Capítulo 2
Edward POV
Forks, 11 de Febrero, 1979
Amarro los cordones de mi converse izquierda, mientras mi padre lee el periódico de esta mañana. Se ve relajado, eso me relaja a mí también. Últimamente no puede estar un minuto sentado sin que se pare para ir al baño; la diabetes hace estragos en su cuerpo.
Reviso mi agenda mental, quizá hoy tenía que ir a la casa de nuestra vecina, la Sra. Clancy, para arreglarle su sitial favorito. Su gran masa corporal le pasa la cuenta, aplastando todo lo que queda bajo su trasero. Quizá podría recomendarle un gimnasio, aunque acá en Forks no haya ni de esos.
No sé cocinar, me cruje el estómago; no sé qué hacer. Pienso en llamar a Jessica para que me ayude, pero luego recuerdo que está enojada conmigo porque no acepto que quiera algo más allá de una amistad. A veces siento que me hostiga, pero cocina muy bien. Y mi padre le adora.
—¿A qué hora es la cena? —inquiere, impaciente. Ahora está mejor para comer y eso me alegra.
—No tengo idea, papá —le contesto con sinceridad—. Yo no sé cocinar.
Se queda pensando un momento, con el ceño fruncido y la boca estirada, los lentes se le resbalan por la nariz, pero se las vuelve a posicionar con el dedo índice. Al minuto, alza el dedo que había utilizado para acomodar sus gafas y luego abre la boca para hablar.
—Podríamos pedir unos sándwiches y…
—Sabes que no puedes, tienes diabetes y los glúcidos están prohibidos para ti. No quiero que bajes más de peso —lo regaño. Odio que no se cuide.
Siento una punzada de culpabilidad por la manera en la que le hablo, pero no puedo evitarlo. Doce kilos perdidos por la diabetes y una cuenta carísima para él. Siento mucho que ahora yo tenga que trabajar para él más seguido; y las horas son muy malas. Extraño a mi madre.
Sé que a él también le duele no poder servir de mucho, aunque yo le digo lo contrario, para que no se sienta mal. Antes, Carlisle Cullen era el mejor carpintero del pueblo, ahora era un viejo que tenía a su hijo inútil trabajando en su taller, pagando el peor salario que cualquiera se pudiese imaginar. Muchos me dicen que podría buscar un trabajo mejor, como por ejemplo tía Elizabeth, que me daría el doble por tomar el puesto de junior en su pequeña empresa. La verdad es que no podía dejar a mi padre solo, su trabajo era lo que más le agradaba en la vida luego de que murió mamá.
—Llamaré a Jessica para que venga a hacernos algo, ¿sí? —le digo—. Creo que debo trabajar hoy.
—Ah, sí, sí. Me llamaron para un trabajo tuyo. El director de la preparatoria está aburrido de las goteras del techo, necesita que vayas a arreglarlo. El material es de madera, lo mismo que trabajar en carpintería, ¿no?
Miro mal a mi padre por aceptar ese trabajo para mí. Debo estar en altura para arreglar ese techo. No sé arreglar techos y odio las alturas. Lástima que ahora necesite dinero, aunque… viendo que Jessica pasará por estos lados y estaba enojada conmigo, será bueno irme por un rato, así no tengo que soportar malas miradas.
Cuando llamo a Jessica, las manos me sudan, creo que a veces le temo; es algo agresiva. No me he separado de ella desde aquella noche de graduación que me ayudó a salir de la broma de Emmett McCarty. Le debo tamaña generosidad.
—Lo hago por tu padre, no por ti. —Repito la misma frase internamente; siempre la dice cuando está enojada—. Dile que pasaré por ahí alrededor de las cuatro. Adiós.
Cuelgo el teléfono con fuerza. Tengo rabia. Se cae el retrato de mi madre con el movimiento de la mesita.
—Bruja —susurro al teléfono, como si aquello fuese Jessica.
Le comunico a mi padre que Jessica vendrá a hacerle algo para comer, sin antes darle una mirada triste al retrato de mi madre, Esme, que descansa en el mueble contiguo al sofá predilecto de Carlisle. Sin ella la vida se hace un poco más pesada, sobre todo ahora que mi padre está cargando con la enfermedad.
Capítulo 3
Edward POV
Me preparo mentalmente para lo que se viene, subirse en unas escaleras y arreglar un techo de metros más alto que yo. De tan solo pensarlo me da escalofríos. Pero el dinero que me pagarán servirá para pagar otro poco de la medicina de papá. Es necesario, tanto como para comer.
Me subo a mi camioneta Chevy del 50, color durazno ya desteñido. Tiene casi 30 años. Fue un regalo que le dio mi abuelo a mi padre el año 1959. Creo que debería pintarlo.
Llueve a cantaros en Forks, no hay ni rastros de la salida del sol. El frío me cala los huesos y los dedos se ponen rígidos contra el manubrio, por lo que debo moverlos constantemente para que no se me estanquen en la misma posición. Odio este frío insoportable, pero no puedo hacer más que quedarme hasta secarme; papá no puede estar solo.
Cuando estaciono frente al instituto de Forks, miles de recuerdos golpean mi cabeza. Por eso es que no me gusta venir, solo me hace recordar feos momentos. Intento buscar un recuerdo que me produzca algún signo de agrado, pero no hay.
Bajo del auto, sintiendo las gotas de lluvia golpeando mi cabeza con fuerza, no duro ni un segundo sin estar completamente mojado. En la entrada espera el director del establecimiento; es gordito y alto, risueño y suda bastante, por lo que siempre anda con un pañuelo bordado, que frota constantemente sobre su frente. Me hace un gesto de saludo con la mano, alegre y emocionado de verme.
—¡Muchas gracias por venir, Edward! —exclama, dando dos pasos hacia adelante, pero retractándose al notar las gotas gruesas contra su escasa cabellera.
—Buenas tardes, Sr. Dublin. ¿En dónde es el problema? —inquiero rápidamente, no tengo ánimos para charlar.
Por el rostro estupefacto del director, noto que mi directa y escasa forma de entablar conversación le es una total y horrible sorpresa, sobre todo porque fue mi mayor apoyo cuando estuve estudiando ahí. Sí, puede ser bastante feo de mi parte, pero ya estaba cansado de trabajar para los demás, siendo enviado como un simple obrero de mi padre.
—Bien. Podríamos ir a por el problema directamente, sí… —divaga.
Lo sigo por el recorrido que él utiliza, veo sus pies ir hacia el pasillo más próximo, justo frente a la repisa de cristal que contenía los premios y diplomas de alumnos destacados. A su lado descansaba el anuario, el cual contenía recuerdos de todos los años. Quizá estoy yo por ahí, aunque no me atrevo a mirarlo, el simple hecho de observarme hace diez años me da un poco de vergüenza y hace de este viaje algo más que incómodo.
El Sr. Dublin me muestra unos pequeños agujeros del techo ya podrido por la madera vieja. Noto que está tan arcaico, que en algún momento podría desquebrajarse. Es algo más serio, quizá necesitaré la ayuda de mi colega.
—Veo que necesitaré remodelar todo esto, ya está por caerse —le indico con mi dedo mientras le voy diciendo el problema.
El hombre asiente, aunque sé que no entiende absolutamente nada. Desde que estaba en este instituto, el pobre hombre era un cabeza dura, alguien poco autoritario para tener tal nivel en el lugar.
—Entonces le dejo hacer su trabajo, yo mientras iré a hacer lo mío. Muchas gracias, Edward —se despide afectuosamente de mí.
Suspiro cuando se va por el pasillo y entra a la salita pequeña, su oficina. Miro al techo nuevamente, buscando lo más fácil para hacer. No, definitivamente necesito de la ayuda de Jasper.
Jasper es mi primo, mi madre era una Whitlock, la segunda hija de Lucius Whitlock. Su hermana era la madre de Jasper, Martha Whitlock. Desde pequeños nos llevamos bien, ambos somos unos desdichados de la vida. Intento no pensar tan mal por él, al fin y al cabo recibirá la herencia de su padre el cual nunca lo quiso reconocer hasta hace unas semanas. Yo, en cambio, moriría trabajando de carpintero. O bueno, hasta que mi padre se fuese al mundo de los muertos.
Tomo el banquillo y subo dos peldaños, sintiendo la altura en la que me estaba inmiscuyendo. Inspecciono con los dedos la mojada madera, que ya está gris. Está completamente podrida, creo que no podrá resistir más temporales de Forks.
Pongo mis manos en la cintura y respiro profundamente, aguantando el frío casi asfixiante del lugar. También está húmedo, algo que no aguanto. Odio Forks, sin embargo, no tengo la suficiente valentía de irme de aquí.
Giro mi cabeza, distrayéndome un poco de la soledad y el silencio profundo del pasillo. Hoy es domingo, por lo cual, no hay nadie ni mucha actividad que digamos. Pero algo me llama la atención, es una fotografía de la generación del año 1969. La mía.
Sonrío apesadumbrado, no es algo que me gusta recordar, tampoco me genera buenas sensaciones. Solo hay algo… , alguien que me llama la atención.
—Bella —gimo.