Capítulo 3

La fiesta de Isabella continuó sin mí, la música de mariachi y las risas resonando en el mercado mientras yo limpiaba mi puesto en silencio. Ricardo no volvió a mirarme ni una sola vez. Cuando terminé, cargué mis cosas, las ollas pesadas, el tanque de gas, todo lo que podía llevar en mis brazos y espalda. Nadie me ofreció ayuda. Ricardo estaba demasiado ocupado siendo el anfitrión.

El camino a casa fue largo y pesado. El metro ya estaba cerrado, y no tenía dinero para un taxi; cada peso lo había invertido en la supuesta "fiesta". Así que caminé. Caminé por las calles oscuras de la Ciudad de México, con los pies adoloridos dentro de mis zapatos baratos, el peso de mis herramientas de trabajo hundiéndose en mis hombros. Pero el peso físico no era nada comparado con el peso en mi alma.

Mis pies empezaron a sangrar. Los zapatos, gastados y apretados, me habían hecho ampollas que se reventaron con la fricción de la caminata. Cada paso era una punzada de dolor, un recordatorio físico de la herida emocional que Ricardo me había infligido.

Mientras caminaba, mi mente se convirtió en un carrusel de recuerdos, todos con el mismo final: yo, siendo abandonada. Recordé la vez anterior, cuando su banda tuvo una tocada importante en Garibaldi. Yo le había preparado comida para todos, la llevé en contenedores hasta la plaza, solo para que él me dijera que me fuera a casa, que "daba mala imagen" que su novia anduviera cargando ollas entre los turistas. Y se quedó celebrando con su banda.

Y la vez anterior a esa, en la boda de su primo. Bailó toda la noche con Isabella, "practicando para sus futuras presentaciones", mientras yo me quedaba sentada en la mesa con las tías, sonriendo y diciendo que no me importaba. Me dejó allí y se fue con ella y otros amigos a seguir la fiesta en otro lugar.

Y la vez anterior, y la anterior, y la anterior. Siempre había una excusa, siempre había algo más importante que yo: una audición, un ensayo, una oportunidad para Isabella. Y yo siempre lo había aceptado, siempre había encontrado la manera de justificarlo, de creer en sus promesas de que "pronto todo sería diferente".

Llegué al pequeño departamento que compartíamos, exhausta y rota. La puerta estaba sin seguro. Entré en silencio, esperando encontrarlo dormido. Pero no. Escuché voces desde la pequeña sala. Eran Ricardo e Isabella. Me detuve en el pasillo, oculta en la penumbra.

"El viaje a Guadalajara será increíble, prima. Allá están los mejores productores. Con este contrato, y los contactos que haremos, en un año serás una estrella", decía Ricardo, su voz llena de una emoción que nunca usaba conmigo.

"¿Y Sofía?", preguntó Isabella, su voz con un deje de fastidio. "¿También la vamos a llevar? No quiero que esté de mal humor todo el tiempo, arruinando el ambiente".

Mi corazón se detuvo. Así que había un viaje. Un viaje a Guadalajara, la cuna del mariachi, el viaje que yo siempre había soñado hacer con él.

Hubo una pausa. Escuché a Ricardo suspirar.

"No te preocupes por eso. Le diré que es un viaje de trabajo muy pesado, que no habrá tiempo para nada. Se lo creerá. Siempre se lo cree", dijo con una ligereza que me revolvió el estómago. Luego, como si se acordara de algo, añadió: "Además, necesito que se quede a cargo del puesto. De algún lado tiene que salir el dinero, ¿no?".

Salí de las sombras. Ambos se sobresaltaron al verme. Mi cara debía ser un poema de dolor y agotamiento. Ricardo fue el primero en reaccionar, su expresión cambiando de la intimidad con Isabella a una irritación mal disimulada hacia mí.

"¡Sofía! ¿Qué haces ahí parada como un fantasma? Nos asustaste".

Isabella simplemente me miró de arriba abajo, con una media sonrisa de suficiencia.

Ricardo notó que me estaba quitando los zapatos con dificultad, vio mis pies ensangrentados. Por un instante, una chispa de algo parecido a la culpa cruzó su rostro.

"Pero, ¿qué te pasó en los pies? ¿Por qué no me esperaste? Te hubiera llevado a casa".

Era una mentira tan descarada. Él no tenía intención de llevarme a ningún lado. Antes de que pudiera responder, Isabella intervino, su voz falsamente compasiva.

"Ay, pobrecita. Seguro caminaste mucho. Pero, Sofi, tú sabes que no te podías quedar. Era una noche para profesionales, para gente de la industria. No queríamos hacerte sentir incómoda".

La condescendencia en su voz era insoportable. Ricardo, como un perro faldero, asintió de inmediato.

"Isabella tiene razón. Además, si te hubieras puesto unos zapatos más cómodos, esto no te habría pasado. Siempre te digo que no te compres esas cosas baratas, pero nunca me haces caso. Ves, al final siempre te terminas lastimando por tu propia culpa".

Me quedé mirándolo, atónita. Había pasado de una falsa preocupación a culparme en menos de diez segundos. Era un maestro del engaño, de torcer la realidad hasta que él siempre salía inocente.

No dije nada. ¿Qué podía decir? Fui cojeando hasta nuestra habitación y cerré la puerta. Escuché sus murmullos al otro lado, y luego la puerta principal cerrándose. Ricardo se había ido. Se había ido a dejar a Isabella a su casa, dejándome a mí, una vez más, sola, con mis pies sangrando y el corazón hecho trizas. Me senté en el borde de la cama, en la oscuridad, y supe que este ciclo de abandono tenía que terminar. Y yo era la única que podía ponerle fin.

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Mi Corazón Ya No Es Tuyo

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