Capítulo 2
A pesar del largo trayecto, del cansancio acumulado, el mareo y el hombre de la cicatriz; la pequeña pero intensa conversación con el ayudante, o más bien las miradas, y las tres acosadoras, Gabriel se sintió eufórico al sentir la suavidad del contacto de las llantas en en pavimento que anunciaba el inicio del pueblo. No era tan suave como lo esperaba, pero sí mucho mejor que la rústica carretera por la que acababa de pasar, con huecos y piedras que le tenían el cuerpo al borde del colapso.
Las casas a las afueras del pueblo eran, en efecto, lo que Gabriel esperaba:
Humildes, de techos bajos y pintorescas, un variopinto espectáculo de colores y amalgamas, perfectamente limpias y organizadas, en su mayoría. Algunas podían presumir el sueldo de sus dueños con grandes rejas y vidrios polarizados, fachadas impecables con pinturas de aceite y macetas de barro, pero otras no contaban con mas que la belleza artesanal de los patios adornados con hortensias, veraneras, caracuchos y orquídeas que le daban un aspecto cálido y bonito, todas perfectamente apostadas en macetas de ollas viejas, de botellas de plástico amarradas, guadua y alambre, decoradas con ímpetu o simplemente recicladas de inmediato después de ser desechadas.
Cuanto más avanzaba, más comercio comenzaba a vislumbrar, alguna pequeña tienda de barrio, o más bien de pueblo, negocio que no conocía para qué podrían servir pero que tenían anuncios colgando o pintados en las paredes. La escalera iba en subida, y cuando la pendiente terminó, llegó a una pequeña planada donde el camino se dividía en tres, por donde venían, otro derecho a ese por donde supuso continuaba la carretera principal hacia la Dorada, y a la izquierda la entrada del pueblo. El vehículo volteó y comenzó a descender, se detuvo frente a una tienda y comenzó a descargas unos cuantos bultos y cajas. El ayudante le dedicó apenas un par de miradas mientras bajaba los artículos. Gabriel comenzó a sentir un vació escocerse en el fondo de su estómago, sintió náuseas y no por el mareo, sino por el terror que comenzó a invadirle. Era un lugar diferente, y una vida diferente, tenía que hacerlo, tenía que lograrlo, quería ver en los ojos de sus padres ese orgullo que veía en ellos cada vez que hablaban de su hermano, y nunca más la preocupación cuando hablaban de él. Se preguntó como le daría cara a su primo y a su tía, nos los veía hacía más de diez años, y no sabía como sería la relación con ellos, tal vez lo odiaran por lo que era… por lo que había sido, más bien por lo que iba intentar dejar de ser. La escalera siguió calle abajo, parando de vez en cuando para dejar algunos encargos o hablar con los tenderos. Gabriel recordó lo que le dijo su primo casi veinticuatro horas atrás por WhatsApp, así que saco su celular, y entrando al chat, leyó:
— Mira, Gabo, quédate en la escalera hasta que yo vaya por ti, el pueblo es pequeño, pero tiene muchas casas, si ves que tardo mucho, bájate y pregunta por la casa de Axel, Asegúrate que se den cuenta que eres mi primo, digamos que no confían mucho en los forasteros. Estoy ansioso de que nos reencontremos, no nos vemos desde que comíamos mocos y caíamos de los columpios. Nos vemos, primo.
Gabriel bloqueó la pantalla de su celular y se limitó a seguir observando el pueblo. ¿cuánto hacía que no pisaba suelo Florentino? ¿diez años? El mismo tiempo que llevaba sin ver a su primo y a su tía, ¿cómo lucirían ellos ahora? Lo único que recordaba de ellos era el tremendo cabello rubio de su primo, sus ojos azules y su sentido del humor. De su tía recordaba menos, lo único que le palpitaba en la mente era que cocinaba como toda una chef profesional.
Cuando la calle desembocó en el parque, Gabriel sintió un extraño cosquilleo en el estómago. Se esperaba menos, mucho menos. El parque era grande, con un una enorme plaza hecha con pequeños ladrillos insertados uno con otro con una meticulosidad impresionante, había un enorme árbol en el centro, rodeado de bancas y de un color naranja cremoso, en una de las esquinas había una estructura que Gabriel supuso serpia un kiosco o algo así. la plaza estaba cerrada por un pequeño muro que la rodeaba completamente, alrededor estaba la calle que le daba la vuelta completa, al otro lado de la calle, había decenas de tiendas, casas, carnicerías, incluso había un pequeño gimnasio, de esos que trabajan con tu propio peso, en conjunto, el parque era un inmenso cuadrado, con salidas en cada esquina, pero lo que más le llamó la atención, fue la inmensa iglesia, que se erguía orgullosa y que acaparaba todas las miradas. El atrio frente a ella tendría unos treinta metros cuadrados, supuso Gabriel, y sobresalía varios metros por encima de la calle, como una tarima a la que se podía acceder por una sarta fila de escaleras llenas de baldosas rojas con amplias separaciones.
Cuando la escalera se detuvo por completo, junto al kiosco, se quedó allí, viendo al chófer y al ayudante alejarse hacia una cafetería, entonces se dio cuenta
De que tenía demasiada hambre. Eran ya las cuatro de la tarde, no había almorzado y su desayuno había terminado sobre el piso de la escalera. El estómago le rugía, y los minutos pasaban y su primo no aparecía, jugó un poco en el celular y terminó de leer el capítulo de un libro, hasta que el chofer se acomodó perezoso en su haciendo dispuesto a continuar la ruta, y se vio obligado a bajar. Acomodó sus dos maletas y esperó cualquier señal de un cabello rubio revolotear por ahí, pero no había nada, así que se bajó de la escalera y lo primero que hizo al poner el primer pie en el pavimento, fue zambullirlo hasta el tobillo en un charco de agua sucia. Frustrado, y con su tenis blanco, ahora café, emprendió marcha hacia un pequeñísimo auto servicio. Cuando entró, tres de las cuatro personas le miraron.
— A la orden— le dijo la tendera, volviendo de nuevo la vista a su celular. A Gabriel le agrado en sobremanera que no fuera una "acosadora", entonces se aclaró la garganta.
—¿Podría decirme donde vive Axel Avendaño?— la chica, que no podría tener más de dieciséis, le dio un poco disimulado repaso al tiempo que le reclamaba:
—¿Quién lo busca?— Gabriel sintió el gusanito del sarcasmo hurgarle el estómago, a veces odiaba ser así, pero si no lo hacía se ahogaba con las palabras y le dolía el pecho.
—Yo— respondió al fin. La chica suspiró.
—¿Te envía alguien o …?
—Soy su primo— le interrumpió, a estas alturas Gabriel hubiera preferido que fuera una "acosadora" y no una "entrometida" —mi nombre es Gabriel Avendaño— la chica asintió.
—Yo casi no hablo con su primo, pero siempre me he preguntado de donde carajos salió ese apellido— la paciencia de Gabriel comenzaba a encogerse.
—Nuestros abuelos eran extranjeros, supongo.
—¿Y de dónde eran?
—¿Me vas a decir donde diablos vive mi primo?— la chica levantó las manos en son de rendición, y luego señaló una casa al fondo.
—La tienda es de ellos, su casa está en el segundo piso— Gabriel volvió la vista y la vio.
—Gracias— soltó a regañadientes, y se dispuso a marcharse cuando la chica lo interrumpió.
—Entonces tu eres el chico nuevo que va a entrar al colegio— aseguró. Gabriel asintió —pues bienvenido, estaremos en el mismo salón, mi nombre es Camila— estrecharon las manos y Gabriel, valiéndose de su poderosa improvisación, salió aireado por completo en cuestión de minutos. Mientras caminaba por el parque se sintió asustado, nunca había sido "el nuevo" en ningún colegio, además hacia un par de años que había dejado de estudiar y según su experiencia en wattpad las cosas nunca salían bien el primer día. Sentirse extraño y desubicado no estaba entre sus experiencias favoritas.
Se subió a la acera, frente a la tienda, observando no sin sin cierta curiosidad los cientos de elementos perfectamente acomodados por todas partes. Avanzó unos pasos más y se halló dentro, uno poco intimidado por lo espacioso del lugar. Su tía era madre soltera, de ahí a que él y su primo Axel tuvieran el mismo apellido. Era una mujer emprendedora, valiente y directa, como él, y gracias a esfuerzo, sudor y sangre, logró acomodarse con una tiendita. Gabriel la recordaba, pero lo que se encontró allí no tenía ya nada que ver con aquel oscuro y pequeño lugar.
—Hola— le dijo al joven que jugaba con un yoyo tras el mostrador. Tenía el cabello negro y los ojos azules
Bonita combinación —pensó Gabriel —parece que no lo pasaré tan mal por aquí.
—A la orden— el chico reparó en él.
—¿Axel?— preguntó.
—¿Quién lo busca?— Gabriel se preguntó si todos en ese pueblo preguntaban siempre lo mismo. Pero el chico era atractivo, así que se acercó y le tendió la mano.
—Gabriel. Mi nombre es Gabriel Avendaño, soy el primo de Axel— el joven, entrado ya en los dieciséis o diecisiete años le estrechó la mano con cierta desconfianza.
—Ah. ¿qué tal? Yo soy empleado suyo. La señora Amelia está en su casa y Axel está en el hospital. La mera mención del lugar trajo a Gabriel un extraño hormigueo en el estómago, eran tantas emociones que a veces olvidaba por completo por qué de verdad estaba allí.
—¿Podrías llamarla?— le pidió al muchacho.
—sí, igual ya estoy a punto de salir y ella me va a remplazar— hizo una pausa en la que se aclaró la garganta —voy a salir con mi novia— Gabriel lo miró, y no era tonto, claro que no, y estuvo seguro de por qué el joven le contaba algo que, en otras circunstancias, estaba seguro que no haría.
—¿Sabes?— le dijo Gabriel mientras le guiñaba un ojo —no tienes que aparentar tener una novia para que me dé cuenta que eres heterosexual—trató de adivinar —No tienes de qué preocuparte, aunque no lo fueras no me fijaría en ti, no eres mi tipo— el chico abrió los ojos, y en vez de enfadarse o sorprenderse, soltó una pequeña risita.
—Gracias al cielo, nunca he sido bueno con los dobles sentidos— y al verse descubierto aclaró no sin cierto rubor en los pómulos —iré a llamar doña Amelia, es que ya me tengo que ir, a mi abuela le gusta que la acompañe a hacer un poco de compras, me da una manzana a cambio de que cargue todas las bolsas hasta la casa… Abuelas.
—Si... Abuelas— Gabriel reparó en el chico, era delgado y un poco fibroso por la adolescencia, pero dejaba ver un rastro de esa inmadurez tierna que lo conmovió un poco.
—¿Oye?— le dijo mientras salía de detrás del mostrador —¿siempre eres tan directo?— Gabriel meneó la cabeza.
—Defectos de fábrica, aunque suelo neutralizarlo cuando mi trasero corre peligro.
—Si, entiendo, como cuando estas desnudo en cuatro y en una cama y hay un negro detrás de ti— soltó el joven haciendo la mímica —nadie sería lo suficientemente estúpido como para hacerlo enojar— ahora fue Gabriel el que abrió los ojos.
—Espero que no siempre digas cosas como esas.
—Defectos de fábrica, ya sabes.
El joven desapareció por unas escaleras y Gabriel se quedó sólo y en silencio, con la maleta en el hombro y un nudo en el estómago debido a los nervios. ¿cómo sería su tía? Era la pregunta que más se hacía, no físicamente hablando, si no en su interior, su carácter ya no lo recordaba, pero había resquicios de los recuerdos del viento acariciando su rostro mientras ella lo levantaba en sus brazos y lo hacía volar, tan alto que casi podía alcanzar las nubes, eso recordaba. ¿cómo la habría tratado en tiempo? ¿sería igual que en aquellos recuerdos?
No pudo evitar que un hueco se hiciera en su pecho, ¿cómo es que había dejado pasar el tiempo? Hacía dos años que era mayor de edad, y aunque poseía una gran libertad económica, nunca había decidido darse una escapadita y visitar a su única tía y su único primo, pero no lo había hecho, se había encerrado en su pequeño e intocable mundo de una manera tan hermética que ni siquiera los viejos recuerdos lograron arrancarlo de las garras del pozo en el que se había hundido, y solo cuando aquel cascarón explotó, reparó en todos los años que había lanzado a la basura. Pero todo eso había acabado, y aunque las consecuencias de ello lo tuvieran allí, se prometió que aprovecharía esa oportunidad para salvar los abismos que, seguramente, el tiempo y la distancia habían hecho en la relación que tenía con su primo y su tía. Pero no pudo estar más equivocado cuando, sin darse cuenta, una mujer entrada en años se paró a sus espalda y le dijo:
—¿Gabriel?— él se giró lentamente, sintiendo el fuerte sonido de su corazón palpitar en sus oídos. Su tía tenía el cabello cobrizo, un rostro anguloso y un cuerpo que envidiarían hasta las mismas quinceañeras, pero Gabriel no pudo acaparar más impresiones de su anatomía ya que su tía, en menos de un segundo, recorrió los pocos pasos que los separaban y se aferró a él con brazos temblorosos, como un náufrago aún trozo de madera seguro de que le salvaría la vida. Gabriel le correspondió y se abrazó a su pequeña espada, reconociendo su cuerpo en fragmentos de recuerdos que pasaban fugaces pero que no se quedaban demasiado tiempo.
—Si, soy yo, ya estoy acá— su tía se separó y la fuerza de sus iris azules le hicieron sentirse de nuevo en casa, una mezcla de sensaciones cálidas y acogedoras. De repente todo el peso que tenía en el cuerpo se fue volando.
—¿Como ha ido el viaje?— le preguntó y Gabriel se encogió de hombros.
—La carretera está muy mal— la mujer asintió en silencio y se separó un poco para obtener de él una imagen de cuerpo completo.
—Pero mira nada más— su sonrisa socarrona le trajo más recuerdos que no lograba encajar —estas hecho todo un hombre. ¿cuántos acabas de cumplir? ¿diecinueve?
—Veinte— la corrigió —el tiempo pasa demasiado rápido.
—Si— reconoció ella —y eso que eras el menor de la familia— luego, dirigiéndose al joven empleado que acababa de bajar por las escaleras, le dijo: —cielo, ¿podías quedarte un momento mientras le sirvo el almuerzo a Gabriel? Debe estar hambriento— Gabriel asintió. El muchacho se encogió de hombros.
—Si... Ya qué.
—Vamos— le indicó Amelia a Gabriel comenzando a subir por las escaleras. Este la siguió no sin antes dirigirse hacia el joven y extenderle la mano.
—Fue un placer conocerte...
—Toreto — el joven le apretó la mano mientras se presentaba formalmente.
—No es cierto, su nombre es Irán— su tía intervino desde lo alto de las escaleras.
—Pero me gusta más Toreto— le replicó él y luego se dirigió a Gabriel, susurrándole —Toreto.
—En tus sueños.
—¿Acaso los sueños no se pueden volver realidad?— le replicó Irán con un puchero infantil.
—Espero que si— dijo Gabriel más bien para sí mismo a modo de despedida mientras arrastraba consigo su maleta dispuesto a seguir a su tía, y había subido unos cuantos escalones cuando escucho la voz de Irán en la tienda.
—Hola preciosa, en qué puedo ayudarte— Gabriel negó con la cabeza al ver que se dirigía a una señora entrada en los ochenta que curioseaba las estanterías.
—Es raro ¿no?— le dijo a su tía nomas haberla alcanzado en la sala —Irán— aclaró. Ella sintió.
—Si, es raro. Pero es muy honrado y bueno con los números— Gabriel reparó en lo amplio del lugar, con un par de muebles blandos y fotografías de toda la pequeña familia colgadas por todas partes. Gabriel se quedó ensimismado en una en particular. Un niño de unos tres años, de cabello castaño y ondulado que le caía un poco por la frente, de ojos azules y largas pestañas sonreía a la cámara de una manera inocente y tierna mientras sostenía un pequeño gatito que se había quedado dormido en su regazo.
—¿Sabes?— le dijo a su tía mientras le daba la espalda —todos estos años creí recordar que Axel tenía el cabello rubio.
—Y lo tiene— le contestó esta apretándole el hombro —él es Tomás.
—¿y Tomás es?
—El hijo de Axel, Gabriel, ¿no lo sabías?— él negó con la cabeza.
—Nunca me lo dijeron— luego suspiró —o tal vez nunca presté atención. Nunca me ha gustado hablar con mi familia en la cena.
—¿Y eso por qué?— se interesó su tía y ahora Gabriel le miró a los ojos, mientras suspiraba supuso que si Irán había dicho aquello de la "novia" era porque sabía que él era homosexual y quería imponer distancia, y si él lo sabía, caro que se lo había contado su tía.
—Supongo que tú sabes muy bien mi situación— afirmó y su tía asintió en silencio —bien, odiaba las charlas familiares al final del día porque mamá y papá siempre preguntaban cosas como: ¿y qué tal te pareció la nueva vecina? O ¿cuándo vas a presentarnos alguna novia tuya? ya va siendo hora— su tía de nuevo asintió en silencio —al final acabé por ignorarles y ellos por no incluirme en la charla. Supongo que un día de esos habrán comentado lo de Tomás, pero yo estaba demasiado ocupado en no cometer un error que desvelara mi secreto— la mujer lo tomó de la mano y lo guio hasta la cocina, donde lo situó en la cabecera de una pequeña mesa. Ella se sentó en frente y le habló:
—Hable con tu madre ayer, y ella me lo contó todo. No creas que nosotros te daremos la espalda, nunca, y no solo por quién eres sino también por lo que hacías. Axel y yo hablamos anoche, y no podemos estar más contentos de tenerte aquí con nosotros.
Gabriel suspiró, se limpió con el dorso de la mano una lágrima fugaz y de nuevo pensó en porqué se había callado por tantos años.
Capítulo 3
El almuerzo le volvió a la vida poco a poco, ni siquiera se había dado cuenta de que estaba mareado y débil hasta que terminó el sancocho de pollo que su tía, con tanto esmero, le había preparado. Se tomó cada segundo para degustar el cilantro y las papas criollas que estaban en su punto de textura, y cuando terminó, se reclinó en la silla y respiró aliviado, las cosas no iban saliendo tan mal como pensó.
Su tía se había ido a remplazar a Israel en la tienda y después de dejar los platos lavados y secos en su respectivo lugar Gabriel se sintió incómodo, sin saber qué hacer y sin atreverse a tocar nada.
La casa era aparentemente grande, ocupando todo el espacio en la esquina del parque, se accedía a ella por unas escaleras rectas que daban directamente a la calle, o por una escalera de caracol junto a esta que llevaba hasta el interior de la tienda. Se accedía directamente a la sala, que tenía muebles de cuero y un televisor pantalla plana tan grande que Gabriel pensó que las telenovelas se deberían ver en tamaño real. Las paredes, de un blanco cremoso, estaban llenas de fotos familiares y decoraciones aleatorias. En la sala había una enorme ventana que daba al parque. Al lado izquierdo estaba la cocina, y a la derecha una habitación que tenía la puerta cerrada, al fondo, había unas escaleras anchas con una puerta de seguridad que permitían subir al tercer piso.
Se volvió entonces hacia la ventana y se limitó a observar la plaza principal recostado en el marco. El sol comenzaba a desaparecer, y la plaza contenía una barahúnda de personas que se deslizaban por las aceras con la confianza que les da conocerlas desde siempre, cada bache y cada pequeño retoño de pasto que se colaba en el asfalto roto.
El parque, en sí, formaba un inmenso cuadrado, lleno de tiendas y almacenes de ropa. Tenía cuatro calles que desembocaban en cada esquina del cuadrado y que se perdían a su vista por los techos de las cazas que se alzaban, unos más altos que otros, sobre todo. Gabriel no pudo evitar compararlos con piezas de dominó. Luego estaba la iglesia, tan imponente, tan grande en comparación con las casas que la rodeaban, tenía dos torres que terminaban en dos cúpulas y una inmensa virgen en medio, con una corona de doce estrellas y las manos elevadas hacia el cielo. Gabriel miró la iglesia de nuevo y se preguntó cuánto tiempo habrían tardado en construirla.
— A veces brilla— susurró su tía a su espalda y le hizo dar un respingo. Gabriel se volvió y la encaró.
— ¿Qué? — le preguntó. La mujer avanzo hasta la ventana y se colocó a su lado.
—La corona de la virgen. A veces brilla.
— ¿Hay alguna bombilla? — preguntó, sin tenerlas del todo con sigo, pero su tía negó.
—Sólo brilla, nadie sabe por qué, tal vez sea un reflejo del sol, o tal vez una señal divina, aunque hay muchas teorías del por qué lo hace.
— ¿Y qué clase de teorías dicen? — preguntó Gabriel comenzando a interesarse.
—Unos dicen que son cosas buenas que están por venir— comenzó a enumerar su tía —otros que son malas. Otros dicen que es cada vez que le concede un milagro al alguien del pueblo. Otros simplemente piensan que es mentira porque no la han visto.
— ¿Tú la has visto? — preguntó Gabriel, y su tía sintió.
—Sólo una vez, cuando eras niño— lo miró a los ojos —estábamos en ésta misma ventana, yo te tenía en mis brazos y te mostraba un avión. Pero tú estabas más interesado en comerte mi cabello— recordó con una sonrisa —y de repente ahí estaba, brillando.
— ¿Y a qué teoría le apuestas? — le preguntó con una sonrisa en los labios al imaginarse la escena, pero la de su tía se borró.
—Esa noche mataron al papá de Axel. Yo ya no lo quería, ni siquiera quiso darle su apellido, pero... aunque trato de creer que significa algo bueno.
—Entiendo— le cortó Gabriel, sintiendo que comenzaba a meterse en un terreno peligroso. Su tía se alejó de la ventana y él le dedicó una última mirada a la virgen antes de seguirla.
……………………… ……………………………
La puerta de su nueva habitación se le antojó desconocida y misteriosa. Tenía una enorme "T" pintada en la madera que anunciaba el nombre de su antiguo dueño, y Gabriel sintió una extraña mescla de remordimiento y nervios.
Su tía había salido a traer a Tomás, que estaba donde su abuela materna, y le dejó dicho en qué habitación pasaría el resto del año, pero Gabriel no se había armado del valor suficiente para abrirla. Estúpidamente se sentía poco preparado. Entrar al pueblo y a la casa de su tía parecía una simple visita, algo superficial y poco personal. Pero entrar al cuarto que sería suyo le hacía sentir la realidad que se cernía sobre él, una realidad que le obligaba a quedarse en un lugar en donde no quería estar, y enfrentar cosas que no quería enfrentar.
Afín pudo abrir la puerta, y una ola de olor a perfume de bebé lo hizo sentir, extrañamente, cómodo. La oscuridad se tamizaba por todo el recinto, pero incluso entes de encender la luz, Gabriel supo lo que iba a encontrar, y no se equivocó cuando lo hizo. Una cama pequeña y estrecha, pero lo suficientemente amplia para una persona, un pequeño nochero de color marrón manchado de pintura y un armario con la puerta rota. Nada más. Gabriel se sintió extrañamente cómodo, admirado por la simple pero acogedora imagen que le ofrecía el cuarto, y sintió, sin lugar a dudas, que aquel seria su pequeño escondite; que las paredes serían sus cómplices y la oscuridad su confidente.
Apagó la luz, se sentó en la cama y lloró.
…………………………….. ……………………………
La noche ya había velado la faz del pueblo con una pátina brumosa y espesa de oscuridad cuando Gabriel abrió los ojos, y por un segundo se sintió desubicado y perdido, una sensación a la que ya estaba acostumbrado y de la cual quería desprenderse como mantequilla en cuchara caliente. Se incorporó despacio hasta que, perezosamente, logró alcanzar el interruptor y accionarlo. La luz cegadora de la bombilla lo obligó a tener que cerrar los ojos un momento para acostumbrase. Se sentó en la cama y luego, después de recuperar las fuerzas, salió al pasillo y se encontró con que no estaba en tinieblas como se lo esperaba, ya que las luces del pueblo lo inundaban todo.
Bajó las escaleras, se sirvió un vaso de agua y se comió un pedazo de pan que encontró por ahí, pero luego se halló sin nada más que hacer. Estaba cansado, pero no quería dormir.
El reloj marcaba las diez de la noche cuando decidió sentarse en el sofá y encender la televisión, pero no encontró nunca el control remoto. Buscó bajo el sillón, tras los cojines y entre todos los papeles que había en la mesita del centro, hasta terminar exasperado y tendido en el piso.
Se dedicaba a leer una de las revistas que tenía allí su tía cuando una idea, fugaz y tentadora, cruzó como un efímero suspiro por su cabeza. Observó la puerta con detenimiento, como si pudiera ver lo que había allí afuera tan solo con mirarla fijamente. Casi inconscientemente su cuerpo se puso de pie, dejando caer la revista al piso y avanzando con pasos suaves, casi tímidos, hasta el umbral. Cuando estuvo a la altura de la puerta pensó que sería una buena idea salir a pasear por ahí, y de paso conocer amigos que lo pudieran acompañar al día siguiente en su primer día de colegio, y así no sentirse tan solo.
Fue cuando giro la perilla y salió a la calle que se dio cuenta que algo estaba mal, que algo debería estar mal. El silencio que impregnaba todo era espeso y pegajoso, la soledad que reinaba en las calles era abrumadora y el frio que le calaba hasta la medula no era normal. Se tragó los nervios que le bajaron como gato en reversa y pensó que tal vez la gente allí se acostaba demasiado temprano. Avanzó unos metros observando a su alrededor, pero todo estaba completamente cerrado, y de no ser por los tres hombres que Gabriel vio que se acercaban, hubiera pensado que estaba en un pueblo fantasma.
Se preparó para el encuentro, se peinó un poco y dejó de abrazarse así mismo. Cuando los tres chicos ya estaban lo bastante cerca, Gabriel los observó, y detalló justo el que venía en medio, ya que resaltaba, claro que resaltaba. Sus seguros uno ochenta se movían con decisión, cada paso traía consigo una fuerza medida, todo él desprendía un aire misterioso y atrayente, incluso su cabello negro que bajaba, suelto y libre, hasta la altura de sus hombros, se movía con una vida propia, danzando una melodía inexistente. Ni siquiera tuvo tiempo de planear como los iba a saludar, y así lo hubiera tenido no hubiera servido de nada, ya que, cuando estuvieron a su altura, fue el hombre extraño el que hablo.
—Miren nada más lo que tenemos aquí¬— su voz tenía un matiz que a Gabriel le calentó el rostro. El hombre se limpió algo inexistente de la comisura del labio y habló ahora mirando a Gabriel — ¿acaso estas perdido? — los otros dos lo rodearon y Gabriel negó con vehemencia, con las palabras enredadas en la lengua, ¿Cómo iba a hacer amistades nuevas si comenzaba con el pie izquierdo? Luego observó a los otros dos, de cabello castaño y labios grandes, parecían gemelos.
— ¿Entonces? — continuó uno de los gemelos — ¿si no estás perdido qué haces aquí, rompiendo las reglas? — Gabriel no contestó a eso, se quedó observando como comenzaban a rodearlo, como cuando buitres esperan a que muera un animal para comerlo.
—Hemos hecho muy bien nuestro trabajo últimamente— habló de nuevo el hombre de cabello largo, Gabriel pensó que era atractivo y sexi, y no podía superar los veinticinco, pero no le gustaba para nada el tono que llevaba esa conversación —nadie ha querido romper las reglas y hemos estado muy aburridos— todos rieron, y Gabriel comprendió por donde iba la cosa, así que apretó los puños y se obligó a sonreír de la manera más cínica que le fue posible.
—Oigan— les dijo –no soy amante a las orgias, pero si me dan un segundo puedo llamar a un amigo que podrá con todos a la vez— todo se fue a la mierda en un segundo, y Gabriel lo supo cuando el hombre de cabello largo, de un par de zancadas, lo sujetó por el cuello y lo hizo avanzar hasta que su espalda golpeó la pared, luego lo miró directo a los, ojos.
—No, nada de eso, a nosotros nos gusta jugar de otra manera— le dijo, y Gabriel contestó de inmediato.
—¿Uno por uno? – apuró con el sarcasmo que le daba la seguridad de saber que podría con los tres en un par de segundos. El hombre sonrió y se dirigió a sus amigos.
— ¿Qué le diremos al comandante? – uno de los gemelos contestó.
— Que encontramos a un forastero rompiendo el toque de queda— y el otro terminó por él.
— Que se puso agresivo y tuvimos que aplicarle un correctivo— el hombre se acercó más a Gabriel y le susurró al oído:
— Así me gusta a mí — el puño que le propinó aquel hombre en un costado fue como una puñalada atravesando todo su torso, llegó y se desvaneció en un instante y le resultó tan familiar que no pudo evitar que una sonrisa escapara de sus labios.
—¿Crees que eso es un golpe? — le dijo Gabriel y levantó la mano tan rápido que nadie, ni los mejores en sus mejores tiempos habían logrado evitar, y con la palma abierta golpeó la nariz del pelinegro. El joven retrocedió y un borbotón de sangre le salió de las fosas nasales, abrió los ojos asustado y se quedó ahí parado. Uno de los gemelos le lanzó un patético puño a la mandíbula y él logró sostenerle la mano entre el brazo y la axila, levantó la pierna y golpeó el torso, no lo hizo con la fuerza necesaria como para romperle una costilla, pero estaba seguro que le dolería. Cuando el muchacho se alejó, quejándose, el otro lo agarró por el cuello y lo apretó en una llave que estaba medianamente bien implementada. Gabriel tubo el tiempo suficiente para pensar en cuál de las diez maneras de soltarse le parecía mejor, tal vez le apretaría la muñeca en el nervio y al voltearla le patearía al cuello.
— Aprenderás por las buenas que hay que obedecer— le dijo el joven desde atrás, y el aliento le olía a café. De repente, la presión en su cuello se desvaneció, y el cuerpo del hombre fue alejado de él como arrancado por la fuerza de un huracán. Observó su cuerpo caer desparramado por todo el pavimento y luego una espalda que se interponía entre él y los tres hombres.
—Él viene conmigo— dijo el recién llegado con una voz fuerte y autoritaria. Gabriel no reconoció la voz, ni mucho menos la espalda, pero ese cabello podría reconocerlo en cualquier parte, aunque hubieran pasado mil años.
—Tu siempre tan impertinente, Axel, ¿acaso no ves que solo estábamos jugando? — le dijo el hombre del cabello largo, se había quitado la camisa para limpiarse la sangre, Gabriel vio que tenía un torso musculoso y lampiño y estaba sereno, pero a la defensiva, como si le tuviera a Axel el miedo más absoluto.
—No me gustan esos juegos, te lo he dicho.
—Es mi deber hacer cumplir las reglas— le anunció el hombre peinándose el cabello.
— Pero no tienes que golpear a todo el mundo para eso— Gabriel, al igual que los gemelos, sintió que sobraba en esa conversación.
—Maoy sabrá de esto— amenazó el hombre a Axel apuntándole con el dedo, pero él solo se encogió de hombros.
— No le tengo miedo a Maoy – el hombre se fue, cabizbajo, y seguido por los gemelos.
Axel se volvió entonces hacia Gabriel, y la rabia que le imprimieron sus ojos azules le hicieron sentir apenado y triste. Había planeado mil veces en su mente ese rencuentro y había sido de las peores experiencias que había vivido, hasta ahora. Su primo lo tomo del antebrazo con una fuerza que le pareció abrumadora y lo condujo hasta la puerta de la casa, casi arrastrándolo, nunca había visto a nadie que lograra menearlo de esa manera, pero Gabriel se dejó arrastrar. Cuando se hallaron adentro el rubio cerró de un portazo y se dirigió a Gabriel.
— ¡¿En qué diablos estabas pensando?¡— le gritó, y Gabriel se vio incapaz de contestar, ¿Quién era el hombre que tenía en frente? Definitivamente no era el primo que recordaba; estaba más alto, sus músculos sobresalían por toda la camisa que traía. Ya no era un niño, a pesar de que sus ojos azules y su cabello rubio intenso seguían iguales, ya no era el mismo primo sobre protector que recordaba, ese que destapaba los frascos porque tenía más fuerza, o el que se pasaba horas contándole qué se sentía subir a los juegos mecánicos a los que él aun no podía por pequeño, de ese niño parecía que ya no había nada, o al menos no por el momento.
— Lo siento— fue lo único que pudo musitar Gabriel, pero la disculpa pareció enfurecer más a su primo.
— ¿Lo siento? ¿es todo lo que vas a decir?, ¿es que no sabes en el problema en que te has metido?, acabas de romper una de las reglas más importantes de este pueblo, los tres estúpidos esos de allá afuera la van a tomar contra ti.
—Sé defenderme solo— le interrumpió ya comenzando a alterarse también.
— Claro —su primo estaba rojo —Viniste aquí con la intención de cambiar, de dejar tu antigua vida en el pasado, y ni siquiera ha pasado una hora y ya estas golpeando gente —
— Yo ni siquiera sabía que había toque de queda, nadie me lo dijo— siguió defendiéndose en vano —a demás ellos me atacaron primero.
— Por eso tenías que esperarme aquí, por eso te dije que no llamaras mucho la atención.
— ¡Pues perdón! – fue ahora Gabriel quien gritó – para empezar yo ni siquiera quería venir aquí— Axel parecía dolido, dio un paso atrás y lo miró a los ojos.
— Si, lo sé— le dijo, con una calma dolorosa – no tienes que recordarme que estas aquí porque te obligaron y no porque querías vernos — Gabriel le apartó la mirada.
— No me juzgues por eso.
¬—Sí que lo hago, porque te olvidaste de nosotros, de tu familia, y te encerraste en ese mundo donde no permitías que nadie entrara, ¿acaso no sabes cuantas veces traté de localizarte? ¿cuántas noches en vela pasamos cuando te desaparecías todo un fin de semana temiendo encontrar tu fotografía la mañana siguiente en los obituarios? Hace años no hablamos, pero siempre estuvimos pendiente de ti y ahora vienes y me dices que estas aquí porque te obligaron, eso no es para nada amable— Gabriel no pudo evitar una lagrima fugaz, y luego otra.
—Tienes razón— admitió –soy un imbécil— cerró los ojos y evitó que el nudo que se hacía en su garganta lo ahogara —de verdad quiero cambiar —miró a su primo que tenía las manos como jarras —ayudame —soltó un sollozo, esta vez si iba a llorar todo lo que le había hecho falta, sintió los brazos de Axel apretarlo con fuerza en un caluroso abrazo.
—Sí, lo sé, pero ya cállate – le dijo al tiempo que lo abrazaba con más fuerza. Gabriel lloró un rato, y sintió ahora si de verdad como mucha tensión se iba, después de un rato, cuando se había calmado su primo le revolvió el cabello – me has hecho mucha falta, enano, aunque hayan pasado años.
—Y tú a mí, gigantón— contestó, y sintió como se salvaba un gran abismo.
Esa noche, cuando Gabriel recostó su cabeza en la almohada, libre de una tención que no sabía que tenía, se preguntó por qué el destino lo habría traído hasta allí, qué razón tendría la vida para ponerlo en ese camino, y se quedó dormido sin saber la solución a ese enigma, pero en todo el mundo solo existía un ser que conocía la respuesta a esa pregunta.
Esa noche la corona de la virgen brilló, pero nadie la vio.