Capítulo 2

Isabela llegó temprano a la oficina esa mañana, decidida a trazar límites más firmes. Se sentía débil por lo que había permitido el día anterior. Ese roce, esa mano sobre la suya... era más de lo que cualquier empleada debía aceptar. Se prometió no volver a permitirlo. Tenía que recuperar el control, poner tierra de por medio antes de perderse por completo en la seducción de su jefe.

Pero Gabriel no era un hombre fácil de evitar.

Antes del mediodía, su asistente personal se le acercó con otro mensaje informal: "El Sr. Arsenault desea que lo acompañes a la reunión en el hotel Fairmont a las 4 p.m. Lleva tu laptop. No hará falta regresar a la oficina después."

Isabela parpadeó, sintiendo un escalofrío que nada tenía que ver con el aire acondicionado. ¿Por qué debía ir ella? ¿Desde cuándo él llevaba a su secretaria a reuniones externas de ese tipo?

Quiso negarse, pero sabía que no tenía excusa válida. Solo le quedaba respirar hondo y armarse de todo el autocontrol que aún conservaba.

El hotel Fairmont era imponente. Un edificio de mármol y cristal, con lámparas de araña colgando de techos altos y salones decorados con lujo sutil. Gabriel ya la esperaba en el vestíbulo, de pie, revisando su reloj con impaciencia. Vestía un traje oscuro sin corbata, con la camisa blanca ligeramente desabotonada en el cuello. Parecía relajado, y eso lo hacía aún más peligroso.

-Llegas justo a tiempo -dijo al verla-. Ven, la reunión es en la sala privada del restaurante del piso 17.

Isabela asintió y lo siguió al ascensor. El silencio entre ellos era tenso, como si los dos supieran lo que estaba en juego. Cuando las puertas se cerraron, Gabriel se volvió hacia ella. Sus ojos la recorrieron de forma lenta, sin disimulo.

-Estás hermosa hoy.

Ella quiso responder con frialdad, pero su voz no salió.

-Gracias -susurró finalmente, sin mirarlo.

Gabriel no dijo más. Pero cuando las puertas del ascensor se abrieron, su mano rozó levemente la parte baja de su espalda mientras la guiaba hacia afuera. Ese gesto simple, casi imperceptible para cualquiera, hizo que a Isabela se le acelerara el corazón.

La reunión duró apenas una hora. Ejecutivos de una firma japonesa discutieron estrategias de expansión. Isabela tomó notas y se mantuvo al margen. Gabriel no dejó de comportarse como el líder impecable que todos conocían. Frío, seguro, dominante. Pero de vez en cuando, ella sentía su mirada deslizándose por su cuello, su mandíbula, su boca.

Cuando terminó, se despidieron con apretones de manos. Gabriel la condujo hasta el bar del hotel, que estaba semivacío a esa hora de la tarde.

-Quiero hablar contigo, sin distracciones -dijo él, pidiendo dos copas de vino.

Isabela lo miró, nerviosa.

-No creo que sea apropiado, señor Arsenault...

-Gabriel -corrigió él con suavidad-. Llámame por mi nombre, al menos aquí.

Ella dudó. Pero no protestó cuando el camarero dejó las copas frente a ellos.

-¿Qué quieres decirme? -preguntó ella, tomándose el vino con calma, queriendo mantener distancia.

Él la miró largo rato antes de responder.

-No me pasa esto seguido, Isabela. No suelo mezclar lo personal con lo profesional. Pero tú... -hizo una pausa-. Tú entraste a mi vida como una grieta en una estructura perfecta. Y ahora todo lo demás empieza a desmoronarse.

Ella tragó saliva.

-Estás casado -dijo con firmeza, aunque sus dedos temblaban al sujetar la copa.

-Sí. Y eso no ha detenido lo que siento.

Hubo un silencio.

Gabriel dejó la copa y se inclinó un poco sobre la mesa, acortando la distancia entre ambos.

-Solo necesito saber una cosa. ¿Tú también lo sientes?

Isabela dudó. Todo en ella gritaba que debía levantarse, alejarse. Pero sus ojos se encontraron con los de él... y fue como caer.

-Sí -confesó en voz baja-. Pero eso no significa que esté bien.

Gabriel se levantó de la mesa.

-Acompáñame un momento.

Ella frunció el ceño.

-¿A dónde?

-A la terraza.

Sin esperar respuesta, él comenzó a caminar, y ella, contra toda lógica, lo siguió.

La terraza del piso 18 era privada. Apenas cruzaron la puerta, el bullicio de la ciudad se desvaneció, reemplazado por una brisa suave y el sonido lejano del tráfico. Gabriel se volvió hacia ella, y esta vez no hubo más palabras.

La tomó de la cintura, despacio, y ella no se movió. El contacto fue firme, pero sin agresividad. Sus dedos se deslizaron por la tela de su blusa, apenas tocando la piel de su espalda. Isabela sintió que todo su cuerpo se tensaba.

-Podría besarte ahora mismo -murmuró él contra su oído-. Y sé que no me detendrías.

Ella cerró los ojos, sintiendo su aliento sobre el cuello.

-No deberías -susurró, pero su voz carecía de convicción.

Gabriel colocó una mano en su mejilla, acariciándola con el dorso de los dedos, bajando luego por su mandíbula, lento, estudiando cada reacción de ella.

-Dímelo tú -le dijo-. Si me pides que me detenga, lo haré.

El momento se congeló. Isabela tenía el poder de cortar todo con una sola palabra. Pero no la dijo.

En lugar de eso, sus labios se entreabrieron, su respiración se volvió irregular... y su cuerpo se inclinó apenas hacia él.

Gabriel acercó su rostro, a centímetros del de ella, pero no la besó. Se detuvo justo ahí, sus narices rozándose, su mano enredada en su cintura.

-Quiero que lo pienses bien -murmuró con una sonrisa apenas perceptible-. Porque si cruzamos esta línea, no hay vuelta atrás.

Y sin esperar más, se apartó. Su ausencia fue como un vacío repentino. Isabela quedó sola en la terraza, temblando, sabiendo que estaba a un paso de caer... y que parte de ella ya había saltado.

Capítulo 3

Esa noche, Isabela no pudo dormir.

La sensación de los dedos de Gabriel deslizándose por su cintura, su voz grave murmurando contra su oído, el roce apenas contenido de sus labios... Todo eso se repetía una y otra vez en su mente como una película que no podía detener. Había sentido vértigo en aquella terraza. Había sentido la caída.

Y lo peor era que una parte de ella lo deseaba.

Los días siguientes se convirtieron en un campo de batalla silencioso. Gabriel no volvió a tocarla, ni a buscarla fuera de lo estrictamente laboral. Pero su presencia se volvía imposible de ignorar. Sus miradas fugaces durante las reuniones, el modo en que la observaba cuando creía que nadie más lo hacía, el tono de su voz cuando pronunciaba su nombre... Todo seguía jugando con su equilibrio.

El viernes, justo cuando pensaba que había recuperado el control, él volvió a mover las piezas.

-Isabela -dijo al final del día, asomándose desde su despacho-. Necesito que revises conmigo la presentación para el comité. Podemos avanzar más rápido sin interrupciones. ¿Puedes quedarte un rato más?

Ella sabía que no era una simple presentación. Lo vio en su mirada. Aun así, asintió.

-Claro, Gabriel.

Se quedaron solos en la oficina cuando todos los demás se habían ido. Las luces tenues, el silencio del piso vacío, el sonido lejano de la ciudad nocturna... todo parecía estar dispuesto para algo más que trabajo.

Gabriel la esperó en el sofá del salón privado contiguo a su despacho, un lugar que rara vez utilizaba. La mesa estaba cubierta con papeles y su laptop abierta, pero ni siquiera fingió revisar nada cuando ella entró.

-¿Estás segura de que quieres quedarte? -preguntó, su voz más baja de lo habitual.

Isabela cerró la puerta sin responder. Caminó hasta él, dejando su bolso en una de las sillas. Su pulso era un tambor que resonaba en sus oídos.

-Estoy cansada de fingir que no pasa nada -dijo al fin-. Y tú también lo estás.

Gabriel se puso de pie. Por un segundo, solo se miraron, sin moverse, como dos piezas de ajedrez antes del golpe final.

Y luego, él la tomó.

No fue un beso suave. Fue una explosión de semanas de tensión contenida. Sus labios se encontraron con fuerza, y el mundo alrededor dejó de existir. Gabriel la sostuvo por la cintura, presionándola contra su cuerpo. Isabela respondió sin reservas, enredando sus dedos en su camisa, acercándolo más.

Se besaron con hambre, como si hubieran estado esperando años por ese instante. Gabriel bajó sus labios por su cuello, dejando un rastro de calor. Sus manos exploraron su espalda, sus curvas, deteniéndose justo donde la línea entre lo permitido y lo prohibido comenzaba a borrarse.

-Dime si quieres que pare -susurró él contra su piel.

-No te detengas -jadeó ella, temblando entre sus brazos.

Gabriel la guió hacia el sofá sin romper el contacto. Se sentó y la atrajo hasta sentarla sobre él, sus piernas a ambos lados de su cuerpo. Isabela lo miró a los ojos, y lo vio todo: deseo, peligro, necesidad.

Sus manos se deslizaron bajo su blusa, acariciando su espalda desnuda. El contacto fue lento, reverente, como si cada centímetro de piel descubierta fuera un territorio sagrado. Isabela gimió suavemente, inclinándose hacia él, dejando que sus labios volvieran a encontrarse.

-Eres adictiva -murmuró Gabriel, besando la línea de su mandíbula-. Eres una locura de la que no quiero curarme.

La blusa cayó al suelo. Isabela tembló, no de miedo, sino de la intensidad con la que él la deseaba. Gabriel la contempló por un segundo, acariciándola con la mirada antes de besarla de nuevo, más despacio esta vez, como si saboreara cada segundo.

Sus cuerpos se buscaron con urgencia pero sin torpeza, cada movimiento medido, sincronizado. Isabela se sentía viva como nunca. Vulnerable, sí. Pero también poderosa. Por primera vez, tenía el control y lo estaba entregando por voluntad propia.

Las caricias se hicieron más atrevidas. Las respiraciones, entrecortadas. Las ropas desaparecieron, una pieza tras otra, hasta que no quedó más que piel contra piel. El sofá se convirtió en un santuario del deseo reprimido. Allí, entre susurros y gemidos, entre miradas que hablaban más que las palabras, cruzaron la línea que habían intentado evitar.

Y no se arrepintieron.

Cuando todo terminó, Isabela permaneció recostada sobre su pecho, escuchando el ritmo lento del corazón de Gabriel. Él la acariciaba con suavidad, dibujando líneas imaginarias sobre su espalda.

-Esto cambia todo -dijo ella en voz baja, con los ojos cerrados.

-Sí -asintió él-. Pero no pienso fingir que no pasó. Ni que no quiero repetirlo.

Ella levantó la vista, encontrándose con su mirada.

-¿Y tu esposa?

Gabriel guardó silencio. La sombra de la culpa asomó por un instante en su expresión, pero no dijo nada.

-No soy quien para juzgar -añadió Isabela, apartándose con delicadeza-. Solo necesitaba saber si esto fue un error... o el comienzo de algo que no tiene nombre.

Gabriel la miró con intensidad.

-No fue un error -respondió, firme-. Fue real. Lo que venga después... lo resolveremos. Pero ya no voy a fingir que no te deseo. Ni que no te quiero cerca.

Ella se vistió en silencio, sintiendo que cada prenda que se colocaba era una capa nueva de confusión. Antes de salir, se detuvo en la puerta y lo miró por última vez.

-Esto no va a ser fácil.

-Las cosas que valen la pena nunca lo son.

Y con esas palabras, la dejó ir.

Isabela bajó al vestíbulo del edificio con el corazón agitado, la ropa en orden... y el alma alborotada. Lo que había comenzado como un juego ya se había transformado en algo mucho más profundo.

Y el fuego apenas estaba comenzando a arder.

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