Capítulo 2
Trevor Cavendish
Estaba arrebatadora. Absolutamente hermosa como nada que hubiese visto antes. Ella era así...distinguida y ardiente a la vez. Sensual y etérea. Mía y ajena.
Había pasado casi un año buscándola. Un año en el que sentía que mi vida no tendría sentido hasta que la tuviera, hasta que la volviera a su estatus de esposa y Duquesa de la casa de Devonshire pero entonces llegó el momento. Una visita del Duque de Grafton a mis tierras y ¡zaz!, ahí estaba ella. Acompañando a la Duquesa y esposa de mi amigo sin imaginar que yo, su señor, la veía desde el despacho de mi casa.
Entonces preparé todo a conciencia para que nada saliera mal y decidí pasar una temporada con mi amigo bajo la excusa de negocios que no requierían mi presencia pero la tendrían si con eso conseguía volver a hacer de Emma, la esposa de mi título.
Me había enamorado de ella a primera vista. La salvé aquel fatídico día del que no tenía idea de su verdad y entonces la perdí, hasta ese baile. En el momento en mis labios y los suyos se mezclaron supe que la tendría para mi al precio que fuera.
—Yo...no puedo volver a estar contigo como —su voz temblorosa me hizo tomarla entre mis brazos. Ella no se resistió —, no puedo Trevor. Te vi morir aquel día en el incendio.
—No me viste, querida.
—No me llames así —se envalentonó y me encantó verla batallar —. Yo soy viuda. Tú viuda.
—Pues ni yo estoy muerto ni tú en nuestras propiedades ejerciendo tu posición —ironicé para sacrala de sus casillas. Necesitaba que explotara.
—Dos días pasaron y nunca se encontró tu cuerpo —recordó llevando sus manos a su rostro impávido —. Por más que buscaron no hubo resultados y jamás pude ser viuda, ni esposa. Me quedé como en un limbo que permitía a mis padres casarme nuevamente si no se demostraba al menos la consumación del matrimonio, Trevor y los dos sabemos que no me tomaste esa noche —casi sonrío pero le dedico el doble de mi atención —,y por mucho que yo jurara y perjurara que nos habíamos entregado al placer de la carne, no habían pruebas y estaba otra vez como al principio. Así que huí, y ahora no pienso volver.
—Eres mi esposa, Emma y volverás como corresponde —decreté enfadado de pronto.
Era su deber obedecer a su marido. Era su deber estar en su sitio que era a mi lado y a pesar de por fin entender en un solo párrafo escapado de sus labios acelerados lo que había pasado en todo ese tiempo con ella, la quería de regreso a donde pertenecía y por supuesto que la haría volver.
Ahora había probado su boca, la calidez de su cuerpo y la entrega de su pasión y de ninguna forma ella se alejaría de mi. No lo permitiría aunque eso fuera lo último que hiciera en mi vida.
—Mis ojos vieron el castillo arder —insistió intentando explicarse a sí misma algo que nunca podría descifrar —, no entendía cómo pero muchos sirvientes estaban fuera y tú seguías arriba, lleno de brasas. Esto no puede ser real.
La tomé en mis brazos, obligue a los suyos a subir a mis hombros y cuando la tuve cautiva entre la pared y mi poderoso cuerpo la besé otra vez. Me perdí en sus labios, en la forma en que su lengua recibió a la mía provocando un gemido de ambos para luego apretar mi deseo contra su vientre. Casi me muero de placer al sentir esa explosión de lujuria entre ambos y de pronto una pregunta peligrosa me puso violento...me detuve y con la respiración agitada y sus cargados de confusión le espeté:
—¿Has sido de otro hombre en todo este tiempo? —atrapé su cuello entre una de mis manos haciéndola verme a los ojos.
—Por supuesto que no —me empujó y lo acepté más calmado. Ella seguía intacta. Mía —. ¿Por quién me tomas?
—Acabas de decir que te reconoces como una viuda y ya sabemos que bajo esas condiciones las mujeres a veces son un poco...—intenté encontrar la palabra adecuada pero ya todo estaba estropeado —, más alegres.
—Que canallada acabas de decir —me acusó caminando lejos de mi.
—Pero eso no significa que sea mentira.
Ella soltó un bufido y yo la seguí como las polillas a la luz. La necesitaba, la deseaba pero sobre todo la necesitaba con desesperación. Ella no sabía la mitad de las cosas y la otra tampoco podía decírsela pero yo tenía que tenerla, costara lo que costara. Tenía que llegar a un acuerdo con ella. Garantizar que no escapara otra vez al otro lado del mundo o sabrá Dios donde con tal de librarse de mi nuevamente.
—¡Vamos a conocernos otra vez, Emma!
Mi propuesta la detuvo en sus paseos erráticos y de pronto se dió la vuelta para dejarme sin palabras frente al reflejo de sus ojos grises bajo la luz natural del lugar. Perdí el hilo de mis propios pensamientos.
—No quiero nada suyo, señor.
—Tú misma eres mía, y lo sabes —mi voz salió brusca. Carraspeé —. Legalmente me perteneces y te estoy dando la oportunidad de empezar de cero sin la presión de la familia pero puedo hacerlo a las malas también.
—Eres el mismo miserable de aquella noche...
Sus palabras me asustaron. ¿Qué habría pasado aquella noche? Me encantaría preguntárselo pero ella entendería que algo no va bien conmigo. No puedo más que seguir como voy.
—Danos la oportunidad de encontrar un punto de inflexión para los dos —era una especie de súplica pero solo en teoría, ella sería mía sí o definitivamente sí —. Nadie tiene que saber quien eres si no quieres, solo conoce de mi aquello que no pudiste en su día.
Armond sabe perfectamente lo que pretendo pero eso no lo sabe nadie. Es un secreto de honor entre caballeros. Un pacto sagrado.
—Este acuerdo solo te beneficia a tí, Trevor —adoré el sonido de mi nombre en sus labios —. No quiero ser aquella mujer de nuevo y lucharé por evitarlo.
—De acuerdo —pensé algo rápidamente —. Estaré aquí un mes. Si al finalizar ese tiempo no has desarrollado ningún sentimiento hacia mi me iré y prometo anular nuestro matrimonio sin que tu familia sepa.
—¿Saben ellos que vives? —ví el miedo en sus ojos.
—Por supuesto. Para todos allá mi esposa ha estado enferma esta larga temporada.
Supongo que pensó en la posibilidad de aceptar mi trato antes de tener que salir huyendo nuevamente y correr el riesgo de que fuera detrás de ella hasta el cansancio o, en su defecto, aceptar mi trato y confiar demasiado en ella para no enamorarse de mi en estas semanas.
El truco estaba en que yo no iba a fallar en mi empeño por hacerla mía. Mi mujer. Mi Duquesa. Su título y mi propiedad otra vez.
—No voy a amarte, Trevor —añadió convencida y caminé hasta ella —. Jamás.
—Te juro por los dos —la acerqué otra vez tomándola de la cintura con unas ganas locas de arrancarle aquel vestido perfecto para su exquisita figura y beberme su piel entera —...que cuando esto acabe estarás tan enamorada de mi que me vas a perdonar todo. Puedes apostar que si.
—Vas a ver que no —porfió tomando distancia para irse dentro dando por aceptado mi trato.
—Emma —me miró apoyando una mano en la puerta de cristal —, recuerda que para que funcione tienes que dejar que te corteje y a eso, querida...no podrás resistirte.
La vi irse y supe que había un principio entre los dos. Cuando llegara el momento le explicaría todo...pero antes necesitaba que me amara tanto como yo a ella.
Capítulo 3
Emma
Todavía sentía temblores cuando entré a la fiesta. Él no era como recordaba pero tampoco esperaba lo que me había hecho sentir.
Me recosté en una silla y vino a mi mente todo lo que pasó aquella noche en que nos vimos por última vez justo después de hacernos casado. Cuando todavía era Emma Thorne, la hija miserable de mis padres.
A mi mente llegaron aquellos recuerdos como un episodio nefasto. No pud evitar pensar en todo lo que pasó y llevarseme a su vez los ojos de lágrimas por todo lo que viví.
Aquel día, de todas las cosas que esperaba en ese momento tan importante de mi vida, justamente casarme con él no era lo que veía como lo peor. Aunque en realidad todo lo era. Nada se sentía bien, o bueno. Todo era desastroso y horrendo...incluso mi vestido para las nupcias que parecía que había naufragado en una playa de perlas, que horror. Pero en ese momento casarme no era tan trágico, a fin de cuentas era mi última oportunidad y mi deber. Hasta ahí, todo era difícil pero lógico.
Sin embargo seguía detenida frente al espejo como en una especie de premonición del desastre que seria todo.
—No te mires más al espejo y baja de una vez —había dicho mi padre hacía ya cinco minutos. Pero yo seguía sin cambios.
Un carruaje me esperaba en la puerta de la casa donde había vivido hasta hoy y desde la que me me llevaría hasta la iglesia, justo el lugar donde perdería mi libertad, y hasta mi identidad. Dejaría de ser Emma Thorne para ser: Emma de Lovejoy, Duquesa de Lowe. Y sí, se sentían como demasiados títulos en un mismo nombre. Demasiadas obligaciones también.
El hombre con el que me habían prometido era guapo, mucho. No se podía negar pero maldita sea, si no era también frío como un trozo de hielo del Lago Lake en el más crudo invierno. Solo verlo con esos ojos grises y la nariz sincelada, los dientes puntiagudos detrás de una mal hecha sonrisa daban pavor a pesar de su intento de lucir cálidoy cercano de días anteriores. Y yo por mi parte, pura y de nadie hasta entonces iba a pertenecer a semejante especímen. Un voluble y dominante Duque.
Era tan alto como yo bajita y tan moreno como yo rubia. Solo teníamos ojos de color similar y el típico compromiso arreglado que nos obligaba a ser aquello que de seguro ninguno de los dos quería.
—¡Por fin!
Habría gritado mi padre casi al segundo en que puse la suela de mi zapato de gamuza blanco en el estribo del coche. Me dió la mano y subí, sabedora de mi destino.
Ya iba tarde, como dictaba la ley de la novia pero solté un bufido que fue recompensado con un gruñido de papá y se me hizo veloz el viaje a mi destino. Una hora más tarde estaba casada, y mi marido me asíaba por la cintura hacia él como si fuera uno de sus preciados caballos salvajes. No llevaba una hora casada y ya sentía la primera cadena tirando de mi.
—Sonríe que todos tienen que ver que eres muy feliz —dijo apretando mi cuerpo haciéndome retorcer de dolor. Ni siquiera porque me quejé me soltó.
Nadie diría que lo era pero todos debían creer que así era, aunque mi rostro no podía desparramar felicidad por mucho que lo intentara. Yo solo quería morirme allí mismo y que esos ojos fieros no me amenazaran más con abrirme las carnes allí mismo si no obedecía.
Mucha gente me saludó. Demasiado poca me felicitó y después entendería que no lucia verdaderamente feliz pero entonces la boda debía continuar. Entonces yo tenía un papel que cumplir y una vida a la que asistir desde ese día.
—Tu familia te vendió a mi para garantizar tu pureza y has tenido una buena dote —reconoció en un claro insulto hacia mi —, pero eres un poco mayor para ser apetecible —su nuevo ultraje me esperanzó y le dí toda mi atención, tal vez no me tocara si me veía de semejante manera tan poco agraciada —...sin embargo la forma en que él te mira me provoca saber, ¿qué podría una insustante como tú provocarle para que te observe así?
—¿A qué se refiere, Milord? —se me oyó confundida. Por no decir asustada...
<<¿Estaría loco? Pensé.>>
La verdad lo estaba —asustada quise decir — y miraba a todo mi alrededor para ver qué era eso que él mencionaba pero nunca vi nada. De pronto me encontré en sus brazos, con su cruel boca abriendo a la fuerza la mía y reclamado frente a muchos, aquello que ya todos sabíamos que era suyo. Nuestro primer beso forzado, preludio de algo peor.
Sí, mi padre había temido que a mis casi treinta años siguiera soltera y me desflorara cualquier amante que encontrara de no conseguir un marido, pero resultó que me entregó a un animal. Una bestia. Un confuso hombre que iba del bien al mal en un mismo instante y que me mostraba su cara amorosa casi al instante de enseñarme la demoníaca.
El duque que conocí cuando me lo presentaron como mi futuro esposo no se parecía a este animal que ahora me reclamaba y sus endemoniados ojos no tenían nada que ver con la ternura que vi en ellos el día de la pedida. Tampoco había nada que hacer ya, yo lo sabía pero su arranque en público me resultó consternador. Pero la boda debía seguir.
Estábamos en el castillo de mi flamante y bruto esposo, el mismo lugar en el que sería suya para siempre y en el que, si respiraba profundo podía sentir el olor del hiero forjado con el que se cerraban los grilletes en mis pies, cuando todo mi destino cambió.
En aquel momento estaba atrapada en una pesadilla y no iba a poder despertar. No tenía certidumbre alguna de ello. Y la boda, ya había acabado. El papel están firmado y solo quería un trámite por el que seguir...
Mis metáforas murieron cuando la fiesta acabó y nos quedamos a solas los dos. En ese momento supe que había llegado la hora, supe que no tenía a nadie más a quien recurrir para huir de sus fuertes garras y que debía ser suya, quisiera o no.
Entendí que ya no quedaba nada más que la luna entrando por la ventana para testificar que el matrimonio se consumara y se hiciera efectivo.
—Ven a aquí —su voz fue cruel, seca. Árida de sentimientos —. Quítate la ropa, y ponte de rodillas.
El miedo se extendía por mi cuerpo y estaba aterrada, tanto que podía sentir olor a humo...como si me estuviera quemando viva dentro de una maldita hoguera que me mataría consumida por las brasas.
—¡¿Milord...?!
Se oyeron gritos en repetición con esa única palabra y justo cuando estaba a punto de quitarme la bata, me volví a arropar a mi misma y él volvió a vestirse. En ese momento pude ver una marca en su cadera, una especie de lunar de sangre... no lo sé.
Fue todo tan confuso como lo que vino después.
Mi vida pasó de una auténtica catástrofe inminente a una vía de escape. Todo en cuestiones de segundos y segundos que fueron cruciales.
Como había anunciado mi metáfora, unas llamas enormes se avistaron desde nuestra ventana y le impidieron salir de la habitación.
—¡Atrás...! —gritó poniendo un brazo entre los dos y desafortunada o afortunadamente su fuerza bruta era tan grande que aquel simple toque me lanzó hacia afuera y caí sin poder evitarlo a través de la ventana sobre un arbusto desde aquel bajo primer piso.
Cuando pude recomponer mi figura en el suelo le insté a seguirme. No supe que más hacer y solo vociferé:
—Salta, Trevor —intenté que siguiera mi propia vía de escape pero era demasiado tarde.
Una explosión hizo que todo acabara ahí mismo. Esa sería la primera y la última vez que estaría en aquel sitio, en los brazos de aquel hombre y como la Duquesa de Lowe.
O eso creía yo.
Aquellos días entendí que había todavía algo peor que estar casada con un demonio: tener que vivir sin él.
Los vértigos vuelven a mi como aquel día en que asumí que volvía a ser libre al escapar de casa y refugiarme con esta familia que hoy me sustenta.
Y entonces llega él, intenso y arrasador para proponer un acuerdo que hace que se tambalee toda la fe que puedo tener en mi misma porque creo que lo que he sentido antes entre sus brazos no será algo fácil de ignorar o resistir.
—¿Estás bien? —doy un respingo cuando Lady Caitlyn me aborda.
–Sí —mentí como una experta —...solo estaba perdida en un mal recuerdo.
Y mi mal recuerdo estaba a pocos pasos de mi, evaluando todo mi ser como su tuviera el derecho a hacerlo y muy en el fondo...lo tenía.