Capítulo 3
Salí corriendo de la cafetería, sin rumbo, con las palabras de Ricardo resonando en mi cabeza. "Todos creen que Ricardo Mendiola está muerto." La frase era un eco macabro. Necesitaba pruebas, necesitaba entender el alcance de esa traición. Mi mente, adormecida por meses de duelo, se activó de repente. Soy profesora universitaria, mi trabajo es investigar, encontrar la verdad. Y ahora, mi vida dependía de ello.
Al día siguiente, fui a la delegación de policía. Con mi acta de matrimonio en trámite y mi identificación, me presenté como la prometida de Ricardo Mendiola. Pedí una copia del informe del accidente. El oficial me miró con lástima.
-Lo siento mucho por su pérdida, señorita. Fue un accidente terrible.
Asentí, tragando el nudo en mi garganta. Él buscó en los archivos y me entregó una carpeta. La abrí con manos temblorosas. Allí estaba, en blanco y negro.
Vehículo 1: Conductor, Mateo Ortiz, fallecido en el lugar.
Pasajero: Ricardo Mendiola, trasladado al Hospital General con heridas graves, dado de alta tres días después.
Mi respiración se detuvo. Ricardo no murió en el accidente. Sobrevivió. Y Mateo, su mejor amigo, el que siempre estaba ahí para nosotros, fue quien ocupó el ataúd que yo lloré. La mentira era aún más monstruosa de lo que había imaginado. Ricardo no solo fingió su muerte, sino que usó la muerte real de su amigo como coartada.
Con el informe en la mano, fui a casa de Doña Elena. La confronté directamente, sin rodeos.
-¿Usted lo sabía? -le pregunté, poniendo el papel sobre su mesa de centro.
Ella bajó la mirada, su rostro envejeció diez años en un segundo.
-Sofía, mija, es complicado...
-No, no es complicado. Es una mentira. Me dejaron creer que estaba muerto. ¡Intenté matarme, Doña Elena! ¿Usted sabía que su nieto estaba vivo mientras yo planeaba mi propio funeral?
Las lágrimas corrían por sus mejillas. Finalmente, habló.
-Mateo... antes de morir en los brazos de Ricardo, le hizo prometer algo. Le dijo que cuidara de Camila. Ella estaba embarazada de Mateo, y él no quería que su hijo creciera sin un padre. Ricardo se sintió culpable, responsable.
-¿Y su solución fue robar la identidad de su amigo muerto, abandonar a su prometida y fingir ser el padre de ese niño? ¡Eso no es honor, es una locura egoísta!
-Él siempre estuvo enamorado de Camila -susurró ella, como si eso lo justificara todo-. Pensó que era una señal del destino.
La rabia me cegó. Salí de su casa dando un portazo. Cada pieza del rompecabezas era más sucia que la anterior. Ricardo no solo me había engañado a mí, había profanado la memoria de su mejor amigo, manipulando su última voluntad para cumplir su propia fantasía retorcida.
Recordé el día del funeral. El ataúd cerrado. Doña Elena me había dicho que era porque el cuerpo había quedado irreconocible por el impacto. Yo lloré sobre esa caja de madera, besé la superficie pulida, le susurré cuánto lo amaba y que lo esperaría en la otra vida. La imagen ahora me producía náuseas. Estaba llorando por un engaño, mientras el verdadero culpable vivía, planeando su nueva vida sobre las cenizas de la mía.
Mi siguiente parada era la más difícil. Si Ricardo tenía el rostro de Mateo, significaba una cosa: cirugía plástica. Una cirugía radical. Busqué en internet clínicas de cirugía estética de alta gama, discretas, de esas que atienden a celebridades y políticos. Encontré una en las afueras de la ciudad, conocida por su confidencialidad.
Fui allí, con una historia preparada. Dije que buscaba al cirujano para una consulta, que un amigo, Mateo Ortiz, me lo había recomendado antes de su "viaje largo". La recepcionista, una joven con ganas de chismear, sonrió con complicidad.
-Ah, sí, el señor Ortiz. Un caso muy particular. Su amigo, el señor Mendiola, lo trajo. Pobrecito, quedó devastado después de lo de su amigo. Dijo que quería honrar su memoria de una forma... permanente.
Me mostró una foto del "antes", una foto de Ricardo, mi Ricardo, sonriendo. Y luego, con un clic del ratón, la simulación del "después". Era el rostro de Mateo. La misma nariz, los mismos pómulos, los mismos ojos.
-Una transformación completa -dijo la recepcionista, orgullosa-. El doctor es un artista. El señor Mendiola pagó todo en efectivo y pidió la máxima discreción. Dijo que era lo menos que podía hacer por su amigo caído.
La bilis me subió por la garganta. La frialdad, la premeditación, la escala de la mentira era abrumadora. Salí de la clínica tropezando. El sol me deslumbró. El ruido de la ciudad se convirtió en un zumbido ensordecedor. Las piernas me flaquearon y caí de rodillas en la acera. La gente pasaba a mi lado, mirándome con extrañeza. No podía respirar. La verdad era un monstruo que me estaba devorando desde adentro. Me acurruqué en el suelo, temblando, y dejé que la oscuridad me envolviera.