Capítulo 2

Nápoles tenía una manera de retenerme, incluso cuando yo intentaba escapar.

Las callejuelas del barrio - torcidas, estrechas, con sus edificios antiguos y balcones llenos de ropa colorida - eran el único lugar donde podía encontrarme en silencio. El olor del café recién hecho mezclado con el mar a lo lejos, los pasos de los vecinos conversando en dialecto... todo aquello me recordaba quién era antes del "nosotros".

Me encantaba caminar por allí, aunque la libertad fuera solo una ilusión. Me despertaba temprano, tomaba un café rápido en la cocina diminuta del apartamento y hacía lo que él llamaba "mi trabajo": responder mensajes, planear stories, editar fotos, cuidar de lo que la gente esperaba que yo fuera. Era extraño cómo el tiempo se diluía en esas pequeñas tareas, como si cada "me gusta" fuera una moneda de supervivencia. Pero, por dentro, sentía que me estaba hundiendo.

El curso de artes visuales, que había abandonado el año pasado, era un secreto entre el viento y yo. O mejor dicho, un secreto que él transformó en silencio cuando "sugirió" que lo dejara.

- No vas a poder con todo, Allegra - dijo con esa sonrisa un poco falsa, mientras yo arrastraba la mochila pesada por las escaleras de la universidad. - Esto te va a quitar el foco de lo que realmente importa. Tenemos una imagen que mantener.

Y le creí. Porque creer dolía menos que luchar. Porque creer hacía que el silencio en mi cabeza pareciera más pequeño.

Mis padres habían muerto hacía casi dos años. Ellos eran mi ancla - y cuando se fueron, me sentí a la deriva. Enzo prometió ser mi puerto seguro, pero, al final, se convirtió en la tormenta. Con él, la vida se volvió un bucle de exigencias disfrazadas de cariño, de control vestido de cuidado.

Por eso, aquellas caminatas por las callejuelas eran mi refugio. Nadie lo sabía, pero solía sentarme en un banco escondido detrás de una iglesia antigua, cerca de la plaza, y simplemente observar. Era mi escondite, donde el tiempo parecía desacelerar.

Observaba a los niños corriendo, a las ancianas sentadas en sillas de madera, a las parejas discutiendo en voz baja. Allí había una vida que no me pedía nada. Era como si, en ese lugar, pudiera respirar sin peso. A veces llevaba un cuaderno escondido, solo para garabatear cualquier cosa, como un gesto de resistencia secreta.

Pero el peso me seguía. Siempre.

Volver a casa era siempre una apuesta. Enzo podía estar callado, o podía estar irritado. A veces llegaba de repente, queriendo controlar hasta la forma en que yo hablaba.

- ¿Por qué no contestas de una vez? - murmuraba cuando tardaba en responder el teléfono. - ¿No entiendes que el público quiere ver química? No puedo parecer distante.

Me convertía en un personaje de su vida, un papel sin guion donde mi texto se borraba y reescribía en cada escena. Era como si solo existiera en el reflejo de lo que él quería mostrar.

Una noche, mientras ordenaba el desorden de nuestros equipos de grabación, encontré uno de mis dibujos antiguos. Era un boceto de una mujer con los ojos cerrados, rodeada de hojas al viento. Parecía una parte de mí que había quedado olvidada. Un recuerdo de quien fui antes de todo.

Tomé el papel, sentí el tacto áspero de la tinta seca y, por un instante, imaginé cómo sería poder volver a ser esa mujer. La sensación fue casi física. El pecho se me encogió y los ojos se llenaron de lágrimas.

Pero enseguida se abrió la puerta. Enzo estaba allí, mirándome.

- ¿Aún tienes esas cosas? - preguntó con esa voz que siempre sabía cómo herir sin que lo pareciera.

- Solo guardo lo que es mío - respondí, intentando sostener la voz que me temblaba.

Se encogió de hombros y se fue, dejando que el silencio invadiera el apartamento.

Esa noche, mientras intentaba dormir, pensé en las calles de Nápoles, en aquel banco escondido, en las voces que podía oír si me callaba. Sentí nostalgia de mis padres, de cómo mi madre me llamaba ragazza d'arte, incluso cuando yo solo dibujaba en los márgenes de las agendas.

Sabía que algo tenía que cambiar. Pero cambiar dolía. Cambiar era perderse. Cambiar era un coraje que todavía no tenía.

Por ahora, caminaba. Caminaba para intentar recordar quién era antes del "nosotros". Porque en el fondo, una parte de mí ya empezaba a susurrar: tal vez aún existiera una Allegra allí dentro, esperando ser encontrada.

Capítulo 3

El apartamento estaba sumergido en esa luz azulada que a Enzo le gustaba usar en los videos. Para él, daba "ambiente". Para mí, era el tipo de frío que ni una manta podía resolver. Un frío que atravesaba la piel y se instalaba por dentro.

Él ajustaba el trípode de la cámara, nervioso, mientras yo intentaba descubrir qué hacer con las manos. Sentada en el sofá, lo observaba todo en silencio - los cables en el suelo, el micrófono mal encajado, su reflejo en el vidrio. Parecía más preocupado por el ángulo de su propia imagen que por la persona a su lado.

- Allegra, ¿puedes sonreír un poco más hoy? Tienes una cara medio apagada - dijo, sin siquiera mirarme.

Me mordí el interior de la mejilla. Respiré hondo, como siempre.

- Está bien.

Me levanté despacio y fui hasta el tocador improvisado en la esquina de la sala. Me puse un poco de rubor en las mejillas, intenté acomodar el cabello con los dedos. Me quedé allí, mirándome unos segundos. El rostro en el espejo seguía siendo mío, pero los ojos... parecían de otra persona.

La luz azul resaltaba mis ojeras, y aun así, forcé una sonrisa. Era lo que él quería. Era lo que el público esperaba. Yo era el complemento del mundo que él creaba, un marco para el protagonista.

- Vamos a grabar este video de una vez, tengo reunión con el equipo de la marca a las ocho - dijo en voz alta, golpeando los dedos contra la mesa, impaciente.

Grabamos. O mejor dicho, él grabó. Yo aparecí al lado, como figurante de una película donde mi único papel era sonreír en los momentos correctos. Él hacía chistes, comentaba sobre los nuevos productos que habíamos recibido y decía frases ensayadas como "nos encanta probar cosas nuevas juntos, ¿verdad, amor?". Yo asentía, sonreía, contenía la risa nerviosa cuando él se equivocaba en una frase y culpaba a la iluminación.

La cámara se apagó. Él no me dio las gracias. Nunca lo hacía.

Me quedé en la cocina después, removiendo distraída la cena. Espaguetis con salsa roja. Siempre era lo mismo. Comida rápida, práctica, sin desorden. Él detestaba el desorden. Yo cortaba la cebolla despacio, casi con cuidado, como si aquello fuera lo único que aún estaba bajo mi control.

- ¿Viste el correo de la productora? - preguntó, apoyado en la encimera.

Negué con la cabeza.

- No.

- Quieren que vayamos al evento de Gioia el sábado. Es importante. Va a haber gente de peso allí.

Asentí, sin hacer más preguntas. Él ya lo había decidido. Él siempre decidía. Quizá ni importaba si yo estaba bien, dispuesta, cansada o enferma. Lo importante era asistir. Mostrar presencia. Asegurar los flashes correctos.

Cenamos en silencio. El sonido de los cubiertos golpeando los platos era lo único que llenaba la sala. Yo tragaba cada bocado como si fuera arena. En mi mente, repetía palabras que nunca llegaban a salir. Frases que podrían salvarme, pero que ya ni creía que pudiera pronunciar en voz alta.

Él hablaba del evento, de las marcas, de las cifras. Yo pensaba en la iglesia escondida del barrio, donde a veces me sentaba sola para respirar. En la señora de la tiendita que siempre me ofrecía uvas frescas. En el banco de piedra detrás de la plaza. En el olor a jabón en los balcones. En el mundo que existía antes de él.

En lo que yo era antes de todo esto.

Cuando terminé de lavar los platos, fui al dormitorio. Él seguía hablando por teléfono con alguien, probablemente un patrocinador. El tono era dulce. Diferente del que usaba conmigo. Su voz tenía una suavidad casi encantadora cuando estaba lejos de las cámaras - o lejos de mí.

Me tiré en la cama sin cambiarme de ropa. El techo parecía más cerca de lo que debía. Cerré los ojos y deseé desaparecer unos minutos. Solo para saber cómo era vivir sin todo aquello.

Fue entonces cuando pensé en ella.

Sophia Romano. Mi amiga de infancia, ahora en París. No hablábamos tanto, pero a veces ella enviaba fotos de ventanas abiertas y cafés llenos de vida. Un vestido nuevo colgado en la puerta. Un cuadro pintado a mano por algún artista callejero. Mensajes breves, pero cálidos. Del tipo que calentaban lo que el mundo me enfriaba por dentro.

Decía que allí la gente sonreía a los desconocidos y que los desconocidos no parecían tan distantes.

Me quedé abrazada a la almohada, pensando en el sonido de su voz. Pensando que quizá, en algún lugar fuera de aquí, aún existiera algo ligero. Un rincón del mundo donde pudiera volver a escucharme.

Pero eso era solo un recuerdo. Una idea vaga. Un deseo que nacía pequeño en el fondo de mi vientre y crecía con cada respiración contenida.

Por ahora... me quedaba. Por ahora, fingía. Por ahora, sonreía en las grabaciones, sonreía para los seguidores, sonreía para no desmoronarme.

Pero el sábado llegaría. Y con él, quizá, la chispa que encendería todo.

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