Capítulo 3

La cara de Miguel se transformó. La sorpresa inicial dio paso a una ira mal disimulada. Intentó recuperar el control, forzando una risa nerviosa.

"Sofía, ¿qué tonterías dices? Debes estar estresada por la situación. Claro que Carlos es mi primo, todos lo conocen."

Se giró hacia los otros voluntarios, buscando su apoyo, como siempre hacía.

"Amigos, ya saben cómo es Sofía de dedicada. A veces se toma las cosas demasiado en serio. Está agotada, eso es todo."

Pero sus palabras sonaron huecas. La semilla de la duda que yo había plantado ya estaba germinando. Podía verlo en los ojos de los demás, en sus miradas que ahora se desviaban, incómodas.

Yo no le respondí. Simplemente lo miré con una frialdad que nunca antes había mostrado. La Sofía dócil y complaciente de mi vida pasada estaba muerta y enterrada. La mujer que estaba aquí ahora era una extraña para él, y eso lo aterraba.

"No voy a discutir esto contigo, Miguel," dije, mi voz tan calmada como un lago helado. "La elección es simple. Suben al avión ahora, o se quedan aquí con Carlos. Yo me voy."

Me di la vuelta y empecé a caminar hacia la escalerilla del avión. Cada paso era una declaración de independencia, una ruptura con el pasado.

"¡Sofía!" gritó Miguel, su voz ahora teñida de pánico. Corrió para interponerse en mi camino. "¡No puedes hacernos esto! ¡Somos un equipo!"

"Tú dejaste de ser mi equipo en el momento en que decidiste acostarte con otra mujer y llamarla tu prima," repliqué sin detenerme.

Mi respuesta lo dejó sin palabras por un segundo, y aproveché para pasarlo de largo.

"¡Es una egoísta!", gritó una de las voluntarias más jóvenes, una chica llamada Laura que siempre había idolatrado a Miguel. "¡El doctor Miguel solo intenta proteger a su familia!"

Otros murmuraron en acuerdo, su lealtad inicial hacia Miguel luchando contra la extraña y convincente seguridad que yo proyectaba.

En ese momento, la puerta de la cabina del piloto se abrió y un hombre con uniforme asomó la cabeza. Su rostro era severo.

"Señores, el pronóstico del tiempo ha empeorado drásticamente. La tormenta se adelanta. Tenemos que despegar en diez minutos, con o sin todos los pasajeros. Es mi última advertencia."

La declaración del piloto colgó en el aire, pesada y definitiva. El pánico comenzó a extenderse visiblemente entre el grupo.

Miguel, sin embargo, bufó con una arrogancia increíble.

"No te preocupes," le dijo a Laura y a los demás, lo suficientemente alto para que yo lo oyera. "Es un farol. No se atreverá a dejarnos. Somos un equipo de ayuda del gobierno, somos importantes."

Su estupidez era asombrosa. En su mente, el mundo giraba a su alrededor. Las reglas no se aplicaban a él.

Mientras él intentaba tranquilizar a su rebaño de seguidores, yo me aparté discretamente. Saqué mi teléfono satelital del bolsillo, un dispositivo que mi padre me había insistido en llevar "por si acaso". Marqué su número.

Mi padre, un empresario poderoso e influyente, respondió al segundo tono.

"Sofía, ¿estás bien?"

"Papá, estoy bien," dije rápidamente, mi voz baja. "Pero necesito un favor. El avión del gobierno podría dejarnos. Necesito que envíes el avión privado. Ahora."

Hubo una pausa. "¿Qué está pasando?"

"Te lo explicaré todo cuando llegue a casa. Solo hazlo, por favor. Y asegúrate de que tenga espacio para dieciocho personas."

"Consideralo hecho, hija. Cuídate."

Colgué justo cuando un revuelo se formó cerca de la entrada del pequeño edificio del aeropuerto.

Carlos finalmente había llegado.

Apareció caminando lentamente, como si estuviera en una pasarela. Su cabello estaba perfectamente peinado, su rostro cubierto por una capa de maquillaje impecable que desafiaba el calor y la humedad. Llevaba unas gafas de sol de diseñador y una sonrisa satisfecha.

Miguel corrió hacia ella, su rostro se iluminó de alivio y afecto. La abrazó con fuerza.

"¡Carlitos, mi amor! Estaba tan preocupado," susurró, olvidando que en su historia ella era un hombre.

Carlos le dio un beso en la mejilla, dejando una leve mancha de base de maquillaje.

"Tranquilo, Migue. Una chica tiene que verse presentable para volver a casa, ¿no?"

Justo en ese momento, un sonido metálico y definitivo resonó en la pista.

CLANG.

Todos nos giramos. La tripulación, siguiendo las órdenes del piloto, había cerrado y asegurado la puerta del avión. El puente de embarque comenzó a retraerse lentamente.

Nos habían dejado.

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Mi Venganza, Su Prisión

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