Capítulo 2

El olor a humo y plástico quemado todavía estaba impregnado en mi memoria.

En mi sueño, el ático de lujo en el que vivíamos estaba en llamas. El fuego, provocado por un cortocircuito, devoraba todo lo que amaba.

Mi hijo, Leo, de apenas seis años, tosía desesperadamente en mis brazos. Su carita estaba cubierta de hollín y lágrimas.

"Papá, no puedo respirar", susurraba.

Vi a mi esposa, Sofía, de pie junto a la puerta. Su rostro, normalmente elegante y controlado, estaba lleno de una extraña calma.

"Sofía, ¡ayúdanos! ¡Llama a una ambulancia para Leo!", grité, con la garganta desgarrada por el humo.

Ella me miró, sus ojos fríos como el hielo.

"Adrián se ha hecho un rasguño. La ambulancia es para él. Él es más importante".

Vi con horror cómo la única ambulancia que llegaba se desviaba para atender a Adrián Fuentes, su protegido, el hijo del antiguo socio de su padre. Un simple rasguño en su brazo era más urgente que la vida de nuestro hijo.

Leo dejó de toser. Su pequeño cuerpo se quedó flácido en mis brazos.

Murió.

Y yo, con el corazón destrozado y los pulmones llenos de veneno, morí junto a él.

Desperté con un grito ahogado. Estaba en una cama de hospital, con el cuerpo dolorido y la cabeza a punto de estallar. Había pasado una semana en coma.

El recuerdo del sueño, o la visión, era tan real que el dolor me atravesaba físicamente.

Lo primero que hice fue buscar mi móvil. Mis manos temblaban.

Abrí Instagram.

Y allí estaba. Una publicación de Sofía, del mismo día del incendio.

Era una foto de ella y Adrián, sonriendo en un evento. El pie de foto decía: "Siempre a tu lado, Adrián. Eres la prioridad".

La visión no había sido una pesadilla.

Había sido una profecía.

En ese instante, el amor que sentía por ella, un amor que había tolerado sus extraños comportamientos y su obsesión por Adrián, se convirtió en cenizas.

Juré que cambiaría nuestro destino. No dejaría que esa visión se hiciera realidad.

Pocos días después, mientras yo seguía recuperándome, estalló el escándalo. Unos paparazzis fotografiaron a Sofía y Adrián saliendo juntos de un hotel de lujo. Los titulares eran brutales.

Sofía vino a verme al hospital. No para ver cómo estaba, sino para proponerme una solución.

"Mateo, tenemos que hacer algo para proteger la reputación de Adrián", dijo, sin siquiera mirarme a los ojos.

Su plan era demencial.

"Nos divorciaremos. Será un divorcio de conveniencia. Me casaré con Adrián temporalmente para acallar los rumores. Cuando todo se calme, nos divorciaremos y yo volveré contigo. Sé que me amas y lo entenderás".

La miré, y por primera vez, no vi a la mujer que amaba. Vi a una extraña, una fanática dispuesta a sacrificar a su propia familia por una deuda de honor imaginaria.

Mi visión del futuro me dio una frialdad que nunca antes había poseído.

"De acuerdo", dije, mi voz sonaba hueca y extraña incluso para mí.

Sofía pareció aliviada, sorprendida por mi rápida aceptación.

"Pero con una condición", continué. "Será un divorcio real. Y quiero la mitad de todos los bienes gananciales. Incluyendo una participación minoritaria en tu empresa, Imperio Serrano".

Su sonrisa se desvaneció. Me miró con incredulidad.

"¿Qué estás diciendo, Mateo? ¿Te has vuelto loco?".

"Es mi condición. O eso, o dejas que el mundo se coma vivo a tu protegido".

Desesperada por salvar a Adrián, y convencida de que yo solo estaba teniendo un arrebato de celos que pasaría, aceptó.

No tenía ni idea de que acababa de firmar la sentencia de su propio imperio.

Y yo, por mi parte, acababa de dar el primer paso para salvar a mi hijo.

Capítulo 3

Sofía no perdió el tiempo.

Al día siguiente, su abogado me trajo los papeles del divorcio al hospital. Ella ni siquiera se molestó en venir.

"Mi clienta tiene prisa", dijo el abogado, un hombre con un traje caro y una sonrisa falsa. "Hay una crisis de relaciones públicas que gestionar".

Firmé los papeles sin leerlos. Sabía lo que decían. Era mi libertad y la de mi hijo.

Sofía me llamó esa tarde. Su voz sonaba impaciente.

"¿Has firmado ya? Adrián está muy estresado con todo esto. Necesita que solucionemos el escándalo cuanto antes".

"Ya he firmado", respondí con frialdad.

"Perfecto. Mañana presentaremos la solicitud. Una vez que estemos divorciados, Adrián y su hija, Carla, se mudarán a casa. Necesitan un entorno estable".

Sentí una punzada de ira. "¿A nuestra casa?".

"Bueno, técnicamente será mi casa pronto. Y la de Adrián. Tú y Leo podéis quedaros, por supuesto. Pero tendréis que adaptaros".

Colgué el teléfono. La mujer con la que me había casado ya no existía. O quizás nunca existió. Quizás siempre fui solo un pilar conveniente, un marido trofeo de origen humilde que ella podía exhibir y controlar.

Esa noche, Leo me llamó desde casa de los padres de Sofía. Su voz sonaba pequeña y triste.

"Papá, ¿cuándo vienes a casa? Mamá dice que estás enfermo".

"Pronto, campeón. Muy pronto".

"Te echo de menos. Mamá está siempre con el tío Adrián. No me hace caso".

Cada palabra era una daga.

"Leo, escúchame. Pronto nos iremos de aquí. Tú y yo. A un lugar nuevo".

"¿A la playa?", preguntó con un atisbo de emoción.

"Sí, a la playa. Pero es nuestro secreto, ¿vale?".

"Vale, papá. Nuestro secreto".

Cuando salí del hospital, una semana después, volví a un hogar que ya no era el mío.

Adrián y su hija Carla, una niña de seis años con la misma mirada manipuladora que su padre, ya se habían instalado.

Sofía me recibió con una sonrisa forzada.

"Mateo, qué bien que ya estés en casa. Justo a tiempo para ayudarnos con la mudanza".

No dijo "tu casa". Dijo "casa".

Adrián estaba en el salón, dirigiendo a los mozos de mudanza como si fuera el rey del castillo. Me miró con una sonrisa burlona.

"Vaya, vaya. Mira quién ha vuelto de entre los muertos. ¿Listo para el nuevo orden familiar?".

Lo ignoré y fui a buscar a Leo. Lo encontré en su habitación, acurrucado en un rincón.

"Papá, han puesto todas mis cosas en cajas", dijo, con los ojos llenos de lágrimas.

"¿Por qué?".

En ese momento, Sofía entró en la habitación.

"Ah, Mateo. Sobre eso... Carla necesita una habitación más grande. Leo se mudará a la habitación de invitados. Es más pequeña, pero seguro que no le importa. Debe ser comprensivo".

Miré a mi hijo, luego a ella. La frialdad en mi interior se solidificó.

"No", dije simplemente.

Sofía parpadeó, sorprendida. "No es una pregunta, Mateo. Es una decisión".

"Y mi respuesta es no. Leo se queda en su habitación".

Adrián apareció en la puerta, con Carla de la mano.

"¿Hay algún problema, cariño?", le preguntó a Sofía, ignorándome por completo.

"Mateo está siendo un poco difícil".

Adrián me miró, su sonrisa se ensanchó. "Vamos, arquitecto. No seas así. Es solo una habitación. Además, como futuro padrastro de Leo, creo que mi hija debería tener prioridad. Por su bienestar emocional".

La palabra "padrastro" fue como un golpe.

Me agaché a la altura de Leo. "No te preocupes, campeón. Nadie te va a quitar tu habitación. Empaca tus cosas más importantes. Nos vamos de aquí".

Sofía se quedó boquiabierta. "¿Irte? ¿A dónde?".

"Lejos de ti. Lejos de él. El divorcio es real, Sofía. Y la custodia de Leo es mía".

Me levanté y la miré a los ojos. Vi pánico en ellos por primera vez. No por perderme a mí, sino por perder el control.

"No puedes hacer eso", siseó. "El acuerdo..."

"El acuerdo dice que nos divorciamos. Y eso es exactamente lo que vamos a hacer".

Tomé la mano de Leo y salimos de la habitación, dejando atrás a una Sofía furiosa y a un Adrián cuya sonrisa burlona finalmente había desaparecido.

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Mi amor muerto

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