Capítulo 2

Sheila POV

Carolina ya no pedía permiso. Simplemente, tomaba lo que quería.

Entré en la oficina de Fernando y la encontré sentada en su escritorio, bebiendo de mi taza. Era la de cerámica azul, esa que compré con tanta ilusión durante nuestro primer viaje a Lisboa.

Ella me miró por encima del borde, dejando una marca de pintalabios rojo carmesí sobre el esmalte.

"Llegas tarde", dijo, con la autoridad de quien se cree la dueña del lugar.

Fernando permanecía de pie junto a la ventana, revisando unos documentos. Ni siquiera se giró al oírme entrar.

"Tengo una reunión", dije, esforzándome por ignorar su presencia. "Necesito tu firma, Fernando."

Él extendió la mano hacia atrás, sin mirarme.

Pero Carolina se levantó y caminó hacia él, interponiendo su cuerpo físico entre nosotros como una barrera.

"Fernando tiene un almuerzo conmigo ahora", dijo ella, arrebatando el documento de mi mano. "Esto puede esperar."

"Es urgente", insistí, manteniendo la calma a duras penas.

Fernando finalmente me miró. Sus ojos estaban vacíos, agotados de mí.

"Déjalo ahí, Sheila. Luego lo veo."

Carolina sonrió triunfante y se apoyó en su hombro, susurrándole algo al oído que logró arrancarle una sonrisa. En ese instante, me sentí invisible. Un fantasma vagando en mi propia historia.

Me senté en la silla frente al escritorio, decidida a no irme sin esa firma.

Carolina comenzó a hablar de un viaje que hicieron la semana pasada. Un viaje de "negocios" del que yo no sabía nada.

"¿Recuerdas el hotel?", preguntó ella, regodeándose. "La vista era increíble."

Fernando asintió, relajándose visiblemente.

"Sí. Deberíamos volver."

El estómago me dio un vuelco violento. No eran celos. Era algo puramente fisiológico. Una repulsión visceral ante su cercanía.

Fernando se acercó a mí de repente, con una taza de café en la mano.

"Toma", dijo, en un raro momento de cortesía mecánica. "Te ves pálida."

El aroma intenso del café negro, mezclado con el perfume empalagoso de Carolina que impregnaba su traje, me golpeó como un puñetazo en el plexo solar.

La bilis subió quemando mi garganta.

No pude detenerlo.

Me tapé la boca y corrí hacia el baño privado de su oficina.

Caí de rodillas frente al inodoro y vomité hasta que no quedó nada dentro de mí. Mi cuerpo temblaba sin control. El sudor frío me perla la frente.

Escuché pasos detrás de mí.

"¿Sheila?"

La voz de Fernando sonaba irritada, no preocupada. Como si mi malestar fuera un inconveniente en su agenda.

Me limpié la boca con el dorso de la mano y tiré de la cadena.

Su teléfono sonó antes de que pudiera responder.

"Es Carolina", dijo él, contestando de inmediato, su tono cambiando instantáneamente a uno más suave. "¿Qué pasa? Sí, voy para allá. No te preocupes."

Me miró una última vez, con el teléfono pegado a la oreja, mientras yo seguía arrodillada en el suelo.

"Tengo que irme. Carolina olvidó sus llaves."

Salió del baño y luego de la oficina, dejándome sola sobre las baldosas frías.

Me levanté lentamente, apoyándome en el lavabo para no caer. Me miré en el espejo: mis ojos estaban rojos, mi piel traslúcida.

Sabía lo que significaba. Mi cuerpo lo había entendido antes que mi mente.

Salí al despacho, ahora vacío y silencioso.

Sobre el escritorio, olvidado, estaba el borrador del contrato prenupcial con Marco que yo había estado revisando. Fernando lo había movido para dejar su café.

Lo había visto. Tenía que haberlo visto.

Y no le importó en lo más mínimo.

Tomé un bolígrafo del escritorio de Fernando. Busqué la cláusula de la fecha de la boda.

Con mano firme, escribí la fecha exacta. La misma fecha que él le había prometido a Carolina unos minutos antes.

Guardé el documento en mi maletín, sintiendo un nuevo tipo de fuerza nacer en mi interior.

Esto no es solo una boda, Fernando. Es mi declaración de guerra.

Capítulo 3

Sheila POV

Arrojé el anillo de compromiso a la chimenea y observé cómo las llamas lo devoraban.

No se derritió, por supuesto. Los diamantes son obstinados, casi tanto como los recuerdos. Pero ver el platino ennegrecerse entre las lenguas de fuego, perdiendo su brillo inmaculado, me provocó una satisfacción sombría, casi visceral.

Mi apartamento era un laberinto de cartón.

Mi vida con Fernando, meticulosamente empaquetada y lista para ser desechada como un mal hábito.

"Se acabó mi papel en esta obra", susurré, y mi voz rebotó contra las paredes desnudas de la habitación vacía.

Había aceptado el proyecto en Londres. Lejos. Un lugar donde la niebla pudiera ocultarme y el aire no apestara a traición.

Ya estaba frente a la puerta de embarque, con el pasaporte apretado en la mano, cuando mi teléfono cobró vida.

Fernando.

Lo dejé sonar. La vibración contra mi palma se sentía como una exigencia física.

Volvió a llamar. Y otra vez. Insistente. Autoritario.

Finalmente deslicé el dedo por la pantalla, solo para obtener el placer de decirle que me dejara en paz.

"Vuelve", ordenó. Su voz no tenía calidez, solo la tensión de una cuerda a punto de romperse. "Ahora."

"Estoy en el aeropuerto, Fernando. Me voy."

"La empresa se hunde, Sheila. Las acciones están en caída libre. Los inversores quieren cabezas. Te necesito aquí para limpiar el desastre."

Ni un 'lo siento'. Ni un 'te extraño'. Solo utilidad.

Colgué.

Me dejé caer en la rígida silla de plástico y cerré los ojos. Solo quería dormir. Dormir y que la oscuridad borrara los últimos dos años.

Pero el mareo volvió, traicionero.

Esa sensación de vértigo, una náusea que subía desde el estómago y hacía que el suelo pareciera inclinarse bajo mis pies como la cubierta de un barco.

Me doblé sobre mí misma, respirando con dificultad, tratando de anclarme a la realidad.

"Atención, pasajeros..."

La voz metálica por el altavoz se mezcló con un zumbido agudo en mis oídos.

Levanté la vista, luchando contra los puntos negros en mi visión, y lo vi.

Fernando corría por el pasillo central del aeropuerto. Iba despeinado, con la corbata desecha, una imagen de desesperación que nunca había visto en él.

Por una fracción de segundo, mi corazón estúpido dio un vuelco. Pensé que venía por mí. Que había corrido para detenerme, no por la empresa, sino por nosotros.

Pero no venía hacia mí.

Pasó de largo, como si yo fuera invisible, y corrió hacia Carolina, que estaba sentada unos metros más allá, hecha un ovillo de lágrimas teatrales.

Me quedé paralizada, congelada en mi asiento.

Él se arrodilló frente a ella, tomándole las manos con una ternura que me revolvió el estómago.

"¡Estoy embarazada, Fernando!" gritó ella, con la voz quebrada lo suficientemente alta para convertir su drama privado en un espectáculo público. "¡Y tengo miedo!"

El mundo se detuvo. El ruido del aeropuerto se desvaneció en un silencio sordo.

Fernando la abrazó, ocultando su rostro en el cuello de ella, como si ella fuera su único refugio.

"Tranquila", le dijo, y pude leer sus labios. "Estoy aquí. No te dejaré sola."

Sentí un dolor agudo, una punzada fría en el bajo vientre que no tenía nada que ver con la enfermedad y todo que ver con la ironía.

Mi mano fue instintivamente a mi estómago plano.

Yo también.

Yo también llevaba su sangre. Un secreto que latía en silencio mientras ella gritaba el suyo.

Intenté levantarme, pero mis piernas fallaron. Mi maleta de mano se volcó con un golpe seco.

El contenido se desparramó por la alfombra gris y desgastada. Mi informe médico se deslizó fuera, quedando boca arriba, exponiendo mi verdad al mundo.

POSITIVO.

La palabra parecía brillar con luz propia en el papel.

Fernando levantó la cabeza al oír el ruido. Sus ojos barrieron la sala, frenéticos, y se detuvieron en mí.

El tiempo se estiró. Por un segundo eterno, nuestras miradas se cruzaron.

Vio mi palidez mortal. Vio el papel a mis pies. Y vi en sus ojos el momento exacto en que comprendió.

Pero Carolina tiró de su brazo, sollozando con más fuerza, exigiendo su atención.

"¡Me duele, Fernando! ¡El bebé!"

Él rompió el contacto visual. Fue una decisión visible, brutal.

Se volvió hacia ella, la levantó en brazos como si fuera de cristal y corrió hacia la salida, gritando por un médico.

Me dejó allí.

Sola. Con mi secreto, mi dolor y la evidencia de mi propia tragedia en el suelo.

Recogí el papel con manos temblorosas, arrugándolo en mi puño, y lo guardé.

Afuera, la lluvia golpeaba los cristales gigantescos de la terminal, furiosa, como si el cielo compartiera mi ira.

Mi vuelo a Londres ya estaba abordando. El último llamado parpadeaba en las pantallas.

Pero yo no podía moverme. Había perdido mi vuelo. Había perdido mi plan de escape perfecto.

Sin embargo, mientras veía su espalda desaparecer, me di cuenta de que había ganado algo más importante: la certeza absoluta, cruel y liberadora, de que él nunca me mereció.

Caminé hacia la salida, dando la espalda a los aviones y al destino que había elegido, y salí bajo la tormenta, dejando que el agua helada me empapara, lavando las últimas dudas que quedaban en mi piel.

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Renaciendo De Las Cenizas De Tu Traición

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