Capítulo 2

El aire irrumpió en sus pulmones con la violencia de un huracán, desgarrando la quietud con un jadeo sordo y desesperado. Camila se incorporó de golpe, arqueando la espalda como si una corriente eléctrica acabara de atravesarle la espina dorsal. Sus manos se aferraron instintivamente a la tela que cubría su cuerpo, arrugándola con una fuerza que le blanqueó los nudillos, mientras su boca se abría en una búsqueda frenética de oxígeno.

Esperaba el fuego corrosivo del veneno. Esperaba el sabor metálico de su propia sangre ahogándola. Esperaba la risa fría de Valeria y la mirada vacía de Julián observando cómo la vida se le escapaba de las manos.

Pero no hubo dolor. No hubo fuego.

Lo único que inundó sus sentidos fue el suave aroma a lavanda y cera de abejas, un perfume nostálgico que pertenecía a una vida que creía haber perdido para siempre.

Camila parpadeó, su respiración aún entrecortada y errática, mientras sus ojos luchaban por adaptarse a la luz dorada que se filtraba a través de unos gruesos cortinajes de terciopelo. Su corazón martilleaba contra sus costillas con una fuerza salvaje, bombeando sangre limpia, fuerte y libre de toxinas. Temblando, bajó la mirada hacia sus manos. No estaban pálidas ni surcadas por las vías intravenosas del hospital. La piel lucía tersa, con el brillo saludable de la juventud, y las uñas no mostraban el tinte violáceo de la asfixia.

Soltó la tela a la que se había aferrado y se dio cuenta de que no eran las sábanas de seda de la lúgubre habitación donde había agonizado. Era un edredón de algodón egipcio, inmaculadamente blanco, cubriendo una inmensa cama con dosel tallado en madera de caoba.

El mundo entero pareció detenerse sobre su eje.

Camila reconoció de inmediato las paredes pintadas en un suave tono perla, los estantes repletos de primeras ediciones de literatura clásica, y el gran ventanal que daba al jardín de los rosales. Era su habitación. Su verdadera habitación, en la mansión principal de sus padres en el lado oeste de la ciudad. La misma casa que Julián había malvendido "para cubrir las supuestas deudas" tras la muerte de ellos.

-¿Es... es esto el infierno? -susurró, y el sonido de su propia voz la asustó. No era el gorgoteo ronco y moribundo de sus últimos momentos. Era una voz clara, suave y llena de vitalidad.

Presa de un pánico irracional, apartó las cobijas de un manotazo y puso los pies descalzos sobre la fría madera del suelo. El contraste térmico le provocó un escalofrío tan vívido que la obligó a soltar un leve gemido. Si esto era un sueño de agonía, un último destello de su cerebro antes de apagarse por completo, era terriblemente detallado.

Caminó a trompicones hacia el enorme espejo de cuerpo entero que adornaba una de las esquinas de la alcoba. Cuando su reflejo le devolvió la mirada, Camila sintió que las rodillas le fallaban y tuvo que apoyarse en el marco tallado para no desplomarse.

La mujer en el espejo no era la viuda demacrada, deprimida y rota que había pasado los últimos meses postrada en una cama. Frente a ella estaba una joven en la flor de la vida. Su cabello oscuro, espeso y brillante, caía en cascada sobre sus hombros, libre del sudor frío de la enfermedad. Sus ojos avellana, aunque ahora dilatados por el shock, brillaban con una claridad que había olvidado. Sus mejillas tenían un rubor natural, y su cuerpo lucía esbelto, fuerte y lleno de una energía vibrante.

No estaba muerta.

Pero tampoco estaba en el presente.

Giró sobre sus talones, buscando febrilmente cualquier cosa que le diera un ancla a la realidad. Sobre la pequeña mesa de noche, junto a una lámpara de cristal, reposaba su teléfono móvil. No era el último modelo que Julián le había "regalado" para rastrear sus llamadas. Era su viejo dispositivo, el que usaba antes de casarse.

Con manos temblorosas, lo tomó y presionó el botón de inicio. La pantalla se iluminó, mostrando una fotografía de ella junto a sus padres en las vacaciones de invierno en Suiza. Una punzada de dolor agudo, mucho más profundo que cualquier veneno, le atravesó el pecho al ver los rostros sonrientes de las dos personas que más la habían amado, y a quienes había fallado tan estrepitosamente.

Sus ojos viajaron hasta los números en la pantalla.

Sábado, 15 de mayo.

El año marcaba exactamente cinco años en el pasado.

Camila dejó caer el teléfono sobre la cama como si quemara. Retrocedió un paso, llevándose ambas manos a la boca para ahogar un sollozo que amenazaba con desgarrarle la garganta.

-Cinco años... -murmuró, su mente trabajando a una velocidad vertiginosa, intentando procesar lo imposible-. Retrocedí... retrocedí cinco años.

El concepto de renacer era algo reservado para los libros de fantasía y los cuentos morales, no para la dura y cruel realidad. Sin embargo, el pinchazo que se dio en el brazo dolió. El frío del suelo bajo sus pies descalzos era innegable. El aire llenando sus pulmones era una prueba irrefutable. Había muerto. Recordaba con claridad fotográfica la sensación de asfixia, el pitido del monitor cardíaco, la sonrisa torcida de Valeria. Y, sin embargo, aquí estaba. Viva, intacta, con una segunda oportunidad latiendo en sus venas.

De pronto, un pensamiento cruzó su mente como un relámpago, paralizándola por completo.

Mis padres.

Si había retrocedido cinco años, eso significaba que el "accidente" automovilístico en la carretera de la costa aún no había ocurrido. Faltaban tres años para ese trágico día. Faltaban años para la falsa crisis financiera. Sus padres estaban vivos. Estaban aquí, probablemente desayunando en el comedor de la planta baja, ajenos a la traición y a la muerte que acechaba en su futuro.

Una oleada de alivio tan intensa la invadió que las lágrimas finalmente se desbordaron. Lloró en silencio, cayendo de rodillas frente al espejo, abrazándose a sí misma mientras dejaba salir toda la angustia, la humillación y el terror de su vida pasada. Lloró por la Camila ingenua que había creído en cuentos de hadas. Lloró por el tiempo perdido, por el amor desperdiciado en un monstruo.

Pero el llanto no duró mucho.

A medida que las lágrimas secaban sobre sus mejillas, algo dentro de ella comenzó a endurecerse. El dolor se cristalizó, transformándose en una ira gélida y calculadora. El eco de la voz de Julián, llamándola "un medio para un fin", resonó en su mente. La imagen de Valeria, burlándose de su agonía, se grabó a fuego en la parte frontal de su cerebro.

Se puso de pie lentamente, secándose las últimas lágrimas con el dorso de la mano. La mujer que la miraba ahora desde el espejo ya no tenía la expresión de un ciervo asustado. Tenía la mirada depredadora de alguien que ha caminado por el infierno y ha vuelto con las llaves en la mano.

Recogió su teléfono nuevamente y revisó su agenda del día.

15 de mayo. 7:00 p.m. Gala benéfica de la Fundación del Sur.

El aire pareció abandonar la habitación por un segundo. El 15 de mayo. No era un día cualquiera en el calendario de su antigua vida. Era el día.

Cerró los ojos, dejando que los recuerdos de su vida anterior fluyeran con claridad. Esa noche, en la gala benéfica, ella llevaría un vestido de seda color durazno, tratando de pasar desapercibida. Un mesero, "accidentalmente", tropezaría y derramaría vino tinto sobre su falda. Humillada y buscando huir de las miradas de la alta sociedad, saldría al balcón trasero. Allí, varios hombres ebrios la acorralarían, haciéndola sentir aterrada y vulnerable.

Y entonces, como salido de una película barata, aparecería él. Julián. Alto, elegante, interviniendo con una autoridad caballerosa que espantaría a los acosadores. Le ofrecería su saco para cubrir la mancha de su vestido, la escoltaría a casa con un respeto absoluto y se ganaría su corazón esa misma noche.

Camila soltó una carcajada seca, desprovista de humor, que rebotó en las paredes de la habitación vacía.

Qué estupidez. Qué plan tan básico y burdo. Ahora, con la ventaja de la retrospectiva yociendo la verdadera naturaleza de su "príncipe azul", las piezas encajaban perfectamente. El mesero torpe, los hombres ebrios acosándola en el balcón aislado, la llegada providencial de Julián... Todo había sido un teatro. Una trampa meticulosamente coreografiada, muy probablemente financiada con los pocos ahorros que Valeria tenía en ese momento, para crear el escenario ideal donde el cazador atraparía a su presa.

-Me salvaron de un peligro que ellos mismos crearon -susurró Camila, sintiendo un profundo asco hacia sí misma por haber caído en una manipulación tan infantil.

Se alejó del espejo y caminó hacia su enorme vestidor. Las puertas dobles se abrieron para revelar filas enteras de ropa de diseñador, la mayoría en tonos pastel, blancos, celestes y rosas pálidos. Ropa de niña buena. Ropa de heredera sumisa.

Sus dedos se deslizaron sobre el vestido de seda color durazno que estaba apartado en una funda transparente, listo para ser usado esa noche. Sin pensarlo dos veces, lo agarró, lo sacó de la funda y lo arrojó al fondo del armario como si fuera basura.

No volvería a ser el cordero asustado. No volvería a usar el disfraz de la víctima.

Buscó en las esquinas más oscuras de su ropero hasta encontrar lo que buscaba. Un vestido que su madre le había comprado en Milán, uno que Camila siempre había considerado "demasiado atrevido" y "demasiado oscuro" para su personalidad, y que jamás se había atrevido a estrenar. Era un diseño impecable en rojo sangre, de corte asimétrico, que se ceñía al cuerpo como una segunda piel y dejaba la espalda completamente al descubierto. Un vestido diseñado no para esconderse, sino para gobernar.

Lo sacó y lo colgó frente a ella.

El destino le había dado una segunda oportunidad, y no planeaba desperdiciarla siguiendo el guion que otros habían escrito para ella. Conocía cada trampa, cada inversión que Julián usaría para escalar en la sociedad, cada secreto asqueroso que Valeria ocultaba tras su sonrisa de niña buena. Lo sabía todo.

Esta noche iría a esa gala, sí. Dejaría que el escenario se montara. Pero esta vez, cuando la trampa se cerrara, el cazador se daría cuenta de que había acorralado a una fiera.

-Disfruten de su teatro, Julián, Valeria -murmuró Camila al aire vacío, mientras una sonrisa fría, afilada como una navaja, curvaba sus labios-. Porque esta vez, yo escribo el final de la obra. Y les aseguro que será una tragedia.

Dio media vuelta y caminó hacia el baño para preparar el agua. Tenía mucho que hacer antes de que cayera la noche. Tenía que prepararse para conocer no al hombre que la destruiría, sino al único hombre con el poder suficiente para ayudarla a reducirlos a cenizas. Dante. El infame magnate.

El juego había cambiado, y Camila estaba lista para tirar los dados.

Capítulo 3

El salón principal del Gran Hotel Imperial era una obra maestra de la ostentación. Candelabros de cristal de Bohemia pendían del techo abovedado, derramando una cascada de luz dorada sobre la élite de la ciudad. El murmullo refinado de las conversaciones se mezclaba con las notas de un cuarteto de cuerdas que tocaba una pieza de Vivaldi en una esquina. Era el mismo escenario, la misma música, la misma atmósfera sofocante de hipocresía que Camila recordaba de su primera vida.

Pero esta vez, ella no era la misma actriz en la obra.

Cuando Camila apareció en lo alto de la gran escalinata de mármol, el murmullo colectivo pareció extinguirse por un segundo. No llevaba el recatado e inocente vestido color durazno que la hacía lucir como una muñeca de porcelana frágil y manejable. Llevaba el vestido rojo sangre. La seda carmesí se adhería a sus curvas con una elegancia letal, y la espalda al descubierto desafiaba las normas conservadoras de la alta sociedad. Su cabello, recogido en un peinado impecable pero audaz, dejaba a la vista su largo cuello adornado únicamente por un discreto collar de diamantes, un regalo de su abuela.

No bajó la mirada, como solía hacerlo en el pasado por timidez. Mantuvo la barbilla en alto, sus ojos avellana recorriendo el salón con la fría evaluación de un general inspeccionando el campo de batalla.

Al pie de la escalera, la primera en acercarse fue, por supuesto, Valeria.

Camila tuvo que reprimir el impulso visceral de clavarle las uñas en la garganta. Valeria llevaba un vestido color perla, un tono deliberadamente elegido para contrastar y "complementar" el vestido durazno que Camila supuestamente iba a usar. El objetivo original de Valeria era lucir como el ángel protector junto a la tierna y sosa heredera. Al ver a Camila irradiando un poder y una sensualidad que eclipsaba a cualquier otra mujer en el salón, la sonrisa de Valeria tembló, y sus ojos se abrieron en una mezcla de shock y pura envidia contenida.

-¡Cami! -exclamó Valeria, recuperando rápidamente su máscara y corriendo hacia ella con los brazos abiertos-. ¡Estás... estás diferente! ¿Qué pasó con el vestido que elegimos juntas? Pensé que usarías el diseño de organza.

Camila permitió el abrazo, sintiendo cómo el estómago se le revolvía ante el contacto. El perfume floral de Valeria le trajo un recuerdo fugaz de su lecho de muerte, pero forzó una sonrisa deslumbrante, vaciando sus ojos de cualquier emoción genuina.

-Cambié de opinión a último minuto, Val -respondió Camila, con un tono de voz ligero, pero lo suficientemente alto para que los curiosos alrededor escucharan-. Me di cuenta de que el durazno me hace lucir un poco... ingenua. Y esta noche, quería sentirme viva. ¿No te gusta?

-Yo... por supuesto, te ves hermosa -mintió Valeria, aunque su mirada se desvió rápidamente hacia una columna al otro lado del salón.

Camila siguió esa mirada de reojo y lo vio.

Julián.

Estaba de pie junto a la barra de bebidas, impecablemente vestido con un esmoquin negro que resaltaba sus facciones pulcras. Sostenía una copa de champán, pero su atención estaba clavada en Camila. En la línea temporal original, él había estado observándola como un lobo evalúa a un cordero descarriado. Ahora, su expresión era de absoluta confusión. El cordero se había presentado vestido con la piel del depredador, y eso había desajustado sus cálculos.

-Voy a buscar una copa de champán, Cami. Espérame aquí, no te muevas -dijo Valeria, tocándole el brazo con esa familiaridad que antes Camila consideraba entrañable y que ahora le resultaba repulsiva.

Camila asintió suavemente. Sabía exactamente lo que estaba por suceder. Valeria no iba a buscar una copa; iba a darle la señal al mesero contratado.

En su primera vida, Camila se había quedado quieta, sonriendo nerviosamente a los conocidos de sus padres, hasta que el mesero había tropezado "torpemente", derramando una bandeja entera de vino tinto sobre su vestido durazno, humillándola frente a todos.

Camila no se movió de su posición cerca del centro del salón, pero sus sentidos estaban alerta. A través del reflejo de un enorme espejo barroco en la pared opuesta, vio al joven mesero acercarse. Llevaba una bandeja plateada con cuatro copas de vino tinto llenas hasta el borde. Caminaba rápido, demasiado rápido para un evento de esta categoría. Su mirada estaba fija en la espalda de Camila.

Tres, dos, uno... contó mentalmente.

El mesero fingió tropezar con el borde de la gruesa alfombra persa. Soltó un gemido exagerado de sorpresa y la bandeja se inclinó hacia adelante, proyectando las copas como proyectiles carmesí directamente hacia la espalda de Camila.

Con una gracia fluida y felina, Camila no se dio la vuelta. Simplemente dio un paso lateral largo y elegante, como si estuviera ejecutando un paso de vals, girando sobre sus tacones justo en el segundo en que el vino atravesaba el espacio donde ella había estado una fracción de segundo antes.

Crash.

El cristal se hizo añicos contra el piso de mármol. El vino tinto salpicó ruidosamente, manchando los zapatos y el borde del vestido color perla de una mujer que estaba detrás... que no era otra que Valeria, quien acababa de regresar para presenciar su triunfo.

El salón quedó en un silencio sepulcral por un instante.

-¡Mi vestido! -chilló Valeria, mirando horrorizada las manchas oscuras que arruinaban la seda clara de su falda.

El mesero estaba en el suelo, pálido y temblando, mirando a Camila con genuino pánico. Ella lo observó desde arriba, intacta, inmaculada, sin una sola gota de vino en su vestido rojo.

-Cielo santo, debes tener más cuidado -dijo Camila con una voz aterciopelada, pero que resonó con autoridad en el salón silencioso-. Pudo haber sido un desastre. Afortunadamente, me moví a tiempo. Lo siento mucho por tu vestido, Valeria. Parece que la mala suerte te encontró a ti esta noche.

Valeria apretó los puños, su rostro enrojecido por la ira y la humillación, mientras las miradas de lástima de la alta sociedad se posaban sobre ella. El plan maestro de arruinar a Camila había fallado estrepitosamente, rebotando contra su propia creadora.

-Voy... voy a limpiarme al baño -masculló Valeria, retirándose a paso apresurado, olvidando por completo su papel de amiga abnegada.

Camila sonrió internamente. Primera victoria. Pequeña, pero deliciosa.

Sin embargo, la obra teatral de Julián y Valeria tenía un segundo acto. El "accidente" del vestido solo era la excusa para que Camila huyera al balcón trasero, donde ocurriría el encuentro planeado. Como el accidente no ocurrió, la lógica dictaba que ella se quedaría en el salón. Pero Camila no estaba aquí para jugar a la defensiva; estaba aquí para desmantelar la trampa pedazo a pedazo y escupírsela en la cara.

Así que, simulando estar abrumada por el pequeño escándalo, Camila suspiró, tomó una copa de champán de una bandeja cercana y se dirigió deliberadamente hacia las puertas dobles que daban a los jardines traseros.

El aire fresco de la noche la golpeó en cuanto cruzó el umbral. El balcón era amplio, de piedra blanca, y estaba tenuemente iluminado. Tal como lo recordaba, estaba vacío. Apoyó las manos en la balaustrada, fingiendo contemplar las rosas en la oscuridad, y esperó.

No pasaron ni dos minutos cuando escuchó los pesados pasos detrás de ella.

Eran tres hombres. Camila los reconoció de inmediato. Eran matones de poca monta, disfrazados con trajes baratos que desentonaban brutalmente con el evento. En su vida pasada, el olor a alcohol barato y sus sonrisas lascivas la habían paralizado de terror. La habían acorralado contra la barandilla, diciéndole obscenidades, hasta que Julián apareció como un caballero de brillante armadura para "salvarla".

-Vaya, vaya... ¿Qué hace una princesa tan solita en la oscuridad? -dijo el más alto de los tres, dando un paso adelante y bloqueando la salida hacia el salón.

Camila no tembló. No encogió los hombros. Se giró lentamente, apoyando su cadera contra la piedra, y le dio un sorbo a su champán antes de clavar sus fríos ojos avellana en el líder del grupo.

-Esperando a que la basura se saque a sí misma -respondió Camila, con una voz tan gélida que el hombre parpadeó, desconcertado-. O quizá esperando a que el cobarde que los contrató por quinientos dólares a cada uno se decida a entrar a escena.

Los tres hombres intercambiaron miradas nerviosas. Ese no era el guion. La chica debía llorar, gritar un poco y suplicar.

-No sabemos de qué hablas, muñeca. Solo queremos hacerte compañía -insistió otro, intentando acercarse, aunque con menos convicción.

Camila bajó la copa. Su mirada se afiló.

-Escúchame bien, escoria -dijo, su tono bajo y mortal-. Sé exactamente quiénes son. Sé que tienen antecedentes, sé que uno de ustedes está en libertad condicional y sé que el hombre del esmoquin negro que espera detrás de esas cortinas los mandó aquí. Si no dan la vuelta y desaparecen de este hotel en los próximos tres segundos, me aseguraré personalmente de que el equipo de seguridad privada de mi padre les rompa ambas piernas antes de entregarlos a la policía. Uno.

Los matones palidecieron. La autoridad natural que emanaba de Camila no dejaba lugar a dudas; estaba dispuesta a cumplir su amenaza.

-Dos.

No esperaron al tres. Se dieron la media vuelta y huyeron hacia las escaleras laterales del jardín trasero, desapareciendo en la noche como las ratas que eran.

Camila se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja, satisfecha.

Justo en ese momento, las puertas dobles del salón se abrieron de golpe con dramatismo teatral.

-¡Señorita! ¿Se encuentra usted bien? Vi a unos sujetos sospechosos y...

Era Julián. Había entrado con el pecho erguido, la expresión ensayada de preocupación heroica esculpida en el rostro. Pero las palabras se le murieron en la boca cuando vio el balcón completamente vacío, salvo por Camila, que lo observaba con una expresión de absoluto y supremo aburrimiento.

-¿Sujetos sospechosos? -preguntó Camila, arqueando una ceja perfecta-. Creo que el exceso de champán le está haciendo ver alucinaciones, señor... discúlpeme, no tengo idea de quién es usted.

Julián titubeó, su impecable fachada agrietándose por un segundo ante la ausencia de sus cómplices y la fría actitud de la mujer. Se aclaró la garganta y forzó su sonrisa más encantadora, esa sonrisa que cinco años después la vería morir.

-Permítame presentarme. Soy Julián. Julián Márquez. Creí escuchar voces y me preocupé por su seguridad. Una mujer tan hermosa no debería estar sola en la oscuridad.

En otra vida, esas palabras habían encendido un rubor en sus mejillas. Hoy, solo le provocaron náuseas.

Camila dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal. Julián sonrió, creyendo que su encanto estaba funcionando a pesar de los contratiempos. Pero Camila no se detuvo a coquetear. Pasó por su lado de largo, deteniéndose apenas un milímetro a la altura de su hombro.

-Le agradezco su innecesaria preocupación, señor Márquez -murmuró Camila con voz cortante, sin mirarlo-. Pero detesto a los salvadores que llegan tarde. Especialmente a los que intentan resolver problemas que nunca existieron. Buenas noches.

Dejó a Julián congelado en el balcón, con la sonrisa petrificada y el orgullo hecho pedazos.

Camila reingresó al salón iluminado. Su corazón latía a un ritmo constante y poderoso. La primera trampa había sido desmantelada, y el cazador había quedado como un estúpido. Pero esto era solo el calentamiento.

Sus ojos barrieron la multitud una vez más, ignorando a la élite bulliciosa, hasta que se detuvieron en la zona VIP elevada. Allí, sentado en un sofá de cuero oscuro, rodeado por un aura de intimidación que mantenía alejados a los demás invitados, estaba el hombre que realmente había venido a buscar.

Dante.

Era hora de proponerle un pacto al diablo.

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Renacer para Destruirte

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