Capítulo 2
Louis estaba subido en su carísimo coche, y mientras el chófer lo conducía a través de la bulliciosa ciudad, él no se molestaba el mirar lo que lo rodeaba, solo tenía tiempo para revisar el contrato que su abogado le había enviado a su buzón de correo electrónico. Volvió a releer las cláusulas que el abogado le había marcado con un cuadro amarillo, y como no estaba seguro de que significaran lo que él esperaba, cogió su teléfono móvil, y marcó el número del bufete de abogados que se encargaba de los temas legales de su empresa. Una temerosa secretaria respondió antes de que hubiera acabado de sonar el primer tono.
- Soy Evans, pásame con Douglas.
- Seeeñor.- sonó la aflautada voz de la mujer.- está reunido. Puedo pedirle que lo llame cuando acabe.
- ¡Tonterías! Dile que si no se pone ahora mismo, me llevaré todo el negocio a un bufete de la competencia.
- Si, si, señor.- dijo de nuevo la secretaria.- por favor, no se retire.
Louis contempló durante un instante la carretera por la que circulaban, pero antes de que tuviera tiempo a centrar su vista, una voz de otro lado de la línea ya lo llamaba por su nombre.
- Douglas, me alegra que hayas podido atender mi llamada.
- Louis.- dijo el hombre con tono cansado.- la secretaria es nueva, y has hecho que llore, ¿podrías utilizar un tono menos agresivo en tus próximas llamadas?
- Douglas, gracias al contrato que tenéis con mi empresa facturáis más de cinco millones de dólares al año, ¿de verdad crees que voy a medir mi tono con tu secretaria? Si no quiere que sea duro con ella, debe empezar a saber que cuando pido algo, lo quiero de forma inmediata.
- Si, Louis, por favor, dime por qué llamabas en esta ocasión.
- Es por el contrato.
- Te lo he mandado a tu dirección de correo electrónico, y he marcado en amarillo las partes de las que me pediste que te aclarara.
- Si, por supuesto, lo estoy revisando ahora mismo, y no me queda completamente claro, ¿estás absolutamente seguro de que puedo solicitar la devolución del préstamo con carácter inmediato? ¿Solo tengo que darles tres días de plazo?
- Si, Louis, eso es lo que figura en el contrato que firmamos con el señor Feducci hace diez años.
- Me parece raro que ese viejo tiburón de los negocios firmara algo así.
- En aquel momento Feducci estaba desesperado, y pensó que no tendría problema para cumplir los plazos, por ese motivo firmó algo así.
- Me alegra saber que puedo presionar a ese viejo y a su malcriada hija, no puedo esperar a ver sus caras cuando les diga que solo cuentan con tres días para pagarme el dinero que les presté hace una década.
- Louis…-dijo el abogado con tono de advertencia.
- ¿Qué pasa Douglas?
- Pues que Feducci es ya bastante mayor, y a fin de cuentas es tu suegro; y su hija, bueno, no es Vera.
- Feducci es mi ex suegro, te recuerdo que estoy divorciado. Y en cuanto a la chica… seguramente esté igual de malcriada que su hermana, así que supongo que no le vendrá mal una buena lección en la vida, tal vez incluso les deje quedarse en la casa si se dedican a realizar tareas de sirvientes.
Douglas resopló al otro lado de la línea, pero Louis ni siquiera lo escuchó, lo único que oía en esos momentos era la risa con la que despediría al viejo y a la muchacha malcriada que tenía por hija. Ciertamente, había deseado vengarse de ellos hacia muchos años, cuando aquella mujerzuela lo abandonó, y lo convirtió en el hazmerreir de la alta sociedad neoyorquina, pero él no era un muchacho inexperto, no… sabía que Feducci nunca podría pagar el préstamo que él le hizo, y también sabía, que si esperaba los diez años que indicaba el contrato, sería libre de cumplir su venganza de forma completa.
Louis sabía perfectamente que no tenían dinero suficiente como para devolverle el préstamo, pero si encima lo obligaba a pagarlo en tan solo tres días, los tendría a su merced, los dejaría en la calle, y así podría completar su venganza contra aquella familia que había arruinado sus esperanzas de ser feliz tanto tiempo atrás.
- Conductor.- dijo Louis golpeando la ventanilla.- lléveme a casa.
- Por supuesto, señor, aunque creía que íbamos a una reunión.
Era cierto, Louis tenía una importante reunión con un nuevo proveedor que podría abaratar los costes de su empresa; y aunque sabía que ese era un tema importante, también era consciente de que su subdirector podría hacerse cargo del tema.
- Si, lo sé, pero tengo un asunto más importante del que ocuparme ahora mismo, lléveme a casa.
Capítulo 3
Bianca había sido especialmente cuidadosa aquella noche. En cuanto su padre le anunció que Louis vendría a cenar aquella noche, ella se había puesto nerviosa, y había comenzado a pensar en como vestirse, como maquillarse, e incluso como comportarse ante aquel despiado magnate que había hecho infeliz a su hermana.
Trató de recordar su aspecto, pero su mente no quería cooperar con ella. A fin de cuentas, Bianca solo había tenido ocho años cuando su hermana se casó, hacía ya diez años. Por aquel entonces, Bianca había estado internada en un colegio en el extranjero, y cuando regresó a su casa, faltaban solo dos días para la celebración del enlace.
La casa había sido un hervidero de trabajadores, preparando cada detalle para que todo fuera perfecto aquel día, y nadie le había prestado atención a la pequeña Bianca, que no estaba para nada interesada en los preparativos de una boda.
Recordaba que su hermana se había casado con un inmenso vestido blanco, que resaltaba a la perfección su cintura de avisa, y su pecho generoso, y y también recordaba que los felices novios habían abandonado la celebración antes de que terminara, ansiosos por iniciar su viaje de recién pasados.
Después de aquel día, Bianca regresó al internado, su hermana Vera se mudó a Nueva York, y nunca más volvieron a verse. Al principio, Bianca le había escrito insistentemente, pidiéndole que la invitara a pasar las vacaciones de verano, o incluso la Navidad; y las excusas de su hermana no tardaron en llegar. Le había dicho que estaban ocupados, que estaban de reformas, y posteriormente, le había dicho que no podía invitarla porque su marido no le permitía tener invitados, y que se mostraba muy reservado con los extraños.
Bianca se había sentido muy desanimada, y llego incluso a pensar que su hermana no quería que ella fuera a Nueva York, pensó que la consideraba una pobre chica de provincias, indigna de ser reconocida como su hermana; luego, supo de las cartas que Vera había escrito a su padre, en las que relataba con todo detalle la desgraciada vida que llevaba junto a su esposo, y la clase de maltratos a los que era sometida. Entonces se apiadó de ella, y se sintió mal por haber pensado que no quería recibirla ahora que estaba casada y tenía una vida de ensueño en la gran Ciudad.
Bianca se quedó pensativa, hasta que unos golpes en la puerta llamaron su atención sobre el hecho de que el tiempo pasaba, y ella ni siquiera había comenzado a arreglarse.
- ¿Quién es?
- Querida.- dijo su padre.- venía a ver si ya estabas lista.
El viejo la miró con desaprobación al ver que aún estaba en bata, sin peinar, ni arreglar, y Bianca no pudo evitar pensar que una vez más, era motivo de disgusto para su padre.
- Estaré lista enseguida, padre, no te preocupes.
- La cena se servirá en cuarenta minutos, y desde luego, me gustaría que estuvieras lista antes, para que podamos tomar un aperitivo.
- En media hora estaré abajo.
Bianca se observó en el espejo, y fue consciente de que no era una gran belleza como si que lo fue Vera, ni siquiera tenía una figura envidiable, era ancha de caderas, con una estatura más baja que la media, y con un cabello castaño rojizo que hacía juego con sus pecas. No, desde luego, no era ninguna belleza; claro que tampoco le importaba, ya que aunque no guardaba recuerdo de Louis Evans, estaba segura de que sería un hombre viejo y desgaradable que no le gustaría.
Aún así, se maquilló con cuidado, cubriendo con polvos sus pecas, y resaltando el rojo de sus labios; se peinó con el cepillo que tenía sobre el tocador, y dejó que su cabello quedara suelto enmarcando su rostro en forma de corazón. Y en cuanto a la ropa… bueno, le hubiera gustado lucir un elegante vestido como los que Vera siempre llevaba cuando se celebraban cenas en casa, pero ese no era su estilo, ni siquiera le sentaban bien con su corta estatura. Así que escogió una blusa blanca, con pequeños botones de perla, y una falda lápiz rosa, que se pegaba a su cuerpo, y resaltaba sus curvas. Aunque le parecía un conjunto demasiado arreglado para aquella cena, era lo único que había en su armario aparte de pantalones vaqueros, mallas de deporte, y pantalones cargo; y por algún motivo, aquella noche, quería que su padre se sintiera orgulloso de ella.
Se perfumó ligeramente, y se puso los únicos zapatos de tacón que había en su armario; unos zapatos de salón, que al parecer fueron de su madre, y que ella lucía solo en ocasiones especiales, evitando de ese modo que se estropearan. Eran de un color rosa pálido, muy hermoso, y aunque el cuero tenía arrugas por haber sido usado en múltiples ocasiones, a ella le encantaban, ya que le recordaban a su madre, a la que nunca llegó a conocer, ya que murió a los pocos días de nacer ella, y dejó a las dos niñas huérfanas, y a su padre viudo. Bianca siempre tuvo la sensación de que su hermana y su padre le reprochaban aquella muerte, y que sentían que habían perdido a una extraordinaria mujer, para recibir a cambio una muchacha inútil que nunca llegó a cumplir lo que se separaba de ella.
El pensamiento la puso triste, como siempre que recordaba a su madre, pero borró la tristeza de su rostro, y se obligó a practicar su sonrisa delante del espejo del tocador. Cuando le pareció que era lo suficientemente convincente, se armó de valor, y decidió unirse a su padre en el comedor. No había tardado ni veinte minutos en arreglarse, asi que supuso que aún tendría tiempo de refugiarse al fondo de la salida en la que habitualmente se servía el aperitivo, evitando de ese modo que su invitado de aquella noche centrara su atención en ella.