Capítulo 3
Angelo.
La noche nos da la bienvenida mientras nos adentramos en las zonas poco transitadas de la Ciudad, Giovanni tiene varias cuentas por arreglar y aquí estamos para ayudarlo, o mejor dicho para saciar mi monstruo interior y las ganas de derramar sangre. Hacemos parada, en una de las esquinas donde se vende la droga en esta zona, mi primo baja en compañía de su hermano cuando divisamos al grupo que buscamos. Me aseguro de tener a la mano lo que voy a necesitar, bajo del auto con mi cuchillo preferido.
Escucho como Gio le pregunta.
—Ricard, ¿Tienes lo que te corresponde esta semana? ¿O debo quebrar uno de tus delicados dedos para que me des mi dinero?
Franchesco los observa, dándole una calada profunda a su cigarrillo, mientras que los Acompañantes de Ricard huyen al verme, les dedico una sonrisa retorcida.
—¿Acaso creen que pueden escapar? —pregunto en tono de mofa.
—Eso parece —se encoge de hombros.
—Lástima por ellos.
Me sumerjo en la persecución, triste que puedan pensar que van a escapar. Corro sintiendo la adrenalina por el cuerpo, alcanzo a los dos sujetos en un dos por tres. Le propino varios golpes que los dejan inconsciente, los arrastro hasta donde se encuentra Ricard con un ojo morado y la nariz partida. Los nudillos de Giovanni están rojos, mientras Franchesco está tal cual lo dejé.
¿No tardé mucho, o sí?
Si se sintió como quitarle un dulce a un niño, no tuve que hacer esfuerzo alguno por noquear a este par de mierdas y arrastrarlos junto a la otra mierda que me ve con pánico.
—¿Creyendo que pueden huir de nosotros? —cuestiono con una sonrisa sombría.
—¿E-están m-muertos? —tartamudea viendo el estado de sus dos acompañantes.
Alzo una ceja.
—¿Estás preocupado, pequeña mierda? —dejo los cuerpos y me acerco a él sigiloso—. Me pregunto cómo se vería la palabra: deudor, tatuada en tu frente —río sarcástico —, de seguro ha de ser todo un espectáculo. Ustedes, ¿Qué dicen? ¿Lo intentamos?
Giovanni ríe y sus ojos se oscurecen, Franchesco le da una calada a su cigarrillo, y expulsa el aire en la cara de Ricard, presiona la colilla en la piel de su brazo quemándolo.
—¿Cómo lo prefieres? —cuestiona con su particular cara de póker —. ¿Con la quemadura de este cigarrillo o con el cuchillo de Angelo? Prometo hacer mi mejor esfuerzo para que mañana lo luzcas orgulloso.
—No, por favor —lloriquea—. Prometo pagarles, solo pido una semana más. Una semana más por favor.
—¿Qué dices hermano? ¿Le damos una semana o le rompemos los dedos con los que toca nuestro dinero?
—Pienso que … —Gio hace una pausa dramática— le rompamos los dedos, lo quememos con la colilla de tu cigarrillo y lo tatuemos con el cuchillo de Angelo. Además, con sus amigos, podemos divertirnos para que nunca olvide tener nuestro pago al día.
Ricard nos ve con verdadero terror, pero sabe que así suplique no tendrá piedad por parte nuestra. Mientras que Giovanni se divierte con su cuerpo debilucho, Franchesco y yo nos encargamos de sus compañeros que comienzan a recuperar la noción del tiempo.
Torturar y follar, es mi parte favorita del día y en ese orden. Después de una divina tortura, una follada salvaje nunca está demás; a parte el culo y las tetas de las putas siempre está disponible. Y más cuando eres el hijo del capo de la Cosa Nostra.
Con el cuchillo en mano corto las prendas de uno de los acompañantes de Ricard. Pobre de él por estar esta noche al lado de un puto adicto al crack y camello.
Llegamos a casa a primera hora del día siguiente. Gio y Franchesco se van a su ala, mientras yo doy una vuelta por la cocina y encuentro a mamá.
—¿Divertida la noche? —repara en mi aspecto.
Con la camisa empapada en sangre y el cabello húmedo. Después de torturar a los pobres imbéciles, fuimos al Diamond por un par de putas, quienes ni se inmutaron al notar el carmesí en nuestras vestimentas, después nos vinimos a casa.
—Madre —la saludo. Le doy un beso en la frente. Sus ojos grises como los míos me miran preocupada—. Sé que esta no es la vida que quisiste para mí, pero madre adoro la tortura, me llena de adrenalina sentir el pánico de las personas cuando a sus tristes vidas solo le quedan segundos, no puedo esconder lo que soy, no puedo engañarte diciendo que seré algo mejor cuando claramente no va a ser así. Soy un monstruo, quieras o no verlo, muchos me temen y no por ser el hijo de Valentino Romano, sino por ser Angelo Muscatello, su peor pesadilla cuando de tortura se trata.
Sus ojos se llenan de lágrimas. Solo las lágrimas de las mujeres de mi familia han tocado fibras en mí. Sin importar en el estado de mi vestimenta se acerca y me da un fuerte abrazo. Empapándose del rojo carmesí de la sangre que derramé en la noche.
—Eres mi hijo y siempre voy a querer lo mejor para ti, igual para Gia —me da un beso en la mejilla. Algo en lo muy profundo de mi pecho se calienta —. Te amé desde el momento en que supe que venías en camino, te amo todos los días de mi vida. Tu padre, tu hermana y tú son la razón de mi existir, y a pesar de que no querer pertenecer a este mundo, sé que este es tu destino. Porque me enamoré del hombre más cruel de la Cosa Nostra y si pudiera retroceder el tiempo volvería enamorarme de él y tener la misma satisfacción que viví cuando di a luz a dos seres maravillosos —sus ojos se llenan de lágrimas, las limpio—. Solo espero que así como tú padre, tus tíos y tu hermana encontraron al amor de sus vidas, tú también lo hagas, porque mereces ser amado mi niño.
—Mamá —suspiro. No quiero herirla, no a ella que tanto me ha dado—. Mírame —nuestros ojos hacen contacto, viendo mis ojos en los de ella, podré haber sacado todos los rasgos de padre, pero mis ojos son una copia fiel de los ella—, no quiero crearte falsas ilusiones, tampoco quiero ser cruel, pero el amor es una cosa de tontos y no tiene cabida en mi vida. Además, no ha nacido la primera mujer, aparte de ustedes que me ponga de rodillas, antes que eso suceda envuelvo mis dedo en su garganta y la mato, porque no permitiré que un sentimiento me haga débil.
Mis palabras salen más hirientes de lo que pretendo, mamá niega con la cabeza y murmura entre lágrimas:
—Sentir amor por alguien no te hace débil —esta conversación la hemos tenido un millón de veces, y sin embargo no me ha hecho cambiar mi opinión respecto a ese tema—. Tu padre nos ama con locura, y eso no lo hace débil, es el hombre más cruel y feroz que he conocido en mi vida. No veas ese sentimiento como una debilidad porque no lo es, cariño.
—Sé que llevo todas las de perder en esta conversación, madre, pero eso no me hará cambiar de parecer. Y padre es la excepción, todos los demás que aman son débiles, permiten que ese sentimiento los gobierne y terminan cometiendo errores estúpidos.
—A veces solo pienso que presté mi útero para que tu padre colocara allí sus espermatozoides —gruñe molesta. Su comentario me saca una sonrisa—. No sólo tu padre es la excepción, tus tíos también, y tu hermana.
Pongo los ojos en blanco.
—No, no pongas esa cara y mucho menos se te ocurra decir que Giovanna es débil. Porque tu hermana es la mujer más fuerte que conozco.
—Jamás diría que Gia es débil —aclaro. Porque madre si tiene razón en eso, mi hermana es la mujer italiana más fuerte que he conocido en la vida, o mejor dicho, la única que me he permitido conocer porque ella es mi complemento—. Solo no termino de aceptar que padre la haya usado como moneda de cambio con el puto de D’ Angelo.
—Eso fue decisión de tu hermana —ruge mamá. Madre es como esa pantera que defiende a sus hijos con uñas y dientes —. Tu padre solo tuvo que acatar lo que tarde o temprano sucedería. Además, no es como si Gia fuese a conocer un hombre con los cojones que tuvo Marcello al pedirle la mano a tu padre.
—Todos ahora ven la historia de “amor” —gruño con la última palabra y hago comillas —, pero no se ponen a pensar que todo eso vino a través de una tregua, unidos en matrimonio por una oferta de paz, pero ¿qué hubiese pasado si Gia no encontrase la felicidad? ¿La dejaríamos cargar con ese peso? ¿O demoleríamos Chicago en su búsqueda?
—Esas son preguntas que se responden solas, y que por el bien de todos no llegó a suceder —la voz de padre inunda la cocina, le devuelvo la mirada a sus ojos negros como la oscuridad de la noche. Se me hacía raro que no hubiese aparecido.
—Voy a darme un baño y descansar.
Padre asiente, mamá queda viéndome con resignación, antes de que pueda salir de la cocina escucho nuevamente su voz.
—Ah, Angelo y la mujer de tu vida nació hace diecisiete años, solo que te niegas a vivir ese sentimiento.
Salgo sin decir nada. Sabiendo perfectamente a quien se refiere. Prefiero darme un baño para luego dejarme arrastrar por los brazos de Morfeo, mi noche y madrugada fue más que productiva.