Capítulo 3
Sofía se movía por mi casa con una torpeza que parecía ensayada.
"Señora Montoya, ¿necesita algo?", preguntaba con voz suave.
Yo estaba confinada en un sofá en el salón, con el pie en alto. Ella era mi carcelera.
Javier la había contratado oficialmente como mi "asistente personal". Le pagaba un sueldo generoso para que me "cuidara".
La ironía era insoportable.
La mujer que había destruido mi matrimonio ahora me traía el desayuno a la cama.
Una mañana, intentó ayudarme a sentarme. "Con cuidado, señora", dijo.
Sus manos, supuestamente para sostenerme, me soltaron en el momento justo. Caí de nuevo sobre el sofá, y un dolor agudo recorrió mi tobillo lesionado.
"¡Ay, lo siento tanto!", exclamó, llevándose las manos a la boca.
Yo apreté los dientes para no gritar.
El verdadero infierno comenzó esa tarde.
Sofía me trajo una taza de té. "Para que se relaje, señora Montoya."
Mientras me la entregaba, su mano "tropezó". El té hirviendo se derramó sobre mi mano y mi regazo.
El dolor fue insoportable. Grité.
Mi piel se enrojeció al instante, ampollándose.
Sofía empezó a llorar. No por mí, sino por ella misma.
"¡Oh, Dios mío, qué torpe soy! ¡Lo siento, lo siento!"
En ese preciso instante, Javier entró en el salón.
Vio mi mano quemada, mi rostro contraído por el dolor.
Pero solo tuvo ojos para Sofía, que lloraba desconsoladamente.
Corrió hacia ella, no hacia mí. La abrazó.
"Tranquila, Sofía, tranquila. No ha sido culpa tuya. Ha sido un accidente."
Luego, se giró hacia mí. Su mirada era fría, acusadora.
"Isabel, ¿no ves cómo está? La has asustado."
No podía creer lo que oía. El dolor de la quemadura era nada comparado con el de sus palabras.
"¿Que la he asustado yo?", susurré.
"Sí. Mira cómo llora. Y tú ni siquiera te inmutas. Discúlpate."
"¿Qué?"
"He dicho que te disculpes con Sofía. Ahora." Su voz era dura, implacable.
Me quedé mirándolo, atónita. Quería que yo, su esposa, herida y humillada, me disculpara con su amante.
"No", dije con un hilo de voz.
La cara de Javier se ensombreció. Se acercó a mí, su sombra cubriéndome.
"El padre de Sofía trabaja en la construcción", dijo en voz baja, para que solo yo lo oyera. "Sería una pena que tuviera un 'accidente' en una de mis obras. ¿Verdad?"
El chantaje era tan vil, tan bajo, que me dejó sin aire.
Miré a Sofía. Detrás de sus lágrimas, vi un destello de triunfo.
Bajé la cabeza. La humillación era un veneno que me recorría las venas.
"Lo siento, Sofía", musité. "Ha sido... culpa mía."
Ella sollozó aún más fuerte en los brazos de Javier, que me lanzó una mirada de advertencia.
Esa noche, cojeando, subí a mi cuarto.
Abrí la caja de taracea. Saqué la décima letra. Seguiriya.
El palo más trágico y desgarrador del flamenco. Me la escribió después de la muerte de mi madre. "En tu dolor, estoy yo", ponía.
La acerqué a la llama.
Mientras el pergamino se consumía, recordé su promesa.
Las cenizas cayeron sobre la alfombra.
Javier entró en la habitación sin llamar. Vio el último trozo de papel ardiendo en mi mano.
"¿Qué haces?", preguntó, frunciendo el ceño.
Dejé caer la ceniza.
"Nada. Solo... deshaciéndome de viejos recuerdos."