Capítulo 3
Sofía ni siquiera parpadeó al ver el anillo. Para ella, no era más que un trozo de metal, un recordatorio de promesas rotas y de la chica tonta que había creído en ellas. Su corazón, que por un instante se había acelerado por la sorpresa del reencuentro, ahora latía con un ritmo calmado y firme. El pasado ya no tenía poder sobre ella.
"Guárdalo" , dijo con una frialdad que sorprendió al propio Ricardo. "O tíralo. Realmente no me importa" .
Se dio la vuelta, dispuesta a volver a atender a su cliente, a ignorarlo como si fuera un mal recuerdo sin importancia. Pero Ricardo no estaba dispuesto a rendirse.
Carlos, su amigo, intervino, dando un paso al frente con una expresión de falsa compasión.
"Sofía, por favor. Ricardo no ha tenido un solo día de paz en estos seis años. Te ha buscado por todas partes, ha gastado una fortuna en investigadores privados. Está arrepentido" .
Sofía se giró lentamente para encarar a Carlos. Su mirada era gélida.
"¿Arrepentido?" , repitió, y una risa seca, sin alegría, escapó de sus labios. "¿Tu amigo sabe lo que significa esa palabra? ¿O solo la usa cuando le conviene?"
"Sofía…" , comenzó Ricardo, intentando tomarle el brazo.
Ella se apartó bruscamente, como si su contacto quemara.
"No me toques" . La orden fue tan tajante que Ricardo retrocedió un paso, visiblemente herido.
"Solo quiero hablar" , suplicó él. "Cinco minutos. Te lo ruego" .
"Tú y yo no tenemos nada de qué hablar" , sentenció Sofía, su voz resonando con una finalidad absoluta. Miró a su alrededor, a las caras curiosas que los observaban, y luego fijó su vista de nuevo en Ricardo. "Hiciste tu elección hace seis años. Ahora vive con ella. Yo estoy viviendo con la mía" .
La humillación pública estaba haciendo mella en Ricardo. Su rostro, normalmente bronceado y seguro, estaba pálido. La desesperación luchaba contra su orgullo en una batalla visible.
"No entiendes…" , balbuceó, "Isabella… ella me manipuló…" .
El nombre de Isabella fue como echar gasolina al fuego. Una ira sorda y profunda comenzó a subir por el pecho de Sofía.
"No te atrevas a usarla como excusa" , siseó. "Ambos eran un equipo. Y yo fui la víctima. Fin de la historia" .
Con un gesto de frustración y rabia, Ricardo apretó el puño. El anillo, que aún sostenía, se le escapó de los dedos. Cayó al suelo de mármol pulido con un tintineo agudo y metálico que pareció resonar en todo el pabellón. El pequeño zafiro se desprendió de la montura y rodó bajo una de las vitrinas.
El sonido del anillo roto fue definitivo. Un símbolo perfecto de su historia: rota, irreparable.
Ricardo se quedó mirando el anillo destrozado en el suelo, su rostro una máscara de incredulidad y desesperación. La gente seguía murmurando, ahora con más avidez. La escena era demasiado jugosa para ignorarla.
Para Sofía, ese sonido fue un gatillo.
De repente, ya no estaba en la Expo Moda. Estaba de vuelta en el pasado, en un lujoso apartamento que nunca sintió como suyo. Recordó la primera vez que él le dio ese anillo. Ella había llorado de felicidad, creyendo que era la prueba de su amor, la promesa de un para siempre. Se había aferrado a ese trozo de metal como si fuera un salvavidas, ignorando todas las señales de alarma, todas las humillaciones silenciosas, todas las veces que él la hizo sentir pequeña e insignificante.
Recordó cómo pulía el anillo cada noche antes de dormir, pidiendo al universo que él finalmente la viera, que la amara a ella por quien era, y no por el fantasma de otra persona que él perseguía. Recordó la desesperación, la sensación de caminar de puntillas en su propia vida, siempre con miedo de decir o hacer algo incorrecto que pudiera molestarlo.
Esa chica ingenua y desesperada había muerto. Y el sonido del anillo rompiéndose en el suelo fue su réquiem final.