Capítulo 2
Capítulo 2
Mientras Valeria se perdía en un laberinto de conjeturas, Clara, visiblemente nerviosa, observaba a su ama. Tras el breve intercambio inicial, Valeria se había sumido en un silencio sepulcral, con la mirada fija en la nada. Más de veinte minutos en un estado catatónico. La preocupación de Clara crecía por segundos.
De pronto, sus ojos se iluminaron al divisar la fuente de agua que había dejado sobre el mueble junto a la puerta. Una idea audaz, casi imprudente, germinó en su mente.
Con determinación, se acercó al mueble, tomó la fuente de porcelana y se aproximó a Valeria con sigilo. Justo cuando se disponía a arrojarle el agua helada para sacarla de su trance, Valeria rompió el silencio con una voz suave, casi cautelosa:
-Disculpa, ¿cómo has dicho que me llamo? Solo para confirmarlo -tras salir de su ensoñación, miró a Clara con curiosidad y añadió-: ¿Qué pretendías hacer?
Clara se paralizó en seco, con la fuente temblorosa en sus manos. Tartamudeando, respondió:
-¡Señorita, al fin! Ya me estaba dando un ataque al corazón. Y... y... iba a refrescarla un poco con agua fresca para despertarla.
Valeria se sorprendió ante la osadía de Clara. ¿Acaso las doncellas de este mundo tenían licencia para cometer tales atrocidades? Antes de que pudiera reprenderla, la joven, presa del pánico, continuó:
-Y respondiendo a su pregunta, usted es Valeria Delacroix, hija del duque Maximiliano Delacroix y la duquesa Elena Delacroix, princesa heredera del Imperio de la Rosa. En verdad, señorita, estoy muy preocupada por usted. Mejor llamo al médico para que la examine y, de paso, aviso a los duques que ya ha despertado.
Antes de que Valeria pudiera articular palabra, Clara salió de la habitación a toda prisa, dejando tras de sí una estela de nerviosismo y preocupación.
Derrotada, no le quedó más que aguardar la llegada del dichoso médico. Mientras tanto, se sentó al borde de la cama, sintiendo el peso del destino sobre sus hombros. Reflexionó sobre sus próximos pasos, intentando trazar un plan en medio de la confusión. Al mismo tiempo, examinaba con detenimiento la habitación, absorbiendo cada detalle del lujoso entorno. De pronto, su mirada se posó sobre un enorme espejo con marco de madera de exquisito diseño, una pieza imponente que dominaba una de las paredes.
Sin dudarlo, se levantó y caminó hacia el espejo, sintiendo una extraña anticipación. Al llegar, quedó atónita ante la imagen que reflejaba. En su vida anterior, no se consideraba fea, pero la belleza de Valeria era de otro mundo, una perfección casi irreal.
Su cabello, de un color plateado brillante con destellos aguamarina, caía en cascadas sobre sus hombros, enmarcando un rostro de delicadas facciones. Sus ojos grises, profundos e intensos, parecían albergar secretos ancestrales. Su figura, esbelta y grácil, prometía enloquecer a cualquier hombre que osara mirarla.
Era una joven sumamente hermosa, de entre dieciséis y diecisiete años, lo que significaba que, de ser ciertas sus sospechas, le quedaba poco tiempo para alterar su destino. En la novela, el compromiso se rompía cuando Valeria cumplía diecisiete años, y a los dieciocho encontraba la muerte, un final trágico que estaba decidida a evitar.
Debía concebir un plan audaz, un esquema infalible para romper ese compromiso antes de que la trama se pusiera en marcha y ella quedara relegada al papel de antagonista, condenada a repetir los errores de su predecesora.
Mientras Valeria seguía absorta en sus reflexiones, las puertas de la habitación se abrieron de golpe, revelando la figura imponente de los duques. Tras el estrépito provocado por la abrupta apertura, lo primero que sintió nuestra protagonista fueron unos brazos fuertes y protectores rodeándola con fervor. Una voz grave, cargada de alivio y preocupación, resonó en sus oídos:
-Hija mía, no sabes el susto que le diste a este pobre viejo. ¡Creímos que te habíamos perdido para siempre!
-Maximiliano, por favor, deja a la niña tranquila, la estás asfixiando -reprochó una voz femenina, suave pero firme.
En ese instante, Valeria sintió cómo el abrazo se aflojaba ligeramente, permitiéndole respirar con mayor facilidad. Aun así, el duque se negaba a soltarla por completo, aferrándose a ella como si temiera que pudiera desvanecerse en cualquier momento.
-Estoy bien, padre. De verdad, me encuentro bien -logró articular, sintiendo una extraña calidez ante la muestra de afecto.
Justo en ese momento, como un salvador oportuno, apareció un caballero de unos sesenta años, ataviado con una impecable bata blanca. Su rostro amable y su porte sereno lo delataban: era el médico.
-Permiso, su excelencia, pero necesito hacer mi trabajo. ¿Me permite revisar a la señorita? -preguntó con cortesía, pero con una firmeza innegable.
-Por supuesto, doctor. Verifique que todo esté en orden, por favor -contestó el duque, cediendo el paso al galeno con cierta reticencia.
Justo en ese momento, como si estuviera esperando el momento oportuno, Clara irrumpió en la habitación, con el rostro pálido y la voz temblorosa:
-Por favor, doctor, compruebe bien la cabeza de mi señorita. No sabe quién es. Cuando despertó, me hizo muchas preguntas raras. Yo creo que se golpeó la cabeza al caer al lago.
Al terminar de hablar, se escuchó el jadeo entrecortado de la duquesa, quien, presa de la angustia, comenzó a llorar desconsoladamente. El duque, con un gesto de ternura, se acercó a abrazarla, rodeándola con sus fuertes brazos mientras le susurraba palabras de consuelo al oído:
-Tranquila, mi amor, todo va a estar bien. Nuestra hija es fuerte, siempre lo ha sido. Saldrá adelante, ya lo verás.
El médico, imperturbable ante la escena familiar, continuó con su laboriosa revisión, examinando a Valeria con minuciosidad y profesionalismo. Finalmente, tras unos minutos que parecieron una eternidad, se apartó con un gesto de satisfacción y, con voz calmada y tranquilizadora, dijo:
-La señorita se encuentra bien, dentro de lo que cabe. Afortunadamente, solo tiene un golpe en la cabeza, pero nada de qué preocuparse. Con reposo y los cuidados adecuados, la inflamación bajará en unos días y todo volverá a la normalidad. Ahora, señorita Valeria, ¿podría decirme qué fue lo que pasó? ¿Recuerda cómo cayó al lago?
Y justo cuando terminó de formular la pregunta, una punzada aguda e intensa atravesó la cabeza de Valeria, haciéndola gemir de dolor. Se llevó las manos a las sienes, intentando aliviar la presión que amenazaba con hacerla estallar.
Al ver su estado, el médico se apresuró a tranquilizarla:
-Está bien, no se esfuerce. No intente forzar los recuerdos, irán llegando solos, poco a poco. ¿Recuerda algo más? ¿Sabe quién es usted?
Capítulo 3
Capítulo 3
(POV Valeria)
Y justo en ese instante, una chispa de ingenio iluminó mi mente. Después de todo, fingir amnesia no era una idea tan descabellada. Era una oportunidad única para reescribir mi historia, para moldear mi destino a mi antojo. Sin dudarlo, con la voz temblorosa y los ojos llenos de lágrimas falsas, respondí:
-Lo siento... pero no... no sé quién soy. No recuerdo nada.
Fue suficiente para que los duques me estrecharan entre sus brazos con renovado fervor, inundándome de un calor que nunca antes había experimentado. Con voz serena, intentando calmar su evidente angustia, añadí:
-Perdón... perdón por preocuparlos. No era mi intención hacerlos sentir mal.
Y era cierto, en parte. No quería lastimarlos, pero tampoco podía arriesgarme a que descubrieran que yo no era la verdadera Valeria Delacroix. En cambio, de esta forma, podría justificar mi comportamiento errático y mi repentino cambio de actitud con la conveniente pérdida de memoria.
La duquesa fue la primera en romper el silencio, con la voz entrecortada por la emoción:
-Ya, ya, cariño, no es tu culpa. No te preocupes, con el tiempo irás recuperando todos tus recuerdos. ¿No es así, doctor? -preguntó, dirigiendo una mirada suplicante al médico.
-Sí, sí, por supuesto -respondió el galeno, visiblemente intimidado por la mirada fulminante de la duquesa.
El duque, por su parte, no me soltaba, aferrándose a mí como si temiera que pudiera desaparecer en cualquier momento. Finalmente, tras unos segundos que parecieron una eternidad, se decidió a hablar:
-Bueno, no importa, lo importante es que estás con vida y con nosotros. Los recuerdos volverán con el tiempo, y si no es así, crearemos nuevos recuerdos juntos.
No pude contener las lágrimas, y comencé a llorar a mares, aunque, al contrario de lo que pudieran pensar, no eran lágrimas de tristeza o desesperación, sino de una inmensa y abrumadora felicidad. Siempre me había sentido sola, abandonada a mi suerte, y ahora, de repente, me encontraba rodeada de dos personas maravillosas, dispuestas a brindarme su amor incondicional y a protegerme de todo mal. Si la Valeria original no supo apreciar lo que tenía, yo no iba a cometer el mismo error. No iba a desaprovechar esta increíble oportunidad que el destino me había brindado. Siempre anhelé tener una familia, un hogar al que pertenecer, y ahora, por fin, lo tenía. Y los amaría con todo mi corazón, como se merecían.
Una vez que el médico abandonó el ducado, el duque Maximiliano, aún visiblemente afectado por la situación, envió una carta urgente al palacio imperial, informando al emperador sobre el desafortunado accidente y el estado de salud de su hija. No tardó en llegar la misiva al despacho del emperador Fernando, donde se encontraba en compañía de la emperatriz Elena. Tras leer la carta con creciente preocupación, ambos soberanos tomaron una decisión trascendental: prepararían todo lo necesario y partirían de inmediato hacia el ducado Delacroix, acompañados de sus dos hijos, los príncipes Diego y Damián.
Estos, lejos de mostrarse preocupados por la delicada situación de Valeria, se mostraban visiblemente irritados por la repentina interrupción de sus actividades cotidianas. En el fondo, ambos príncipes creían que se trataba de una farsa urdida por la joven para despertar la compasión de sus padres y manipularlos a su antojo.
El segundo príncipe, Damián, no sentía una aversión particular por Valeria, pero tampoco simpatía. A pesar de conocerse desde la infancia, nunca habían sido cercanos, y el día que Valeria cayó al lago solo la salvó por puro deber, como lo habría hecho con cualquier otra persona en peligro.
Por otro lado, el príncipe heredero, Diego, visiblemente molesto por la interrupción de sus importantes asuntos de estado, decidió romper el tenso silencio que se había instalado en el carruaje:
-Padre, ¿de verdad es necesario que vayamos hasta el Ducado Delacroix? ¿Acaso ignora que hoy teníamos una práctica crucial con el general en jefe de la primera división del ejército? Su presencia era indispensable para evaluar el progreso de las tropas.
-Sí, padre -secundó el príncipe Damián, con un tono de voz ligeramente más suave, pero igualmente cargado de fastidio-. ¿Por qué tengo que ir yo? Entiendo que Diego deba asistir, ya que es el prometido de la señorita Delacroix, pero ¿qué tengo que ver yo con todo esto? Mi tiempo es valioso, y preferiría dedicarlo a mis estudios y entrenamientos.
El emperador Fernando, exasperado por la actitud egoísta y las quejas constantes de sus hijos, replicó con voz firme y autoritaria:
-¡Basta ya, hijos malcriados! En primer lugar, no tengo por qué darles explicaciones sobre mis decisiones, pero, ya que muestran tanto interés, les diré que la señorita Delacroix, además de ser la futura emperatriz de este imperio, es mi ahijada, y no puedo permitirme ignorar su sufrimiento ni descuidar su bienestar. En segundo lugar, como bien ha dicho tu hermano, Diego, tú eres su prometido y tienes la obligación moral de estar a su lado en estos momentos difíciles. Y en tercer lugar, pero no menos importante, ¡porque soy su padre y se hace lo que yo digo! Así que, al llegar al ducado, les exijo que cambien esas caras largas y se muestren genuinamente preocupados por la señorita Delacroix. ¿Está claro?
«Sí, padre», respondieron ambos príncipes al unísono, con un tono de voz sumiso y resignado.
Tras esta breve pero intensa reprimenda, el carruaje real volvió a sumirse en un silencio sepulcral, que solo era interrumpido por el ocasional relincho de los caballos y el chirrido de las ruedas sobre el camino empedrado. La tensión en el ambiente era palpable, y ambos príncipes se esforzaron por mantener sus rostros inexpresivos, temerosos de provocar una nueva explosión de ira por parte de su padre. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, el carruaje llegó a las imponentes puertas del Ducado Delacroix.
Una vez allí, un heraldo real, vestido con los colores imperiales, anunció a viva voz la llegada de la familia real, lo que provocó una mezcla de sorpresa y nerviosismo tanto en el duque Maximiliano como en la duquesa Renata, quienes no esperaban una visita tan repentina e importante.
Al llegar a la entrada principal de la majestuosa mansión, el carruaje se detuvo por completo, y el primero en descender fue el emperador Fernando, quien, sin perder un instante, corrió a abrazar a su amigo Maximiliano, a quien consideraba un hermano del alma. Con el rostro visiblemente preocupado, el emperador interrogó:
-¿Cómo está ella, Maximiliano? ¿Se encuentra en reposo? ¿Qué ha dicho el médico? ¿Es tan grave la situación como me temo? ¡Traeré a los mejores médicos de todo el imperio para que atiendan a mi ahijada! Sí, eso haré, está decidido. No permitiré que nada malo le suceda.
Al duque Maximiliano le reconfortaba profundamente ver a su amigo genuinamente preocupado por la salud y el bienestar de su hija, pero, consciente de que el emperador podía seguir interrogándolo durante horas, decidió responder con calma y firmeza:
-Tranquilo, Fernando, por favor, tranquilízate. Valeria está bien, dentro de lo que cabe, al menos. El médico no puede asegurar que su estado actual sea permanente, pero confía en que, con el tiempo y los cuidados adecuados, pueda recuperarse por completo. Pero no hablemos de esto aquí, a la intemperie. Les ruego que pasen, Majestad, Príncipe Heredero, Segundo Príncipe. Los invito a entrar a mi humilde hogar.
El duque Maximiliano hizo una reverencia formal, aunque en su corazón anhelaba poder abrazar a su amigo y confidente. A pesar de la cercanía que existía entre ellos, el duque era consciente de la importancia de mantener las formalidades en presencia de la familia real y del resto de la servidumbre.
-Ya, Maximiliano, ¿cuántas veces tengo que repetirte que me llames por mi nombre? Somos amigos desde la infancia, no tienes por qué tratarme como a un emperador en tu propia casa -intervino la emperatriz Elena, con una sonrisa amable y un tono de voz ligeramente reprobatorio.
-Lo sé, Elena, lo sé. Prometo intentarlo, pero a veces las costumbres son difíciles de romper. Por favor, pasen. Mi esposa y mi hija se están preparando para recibirlos, ya saben cómo son las mujeres, siempre preocupadas por la apariencia. Les propongo que pasemos al jardín, donde podrán disfrutar de un poco de aire fresco mientras les pido que nos sirvan un delicioso té y algunos pasteles.
-Claro que sí, Maximiliano, me parece una idea excelente. El jardín de tu ducado siempre ha sido uno de mis lugares favoritos -respondió el emperador Fernando, tomando la mano de su esposa Elena con un gesto cariñoso.
Siguiendo al duque y al emperador, la emperatriz Elena y los príncipes Diego y Damián entraron en la imponente mansión y se dirigieron hacia el exuberante jardín, donde un hermoso quiosco había sido preparado para recibir a los ilustres visitantes. Una mesa elegantemente dispuesta, cubierta con un mantel de encaje y adornada con delicadas flores, ofrecía una selección de tés aromáticos y pasteles exquisitos.
Mientras los atentos sirvientes se dedicaban a servir las tazas de té, la duquesa Renata hizo su entrada triunfal en el jardín, luciendo un elegante y sofisticado vestido de seda azul celeste que realzaba su figura esbelta y su tez pálida. Su cabello castaño, recogido en un moño impecable, dejaba al descubierto unos pendientes de diamantes que brillaban con cada movimiento.
-Saludos, Majestades, saludos, Príncipes -dijo la duquesa con una reverencia suave y una sonrisa forzada.
La emperatriz Elena, conmovida por la tristeza que se reflejaba en el rostro de su amiga, se levantó de su asiento con gracia y se acercó a Renata para tomar sus manos entre las suyas. Con una voz afligida y llena de cariño, preguntó:
-Renata, querida, ¿cómo te encuentras? ¿Cómo está mi niña? Por favor, deja las formalidades de lado, somos casi familia. No tienes que fingir estar bien delante de nosotros.
La duquesa Renata, sintiéndose reconfortada por las palabras sinceras de su mejor amiga, permitió que una leve sonrisa iluminara su rostro.
-Estoy bien, Elena, gracias por preguntar. Y mi niña... bueno, parece estar bien, dentro de lo que cabe. Los médicos dicen que necesita tiempo para recuperarse y que debemos ser pacientes. Tiene que volver a adaptarse a su vida y a su entorno, y ver cómo evoluciona con el paso de los días.
Antes de que la duquesa pudiera añadir algo más con respecto a la salud de su hija, una figura esbelta y elegante apareció en la entrada del jardín, captando la atención de todos los presentes. Era Valeria, la joven de cabellos plateados y ojos azules, que se había convertido en el centro de todas las preocupaciones. Con una voz suave y melodiosa, Valeria saludó a los miembros de la familia real con la mayor cortesía y respeto que pudo reunir:
-Saludos, Majestades, saludos, Príncipes...