Capítulo 3
Desperté sobresaltada, el sudor frío empapando mi pijama. La pesadilla de siempre: Valeria cayendo, sus ojos acusadores.
Estaba en mi cama. ¿Cómo había llegado?
Andrés Castillo estaba sentado en una silla junto a mi cama, su rostro sombrío. Tenía un informe médico en la mano.
"Sofía," su voz era suave, pero cargada de preocupación. "El hospital me llamó. Tuviste otra hemorragia."
Andrés. Mi amigo de la universidad, oncólogo ahora. Siempre había estado ahí, un faro en mi oscuridad.
"El informe confirma lo que ya sabíamos," continuó, sus ojos clavados en los míos. "La leucemia está progresando rápidamente."
"¡Tienes que empezar el tratamiento, Sofía! ¡Ya!" Su voz se quebró. "Y tienes que alejarte de Mateo. Te está matando."
Negué con la cabeza.
"No puedo, Andrés. Le debo esto a Valeria. A él."
"¡No le debes nada!" exclamó, su habitual calma rota por la desesperación. "Valeria querría que vivieras. ¡Yo quiero que vivas!"
Sus palabras eran un bálsamo, pero mi resolución era firme.
"Es mi camino, Andrés. Déjame seguirlo."
Se pasó las manos por el pelo, frustrado.
"No te voy a dejar morir."
Unos días después, Mateo organizó un evento benéfico en una de las mansiones de su familia en Palermo. Isabella era la anfitriona oficial, radiante con un vestido de diseñador. Yo, como siempre, era la asistente, encargada de los detalles menores, invisible.
"Sofía, asegúrate de que los músicos tengan todo lo que necesitan," ordenó Mateo, su voz cortante.
Isabella me dedicó una sonrisa condescendiente.
"Querida, ¿podrías revisar también que las flores del jardín estén perfectas? Mateo quiere que todo luzca impecable."
Asentí en silencio.
Isabella me encontró en el jardín, revisando unos rosales.
"Ah, Sofía. Tan diligente." Su voz era puro veneno. "¿Sabes? Mateo dice que eres como una sombra, siempre pegada a él. Una sombra del pasado."
Me encogí, pero no respondí.
"Hace frío aquí fuera, ¿no crees?" continuó, ajustándose su chal de cachemira. "Pero supongo que alguien tiene que asegurarse de que los invitados no se mojen si empieza a llover."
Mateo se acercó. Isabella le susurró algo al oído.
Él me miró con frialdad.
"Quédate aquí, Sofía. Vigila que todo esté en orden en la entrada del jardín. Y no te muevas hasta que te lo diga."
Me dejó allí, a la intemperie, mientras el viento frío de la noche comenzaba a soplar. Los invitados entraban y salían, algunos mirándome con curiosidad, otros con lástima.
Soporté el frío durante horas. Mis huesos dolían, el cansancio me abrumaba. Rechacé el abrigo que un camarero compasivo intentó ofrecerme. Mateo e Isabella pasaban de vez en cuando, ignorándome. La fiesta terminó tarde. Los últimos invitados se fueron.
Cuando pensé que por fin podría irme, Isabella se acercó, una sonrisa maliciosa en sus labios.
"¡Oh, Dios mío! ¡Mi collar! ¡El collar de diamantes que me regaló Mateo! ¡No está!" gritó, lo suficientemente alto para que Mateo la oyera desde dentro.
Mateo salió rápidamente.
"¿Qué pasa?"
"¡Sofía! ¡Ella estaba aquí todo el tiempo! ¡Seguro que lo vio, o peor!" insinuó Isabella, mirándome con acusación.
"Yo no vi nada," dije, mi voz apenas un susurro.
"El collar es una reliquia familiar," dijo Mateo, su voz gélida. "Cayó al lago artificial del jardín hace un rato, mientras Isabella paseaba. Búscalo."
Miré el agua oscura y helada del lago.
"Pero... está muy frío. Y oscuro."
"Búscalo," repitió, implacable. "O no vuelvas a presentarte en la oficina."
Isabella sonrió, triunfante.
Mateo e Isabella se fueron, dejándome sola frente al lago helado. La amenaza de perder mi trabajo, mi única forma de estar cerca de Mateo y cumplir mi penitencia, era demasiado grande. Me quité los zapatos y entré al agua. Estaba helada, cortante. Cada paso era una tortura. Pero tenía que encontrar ese collar.