Capítulo 2

Desalentada, me miré otra vez al espejo mientras la señora Marissa, a mis espaldas, asentía en señal de aprobación. Cuando las dos habíamos salido de compras la semana anterior, el vestido de terciopelo me había parecido de un brillo resplandeciente. Esa noche, en cambio, el terciopelo marrón tenía un aspecto apagado; y los zapatos, teñidos a juego, parecían propios de una matrona, con sus tacones bajos y gruesos. Yo sabía que los gustos de la señora Mar eran los de una mujer madura; además habían tenido que contar con las instrucciones de mi padre, quien le dejó bien sentado al ama de llaves que el vestido debía ser «adecuado a una jovencita de la edad y la educación recibida por Lisset». Habíamos llevado tres vestidos a casa para el visto bueno de Philip, y aquel fue el único que, según él, no era demasiado «atrevido» o «ligero». Mirándome al espejo, solo me sentía satisfecha de mi peinado. Solía soltarme la cabellera cubriéndome los hombros, peinada con una raya al costado y luciendo una horquilla junto a la oreja. Sin embargo, las observaciones de Lisa me habían convencido de que necesitaba un estilo nuevo y más sofisticado. Esa noche, había conseguido que la señora Mar me recogiera el cabello en un moño alto. Me creía que aquel peinado me quedaba muy bien. Philip entró en la habitación con un puñado de entradas para la ópera. —Park Morgan necesitaba dos entradas para Rigoletto y le dije que podía utilizar las nuestras. ¿Quieres dárselas al joven Parker esta noche cuando...? — Alzó la mirada, me observó y frunció el entrecejo—. ¿Qué le has hecho a tu pelo? — preguntó. —Decidí cambiar un poco esta noche. —Lisset, lo prefiero como te lo peinas siempre. — Posó una mirada de intensa desaprobación sobre la señora Mar—. Cuando le di este empleo — empezó—, creo que especificamos cuáles serían sus funciones. Además de las tareas de mantenimiento de la casa cuando fuera necesario, usted tenía que aconsejar a mi hija en los asuntos femeninos. ¿Acaso ese peinado es su idea de...? —Padre, yo le pedí a la señora Mar que me peinara así — intervine. La señora Mar había palidecido y estaba temblando. —En tal caso antes deberías haberle pedido consejo. —Sí, claro — musite triste. Detestaba decepcionar o enojar a mi padre, ya que él me hacía sentirme singularmente responsable del éxito o fracaso del día o la noche si yo lo ponía de mal humor. —Bueno, no pasa nada — concedió Philip, al ver que yo estaba sinceramente arrepentida—. La señora Mar puede arreglarte el peinado antes de marcharte. Te he traído algo, querida. Un collar. — De un bolsillo de la chaqueta extrajo una caja de terciopelo de color verde oscuro—. Puedes ponértelo esta noche, combinará perfectamente con el vestido. — Aún nerviosa espere mientras mi padre abría la caja. ¿Sería un medallón de oro o...?—. Son las perlas de tu abuela White — anunció Philip, y su hija tuvo que esforzarse para ocultar mi desolación mientras él extraía el largo collar de perlas—. Vuélvete para que te lo ponga. Veinte minutos después, me hallaba de nuevo frente al espejo y, al mirarme, intentaba persuadirme con valentía de que estaba bonita. Mi peinado era el de siempre, pero el añadido de las perlas era la gota que colmaba el vaso. La abuela las había llevado puestas casi todos los días de su vida; murió con ellas colgadas del cuello. Ahora yo las sentía como fragmentos de plomo contra mis escasos pechos. —Perdón, señorita. La voz del mayordomo, al otro lado de la puerta, me hizo volverme en redondo. —En el vestíbulo hay una tal señorita Pontini que dice ser condiscípula y amiga de la señorita. Me sentí atrapada, me hundió en el borde de la cama, intentando febrilmente encontrar un modo de salir del atolladero. Pero no lo había, y lo sabía. —Hágala pasar, por favor. Apenas había transcurrido un minuto cuando Lisa entró en el dormitorio. Miraba a todas partes como si de pronto se encontrara en otro planeta. —Intenté llamarte — se excusó—, pero tu teléfono celular estuvo apagado durante la última hora, de modo que decidí arriesgarme y venir. — Hizo una pausa y se volvió, escrutándolo todo—. ¿Quién es el dueño de este montón de piedras? En cualquier otra ocasión tan irreverente descripción de su casa me hubiera hecho reír, pero ahora solo pude contestar con un tenso murmullo: —Mi padre. El rostro de Lisa se endureció. —Lo imaginé cuando el hombre que me abrió la puerta se refirió a ti como «la señorita Lisset » con el mismo tono de voz que el padre Vickers emplea para decir «la santa Virgen María». — Giró sobre sus talones y se dirigió a la puerta. —¡Lisa, espera! — imploré desesperada. —Ya te has divertido a mi costa. De veras que este ha sido un gran día — añadió sarcásticamente, volviéndose—. Primero Mario me saca de paseo con el coche e intenta quitarme la ropa. Y cuando voy a casa de mi «amiga», me encuentro con que se ha estado riendo de mí. —¡No, eso no es cierto! — exclamé temblorosa—. Te hice creer que Fenwick, nuestro chófer, era mi padre solo por miedo a que la verdad se interpusiera entre las dos. —Oh, claro — replicó Lisa con sarcástica incredulidad—. Pobre niña rica, deseando desesperadamente hacerse amiga de la insignificante chica pobre que soy yo. Apuesto a que tú y tus ricos amigos os habéis reído a carcajadas de mi madre porque te ha rogado que vengas a compartir nuestros espaguetis y... —¡Cállate! — la interrumpí.—. ¡No entiendes nada! Me gustan tus padres, quería ser tu amiga. Tú tienes hermanos y hermanas, tías y tíos, y todas las cosas que yo siempre he deseado tener. ¿Crees que porque vivo en esta estúpida casa todo es maravilloso? ¡Mira cómo te ha cambiado! Una sola mirada y ya no quieres saber nada de mí, y así ha sido siempre en la escuela desde el primer día. Y para tu información — concluí—,te diré que adoro los espaguetis. ¡Adoro las casas como la tuya, donde la gente se ríe y grita...! Me interrumpió al ver que la ira daba paso al sarcasmo en el rostro de Lisa. —Te gusta el ruido ¿es eso? —Supongo que sí — contesté, sonriendo con desánimo. —¿Y qué hay de tus amigos ricos? —En realidad, no tengo ninguno. Quiero decir que conozco a gente de mi edad a la que veo de vez en cuando, pero todos van a los mismos colegios y han sido amigos durante años. Para ellos soy una intrusa. Una rareza. —¿Por qué te envía tu padre a Saint Stephen? —Cree que ahí te forman el carácter. Su hermana y mi abuela fueron a ese colegio. —Tu padre parece un tipo extraño. —Supongo que lo es. Pero sus intenciones son buenas. Lisa se encogió de hombros y comentó con tono afable: —En tal caso, se parece mucho a la mayoría de los padres. Era una pequeña concesión, una sutil sugerencia de que ambas tenían algo en común. Luego se produjo un silencio. Separadas por mi lecho con dosel de estilo Luis XIV y por un enorme abismo social, dos inteligentísimas adolescentes reconocíamos las múltiples diferencias que nos separaban, mirándose con una mezcla de esperanza y cautela. —Supongo que será mejor que me vaya — dijo Lisa. Mire con desolación el bolso de nailon que Lisa había traído con su ropa. Era obvio que venía dispuesta a pasar la noche. Levante la mano en un gesto mudo de súplica, luego la dejó caer, consciente de que era inútil. —Yo también tengo que salir pronto — dije. —Que lo pases... bien. —Fenwick puede llevarte a casa cuando me deje en el hotel. —Tomaré el autobús — empezó a decir Lisa, pero entonces reparó por primera vez en mi atuendo, y una expresión de horror apareció en su rostro. —¿Quién elige tus vestidos? ¿Hellen Keller? Supongo que no irás a llevar eso esta noche, ¿verdad? —Sí. ¿No te gusta? —¿Quieres saberlo de veras? —Creo que no. —Dime. ¿Cómo describirías este vestido? Me encogí de hombros con expresión apesadumbrada. —¿La palabra anticuado significa algo para ti? Lisa tuvo que morderse un labio para contener la risa. —Si sabías que era feo, ¿por qué te lo compraste? — preguntó arqueando las cejas. —Le gustó a mi padre. —Tu padre tiene un gusto asqueroso. —No deberías hablar así. Asqueroso... — pronuncie la palabra en un susurro, consciente de que, por otra parte, Lisa tenía razón en cuanto al vestido—. Esas palabras te hacen parecer dura y fuerte, pero no lo eres... realmente. Yo no sé vestirme, no sé peinarme, pero sé cómo se debe hablar. Perpleja, Lisa se quedó mirándome fijamente, y en aquel momento empezó a concretarse un fenómeno: la unión entre nosotras dos, espíritus dispares que de pronto caen en la cuenta de que ambos tienen mucho que ofrecerse mutuamente. Lisa esbozó una sonrisa, luego ladeó la cabeza y escrutó con aire pensativo el horroroso vestido que yo usaba. —Baja un poco los hombros, a ver si así está mejor — dijo de pronto. También sonríe y obedecí. —Tu pelo es horrible. Asque... No, terrible — se corrigió de inmediato. Luego miró alrededor y sus ojos se iluminaron al ver un ramo de flores de seda sobre el tocador. —Una flor en el pelo o en el sujetador podría quedarte bien. Con el instinto certero de los White, presintí que la victoria estaba al alcance de la mano, y que era el momento de actuar, —¿Te quedarás aquí esta noche? Volveré alrededor de las doce, y podemos quedarnos levantadas hasta la hora que nos dé la gana. Nadie nos molestará. Lisa vaciló, al cabo de un momento sonrió y dijo: —Está bien. — Pareció olvidarse del asunto y se concentró de nuevo en mi aspecto—. ¿Por qué te compras zapatos con tacones tan anchos? —Así no parezco tan alta. —¡Ser alta está de moda, idiota! ¿Es necesario que lleves esas perlas? —Me lo pidió papá. —Puedes quitártelas en el coche. ¿O no? —Se sentiría muy mal si llegara a enterarse. —No seré yo quien se lo diga. Te prestaré mi lápiz de labios — añadió mientras buscaba en su bolso—. ¿Y las gafas? ¿Es absolutamente necesario que las lleves? —Solo si necesito ver — bromeé Salí tres cuartos de hora más tarde. En cierta ocasión Lisa había presumido de tener talento para decorar cualquier cosa (ya fueran personas o estancias), y ahora yo le creía. La flor de seda que llevaba en el pelo, tras una oreja, me hacía sentirme más elegante y menos desaliñada. El suave toque de colorete en las mejillas me daba más vida y la pintura de los labios, aunque Lisa dijera que era de un tono demasiado vivo para ella, le añadía edad y sofisticación. Llena de una confianza desconocida hasta entonces, me detuve en el umbral del dormitorio y me volví para despedirme con un gesto de Lisa y de la señora Mar. Luego susurré a mi amiga, con una sonrisa. —Si quieres redecorar mi cuarto mientras estoy fuera, puedes hacerlo a tu antojo. Lisa levantó los dedos pulgares con gesto desenvuelto. —No hagas esperar a Parker.

Capítulo 3

Luciano 

 El sonido de campanas que oía en mi cabeza se vio superado por el del ritmo acelerado de mi corazón. Me hundía en el cuerpo ansioso y exigente de Jazmín , que quería más y con las caderas me obligaba a penetrarla. Estaba como loca, cerca del éxtasis... Las campanas empezaron a sonar rítmicamente, pero no con los melodiosos tañidos de las de las torres de la iglesia en el centro del pueblo, ni los resonantes del cuartel de bomberos al otro lado de la calle. —Eh, Luciano Giuseppe. ¿Estás ahí dentro? — Campanas. Sin duda estaba «dentro». De hecho, muy cerca del estallido final, pero las campanas seguían allí. —Maldito seas, Giuseppe... ¿Dónde diablos estás? — Entonces el sonido penetró en mi mente: fuera, junto a los surtidores de la estación de servicio, alguien tocaba el timbre y gritaba mi nombre. Laura se quedó rígida y emitió un pequeño alarido. —¡Oh, Dios, ahí fuera hay alguien! — Demasiado tarde. Yo no podía detenerme y tampoco quería. No había deseado hacerlo allí, pero ella me insistió, me convenció, y ahora su cuerpo se mostraba insensible a la amenaza de la intrusión. Me aferré a las nalgas redondeadas de Jazmín , la tumbé, la embestí con fuerza y alcance el orgasmo. Tras un pequeño descanso, me separó del cuerpo de la chica, con suavidad pero también con prisa y me senté . Ella procedió a bajarse y alisarse la falda y a ajustarse el suéter. Entonces la llevé ocultarse tras una pila de neumáticos y me situé frente a la puerta, justo en el momento en que esta se abría. Owen Keenan entró, receloso y ceñudo. —¿Qué diablos pasa aquí, Luck? Casi he echado abajo este lugar con mis gritos. —Estaba haciendo una pausa — replique molesto , mesándome el negro pelo, lógicamente despeinado—. ¿Qué quieres? —Tu padre está borracho, en Maxine. El sheriff va para allá. Si no quieres que pase la noche en la cárcel, será mejor que llegues primero. Cuando Owen se hubo marchado, recogí del suelo el abrigo de Jazmín , sobre el que habían hecho el amor, le quité el polvo y ayudé a la chica a ponérselo. Yo sabía que una amiga la había traído, lo que significaba que tendría que llevarla de vuelta. —¿Dónde has dejado tu coche? — le pregunte. Ella me lo explicó y asentí. —Te llevaré allí antes de ir a rescatar a mi padre. Las luces de Navidad colgaban en las esquinas de la calle principal. Sus colores se desdibujaban a causa de la nevada que estaba cayendo. En el extremo norte del pueblo una guirnalda roja de plástico colgaba sobre un letrero que rezaba: «Bienvenidos a Edmunton, Indiana. Población: 38.124 ». De un altavoz proporcionado por el club Elks surgían las notas de Noche de paz, confundiéndose con las de Jingle Bells que emergían de un trineo de plástico colocado en el techo de la ferretería de Horton. Aquella nieve suave y las luces navideñas obraban milagros. En efecto, a la cruda luz del día Edmunton era una pequeña ciudad provinciana encaramada en la pendiente de un valle poco profundo. De sus acererías se elevaban al cielo apiñadas chimeneas, dispersando incesantemente nubes de humo y de vapor en el aire. La oscuridad era un manto negro que cubría el sombrío espectáculo; ocultaba el extremo sur de la ciudad, donde las buenas viviendas daban paso a las chozas, las tabernas y las casas de empeño. Más allá, la tierra de labranza, desnuda en invierno. Estacione mi furgoneta de reparto en un rincón oscuro del aparcamiento situado junto a la tienda de Jackson, donde Jazmín había dejado su coche. La muchacha se arrimó a mi. —No lo olvides — me susurró, echándome los brazos al cuello —; tienes que recogerme esta noche a las siete, al pie de la cuesta. Terminaremos lo que empezamos hace una hora. Pero Luck, no asomes la cara. Mi padre vio tu furgoneta aquí la última vez y empezó a hacer preguntas. La la miré y de pronto sentí asco. Asco de mi mismo, por la atracción sexual que la chica ejercía sobre mi. Jazmín hermosa, rica, mimada y egoísta. Yo era consciente de todo eso. Me había dejado utilizar por Jazmin, había consentido en ser para ella un objeto sexual, viéndome arrastrado a encuentros clandestinos, a intentos furtivos, permitiendo que ella me hiciera esperar al pie de la cuesta y no enfrente de su casa, como sin duda hacían sus amigos socialmente aceptables. Aparte de la atracción sexual, Laura y yo no teníamos nada en común. El padre de Jazmín Frederickson era el ciudadano más rico de Edmunton, y su hija estudiaba primer curso en una costosa universidad del Este. Yo, Luciano Giuseppe, emigrante italiano, trabajaba en una fábrica de acero durante el día, asistía a las clases nocturnas de la delegación local de la Universidad Estatal de Indiana y los fines de semana me ganaba unos dólares como mecánico. Abrí la portezuela para que Jazmín saliera y le dí un ultimátum con voz dura e inflexible. —Esta noche te paso a buscar por la puerta de tu casa o haces otros planes sin contar conmigo. —Pero ¿qué diré a mi padre cuando vea tu furgoneta frente a la casa? Insensible a la aterrada mirada de la chica, respondí con voz sardónica. —Dile que mi limusina está averiada.

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Mía Bambola. Nadie Robara tu Amor

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