Capítulo 3
Isabela volvió a nuestro piso esa misma noche, pero no estaba sola.
Ricardo Vargas, su amor de la infancia y mi torturador en la vida pasada, venía con ella. Y de su mano, mi hijo, Leo.
"Mamá dice que te vas", dijo Leo, con sus seis años y una mirada fría que no le correspondía.
"Sí", respondí.
Isabela ni me miró. Empezó a señalar mis pocas pertenencias. "Tira todo esto. No quiero nada que huela a pobreza en mi nueva casa".
Ricardo se rió. "¿Qué vas a tirar? ¿Un par de camisetas viejas y tu mochila de Glovo?".
Se acercó a mí, su cara a centímetros de la mía. Olía a colonia cara y a crueldad.
"Isabela me ha pedido que le prepare un baño", dijo. "Y tú, sudaca, vas a limpiar mis zapatos. Están sucios de pisar la mierda de tu barrio".
En mi vida pasada, habría apretado los puños. Habría discutido.
Esta vez, lo miré a los ojos, sin expresión.
"No", dije simplemente.
La bofetada de Ricardo fue rápida y dura. Mi cabeza se giró por el impacto. El sabor a sangre llenó mi boca.
"¿Qué has dicho, insecto?", siseó. "Has vivido de nuestro dinero durante seis años. Ahora pagas".
Isabela observaba desde el sofá, limándose las uñas, aburrida.
Entonces, Leo se acercó. Llevaba en la mano mi viejo cuaderno de bocetos de la universidad, el único tesoro que conservaba.
"Papá, hueles mal", dijo, arrugando la nariz. "Hueles a sudor y a calle. Como los mendigos".
Luego, con una crueldad deliberada, abrió el cuaderno y escupió en la página donde estaba el diseño de un puente que había ganado un premio universitario.
"Ricardo dice que eres un fracasado. Y que mi verdadero papá va a ser él".
Me quedé inmóvil. El dolor físico de la bofetada no era nada comparado con esto. Era el final. El último lazo emocional que podía sentir por ellos se cortó en ese instante.
Me sentí completamente solo. Vacío.
Más tarde, en el baño, me limpié la sangre del labio. La cara en el espejo era la de un extraño. Un hombre derrotado. Pero por dentro, una llama fría empezaba a arder.
Empecé a empacar. No me llevó mucho tiempo. Toda mi vida cabía en una pequeña maleta de mano. Un par de cambios de ropa, mis documentos, el cuaderno de bocetos manchado.
Era patético. Seis años de mi vida y no tenía nada que mostrar.