Capítulo 3
—Pues tenga cuidado, que uno está vivo hoy, pero mañana no se sabe, que
vida solo hay una y otra no puede comprarse por mucho dinero que usted
tenga.
—Ya, ya, pero tampoco creo que el trabajo me vaya a matar. Darme
calentamientos de cabeza, pues sí, pero de ahí a otra cosa…
No había terminado de decirlo cuando me llamó Michael, mi mano derecha
en el negocio y mi hombre de confianza.
—Dante, estamos ante la situación más crítica ante la que nos hayamos
enfrentado jamás y lo sabes. Llevo una tarde de locos, tenemos que pensar
en posibles medidas que frenen el inminente desastre que se nos viene
encima. Piensa que el nombre de la aerolínea podría quedar en entredicho
de por vida y eso es justo lo que necesitamos en este momento—ironizó.
Mi padre siempre decía y ya me lo advirtió antes de que yo me embarcara
en aquella aventura, que negocios pequeños traen problemas pequeños y
negocios grandes traen problemas grandes.
En mi caso, pensé en eso de “caballo grande, ande o no ande” y lo logré,
pero también era grande el dolor de coco que tenía.
—Michael, trata de descansar y yo haré lo mismo. Mañana seguro que se
nos ocurren medidas de choque, ¿vale?
—En chocarme es justo en lo que estoy pensando, porque te juro que estoy
al límite.
—Mañana volverá a salir el sol, amigo…
—¿En París? Es una broma, ¿no? Hace quince días que no lo vemos y nos
podemos llevar otros quince sin verlo.
En eso también tenía razón y era una de las cosas que yo prefería de
España, la tierra de mi padre, una tierra de la que yo estaba enamorado, si
bien era parisino hasta la médula y no lo estaba menos de la mía.
Mi casa estaba a las afueras de París, en una tranquila campiña, lejos del
mundanal ruido, pero a un tiro de piedra de la ciudad.
El cumpleaños de Genoveva, su doceavo cumpleaños ya, estaba muy
cercano y su tía andaba como loca organizándole una gran fiesta que a la
niña le hacía muchísima ilusión.
Mi hija era lo primero para mí y se estaba convirtiendo en una distinguida
señorita de lo más guapa. Ya veía yo que los próximos quebraderos de
cabeza me llegarían también en unos años y por parte de ella, cuando
empezara a salir con chicos, pero yo era de los que pensaba que los
problemas había que afrontarlos de uno en uno.
—Lo siento, Dante, pero hemos pinchado—me comentó Alonso, que si
algo tenía, aparte de conducir endiabladamente rápido, era que entendía de
mecánica y que detectaba los problemas del coche casi antes de que
ocurrieran.
—¿Estás seguro? Yo no noto nada.
—Tan seguro como de que me voy a meter dos o tres lingotazos esta noche
entre pecho y espalda.
—Lo que me faltaba, llama al seguro y que vengan urgente, te lo pido por
favor.
—¿Al seguro para cambiar una rueda? Dígame que es una broma, eso lo
hago yo en un periquete.
A su lado estaba sentado Sergei, mi guardaespaldas, un serbio que parecía
un armario empotrado y que no se caracterizaba precisamente por su don de
palabras.
Sergei esbozó una sonrisita y yo entendí que ese era capaz de levantar el
coche con una mano para que el otro cambiase la rueda.
Los dos se bajaron del coche y lo hicieron echando mistos, pero aun así los
nervios se me crisparon todavía más.
Estaba entrando por casa cuando una nueva llamada por parte de Sara me
alertó hasta límites insospechados.
—Incontenible, esto es incontenible, los pilotos amenazan nuevamente
con…
—Sara, te dejo porque no me encuentro demasiado bien, lo siento.