Capítulo 3
Esa noche, Isabela no pudo dormir.
La sensación de los dedos de Gabriel deslizándose por su cintura, su voz grave murmurando contra su oído, el roce apenas contenido de sus labios... Todo eso se repetía una y otra vez en su mente como una película que no podía detener. Había sentido vértigo en aquella terraza. Había sentido la caída.
Y lo peor era que una parte de ella lo deseaba.
Los días siguientes se convirtieron en un campo de batalla silencioso. Gabriel no volvió a tocarla, ni a buscarla fuera de lo estrictamente laboral. Pero su presencia se volvía imposible de ignorar. Sus miradas fugaces durante las reuniones, el modo en que la observaba cuando creía que nadie más lo hacía, el tono de su voz cuando pronunciaba su nombre... Todo seguía jugando con su equilibrio.
El viernes, justo cuando pensaba que había recuperado el control, él volvió a mover las piezas.
-Isabela -dijo al final del día, asomándose desde su despacho-. Necesito que revises conmigo la presentación para el comité. Podemos avanzar más rápido sin interrupciones. ¿Puedes quedarte un rato más?
Ella sabía que no era una simple presentación. Lo vio en su mirada. Aun así, asintió.
-Claro, Gabriel.
Se quedaron solos en la oficina cuando todos los demás se habían ido. Las luces tenues, el silencio del piso vacío, el sonido lejano de la ciudad nocturna... todo parecía estar dispuesto para algo más que trabajo.
Gabriel la esperó en el sofá del salón privado contiguo a su despacho, un lugar que rara vez utilizaba. La mesa estaba cubierta con papeles y su laptop abierta, pero ni siquiera fingió revisar nada cuando ella entró.
-¿Estás segura de que quieres quedarte? -preguntó, su voz más baja de lo habitual.
Isabela cerró la puerta sin responder. Caminó hasta él, dejando su bolso en una de las sillas. Su pulso era un tambor que resonaba en sus oídos.
-Estoy cansada de fingir que no pasa nada -dijo al fin-. Y tú también lo estás.
Gabriel se puso de pie. Por un segundo, solo se miraron, sin moverse, como dos piezas de ajedrez antes del golpe final.
Y luego, él la tomó.
No fue un beso suave. Fue una explosión de semanas de tensión contenida. Sus labios se encontraron con fuerza, y el mundo alrededor dejó de existir. Gabriel la sostuvo por la cintura, presionándola contra su cuerpo. Isabela respondió sin reservas, enredando sus dedos en su camisa, acercándolo más.
Se besaron con hambre, como si hubieran estado esperando años por ese instante. Gabriel bajó sus labios por su cuello, dejando un rastro de calor. Sus manos exploraron su espalda, sus curvas, deteniéndose justo donde la línea entre lo permitido y lo prohibido comenzaba a borrarse.
-Dime si quieres que pare -susurró él contra su piel.
-No te detengas -jadeó ella, temblando entre sus brazos.
Gabriel la guió hacia el sofá sin romper el contacto. Se sentó y la atrajo hasta sentarla sobre él, sus piernas a ambos lados de su cuerpo. Isabela lo miró a los ojos, y lo vio todo: deseo, peligro, necesidad.
Sus manos se deslizaron bajo su blusa, acariciando su espalda desnuda. El contacto fue lento, reverente, como si cada centímetro de piel descubierta fuera un territorio sagrado. Isabela gimió suavemente, inclinándose hacia él, dejando que sus labios volvieran a encontrarse.
-Eres adictiva -murmuró Gabriel, besando la línea de su mandíbula-. Eres una locura de la que no quiero curarme.
La blusa cayó al suelo. Isabela tembló, no de miedo, sino de la intensidad con la que él la deseaba. Gabriel la contempló por un segundo, acariciándola con la mirada antes de besarla de nuevo, más despacio esta vez, como si saboreara cada segundo.
Sus cuerpos se buscaron con urgencia pero sin torpeza, cada movimiento medido, sincronizado. Isabela se sentía viva como nunca. Vulnerable, sí. Pero también poderosa. Por primera vez, tenía el control y lo estaba entregando por voluntad propia.
Las caricias se hicieron más atrevidas. Las respiraciones, entrecortadas. Las ropas desaparecieron, una pieza tras otra, hasta que no quedó más que piel contra piel. El sofá se convirtió en un santuario del deseo reprimido. Allí, entre susurros y gemidos, entre miradas que hablaban más que las palabras, cruzaron la línea que habían intentado evitar.
Y no se arrepintieron.
Cuando todo terminó, Isabela permaneció recostada sobre su pecho, escuchando el ritmo lento del corazón de Gabriel. Él la acariciaba con suavidad, dibujando líneas imaginarias sobre su espalda.
-Esto cambia todo -dijo ella en voz baja, con los ojos cerrados.
-Sí -asintió él-. Pero no pienso fingir que no pasó. Ni que no quiero repetirlo.
Ella levantó la vista, encontrándose con su mirada.
-¿Y tu esposa?
Gabriel guardó silencio. La sombra de la culpa asomó por un instante en su expresión, pero no dijo nada.
-No soy quien para juzgar -añadió Isabela, apartándose con delicadeza-. Solo necesitaba saber si esto fue un error... o el comienzo de algo que no tiene nombre.
Gabriel la miró con intensidad.
-No fue un error -respondió, firme-. Fue real. Lo que venga después... lo resolveremos. Pero ya no voy a fingir que no te deseo. Ni que no te quiero cerca.
Ella se vistió en silencio, sintiendo que cada prenda que se colocaba era una capa nueva de confusión. Antes de salir, se detuvo en la puerta y lo miró por última vez.
-Esto no va a ser fácil.
-Las cosas que valen la pena nunca lo son.
Y con esas palabras, la dejó ir.
Isabela bajó al vestíbulo del edificio con el corazón agitado, la ropa en orden... y el alma alborotada. Lo que había comenzado como un juego ya se había transformado en algo mucho más profundo.
Y el fuego apenas estaba comenzando a arder.