Capítulo 3
Mi corazón latía con la fuerza de un martillo contra un yunque. El sudor frío me recorría la espalda. Diez minutos. Tenía diez minutos para cambiarlo todo.
Mi mente corría a toda velocidad, repasando las caras en la cafetería. Estudiantes. Docenas de ellos. ¿Quiénes eran? ¿Quién era Víctor? ¿Quién era Máximo? En mi vida pasada, sus caras se habían borrado de mi memoria, reemplazadas por el recuerdo de sus voces veinte años después.
Ahora estaban aquí, en algún lugar de esta multitud ruidosa y anónima.
"¡Patrick, muévete! ¡La gente está esperando!", me urgió mi jefe.
Asentí, mis movimientos eran torpes, robóticos. Cogí una bandeja, mis manos temblaban tanto que las tazas tintineaban como campanas de alarma. Tenía que crear una distracción. Una distracción diferente. Una que no me dejara ciego.
Mi mirada se fijó en la mesa más cercana a la puerta, donde se sentaban dos jóvenes que encajaban vagamente en el recuerdo que tenía. Uno parecía nervioso, el otro tenía un aire de superioridad. ¿Eran ellos? No podía estar seguro.
No importaba. El plan era para toda la cafetería.
Respiré hondo. Caminé hacia el centro del local, donde el pasillo era más estrecho y el flujo de gente, constante.
"¡Cuidado!", grité.
Y con un movimiento deliberado y exagerado, tropecé.
La bandeja voló de mis manos. Tazas, platos, café hirviendo, leche espumosa... todo se estrelló contra el suelo en una explosión de ruido y caos. El líquido caliente salpicó a varios clientes, que gritaron de sorpresa y dolor.
El silencio que siguió fue instantáneo y pesado. Todos los ojos se clavaron en mí.
Mi jefe corrió hacia mí, con la cara roja de furia.
"¡Castillo! ¿Qué demonios te pasa? ¿Estás loco?".
"Lo siento, tropecé", dije, intentando sonar torpe y arrepentido, no aterrorizado y calculador.
"¡Tropezaste! ¡Casi quemas a media clientela! ¡Mira este desastre!", gritaba, señalando el caos de porcelana rota y café derramado. "¡Estás despedido! ¡Recoge tus cosas y lárgate de aquí ahora mismo!".
Sentí una punzada de humillación, pero fue ahogada por una ola de inmenso alivio. Despedido. Estaba fuera. Lejos del veneno, lejos de la oscuridad. Era un precio pequeño a pagar por mi vista, por mi vida.
"Sí, señor", dije, manteniendo la cabeza gacha.
Mientras caminaba hacia la parte de atrás para coger mi chaqueta, pasé junto a mi compañera, Lina Hewitt. Era la pastelera, una madre soltera que trabajaba sin descanso para su hijo. Me miró con una mezcla de pena y confusión.
"Patrick, ¿estás bien?".
"Estoy bien, Lina. Cuídate", le dije, con una urgencia en mi voz que no pude ocultar.
Salí de la cafetería y respiré el aire contaminado de Bogotá como si fuera el más puro de los Alpes. Lo había logrado. Había cambiado mi destino.
Caminé sin rumbo durante horas, el alivio recorriendo mis venas. Por la tarde, mi teléfono sonó. Era un número desconocido.
"¿Hola?".
"¿Hablo con Patrick Castillo? Soy del Hospital San Ignacio. Su contacto de emergencia en la cafetería 'El Tinte de la Séptima' nos ha llamado. Su colega, Lina Hewitt, ha sido ingresada".
Mi estómago se encogió.
"¿Qué ha pasado? ¿Está bien?".
La voz al otro lado del teléfono dudó un segundo.
"Ha sufrido un episodio de ceguera repentina. Los médicos no entienden qué lo ha causado. Está en estado de shock".
El teléfono se me resbaló de la mano y cayó al asfalto. El alivio que había sentido se convirtió en un horror helado.
No había evitado la tragedia.
Solo se la había pasado a otra persona.