Capítulo 3

Al día siguiente, Sofía actuó como si nada hubiera pasado. Bajó a desayunar, con la cara maquillada para ocultar los ojos hinchados. Me sirvió café sin mirarme.

"Tenemos la fiesta de cumpleaños de mi papá el sábado", dijo, con una voz casual que me revolvió el estómago. "Mamá quiere que lleguemos temprano para ayudar".

Yo solo asentí, sorbiendo el café amargo. No podía mirarla. Cada gesto, cada palabra, era una mentira. Me pregunté cuántas veces se había sentado en esta misma mesa después de estar con él.

Decidí que necesitaba pruebas. No me bastaba con el informe de la clínica. Necesitaba verlo con mis propios ojos. Le dije que tenía que ir a la obra, que un problema de último momento me requería todo el día. Era una mentira. Tomé el coche y me estacioné a una cuadra de nuestra casa, esperando.

No tardó mucho. Apenas media hora después de que yo me fuera, un BMW negro, el coche de Mateo, se estacionó frente a la casa. Él bajó, con su aire de tipo exitoso y engreído. No tocó el timbre. Abrió la puerta con su propia llave.

Mi sangre hirvió. ¿Tenía una llave de mi casa? ¿Desde cuándo?

Esperé. Una hora. Dos horas. Cada minuto era una tortura. Me imaginaba lo que estaban haciendo adentro, en mi cama, en mi sala. El dolor era físico, una presión en el pecho que me dificultaba respirar.

Finalmente, salieron. Juntos. Sofía se reía de algo que él le decía, una risa genuina y feliz que yo no había escuchado en meses. Se dirigieron a un pequeño café a unas cuadras. Los seguí a pie, manteniéndome a distancia.

Me senté en la terraza del local de enfrente, oculto detrás de un periódico que no leía. Desde allí, podía verlos perfectamente a través del ventanal. Estaban en una mesa apartada. Hablaban en voz baja, inclinados el uno hacia el otro. Vi cómo Mateo le tomaba la mano sobre la mesa. Vi cómo Sofía entrelazaba sus dedos con los de él.

Era una escena íntima, la de dos amantes que no tienen que fingir. Y cada gesto era una nueva herida para mí.

Me acerqué a la ventana del café, fingiendo mirar el menú. Podía escuchar fragmentos de su conversación.

"...no sé qué hacer, Mateo. Ricky lo sabe", decía Sofía, con la voz cargada de angustia.

"¿Y qué? Ya te lo dije, déjalo. ¿Qué te ofrece ese albañil que no pueda darte yo?", respondió Mateo, con arrogancia. "Tu familia me adora. Conmigo tendrías la vida que mereces, no estarías contando los centavos para las vacaciones".

Sentí un mareo. ¿Albañil? Así me veía. Así hablaban de mí. Yo, que me rompía la espalda todos los días en la constructora, supervisando proyectos para que a ella no le faltara nada. Para que tuviera la casa que quería, el coche que quería.

Pero la siguiente frase de Sofía fue la que me destrozó por completo.

"Lo sé, mi amor. Pero no es tan fácil. Ricky es... cómodo. Es seguro. Me da estabilidad mientras resolvemos lo nuestro".

Cómodo. Seguro. Estabilidad.

No era amor. No era pasión. Yo era su plan de respaldo. Su red de seguridad. El tonto útil que pagaba las cuentas mientras ella se divertía con su verdadero amor.

La rabia me cegó. Quise entrar y romperle la cara a Mateo. Quise gritarle a ella, exponerla frente a todos. Pero me contuve. Una escena pública ahora no serviría de nada. Mi plan necesitaba más tiempo. Necesitaba el escenario perfecto.

Me alejé de allí, caminando sin rumbo por las calles. El sol me quemaba la cara, pero yo sentía un frío interior que no se iba. Terminé en un bar de mala muerte, uno de esos lugares oscuros donde nadie te pregunta nada.

"Un tequila doble", le dije al cantinero.

Me lo sirvió. Lo bebí de un trago. El alcohol quemó mi garganta, pero no alivió el dolor en mi pecho. Pedí otro. Y otro.

Las imágenes de Sofía y Mateo riendo, tomados de la mano, se repetían en mi cabeza. Se mezclaban con los recuerdos de nuestros años juntos. Nuestra primera cita. El día que le pedí matrimonio, arrodillado en la playa. La emoción en sus ojos cuando le di las llaves de nuestra casa, la casa que construí para nosotros con mis propias manos, ladrillo a ladrillo.

¿Cuánto de eso fue real? ¿Alguna vez me amó?

Cada sacrificio que hice por ella, cada hora extra en el trabajo, cada fin de semana que pasé con su familia snob que me miraba por encima del hombro, todo se sentía como una estafa. Había invertido mi vida entera en una mentira.

El cantinero me puso otra copa enfrente.

"Vas a terminar mal, amigo", dijo, sin mucho interés.

"Ya estoy mal", respondí, y me bebí el tequila.

La borrachera no me trajo el olvido, solo una claridad terrible y dolorosa. Me habían traicionado de la peor manera posible. Y yo iba a hacerles pagar. A ella, a él y a toda su maldita familia hipócrita. La fiesta de su padre. Ese sería el día. El día del juicio final.

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Mi Esposa, Mi Peor Engaño

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