Capítulo 2

A partir de entonces, venía a ver a la niña un par de veces al año y pare

usted de contar. Siempre argumentaba que sus compromisos la tenían

demasiado ocupada y que ya llegaría el día en el que pudiera hacerse cargo

de ella, supongo que cuando Genoveva cumpliera los sesenta años y ella

tuviera ochenta y nueve.

Ser padre soltero no es que sea precisamente una labor fácil, pero ahí, como

en tantos terrenos de la vida, yo jugaba con ventaja. A ver, esto tengo que

explicarlo bien, porque mi hermana Carla era y sería siempre la verdadera

madre de Genoveva, al ser quien actuó así desde el principio.

También representaba un papel fundamental en la vida de mi hija mi

hermano Beltrán, al que ella adoraba y viceversa.

En ese sentido mi vida era muy poco convencional, porque cuando Giuliana

me dejó, ellos se vinieron a vivir a mi gran casoplón, a las afueras de París.

Mis hermanos eran, por definirlos de alguna manera, un tanto peculiares y,

sobre todo, la antítesis de mí, pues ninguno de los dos sabía lo que era pegar

palo al agua.

Por inconcebible que pudiera parecer, ellos eran simplemente dos ricos más

pijos que hechos de encargo que se habían dedicado de siempre a pegarse la

gran vida, pues mis padres también les soltaron una pasta gansa en su día, la

misma que yo aproveché para invertir en la aerolínea.

A mí las cosas me vinieron rodadas y mi fortuna subió como la espuma,

pero en su caso fueron más modestos y se dedicaron a inversiones más

pequeñas. Además, tampoco tenían grandes comederos de coco, pues al

vivir en mi casa no debían hacer inversiones en vivienda ni nada que se les

pareciese.

Por otra parte, yo había llegado al acuerdo con ellos de que no tocaran su

dinero y simplemente vivieran a cuerpo de rey, siempre que cuidaran de mi

hija y ella no se viera sola cuando mis compromisos me llevaran a un lado a

otro del mundo.

Por esa razón, todos contentos, así que éramos lo que se llama una familia

bien avenida que vivía bajo el mismo techo, lo cual no quiere decir que no

tuviéramos nuestros encontronazos más de una vez y más de dos.

Ese día yo me encontraba especialmente nervioso, pues la amenaza de una

huelga por parte de los pilotos de mi aerolínea podía llevar a sufrir a los

inversores pérdidas más que considerables.

Lo cierto es que yo les había hecho una oferta que consideraba justa, pero

ellos tenían la idea fija de lo que reivindicaban y la aguja estaba mareada.

Mi secretaria Sara me llamó y eso no me olió bien.

—No atienden a razones, ¿verdad?

—Verdad, Dante. Michael está haciendo todo lo posible, pero la situación es

caótica.

—Entiendo, Sara, mañana por la mañana estaré en la central y seguiremos

con las negociaciones.

—Sé que mañana es sábado, pero no tengo nada que decirte de la gravedad

del asunto, Dante.

—Por supuesto que no, Sara, mañana te veo.

Colgué el teléfono resoplando, pues sentía una especial angustia. Hay veces

en la vida en las que uno ve cumplido un sueño, pero luego también

comprueba que lleva aparejado tal serie de responsabilidades que hay que

valorar hasta qué punto compensa tomárselo todo tan a pecho.

—Dante, tiene muy mala cara, ¿se encuentra mal? —me preguntó Alonso.

—Un poco sobrepasado, problemas, solo eso…

—Hombre, pues llegue ahora a casa, tómese una copita, relájese y no piense

en nada, que será lo que yo haga.

Por mentira que pueda parecer, en ese momento sentí envidia de Alonso, de

su vida corriente y del hecho de que, al acabar su turno de trabajo, no

tuviese que llevarse las responsabilidades a casa.

—Me temo que tengo una noche complicada por delante, no podrá ser.

—Pues delegue en alguien y que le haga el trabajo, ¿no? Mire, quizás me

estoy metiendo donde no me llaman, pero si yo tuviera su posición, me

dedicaría a vivir bien y a que otros trabajasen por mí, punto redondo.

—Supongo que el trabajo me mantiene vivo, pero entiendo lo que me dices.

Aquel chico era mucho más joven que yo, pero no iba desencaminado en su

sugerencia. Quizás yo había hecho del trabajo mi vida y quizás también

tuviera que preguntarme por qué no podía pasar nunca dos semanas

seguidas en casa o por qué siempre estaba tratando de ampliar unos

horizontes profesionales que ya eran lo bastante amplios.

Capítulo 3

—Pues tenga cuidado, que uno está vivo hoy, pero mañana no se sabe, que

vida solo hay una y otra no puede comprarse por mucho dinero que usted

tenga.

—Ya, ya, pero tampoco creo que el trabajo me vaya a matar. Darme

calentamientos de cabeza, pues sí, pero de ahí a otra cosa…

No había terminado de decirlo cuando me llamó Michael, mi mano derecha

en el negocio y mi hombre de confianza.

—Dante, estamos ante la situación más crítica ante la que nos hayamos

enfrentado jamás y lo sabes. Llevo una tarde de locos, tenemos que pensar

en posibles medidas que frenen el inminente desastre que se nos viene

encima. Piensa que el nombre de la aerolínea podría quedar en entredicho

de por vida y eso es justo lo que necesitamos en este momento—ironizó.

Mi padre siempre decía y ya me lo advirtió antes de que yo me embarcara

en aquella aventura, que negocios pequeños traen problemas pequeños y

negocios grandes traen problemas grandes.

En mi caso, pensé en eso de “caballo grande, ande o no ande” y lo logré,

pero también era grande el dolor de coco que tenía.

—Michael, trata de descansar y yo haré lo mismo. Mañana seguro que se

nos ocurren medidas de choque, ¿vale?

—En chocarme es justo en lo que estoy pensando, porque te juro que estoy

al límite.

—Mañana volverá a salir el sol, amigo…

—¿En París? Es una broma, ¿no? Hace quince días que no lo vemos y nos

podemos llevar otros quince sin verlo.

En eso también tenía razón y era una de las cosas que yo prefería de

España, la tierra de mi padre, una tierra de la que yo estaba enamorado, si

bien era parisino hasta la médula y no lo estaba menos de la mía.

Mi casa estaba a las afueras de París, en una tranquila campiña, lejos del

mundanal ruido, pero a un tiro de piedra de la ciudad.

El cumpleaños de Genoveva, su doceavo cumpleaños ya, estaba muy

cercano y su tía andaba como loca organizándole una gran fiesta que a la

niña le hacía muchísima ilusión.

Mi hija era lo primero para mí y se estaba convirtiendo en una distinguida

señorita de lo más guapa. Ya veía yo que los próximos quebraderos de

cabeza me llegarían también en unos años y por parte de ella, cuando

empezara a salir con chicos, pero yo era de los que pensaba que los

problemas había que afrontarlos de uno en uno.

—Lo siento, Dante, pero hemos pinchado—me comentó Alonso, que si

algo tenía, aparte de conducir endiabladamente rápido, era que entendía de

mecánica y que detectaba los problemas del coche casi antes de que

ocurrieran.

—¿Estás seguro? Yo no noto nada.

—Tan seguro como de que me voy a meter dos o tres lingotazos esta noche

entre pecho y espalda.

—Lo que me faltaba, llama al seguro y que vengan urgente, te lo pido por

favor.

—¿Al seguro para cambiar una rueda? Dígame que es una broma, eso lo

hago yo en un periquete.

A su lado estaba sentado Sergei, mi guardaespaldas, un serbio que parecía

un armario empotrado y que no se caracterizaba precisamente por su don de

palabras.

Sergei esbozó una sonrisita y yo entendí que ese era capaz de levantar el

coche con una mano para que el otro cambiase la rueda.

Los dos se bajaron del coche y lo hicieron echando mistos, pero aun así los

nervios se me crisparon todavía más.

Estaba entrando por casa cuando una nueva llamada por parte de Sara me

alertó hasta límites insospechados.

—Incontenible, esto es incontenible, los pilotos amenazan nuevamente

con…

—Sara, te dejo porque no me encuentro demasiado bien, lo siento.

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Ocultando mi Fortuna

Capítulo 2
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