Capítulo 2

La pelea con Máximo me dejó vacía. Sus palabras, frías y afiladas, rebotaban en mi cabeza mientras conducía por las calles de la Ciudad de México. Me gritó que era una exagerada, que su aventura con Sofía no significaba nada, que era solo un error.

Un error que ahora llevaba su hijo.

No fui a nuestro lujoso penthouse. En lugar de eso, mis manos me guiaron al viejo departamento en la Roma, el primer lugar que llamamos hogar. Máximo me lo regaló hace años, un "refugio" para mi arte, dijo él. Qué irónico.

El lugar olía a polvo y a pintura seca. En las paredes colgaban fotos de nosotros, jóvenes, delgados y llenos de sueños. Nosotros en Guanajuato, compartiendo un solo taco al pastor porque no nos alcanzaba para más. Nosotros en el Día de Muertos, con las caras pintadas de calaveras, sonriendo a la cámara.

Me senté en el suelo, el frío del azulejo traspasando mis jeans. El dolor era una presión sorda en mi pecho. Éramos nosotros, ¿qué nos pasó? ¿En qué momento el chico que cantaba serenatas bajo mi ventana se convirtió en este hombre que me mentía a la cara?

De repente, unos golpes urgentes en la puerta me hicieron saltar.

Pensé que era Máximo, que venía a continuar la discusión o a darme un sermón sobre el perdón. Me levanté, preparada para la batalla.

Pero cuando abrí la puerta, me quedé helada.

No era el Máximo de 35 años, con su traje caro y su mirada cínica.

Era un chico. Un chico de 18 años, con una camiseta blanca deslavada, jeans gastados y el pelo revuelto. Olía a sol y a tierra, y en sus ojos había un brillo que no le había visto a mi esposo en una década.

Era Máximo. El Máximo de Guanajuato. Mi Máximo.

Me miró de arriba abajo, confundido.

"Luci… ¿qué te pasó? ¿Por qué te ves tan… mayor?"

Capítulo 3

Su voz era la misma, pero más joven, sin el tono rasposo que le había dejado el cigarro y el tequila.

Lo miré, incapaz de procesar lo que veía. Su piel estaba bronceada por el sol de Guanajuato, no por las camas de bronceado. No había rastro de la pequeña cicatriz que se hizo en la ceja hace cinco años.

"¿Máximo?" mi voz salió como un susurro.

Él asintió, su confusión creciendo. Sus ojos recorrieron el interior del departamento, la decoración, los muebles caros.

"¿Dónde estamos? ¿Esto es la Ciudad de México? ¡Lo logramos! Te dije que lo lograríamos, mi amor."

Se acercó para abrazarme, pero yo retrocedí instintivamente. El gesto lo hirió, pude verlo en su cara.

"Luci, ¿qué pasa? Soy yo, Máximo. ¿No me reconoces?"

Claro que lo reconocía. Reconocía al chico por el que me había escapado de casa, el que me prometió el mundo entero con una guitarra vieja y tres canciones. Pero el hombre con el que había peleado hace una hora también era él.

El pánico se apoderó de mí. No podía decirle la verdad. No podía destruir a este chico lleno de sueños con la basura en la que se había convertido nuestro futuro.

"Sí, te reconozco," dije, forzando una calma que no sentía. "Es solo que… ha pasado mucho tiempo."

Él frunció el ceño. "¿Mucho tiempo? Te vi ayer en la plaza, antes de subirme al camión. Me dijiste que me esperarías."

Tragué saliva. Tenía que mentir. Por su bien, y por el mío.

"Estoy casada," solté. Las palabras sabían a veneno en mi boca.

Su rostro se descompuso. "¿Qué? No. Eso es imposible. Tú me amas a mí."

"Las cosas cambian, Máximo."

"¿Con quién?" su voz era tensa, llena de una furia juvenil. "¿Quién es él? ¿Es rico? ¿Es por eso?"

No pude mirarlo a los ojos. "Se dedica al petróleo. Es un hombre de negocios."

"Un viejo rico," escupió con desdén. "Y tú, casada con él. No te creo. Estás mintiendo."

Se acercó de nuevo, esta vez buscando mis ojos, tratando de encontrar una grieta en mi mentira.

"Mírame, Luci. Dime que no me amas."

Lee la historia completa ahora
Apoya al autor e inspíralo a crear más historias increíbles en Moboreader
Desbloquear todos los capítulos

Mi Querido Esposo 18 Años

Capítulo 2
Capítulos
Personalizar
Siguiente capítulo