Capítulo 3

La celebración se canceló abruptamente. Los invitados se marcharon en un murmullo de confusión y escándalo.

Nos quedamos solo los cuatro en el gran salón: el Sr. Vega, Mateo, Isabel y yo.

"¡Sofía, a mi despacho, ahora!", ordenó el Sr. Vega. Su rostro estaba rojo de ira.

Mateo intervino, su voz fría y dura. "No. Ella ya no tiene nada que hacer en tu despacho. Ni en esta bodega".

Se giró hacia mí, su resentimiento de una vida pasada desbordándose. "Quiero que la despidas. Ahora mismo. No quiero volver a ver su cara aquí".

El Sr. Vega explotó. "¿Te has vuelto loco? ¡Sofía es la mejor enóloga que este país ha visto en cincuenta años! ¡Ella es el futuro de Bodegas Vega! ¡Nuestro éxito se debe a su paladar, a su instinto! Es el secreto de nuestra familia".

"Ese secreto se acabó", replicó Mateo, impasible. "Isabel será la nueva enóloga principal".

Isabel sonrió, aferrándose al brazo de Mateo como si ya fuera la dueña del lugar.

El Sr. Vega se rió, una risa amarga y desesperada. "¿Isabel? ¡Isabel no sabe distinguir un Merlot de un zumo de uva! ¡Esto nos llevará a la ruina!"

"Es mi decisión, padre", dijo Mateo, su tono no admitía discusión. "Soy el heredero. Y quiero a Sofía fuera".

El Sr. Vega me miró, sus ojos suplicando. "Sofía, di algo. No puedes permitir esto. Esta bodega es tu vida, tu legado tanto como el nuestro".

Era cierto. En mi vida anterior, había dedicado cada segundo a esas viñas. Mis padres, leyendas de la enología, habían muerto en un accidente en esta misma propiedad, y los Vega me acogieron, no por bondad, sino por mi talento. Un talento que les había dado premios, reconocimiento mundial y una fortuna incalculable.

Forjé personalmente los acuerdos con los proveedores de las barricas de roble francés más exclusivas. Negocié los contratos de distribución que pusieron nuestros vinos en las mesas más lujosas del mundo. Cada fórmula, cada coupage premiado, había nacido de mi paladar y de mis noches en vela.

Pero todo eso había terminado con la traición.

"Está bien", dije con una calma que sorprendió a todos, incluso a mí misma.

Caminé hacia la gran mesa de roble donde, hacía unos momentos, se iba a firmar mi sentencia. De mi bolso, saqué mis cuadernos personales.

Eran varios, de cuero grueso, llenos de anotaciones.

"Aquí está todo", dije, poniéndolos sobre la mesa. "Mis notas de cata de las últimas cosechas, las fórmulas de los coupages especiales, los contactos de los proveedores y los detalles de los acuerdos de distribución".

Los ojos del Sr. Vega se abrieron con horror. Sabía el valor incalculable de esos cuadernos. Eran el cerebro y el alma de la bodega.

Luego, me quité del cuello una delicada "venencia" de plata. Era una reliquia familiar de los Vega, el pequeño cazo usado para extraer vino de las barricas. Se pasaba de generación en generación a la matriarca que dirigiría el futuro enológico de la familia. El Sr. Vega me la había entregado a mí, no a la esposa de Mateo, sino a mí, la futura mente maestra.

La deposité suavemente sobre los cuadernos. El tintineo de la plata contra el cuero fue el único sonido en la sala.

"Ya no la necesitaré", dije.

El Sr. Vega miró la venencia con los ojos llenos de lágrimas. "Sofía, niña... no lo hagas".

Pero yo ya había tomado mi decisión. Le di la espalda a la mesa, a mi pasado, y me preparé para marcharme.

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Reescribir el futuro mío

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