Capítulo 2

"Las emociones inexpresadas nunca mueren. Son enterradas vivas y salen más tarde de peores formas"

Sigmund Freud

Había estado aproximadamente dos horas sin poder pegar ojo desde que sentí la manilla de la puerta de mi habitación darse vuelta, mi cuerpo comenzó a temblar, le había puesto el seguro pero él fácilmente podría echar la puerta abajo. Tenía mucho miedo, pero no lo hizo, no tiró la puerta y por una vez no me ultrajaron más el alma, cada noche miraba el techo blanco de mi habitación mientras él estaba sobre mí y las lágrimas corrían por mis ojos, si lloraba debía hacerlo silenciosamente porque si no los golpes no tardaban en llegar, y ¡vaya que dolían! así que solo dejaba que ellas brotarán de mis ojos y luego cuando él se iba yo entraba al baño a llorar mientras dejaba correr el agua abrazándome a mí misma.

Pero ahora podía llorar, y lo hice, llore por todo, por todas las veces que me violó, por todas las veces que mamá lo vio y no hizo nada. Ella no me quería.

Creo que me dormí llorando, no calcular cuánto tiempo estuve así pero mis ojos al primer contacto con los rayos del sol que se colaban por la ventana hacia que me dolieran mucho. Sentía la pesadez de mis párpados y una sensación de arena cada vez que pestañeaba.

Me levanté rápidamente, si tenía suerte salía antes que el imbécil despertara. Siempre sin desayuno y la verdad mi cuerpo ya estaba acostumbrado a no comer la mayoría de las veces, ya que cuando él andaba de mal humor decidía que yo no debía comer, y como siempre mi madre no decía nada.

Una vez estuve lista salí rápidamente de casa, por suerte nadie estaba despierto, lo que era de esperar. Afuera el aire estaba frío, a pesar de que estábamos entrando a primavera, el viento y los días aún no estaban cálidos. Al salir del sitio donde vivía, que no puedo llamar hogar porque para mí un hogar es donde recibes calidez en el alma y mi casa solo producía dolor, al pasar la esquina estaban los de siempre, Diego, Román y Rodrigo, teníamos la misma edad pero ellos habían decidido dejar la escuela para dedicarse a vender drogas, eran camellos del grande, del que nadie sabía su verdadera identidad. La mayoría sabíamos de su existencia, se decía que era el rey de la cocaína y quien tratara de engañarlo o traicionarlo, era colgado en algún árbol del vecindario o degollado y dejado frente a su casa. Muchas veces desee que David apareciera degollado en el ante jardín,que más bien era una selva de pasto seco. Vivo en un barrio peligroso, por aquí los policías no rondan sin que se forme un tiroteo.

Lo llamaban el "demonio de endler"

Pero nadie nunca lo había visto, había sucedido en el puesto de jefe a su padre, se decía que él mismo lo había matado a sangre fría. Cuando escuchaba esos comentarios quería tener ese tipo de valor para poder matar a David y acabar con mi sufrimiento. Había tenido muchos sueños en donde yo lo asesinaba, pero nunca me había atrevido a hacerlo, era débil.

Salude a los chicos y ellos hicieron lo mismo, yo soñaba con dejar este lugar y poder comenzar mi vida sola, pero ellos se habían crucificado a vivir toda la vida aquí, arriesgando su vida día a día por su familia. Al menos ellos tenían una familia, yo por otro lado no tenía nada. Me puse el gorro de mi chamarra y camine a la escuela, ahí yo no era popular, y gracias a dios no me molestaban porque anteriormente diego y los chicos siempre me protegían y todos sabían que aun en esos tiempo ellos eran peligrosos. Ellos han sido los únicos que se podría decir me han protegido.

En la entrada de la escuela, están todos los chicos, bajándose de sus autos, con sus novias y viviendo la vida que quizás siempre han soñado, seguramente no les ha faltado nada. Paso por entre medio de ellos rápidamente, solo quiero salir luego de aquí, aun así escucho comentarios y risas a mis espaldas. Ya no hago caso, la verdad tengo cosas peores en casa, esto no podría afectarme menos.

me enfoco en poner atención a las clases, siento que esto podría ser mi oportunidad de ser alguien en la vida e irme y no mirar atrás, y no puedo desperdiciarla.

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Cuando llego a casa, David está ebrio, follandose a una chica de más o menos de mi edad, ella me mira, tiene los ojos empapados en lágrimas y la boca sangrando, está completamente desnuda, miro hacia el lado para ver a mi mamá completamente destrozada en el sillón, drogada hasta no poder más. Me quedo parada, estática, no puedo mover ningún músculo, ver a aquella chica me llego a mi mente todas las noches que él hizo lo mismo conmigo y nadie me ayudo. David se percató de mi presencia, me sonrió de una manera que me producían arcadas, no me moví, hasta que el hablo.

— Luego tú, ¡serás la próxima zorrita! —

No, no podía aguantar más, de pronto comencé a escuchar los gritos que la chica daba, y la sangre corriendo por sus piernas. Era un maldito perro, se merecía lo peor, se merecía la muerte.

Agarre un jarrón que mi madre tenía, era lujoso y David se lo había traído después de la primera vez que abusó de mí, caminé lentamente hacia él, y de un solo golpe rompí el jarrón en su cabeza, la sangre golpeaba mis oídos, y mi respiración cada vez era más rápida. Retrocedí al menos tres pasos, David había caído inerte sobre la chica que trataba con todas sus fuerzas de sacárselo de encima.

—¿Está muerto? — me pregunto

—No lo sé —susurre, solo veía el cuerpo de David tirado en el piso, con mucha sangre saliendo de su cabeza

—¡Muchas gracias! —me susurro, no respondí, y no recuerdo en qué momento ella se fue, yo solo miraba el cuerpo de ese idiota tirado en un charco de sangre, el sonido de mi madre al despertar, dando un tremendo grito me hizo saltar. Ella miraba el cuerpo horrorizada y lo único que pensé hacer era largarme, así que fui rápidamente hacia mi pieza y guarde la poca ropa que tenía en mi mochila, y salí corriendo de esa casa, a pesar de los gritos de mi madre preguntando qué demonios había hecho.

¿QUE HABÍA HECHO?

Había acabado con mi sufrimiento, o eso esperaba.

Capítulo 3

Dios sabe que vivo

Dios sabe que morí

Dios sabe que rogué

Rogué, pedí prestado y lloré

Salí de casa sin mirar atrás, podía sentir los gritos de mi madre llamándome, pero no mire atrás, no quería hacerlo, ¡lo había matado maldita sea!, iría a la cárcel por esto. Debía correr lo más lejos que pudiera, estaba segura que mi madre no me protegería. De pronto sentí un grito que me heló la sangre, mire atrás y era mi madre quién me miraba con odio en los ojos, la verdad no me sorprendía, sabía que no me quería.

—¡Irás a la cárcel por esto, estúpida mocosa! —gritó, para luego romper en llanto. ¿Cómo podía llorar por un hombre que la maltrataba y la despreciaba? se me era imposible entenderla y no es como si quisiera hacerlo. Pero era el único hombre que se había quedado con ella todo este tiempo, él algunas veces traía dinero que conseguía haciendo negocios sucios, mientras la mujer que me parió se drogaba escapando de este mundo y olvidando que tenía una hija que prácticamente se crió sola.

Algunos vecinos salieron a mirar qué había ocurrido, por lo que me puse la capucha de la chaqueta que traía y comencé a caminar, sin mirar atrás esta vez, a pesar de todos los gritos que escuché de ella que hicieron que varias lágrimas cayeran por mis mejillas. No sabía dónde iría, no tenía a nadie, no sabía dónde ir, estaba simplemente perdida y para más remate se estaba haciendo de noche.

No sé cuánto camine, pero llegue hasta una pequeña cafetería con un cartel “Abierto 24 horas”

¡Vaya justo lo que necesitaba! Si tenía suerte podría pasar toda la noche aquí y buscar algo por la mañana. Una vez que entre el olor a comida hizo que me sonara el estómago tan fuerte que por un momento pensé que los demás lo habían escuchado, pero no. Las tres personas que habían en el lugar en ningún momento levantaron la mirada, ni siquiera cuando al abrir la puerta sonaba la campana, mejor para mí. Le sonreí a la señora detrás del mostrador, debía tener al menos unos cincuenta años, los años pasados se notaban en su cara, aunque yo debía verme peor en estos momentos.

—Siéntate donde quieras nena —me dice sonriendo, yo asiento y camino hasta la última mesa desocupada, es muy poco lo que se me ve, y es lo que necesito. Me dejo caer en la silla y me tapo la cara con mis manos, no puedo creer lo que ha pasado.

¡He matado a alguien!

Apenas tengo 17 años, no puedo ir a la cárcel.

Seguro mi mamá ya me denunció

Seguro ya me está buscando la policía

Quizás David sobrevivió y ahora me está buscando para matarme

Una fuerte punzada en la cabeza me saca de mis pensamientos, miró hacia la calle. Ya oscureció, y la gente camina tranquilamente hacia sus casas, a sus hogares, con sus hijos, madres, esposos, novios. Sin saber que detrás de este vidrio hay una persona que acaba de matar a alguien. ¿Por qué tuve que tener esta madre, esta vida? si la policía me atrapa me encerraran por matar a alguien que probablemente habría terminado matándome, como hacerles saber que digo la verdad, solo soy una adolescente a la que ni su madre defendería, por mi situación económica, simplemente cerraran mi caso y me enviaron a prisión.

No puedo más, dejó escapar un fuerte suspiro.

—Y ese suspiro querida, ¿un chico? —dice la señora del mostrador, pero ahora parada frente a mí, no digo nada, no sé qué decir tampoco y ella lo nota ¿qué vas a ordenar linda? —me remuevo incómoda, apenas tengo dinero, no puedo darme el lujo de gastarlo.

—yo no tengo dinero para ordenar —digo agachando la cabeza, rezando porque se vaya y pueda quedarme aquí.

Ella no dice nada, ni tampoco se va, cuando ya pienso que me va a echar y comienzo a agarrar mis cosas ella habla

—¿Qué te gustaría comer? —me pregunta, por un momento creo que no me escucho y la miro —¡yo invito! —me dice sonriendo para luego guiñarme un ojo, estoy a punto de decirle que no es necesario pero mi estómago vuelve a sonar mucho más fuerte, recordando que no he comido en bastante tiempo, ella levanta una ceja divertida, ¡gracias por tanto estómago!

—Solo un sándwich —le digo en voz baja, ella asiente y se va hacia el mostrador.

Me vuelvo a acomodar en el asiento, es muy duro, definitivamente estar toda la noche aquí, a la mañana siguiente me levantaré sin trasero, pero he dormido en situaciones peores, la clave es ser capaz de adaptarse a cualquier situación. Además no es como si fuera algo tan difícil, los seres humanos lo hemos venido haciendo desde que existimos.

Suena la campana de la puerta al abrirse, miro hacia la puerta y veo dos policías, se me hiela la sangre y por un momento siento que todo está pasando en cámara lenta. Ellos se acercan al mostrador y le muestran una foto a la señora, ¡mierda! es una foto mía de cómo hace dos años. ¡Ella me denunció! ¡la maldita denunció a su única hija!

Me puse roja, tenía rabia y pena, pero más rabia, ¿cómo podía haberme hecho eso? Me levante de forma tranquila y camine hacia el baño asustada, esperando que la señora no me delatara, pero ella no me conocía ¿por qué no iba a decirles que era yo?

Entre a un baño y cerré la puerta, esperando que en cualquier momento los policías entraran, pensando las miles de cosas que les diría para que no me arrestaran, pero sabía que no me creerían, esa mujer debe haberles dicho muchas cosas malas para que ellos se dieran el tiempo de buscarme. Porque cuando ocurrían asesinatos en nuestro barrio, que era bastante seguido, solo quedaban en eso, en muertes, a menos que hubiera algo más.

Odiaba a mi mamá.

Debí haberla matado a ella también.

La puerta del baño se abrió, entró alguien pero no dijo nada, me quedé tan callada que ni el sonido de mi respiración se escuchaba y esperaba a que mi estómago no se le ocurriera sonar ahora. ¡Por qué por dios que me lo saco!

—Sé que estás aquí, Aria —dice la voz, la reconozco, es la señora del mostrador, pero no digo nada —¡sal de ahí y cuéntamelo todo! —tengo miedo, quizás ella está ahí con los policías, ¡me va a entregar!

Me comienzan a sudar las manos, no sé qué hacer, yo no debería estar en esta situación, ¡por dios!

Un golpe en la puerta me saca de mis pensamientos asustándome.

—Aria, no están los policías aquí, ya se fueron —dice de forma más suave.

Salgo, me cruzó de golpe con mi reflejo en el espejo, estoy llorando y no me había dado cuenta. Llevo una de mis manos a mi cara para encontrarme con la humedad en mis mejillas. Estaba horrible, estaba herida, tenía heridas que ni aunque volviera a nacer se desaparecerían. Me habían abandonado y dañado tanto que no sabía cómo seguía viva.

—¡Mate a alguien! —digo casi en un susurro, ella se llevó una mano a la boca asustada—Tranquila, soy inofensiva cuando no me dañan —le digo.

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Reinando en el infierno

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