Capítulo 3
Afuera, el aire fresco de la tarde se sentía como una bofetada. Ricky se sentó en una banca de piedra, con la cabeza entre las manos, mientras Juan se mantenía a una distancia respetuosa. El zumbido en sus oídos era ensordecedor. Repasaba la escena una y otra vez: la cara de Sofía, su mentira, su descaro. El dolor era tan intenso que era físico, una presión en el pecho que le impedía respirar.
"Lo siento mucho, carnal", dijo Juan finalmente, pasándole una botella de agua. "No sé qué decir".
Ricky tomó el agua, sus manos temblaban. "Diez años, Juan. Diez años tirados a la basura".
"Esa mujer no te merece, Ricky. Nunca te mereció".
Ricky no respondió. Se quedó mirando un punto fijo en el suelo, tratando de asimilar la magnitud de la traición. No era solo la infidelidad. Era la mentira, el robo, la humillación pública. Era el hecho de que ella lo había visto, no como su esposo, sino como una herramienta para salir de un problema que ella misma había creado.
Después de una hora que pareció una eternidad, Ricky se levantó. Necesitaba ir a casa. Necesitaba enfrentarla en su propio territorio, lejos de los ojos curiosos. Necesitaba una explicación, aunque una parte de él ya sabía que no había explicación posible que pudiera reparar el daño.
Cuando llegó al pequeño departamento que compartían, la puerta estaba sin seguro. Sofía estaba en la sala, sentada en el sofá, con los ojos hinchados de llorar. Pero en cuanto Ricky entró, su expresión de tristeza fue reemplazada por una de desafío.
"¿Podemos hablar?", preguntó Ricky, su voz sonaba hueca en el silencio de la habitación.
"No hay nada de qué hablar", respondió ella, sin mirarlo. "Ya me humillaste suficiente por hoy".
Ricky sintió una nueva oleada de ira. "¿Que yo te humillé? ¡Tú robaste una orquídea con tu amante y me mentiste en la cara!".
"¡Baja la voz!", siseó ella. "¿Quieres que los vecinos se enteren?".
"¡Me importa un carajo lo que piensen los vecinos!", gritó Ricky, perdiendo el control. "¡Quiero que me mires a los ojos y me digas por qué, Sofía! ¿Por qué?".
Finalmente, ella lo miró. Pero en sus ojos no había arrepentimiento, solo un resentimiento frío.
"¿Quieres saber por qué, Ricky? Porque estoy harta. Harta de esta vida mediocre, de este departamentito, de contar cada peso. Alejandro me da lo que tú nunca podrás darme. Emoción, lujos, una vida de verdad".
Cada palabra era un golpe. Ricky retrocedió como si lo hubieran abofeteado. Su trabajo honesto, su dedicación, su amor... todo era "mediocre" para ella.
"Así que todo se reduce a dinero", dijo él, con un sabor amargo en la boca.
"No es solo el dinero", dijo ella con desdén. "Es todo. Eres predecible, Ricky. Eres aburrido".
El dolor en el pecho de Ricky se transformó en una claridad helada. El hombre que había entrado a ese departamento ya no existía. La venda había caído de sus ojos, y lo que veía era a una extraña, una mujer egoísta y cruel que nunca lo había amado de verdad.
"Quiero el divorcio", dijo Ricky. Las palabras salieron con una firmeza que lo sorprendió a él mismo.
Sofía soltó una risa burlona. "Perfecto. Pero que te quede claro, me voy a quedar con el departamento. Y con la mitad de tus ahorros. Es lo menos que me debes por todos los años que perdí contigo".
La injusticia de su demanda era tan absurda, tan descarada, que Ricky solo pudo negar con la cabeza. Estaba discutiendo con una persona que había perdido todo contacto con la realidad y la decencia.
"Vas a pelear por esto en la corte", dijo él, con voz gélida. "No te daré ni un centavo que no te corresponda".
Se dio la vuelta para irse, para empacar una maleta y largarse de ese lugar que ya no se sentía como un hogar. Necesitaba escapar de su presencia tóxica.
Mientras recogía sus cosas en la habitación, escuchó la voz de Sofía en la sala, melosa y baja. Pensó que quizás estaba hablando por teléfono. Se asomó por el resquicio de la puerta.
La escena lo destrozó por completo.
Alejandro estaba allí. Había entrado sigilosamente mientras ellos discutían. Estaba sentado en el sofá, el mismo sofá donde Ricky y Sofía habían visto tantas películas juntos. Tenía a Sofía en sus brazos, consolándola, acariciando su cabello mientras ella sollozaba en su pecho.
"Tranquila, mi amor", le susurraba Alejandro. "Yo me encargo de todo. Ese jardinero idiota no volverá a molestarte".
Verlos así, en su propia casa, en su espacio más íntimo, fue la puñalada final. No era solo una aventura. Eran una pareja. Y él, Ricky, era el obstáculo, el "jardinero idiota" que debía ser eliminado.
Un entumecimiento total se apoderó de él. Ya no sentía ira, ni dolor. Solo un vacío inmenso. Sin hacer ruido, cerró la puerta de la habitación, tomó su maleta y salió del departamento por la puerta de servicio, como un ladrón en su propia casa. No quería que lo vieran. No quería darles la satisfacción de otra confrontación.
Mientras bajaba las escaleras, el sonido de la risa de Sofía, una risa genuina y feliz, flotó desde el departamento. Y en ese momento, Ricky supo que su matrimonio no solo estaba muerto, sino que nunca había existido realmente.