Capítulo 3
Valentina llegó a mediodía, tal como lo recordaba.
Se bajó de un taxi viejo, vestida con ropa humilde y gastada. Su expresión era una mezcla perfecta de timidez, miedo y esperanza. Una actuación digna de un premio.
Mis padres corrieron a recibirla, con los brazos abiertos y las lágrimas a punto de brotar.
"Valentina", dijo mi madre con la voz rota. "Bienvenida a casa".
Carmen estaba detrás de ellos, llorando en silencio. La perfecta imagen de una madre sacrificada que recupera a su hija perdida.
Yo me quedé en la puerta, observando la escena. No sentía celos, ni tristeza. Solo un frío análisis de la situación.
Valentina me miró. Sus ojos, que para todos los demás parecían inocentes, me lanzaron un destello de triunfo. Ella sabía que había ganado. O eso creía.
"Hola", dijo en un susurro, como si tuviera miedo de hablar. "Tú debes de ser Sofía".
"Sí", respondí, sin moverme. "Soy Sofía".
La tensión se podía sentir en el aire. Mis padres, incómodos, intentaron suavizarla.
"Vamos dentro, por favor. Hay mucho de qué hablar", dijo mi padre, poniendo un brazo sobre los hombros de Valentina y guiándola hacia el interior de la casa.
Durante la comida, Valentina contó su historia. Una vida de pobreza en un barrio obrero de Logroño, criada por una madre soltera que luchaba por salir adelante. Mis padres la escuchaban con el corazón encogido, la culpa devorándolos por dentro.
Nadie se dio cuenta de que su historia era, en realidad, la mía. La vida que yo debería haber tenido.
Fue entonces cuando ocurrió.
Justo cuando Valentina mencionaba lo mucho que le gustaba el mar, una imagen fugaz y nítida explotó en mi mente.
Una visión.
Era una mariscada. Langostinos, gambas, centollos. Y Valentina, en una camilla, con el rostro hinchado y luchando por respirar. Un shock anafiláctico.
La visión era idéntica a la de mi vida anterior. La que me impulsó a preparar una cena de bienvenida para "ganarme" a mi nueva hermana. La cena que casi la mata y me convirtió en la villana de la historia.
Cerré los ojos un instante. La tecnología de los Soler seguía funcionando. Querían que repitiera el mismo error.
Abrí los ojos y sonreí.
"Qué historia tan conmovedora, Valentina", dije, interrumpiendo el relato. Todos me miraron, sorprendidos por mi tono. "Creo que esto merece una celebración. Para darte la bienvenida como te mereces, esta noche organizaré una cena especial".
Valentina me miró, intentando ocultar su satisfacción.
"Oh, no, no hace falta que te molestes...", dijo con falsa humildad.
"No es ninguna molestia", insistí, mirando directamente a sus ojos. "De hecho, ya sé qué prepararé. Una gran mariscada".
La sonrisa de Valentina fue casi imperceptible, pero yo la vi.
El anzuelo estaba en el agua. Y ella estaba a punto de morder.