Capítulo 2
Zeynep caminaba como un autómata, siguiendo a su amiga y a la mujer que las guiaba con prisa. Al salir de la casa, un grupo de personas los esperaba.
El sonido de tambores y otros instrumentos resonó en el aire, llenando el ambiente de una energía frenética.
La mujer le indicó a Zeynep que debía montar un hermoso caballo que allí estaba, sin comprender lo que estaba sucediendo, obedeció sin rechistar. Se sentía atrapada en una vorágine de locura, rodeada por una multitud de desconocidos.
Su primo, el mismo que la había amenazado en la habitación, la guió sobre el caballo. Sara caminaba a su lado, tan confundida como ella. Los hombres que los acompañaban lanzaban gritos guturales, intensificando el caos.
Llegaron a otra casa aún más grande que la anterior. Un hombre vestido de traje los recibió en la entrada. Cuando él volteó a verla, Zeynep se quedó helada, era el barbaján del aeropuerto.
Su primo le entregó la rienda del caballo y el hombre extendió su mano para ayudarla a bajar.
Ella lo miró fijamente, sin poder creer su mala suerte. Su prometido, el hombre con el que la obligaban a casarse, era ese desconocido arrogante.
Él la tomó de la mano con brusquedad para obligarla a bajar del caballo. Zeynep no podía contener las lágrimas.
La condujo al interior de la casa, un laberinto de grandes escaleras y lujosos muebles.
En el centro del patio había una mesa grande, rodeada de otras mesas, sillas y grandes almohadones.
El hombre la guió hasta el centro, donde un hombre de aspecto solemne daba inicio a una ceremonia que Zeynep no escuchaba.
Su mente era un torbellino de emociones: impotencia, rabia, resignación. Solo las lágrimas brotaban sin cesar por sus mejillas.
Llegó el momento de firmar. Zeynep se resistió, buscando en vano una salida. Su mirada se posó en su amiga, pero su primo, con una mirada amenazante, la fulminó. Sin más opciones, firmó con mano temblorosa.
Su prometido respiró hondo antes de estampar su firma. Por un instante, Zeynep se aferró a la esperanza de que él se negara.
Pero al verlo firmar, la realidad la golpeó con brutalidad. Ya era demasiado tarde. Un deseo de correr, de gritar al cielo su impotencia la embargó, pero se contuvo.
Su prometido se distanció sin siquiera alzar su velo ni entregarle el oro, como era la costumbre.
Agradecía que cuando menos las costumbres habían cambiado un poco con el tiempo, si no él tendría que levantar el velo, y en lugar de oro, tendría que darle bofetadas en señal que desde ese momento estaba bajo su dominio.
Su tía se acercó y la condujo a su mesa, en ella había solo mujeres, todas reían, las únicas con la tristeza grabada en el rostro, eran ella y su amiga.
El novio presidía otra mesa, rodeado por los hombres de su familia. Zeynep se sentó sobre un gran almohadón, observando el surrealista espectáculo como si fuera una espectadora en una película.
Una música extraña resonó en el ambiente, su ahora suegra le indicó que debía pararse a bailar, y la guió hacia su hijo. El novio se levantó, se acercó extendiendo su mano con una arrogancia que la enfureció. No le quedó más remedio que aceptar.
Sarah intentó acercarse para ver qué sucedía, pero el primo de Zeynep le impidió hacerlo. El comportamiento de esa gente era tan excéntrico que bordeaba la locura.
La obligada novia se encontraba parada frente al hombre que bailaba, sus pasos eran extraños, si no fuera porque se encontraba furiosa, hubiera estallado a carcajadas frente a él.
Zeynep se encontraba petrificada. La impotencia, la furia y el miedo la consumían. Las lágrimas ya no brotaban de sus ojos, parecían haberse agotado.
Su tía había insistido en enseñarle algunas tradiciones turcas, ella se había criado en Estados Unidos, sus padres eran turcos, sabía perfectamente que ese baile tradicional era para pedir fertilidad a Alá a través de los movimientos.
Ella se encontraba inmóvil, se suponía que debía extender sus brazos y comenzar a girar sus manos mientras movía sus pies hacia adelante uno tras otro, pero no lo pensaba hacer, no después de que la habían engañado.
Su ahora esposo, con una mirada gélida, continuaba la danza. Sus ojos se cruzaban de vez en cuando, y en ellos Zeynep podía ver la misma furia que la abrasaba.
En un punto del baile, él se agachó, tomó un puñado de tierra y lo dejó caer frente a sus pies, un símbolo de compromiso que ella rechazaba con cada fibra de su ser.
Al cesar la música, el novio regresó a su mesa, ignorándola. Zeynep permanecía petrificada, incapaz de asimilar la cruel realidad que la envolvía.
Los invitados la observaban con una mezcla de curiosidad y morbo, mientras su amiga, liberada del captor que la vigilaba, corrió a su lado.
—Anda, amiga, vamos, regresemos a la mesa — le susurró Sarah.
La tomó de la mano, intentando guiarla de vuelta a la mesa. Zeynep se movía como un autómata, sin voluntad propia.
Se sentó sobre el almohadón, sentía su cuerpo aún vibrando por la humillación del baile. El vestido blanco, símbolo de pureza y alegría, ahora le parecía una mortaja que la sofocaba.
Zeynep se sentía como un animal enjaulado, presa de absurdas costumbres, observaba con desdén la opulencia de la boda, un banquete grotesco para celebrar una unión que ella no deseaba.
En las mesas había comida en abundancia, el primer platillo, el Dugun Corbasi, la famosa sopa de boda turca, judías, pilaf, asado de cordero y ensaladas.
Los postres no podían faltar, antes del segundo postre llevaron el borek que era de helva de sémola. A la pobre chica todo le parecía una burla a su paladar y a su espíritu.
Los invitados reían y conversaban, ajenos a su tormento interno. Para ella, no eran más que una masa de fanáticos, esclavos de tradiciones absurdas que la habían condenado a una vida sin libertad.
Su mirada se posó en el borek de helva de sémola, un postre que se suponía era un símbolo de buena suerte.
Pero para Zeynep, era solo una ironía más en este festín de mentiras. No podía haber suerte ni fortuna en un matrimonio forzado, solo dolor y resignación.
Los platillos se acumulaban frente a ella, una montaña de comida que no tenía intención de probar.
Su amiga Sarah, en la misma situación, se sentó a su lado. Al levantar la vista, se encontraron con las miradas de desaprobación de los invitados, incluido el novio.
Fingiendo apetito, llevaron un poco de comida a sus bocas, una actuación forzada para apaciguar la crítica.
Mientras la música animaba a los demás a bailar, Zeynep y Sarah solo anhelaban escapar.
La madre del novio, con gesto autoritario, se dirigió a Zeynep.
—No te has quitado el velo por completo, hija, ¿Qué dirán los invitados? Levántate te lo quitaré, tenemos que despedir a las personas que han venido a acompañarnos, deben estar los recién casados y los anfitriones, así que vamos.
Sarah observaba a su amiga, se sentía confundida y preocupada.
¿En qué momento su amiga había aceptado casarse? No le había dicho nada, y además tenía un novio de años. Necesitaba hablar con ella de inmediato.
Se levantó de la mesa, dispuesta a abrirse paso entre la multitud para llegar hasta Zeynep. Sin embargo, el hombre que la había detenido antes se interpuso en su camino, su rostro endurecido le daba una seria advertencia.
—Ni se te ocurra molestar a los novios en este momento, tienen que despedir a los invitados junto a mis padres, será mal visto que los interrumpas, así que aquí te quedas. —Le dijo mal encarado, la chica se volvió a sentar, era mejor no llevar la contraria a esa gente, definitivamente estaban locos.
Zeynep trataba de sonreír, aunque parecía imposible poder hacerlo, volteó discretamente a ver a su nuevo esposo, notó que él también estaba intentando forzar una sonrisa, una esperanza nació en ella, vio una oportunidad de salir de todo aquello.
Si él tampoco estaba de acuerdo en casarse con ella, quizá podría convencerlo de que lo mejor era el divorcio.
Su ánimo mejoró en ese instante, todos los invitados se despidieron, uno a uno, besaban la mano del gran jefe y su esposa, la chica se dio cuenta de que el lugar ya estaba prácticamente vacío.
—Ahora nos iremos nosotros hija, tu amiga se quedará en nuestra casa, es tradición que los recién casados se queden solos en casa por tres días, vendrá una persona a prepararles los alimentos, ya sabes lo que tienes que hacer hijo, así acallaras las murmuraciones que hay en el pueblo porque tu esposa viene de una gran ciudad.
—Sí madre —dijo para después besar su mano y después la de su padre llevándola a su frente en señal de recibir su bendición.
Su hermano indicó a Sarah que tenía que salir e irse con ellos, ella obedeció, pasó al lado de Zeynep sin poder decirle una sola palabra, solo se le quedó viendo, en su cara podía notarse el pánico que tenía al ver todo aquello.
Les habían quitado sus bolsos, así que no podían usar sus teléfonos, lo mejor era mantener la calma ante una situación como esa, quizá era por eso que ahora su amiga aparentaba estar tranquila.
—Te mostraré la habitación, sígueme. —Su ahora esposo se dirigió a Zeynep para ordenarle, ella decidió seguirlo en silencio.
Capítulo 3
El hombre comenzó a subir las escaleras, Zeynep no pudo evitar admirar su porte imponente. Era joven y de una belleza casi salvaje.
Su cabello y ojos negros como la noche contrastaban con la incipiente barba que le daba un aire de rudeza.
Su complexión atlética, producto de una evidente dedicación al ejercicio, su apariencia intimidaba.
Era considerablemente más alto que ella, superando sin duda el metro noventa. Zeynep, por su parte, era bajita, de apenas un metro sesenta.
Su rostro, era pequeño, de proporciones delicadas, estaba enmarcado por un espeso flequillo que resaltaba sus ojos color avellana.
Su largo cabello castaño llegaba abajo de su cintura, y su cuerpo bien proporcionado, era fruto de horas interminables en el gimnasio.
Zeynep se maldijo internamente por haberse fijado en el físico de aquel hombre.
Subieron al tercer piso, donde una sala central separaba dos enormes terrazas. Los coloridos tapetes que adornaban el suelo le recordaban la riqueza y el lujo de la familia.
Al llegar a la habitación, ella entró detrás de él. El hombre cerró la puerta con un gesto decidido.
La decoración la dejó atónita. Corazones de pétalos rojos adornaban el piso y las paredes, creando una atmósfera cargada de sensualidad. No sabía que esa gente, tan tradicional y conservadora, tuviera un lado romántico.
—Ahora que estamos a solas, quiero dejar las cosas claras — espetó él con voz gélida —no fue mi deseo casarme, y menos aún con una norteamericana. Si esperas que te toque esta noche, estás soñando. No me gustas ni un poco, en el mejor de los casos.
Su mirada fulminante la recorrió de arriba abajo, impregnándola con un escalofrío de repulsa.
Ella le devolvió la mirada con igual intensidad, sin amedrentarse —el sentimiento es mutuo —replicó con sarcasmo —me han engañado. Lo que menos deseo es estar casada con un bárbaro de esta tribu.
Un rugido gutural escapó de la garganta de él. —¡Tribu a la que desde ahora perteneces y debes respetar!
Ella soltó una carcajada amarga. —¿Pides respeto? No puedo respetar a quienes prácticamente me han secuestrado.
—Te he permitido que me hables de esta manera porque no conoces las reglas, desde mañana no podrás hacerlo, o te llevaré ante el consejo para que te corten la lengua.
El hombre sonrió divertido cuando ella se cubrió con las dos manos la boca, su expresión a ella le pareció siniestra.
—Dormirás aquí sola estos tres días, dormiré en la habitación de al lado.
—Me parece perfecto.
—Después tendremos que dormir juntos —espetó él con desdén—. Viviremos aquí con mis padres. No quiero que piensen que no soy capaz de dormir con una mujer.
Un escalofrío recorrió la piel de ella. La casa a la que había llegado primero, esa mansión opulenta, pertenecía a su hermano. Él, el futuro jefe del clan, se haría cargo de sus padres.
—Espero que no tengas ninguna objeción —añadió él con una mirada glacial.
Las palabras brotaron de ella con un torrente de emociones.
—Déjame ir. Divorciémonos. Ni tú ni yo estamos bien con este matrimonio. Déjame regresar a Estados Unidos. Tengo novio desde hace años. Deseo casarme con él.
Un silencio tenso se adueñó del espacio. La ira pugnaba por salir a la luz en su mirada, pero un velo de tristeza la contenía.
—Si pudiera, te diría que te fueras ahora mismo con tal de no verte —susurró él con amargura.
—¿Y entonces? —preguntó Zeynep con un hilo de voz, la angustia oprimiendo su pecho.
—No puedo hacerlo —respondió él con firmeza—. Sería indigno de ser el jefe de la tribu. Además, a ti te buscarían por todo el mundo si fuera necesario para matarte. La tribu no perdona errores.
Las palabras de él golpearon su mente como un martillo. La realidad la abofeteó, cruda y despiadada. Se quedó estupefacta, sin poder creer que su destino estuviera sellado de esa manera.
Él se acercó a la cama, sacando una navaja del bolsillo de su pantalón. Con un movimiento rápido, se cortó la mano, dejando que unas gotas de sangre carmesí cayeran sobre la blanca sábana.
—Esto es tu honra y la de mi tribu —dijo con solemnidad.
Luego, salió de la habitación y Zeynep lo vio extender la sábana en un lugar visible desde la calle.
La ira y la impotencia la consumían. No podía creer que en pleno siglo XXI, todavía existieran personas que vivían bajo tales costumbres, tan primitivas, tan salvajes. ¿Cómo era posible que expusieran la honra de una mujer de esa manera?
Él volvió a irrumpir en la habitación. Sus ojos se encontraron por un breve instante, cargados de una mezcla de desconfianza y resignación.
—Sé que te llamas Zeynep —dijo con voz áspera—. Yo me llamo Kerem. Cualquier cosa que necesites, evita molestarme lo menos posible. Habrá una chica para atenderte en todo momento. Está de más decirte que debes respetar a mis padres. Si les faltas al respeto a ellos, me lo faltas a mí. Así que ya sabes.
Sin dar lugar a preguntas, se dio la vuelta y salió de la habitación, dejando a Zeynep con un nudo en la garganta.
La chica se sentó en la cama, las lágrimas brotaban de sus ojos sin control. Lloró hasta que el sueño la venció, un escape momentáneo de la dura realidad que la rodeaba.
Al despertar a la mañana siguiente, un golpe en la puerta la sobresaltó. Al abrirla, se encontró con una joven de rostro dulce y mirada amable.
Llevaba una bandeja con alimentos y bebidas, a Zeynep le pareció un pequeño gesto de amabilidad en medio de la hostilidad.
—Buenos días, señora —dijo la joven con una sonrisa tímida—. Me llamo Ayşe. Soy la encargada de atenderle durante su estancia aquí. Si necesita algo, no dude en llamarme.
—Muchas gracias, pero llévatelo, no tengo hambre.
—Pero señora…
—Por favor llévatelo, solo déjame agua.
—Está bien, pero el señor me reñirá por esto.
Con una cara de tristeza se alejó de ahí, Zeynep no pensaba comer, prefería morir de hambre antes de aceptar su triste destino.
Por la tarde la chica subió con otra bandeja, ella la rechazó de nuevo, más tarde escuchó que la puerta se abría.
—Vas a dejar de dar problemas y comerás, o créeme que vendré y te daré la comida yo mismo y no te va a gustar, te lo aseguro.
—Eres un maldito loco.
—Fíjate bien en lo que dices, podrías ser azotada en la plaza pública por menos que eso.
La chica no sabía si Kerem hablaba en serio o lo decía solo para asustarla, quería escapar, pero no sabía cómo hacerlo, las cosas no irían muy bien si llegaban a atraparla, además no sabía donde estaba Sarah.
—¿Podría ver a mi amiga? —preguntó casi en súplica.
Él se quedó callado un momento, después se acercó y se le quedó viendo fijamente a los ojos, ella se sintió muy pequeña ante la profunda mirada, además de que lo tenía que ver hacia arriba porque era realmente alto.
—Después de estos tres días, si te portas bien lo pensaré, tal vez en unos días permita que la veas.
—¿Le permitirán regresar a Estados Unidos? Ella no tiene nada que ver en esto.
Aquello era su única esperanza, que dejaran libre a Sarah y ella buscara ayuda en su país.
—Tal vez le permitamos irse, pero antes tendrá que firmar un acuerdo donde no podrá revelar nada de lo que aquí ha ocurrido, si lo rompe, eso la condenaría irremediablemente a muerte.
Su última esperanza se desmoronó en ese momento, ¿Es que acaso había algo en lo que no pensaran con tal de salirse con la suya?
Esa noche era su tercera noche ahí, ya estaba dormida cuando sintió de pronto que la cama se hundía a su lado, era de madrugada y la habitación estaba muy oscura, se levantó de inmediato, asustada, encendió la luz.
Kerem estaba acostado su lado, la recorrió de arriba a abajo con la mirada, ella recordó que estaba vestida con un camisón muy corto, tomó la esquina de la manta y se cubrió con ella.
—¿Qué haces aquí? —preguntó desconfiada, mientras se aferraba fuertemente a la manta.
—Mañana llegan mis padres, desde ahora dormiremos juntos, ya te lo había dicho.
Ella recordó que ya era el tercer día como le había dicho anteriormente.
—Lo siento por ti, no hay algún sillón para que duermas, así que tendrás que dormir en el piso —dijo decidida.
—Ja, ja, ja, en tus sueños, en unos días seré el jefe del clan y de todos los clanes del territorio, jamás dormiría en el suelo.
—Prepotente.
Zeynep tomó dos mantas del armario, después su almohada, enseguida arregló un lugar sobre la alfombra para dormir.
—Ves qué sencillo era, así no tendrás que dormir a mi lado, en realidad no me molesta, me es completamente indiferente, así que si decides que el piso es muy incómodo para ti, puedes volver a la cama.
Ella no contestó, molesta, tomó la manta y se cubrió de pies a cabeza, por la mañana despertó con un terrible dolor de espalda, él se dio cuenta, se le quedó mirando y sonrió con desprecio, esa chica de ciudad creía que lo merecía todo.
Su familia tenía algunas grandes empresas en Estambul, en ocasiones iba para ver que sus primos llevarán los negocios correctamente, el día de la boda había regresado de la gran ciudad.
Fue cuando vio a una hermosa chica que había parado un taxi, él iba tarde a su boda, así que olvidándose de la caballerosidad subió al vehículo, la chica lo reto molesta, fue cuando volteó a verla fijamente, se encontró con unos ojos color avellana muy bonitos, no creyó que fuera tan malcriada, ahora lo sabía.
—En el armario encontrarás la ropa que debes vestir de ahora en adelante, mi madre la eligió personalmente, debes apurarte, desayunaremos con ellos, desde ahora deberás mostrarles respeto, también deberás cubrir tu cabello, te han dejado varios pañuelos para hacerlo, espero pronto te acostumbres a tu nueva vida.
Zeynep levantó una ceja con disgusto al escucharlo, ¿Acostumbrarse? Eso nunca lo haría.