiendo su brazo hacia mí.

La miré por unos segundos, después bajé mi mirada a su mano y apreté mi boca.

—Valet —dije sin tomar su mano.

A la rubia no pareció molestarle el que no aceptara su estrechamiento de mano, sino que sonrió dejando caer su brazo a la par de su cuerpo.

—Lo sé —sonrió cruzándose de brazos—. Sé quién eres.

Hice una mueca sin saber si eso era buena o malo. Asentí sin saber tampoco que decir y miré a otro lado sintiéndome un poco incómoda.

—Rob me ha dicho que no has comido bien —confesó la rubia y de reojo pude ver como buscaba mi mirada.

—No tengo apetito —expliqué dándome la vuelta y yendo cerca de la cama donde a lado había otra mesita—. El… hombre que me trajo aquí —alcé la mirada para mirar a la rubia, Annabeth—. Él fue quien me sacó del tiroteo, me trajo aquí y no me dijo ni siquiera por qué. No ha contestado a mis preguntas ni me ha dicho nada sobre… —me callé sintiendo la boca seca—. Hay un chico, los ayudó a atrapar a los Bachelor y ha sido herido en el tiroteo y…

La chica asintió.

—Nathaniel —dijo su nombre y escuchar ese nombre en voz alta casi me hace temblar.

Asentí esta vez yo.

—No sé nada de él, el hombre no me quiso decir nada y creo que merezco saber al menos si está bien porque esa noche yo vi en las camillas de las ambulancias…

El nudo en la garganta no me permitió seguir hablando. Tuve que mirar a otro lado para que mis lágrimas no fuesen completamente visibles ante la chica frente a mí porque no la conocía y me había cansado de llorar frente a desconocidos.

Parecieron pasar unos segundos cuando ella se acercó un poco más al centro de la habitación.

—Estás aquí para poder protegerte, Valet —explicó Annabeth.

La miré con el ceño fruncido.

—Tu jefe pareció haber dicho que era una especie de carnada para atrapar a Sebastian —alcé mi mentón.

Los ojos color miel de la chica me miraron, hizo una mueca apenada mientras se encogía de hombros.

—Rob a veces habla sin pensar. Es bastante duro cuando está estresado y tiene mucha carga sobre sus hombros —trató de justificar la chica, pero no me sirvió de nada.

—¿Cuándo podré salir de aquí?

La chica alzó una ceja.

—¿Quieres salir de aquí con Sebastian Bachelor suelto? —me preguntó y detesté que hiciera esa pregunta.

Miré hacia otro lado evitando su mirada por otro momento.

—Tú tampoco me dirás nada sobre él, ¿verdad? —pregunté sin mirar, pero no era una pregunta del todo. Era una afirmación.

Cuando la miré hacer una mueca supe que no me equivocaba, quise llorar de nuevo, pero esta vez me metí al baño y me encerré ahí para no seguir con aquella conversación. Sin importar si había sido grosera al simplemente dejarle ahí sin decir nada.

Estaba sola, con personas totalmente desconocidas que se suponía que me tendrían que brindar aquella sensación de seguridad, pero no era así. Mi cabeza no dejaba de dar vueltas. Necesitaba saber si aquella camilla cubierta con una manta era donde Nathaniel había estado. Necesitaba saber si Nate estaba bien. Necesitaba saber si Nathaniel había sobrevivido para cumplirle ese mañana que me dijo que quería a mi lado.

Pero no tenía respuesta. No me decían absolutamente nada de él, y entonces después de horas llegué a la teoría de que probablemente no lo hacían porque temían a que escapara. Temían a que fuese hasta donde estaba él.

Vivo o muerto. >>

Respiré hondo cerrando los ojos queriendo olvidar esos días. No necesitaba recordar el delirio que sufrí durante ese tiempo, no ahora. Tenía que mantenerme fuerte. No podía permitirme derrumbarme. Aquellos días en la duda e incertidumbre fueron un infierno. Sentía que me habían desconectado por completo del mundo y más sin saber nada de él.

Pero luego cuando lo supe…

<< —Perdió mucha sangre, ha entrado en un shock postraumático y no ha despertado desde la operación…

Las palabras pronunciadas por el doctor fueron un eco en mi cabeza, poco a poco dejé de escuchar comenzando a sentir que todo a mi alrededor daba vueltas. Miré el suelo y sentí que este se movió y yo me moví con este. Algo detuvo el impacto tomándome fuerte por la cintura.

—Valet —escuché la voz de mi mejor amigo decir a mi lado—. Tranquila, Val. Respira —me pidió Thiago mientras yo sentía que la vista se me nublaba.

—Estará bien… —dije para convencerme a mí misma—. Lo estará, ¿verdad? —pregunté tratando de enfocar mi mirada en el doctor.

El hombre frente a mí apretó la boca, juntó sus manos y alzó el mentón.

—No puedo asegurarle eso —aseguró con crudeza y sentí algo ahogarse en mi garganta.

El brazo de Thiago me apretó y yo sentí nauseas.

—Oh Dios… >>

De solo recordar el momento las náuseas vuelven a azotar en mi estómago. Tengo que respirar profundo y cerrar los ojos para borrar todo recuerdo junto a la sensación provocada en mi estómago.

Después de haber estado cautiva en aquel apartamento junto a la rubia, se dieron por vencidos en mantenerme como carnada, así que me dejaron volver a la ciudad claro manteniendo la seguridad detrás de mí a cualquier hora en caso de que Sebastian apareciera.

Lo primero que hice fue ir al hospital. Jessica fue quien me dijo donde había estado Nate. Estaba solo, ella y William habían salido de la ciudad por seguridad y habían escondido a Eliza con unas personas para sacarla del camino del riesgo. En el hospital al principio no querían decirme nada sobre Nate, no era familiar por lo tanto no podían darme información de su estado, pero William y los encargados de ERSA se habían encargado de darme el poder de obtener toda la información del estado de Nathaniel; después de todo no tenía a ningún familiar.

La bala había casi perforado un órgano, había tenido una hemorragia, lo que significaba que había perdido bastante sangre. Habían tenido que meterlo a una cirugía de emergencia de la cual no había despertado. No sabían si era posible que pudiese hacerlo, no sabían darme una respuesta concreta respecto a la posibilidad de que despertara y yo cada día sentía que la esperanza era mínima.

Tres semanas. El día de hoy se cumplían tres semanas desde aquella noche de la que no podía borrar los recuerdos. Aún había momentos en los que al cerrar los ojos podía sentir la sangre en mis manos, ver el rostro pálido de Nathaniel y escuchar sus palabras con el sentido de una despedida. De recordarlo mis ojos se llenaban de lágrimas y escocían haciéndolos arder.

Sacudí mi cabeza de un lado a otro en una manera de mover mi mente hacia otra cosa, trasladarla al hoy.

Serví el té en dos tazas cuando este estuvo listo y con solamente una en mano me encaminé a la puerta oscura la cual empujé con cuidado. Al hacerlo el aroma embriagante invadió mis sentidos brindándome un poco de paz, pero no una del todo. Entonces en ese momento vi la misma silueta que había visto durante las últimas semanas, de la misma exacta manera, en el borde de la cama mirando hacia la ventana cubierta por las cortinas grises.

Me acerqué encendiendo la misma lámpara, la única que sabía que podía encender sin recibir alguna mirada de imploro para que la oscuridad permaneciera en la habitación. A paso lento caminé hasta esa silueta, rodeé la cama y coloqué la taza y un frasco con píldoras sobre la mesita a un lado de la cama, pasando por enfrente de esa silueta estática que miraba a la nada. La miré y apenas podía divisar las facciones de su rostro en la penumbra.

Mis manos imploraban por moverse y dejar de estar a cada par de mi cuerpo, pero no hice caso a aquellos deseos y tomé aire alejándome de ahí, pero algo cambió esta vez.

De pronto una mano cálida tomó mi muñeca con suavidad, haciéndome detener en aquel alejamiento. Me sorprendí y lo miré con la sorpresa y la esperanza desbordando por mis ojos. Apreté mi boca y la abrí sin saber que decir y sin saber si él lo haría porque no me miraba. Fueron segundos, quizá minutos, no lo sé, fue un largo tiempo el que me mantuvo así y cuando creí que no haría nada más, habló.

—No te vayas —me pidió con la voz apagada y llena de dolor.

Casi suelto un sollozo. Era la primera vez que hablaba desde las dos semanas que habíamos estado lejos de todo y todos. Solamente él y yo. La primera vez que decía algo después de que había despertado y había tenido que darle yo la noticia que le había destrozado y mantenido en la oscuridad apartado de todo tan solo dejándose a él mismo hundir en sus propias pesadillas.

Me apretó la muñeca, me atrajo después tomando mis manos y luego me abrazó por la cintura atrayéndome aún más. Su frente se apoyó en mi abdomen y sentí su cálido aliento contra la tela que me cubría mientras sus dedos se clavaban en mi piel como si tuviese miedo a que me separara.

—No quiero estar solo —dijo entonces y sentí un golpe en el pecho.

Tragué saliva y mis manos subieron a su pelo dejando caricias, sabiendo que ahora era el momento en el que me necesitaba más que antes. Los días anteriores había sido una constante rutina autómata, todo era de una simple manera nada más y tuve que aprender a vivir de esa manera por él.

—No lo estás —murmuré agachando un poco la cabeza.

Se aferró a mí como si fuera aquello que le mantuviera anclado a la tierra y respiró profundo, cosa que le causó cierto dolor que pude notar cuando exhaló al escuchar un gruñido que trató de ocultar. Hice una mueca para separarme y poder mirarle el abdomen desnudo donde yacía la gaza cubriendo la herida, pero cuando quise separarme no me lo permitió apretándome más a él.

—Necesito ver tu herida —expliqué, pero este negó bajando sus manos a mis muslos y haciéndome sentar a ahorcajadas sobre su regazo—. Nate… —quise protestar porque temía poder herirlo.

—Ya no quiero tenerte lejos —indicó hundiendo su rostro en mi cuello sintiendo su aliento y respiración contra la piel de este, provocándome un cosquilleo—. Ya no, por favor.

Me apretó contra él y sentí mis pechos presionarse contra el suyo.

—No quiero lastimarte —murmuré queriendo separarme un poco para bajar la mirada a su abdomen.

Fue ahí cuando me permitió hacerlo y coloqué mis manos sobre sus hombros para acomodarme mejor sobre sus piernas temiendo aún así lastimarle. Tomé su rostro entre mis manos buscando su mirada y fue ahí cuando por primera vez después de todos esos días me pudo mirar a los ojos. Incluso con la tenue luz de la lámpara iluminando la habitación pude divisar aquellas manchas negras debajo de sus ojos. Sabía que no dormía, por más que trataba de aparentar que lo hacía sabía que no lograba conciliar el sueño, mucho menos que yo.

Mis pulgares le acariciaron los pómulos mientras me concentraba en esos ojos marrones que se habían apagado. Giró su rostro ligeramente besando la palma de mi mano y cerrando los ojos por un momento. Quise sonreír, pero solo apreté la boca después separándome lo suficiente para poder mirar la gaza en la parte izquierda inferior de su abdomen. Mis dedos fueron directo a la cinta, con cuidado apartando esta para poder ver la gran línea formada por el hilo con el que le habían cosido para abrir y sacar la bala.

Le rocé la piel mientras apartaba solo un poco la gaza para poder mirar, la herida estaba sanando, pero sabía que aún sentía cierto dolor y sensibilidad en la zona porque cada que rozaba mis dedos ahí sentía su cuerpo tensarse.

Me quise levantar, pero sus manos me mantuvieron sobre él con fuerza.

—Voy a cambiarte la gaza —le dije mirándolo mientras sus ojos me miraban directo a los míos—. Necesito hacerlo…

Lo vi hesitar por un instante, con un miedo en los ojos que hubiese creído ver antes, pero no era así. Parecía que conforme más pasaba el tiempo y más pasaban cosas en nuestras vidas, ese miedo iba incrementando y siento más visible en sus ojos.

Me soltó, con dificultad, pero lo hizo. Me levanté y fui directo a la mesa donde estaba aquel botiquín al que recurría cada dos días para cuidar de la herida de Nathaniel. Tomé las tijeras, la cinta y una nueva gaza que corté del tamaño indicado para cubrir la marca en su abdomen. Volví hacia él y tomando él mi mano me volvió a sentar en su regazo.

Aparté la gaza que yacía en su abdomen, limpié el contorno con un algodón húmedo y después coloqué la gaza pegándola con las cintas. Sentí su mirada en mí todo el tiempo, cosa que todas las anteriores veces no había hecho. Su mirada había estado perdida los demás días, había apenas podido dirigirme una mirada y sabía que era porque no quería demostrarme su dolor del todo.

—Perdón —dijo cuando terminé y alcé la mirada hacia él.

—¿Por qué? —pregunté volviendo a acariciarle el rostro.

—Por tardar —explicó acariciándome la mano—. Necesitaba tiempo, necesitaba… —su voz se quebró.

—No tienes que explicarme nada —hice que me mirara y pude notar la vergüenza en su rostro.

Me acarició la mejilla con su pulgar y casi cierro los ojos por aquel tacto familiar que por poco se había hecho desconocido. Ladee mi cabeza apoyando mi mejilla en su mano y automáticamente los recuerdos volvieron a mi cabeza.

<< —Sal de aquí —repitió colocando su mano sobre la mía que presionaba sobre la herida.

—No me iré de aquí sin ti —le dije un poco más alto haciéndole entender que no pensaba dejarle ahí.

Su mano subió a mi mejilla. La acarició y trató de sonreír, pero una mueca de dolor le atravesó el rostro.

—Lo siento —susurró y trató de dar un respiro, pero solamente le causó más dolor.

—No digas eso, está bien. Yo entiendo —le dije asintiendo, mirándole con desesperación—. Vas a estar bien, te lo prometo.

Sonrió sin ganas.

—Está bien —dijo tratando de tranquilizarme, pero no podía, no podía tranquilizarme. Se estaba desangrando en mis manos, frente a mí—. Ojalá pudiese atrasar el tiempo para poder cambiar mis decisiones y poder aprovechar cada momento contigo.

—No digas eso —le callé negando—. No digas eso. Vas a poder hacerlo, vas a estar bien.

Sonrió, pero entonces su caricia en mi mejilla se suavizó, haciéndose débil. Cerró los ojos, su mano cayó al suelo en peso muerto y me alarmé.

—No, no, no —dije tomándole del rostro—. Quédate conmigo. Quédate conmigo, por favor. >>

Abrí los ojos sintiendo de nuevo el ardor en estos y justo ahí volviendo a tener sus ojos marrones frente a mí mirándome fue cuando me permití llorar.

—Val…

—Pensé que te perdería —dije en un sollozo sintiendo el nudo en la garganta—. Y-yo… aún puedo verte ahí sobre el suelo con mis manos tratando de parar el sangrado y tu mirada… me mirabas como si fuera la última vez y…

Me besó, su mano me tomó por la nuca atrayéndome y haciendo mi boca presionarse contra la suya. Fue un alivio que sentí después de mucho tiempo, una calidez que había extrañado y anhelado volver a sentir, pero al que había esperado con paciencia porque sabía que necesitaba tiempo y espacio.

Sabía que así como yo tenía mis pesadillas y tormentas, él tenía las suyas, y también un duelo que tenía que enfrentar de una manera cruel, pues teníamos que estar ocultos en un lugar lejos de donde debería de estar lidiando con aquel luto. Pronto tendríamos que marcharnos, trasladarnos a otro lugar por seguridad, no podíamos permanecer mucho tiempo aquí, así era como me habían indicado hacer las cosas ahora que Nate no estaba en disposición de pensar en un plan con exactitud.

Me besó y me acercó a él rodeando mi cintura. Mis pechos se presionaron contra su pecho desnudo y sentí su mano acariciarme la piel por debajo de la tela de mi camisón. Me besó con ganas, lento, suave, intenso, con mil emociones y sentimientos de por medio en aquel contacto entre nuestras bocas. Su calidez compartiéndose con la mía. Luego se separó, tan solo unos centímetros dejando su boca muy cerca de la mía, su aliento mezclándose con el mío. Su mano ahuecó mi mejilla, juntó su frente con la mía y limpió una lágrima que resbalaba por mi mejilla.

—Te dije una vez que aunque el mundo tenga otro plan para nosotros yo no quiero vivir en él sin ti, Valet —comenzó a decir mirándome a los ojos mientras sus yemas me acariciaban la piel—. Perdón por haber pasado tanto tiempo en la oscuridad, tú también pasaste por cosas que sé que no te dejan dormir. Perdóname por haber dejado de luchar por un momento, pero estoy preparado para luchar de nuevo y esta vez a tu lado.

Me besó la comisura de los labios, luego el mentón y después la boca siendo un tierno beso del cual después se separó ahuecando mi rostro entre sus manos haciéndome mirarlo directo a los ojos.

—No voy a dejar este mundo sin haber luchado por tener esa vida que deseo contigo, Tarzán.

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Skyfall © - Parte III

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