Capítulo 2

Unos días después

New York

Violet

Todos creen que los médicos somos personas sin corazón. Fríos. Distantes. Dueños de un ego que ocupa más espacio que la vocación misma. Y sí, quizás algunos lo son... o aprendieron a serlo. Pero no es mi caso. No, yo no soy esa clase de doctora que se esconde detrás del lenguaje técnico o que ve a los pacientes como números de habitación. Yo cargo con cada historia... cada rostro... cada pérdida.

Lo que nadie ve -lo que nadie quiere ver- es que debajo de la bata, también hay una persona que sangra. Que se rompe en silencio. Que, aunque camine firme por los pasillos, a veces tiene el alma hecha pedazos.

Cada vez que pierdo a alguien, una parte de mí también muere. Y claro, después de eso, no queda más opción que hacer lo que se espera de nosotros: ser profesionales. Objetivos. Eficientes. Como si eso nos salvara del dolor. Como si guardar silencio fuera suficiente para protegernos.

Pero no lo es. Nos entrenan para no llorar. Para no titubear. Para no involucrarnos. Nos enseñan a mantener esa línea invisible que separa al médico del humano. Y vaya que es difícil no cruzarla... sobre todo cuando del otro lado hay una mirada que te suplica algo más que medicina. Algo que ninguna receta puede dar: compasión.

Sin embargo, he aprendido a tragarme las lágrimas en baños vacíos. A respirar profundo antes de dar una mala noticia. A sostener la mano de alguien mientras se le apaga la vida sin permitir que mis dedos tiemblen. A dormir con pesadillas en vez de recuerdos. A construir muros por dentro para no colapsar por fuera, pero lo que no aprendí -lo que todavía me cuesta- es a dejar de sentir.

Porque no importa cuántas veces repita el protocolo, cada vez que un paciente muere, revivo un poco el caos de Afganistán. La sangre. El polvo. El estruendo de los gritos. El cuerpo sin vida de Ethan...mi esposo, mi mejor amigo, mi compañero de guerra, mi promesa rota. Y a veces me pregunto si todavía estoy viva. Si lo que queda de mí es suficiente para seguir salvando a otros. O si me estoy desgastando sin darme cuenta.

Quizá por eso evito las citas. Los compromisos. Las emociones que no puedo diagnosticar ni controlar. Porque ser doctora se volvió mi única forma de sobrevivir. Mi única manera de seguir adelante sin que el dolor me consuma.

Aun así, no estaba exenta de los comentarios de mis compañeras. No sé qué clase de maldita manía tenían con creer que yo andaba buscando pareja en cada pasillo del hospital. Era agotador. Y, claro, no perdían oportunidad para dejarlo claro, como aquella noche en la sala de emergencias.

-Violet, cuéntame cómo te fue con el galán. ¿Ya te pidió tu número? -preguntó Miranda con ese tono pícaro que tanto le gustaba usar, mientras apoyaba el codo sobre el escritorio con una sonrisa burlona.

Le lancé una mirada de reproche. Fruncí el ceño sin decir palabra, esperando que entendiera el mensaje. Pero sabía perfectamente a quién se refería: al paciente del accidente automovilístico. El que casi se mata contra un poste después de beber más de la cuenta. Un hombre de cabello castaño corto, barba cuidadosamente descuidada, y unos ojos azules tan claros que parecía imposible no quedarse atrapada en ellos... Una mirada que gritaba tristeza incluso en silencio.

Tragué saliva. Apreté la carpeta contra mi pecho.

-Miranda, deja de creer que me interesa involucrarme con alguien. Y menos con un paciente -le respondí, tratando de sonar firme, aunque mi voz salió un poco más baja de lo que pretendía.

Ella soltó una risa breve, como si mi negación fuera una broma.

-¡Por Dios! Si yo estuviera en tu lugar no dejaría escapar a ese galán -dijo, levantando las cejas con malicia.

Solté un suspiro, exasperada.

-El galán está casado... -murmuré, bajando un poco la voz, esperando que con eso terminara el tema.

Pero no. Claro que no. Miranda alzó una ceja, se inclinó hacia mí con gesto conspirativo y susurró:

-Te corrijo. La rubia es su hermana. La esposa del excongresista Darcy. Lo investigué.

Me giré hacia ella con incredulidad. Parpadeé.

-¡Diablos! Eres peor que la CIA... -dije con una sonrisa incrédula-. ¿Acaso ahora eres una agente encubierta?

-Aún no, pero lo tendré en cuenta si me aburro de la medicina -respondió con una carcajada ligera, mientras recogía unos papeles del escritorio-. Mientras tanto, no dejes escapar a ese bombón, te hará bien un poco de compañía.

Me quedé en silencio unos segundos. No lo admití en voz alta, pero tenía razón. Porque sabía que una parte de mí quería volver a sentir. Y la otra... aún no estaba lista para soportar las consecuencias.

Lo cierto es que después de una jornada caótica lo único que deseo con el alma es una buena taza de chocolate caliente, una ducha larga... y mi cama. Mi santuario, por eso me apresuro sacando mis pertenencias del casillero, cuando escucho la inconfundible voz de Miranda retumbar a mi espalda, como si alguien hubiese dejado una radio encendida en volumen máximo.

-Alguien tiene prisa por irse a casa... -canturrea con burla-. Pero esta noche no escaparás, Violet. Te lo advierto. Necesito celebrar que mi paciente respira, tiene función cerebral y, según todo, ¡va a despertar!

Cierro los ojos por un segundo, respiro hondo y me giro despacio con la mochila colgando del hombro.

-No quiero ser aguafiestas, pero todavía necesitarás más estudios para asegurar que está fuera de peligro - digo con voz serena, aunque sé que le voy a pinchar el entusiasmo-. Milagros médicos no se celebran antes de tiempo. Aún no.

Miranda arruga la nariz, exagerando un puchero de drama. Cruza los brazos sobre su pecho y me lanza una mirada ofendida.

-¡Qué crueldad de tu parte! ¿Tanto te cuesta tener un poquito de empatía con tu amiga? ¿Ni siquiera fingir alegría?

-Estoy siendo realista, Miranda -respondo, alzando ligeramente una ceja-. No te haría ningún favor si te doy falsas esperanzas. Y... -hago una pausa, señalando la puerta con la cabeza-. Mis pies ya ni los siento.

-Una cerveza -insiste, levantando un dedo como si negociara en una corte celestial-. Una. Nada más. No me hagas beber sola en un bar rodeada de internos hormonales y médicos frustrados.

-Y yo necesito dormir -le contesto, entrecerrando los ojos-. ¿Sabes lo que es eso? Dormir. Se escribe con D, de "déjame en paz".

Ella suelta una carcajada, menea la cabeza y se acerca, cogiéndome del brazo como si fuera a secuestrarme.

-No seas tan trágica, Violet. Te va a hacer bien. Además... -susurra con una sonrisa pícara-. Nunca se sabe con quién puedes cruzarte esta noche. Por ahí, con suerte, aparece ese bombón de ojos azules otra vez.

Le lanzo una mirada letal.

-¿Otra vez con eso?

-¡No lo niego! ¡Lo invocaría si pudiera! -ríe, y luego me guiña un ojo-. Aunque creo que a ti no te haría nada mal cruzártelo. Solo digo...

Sus palabras quedan flotando. Yo solo niego con la cabeza, resignada. No voy a ganar esta batalla, eso está claro.

-Una cerveza. Nada más -resoplo-. Y después, me voy a casa.

-¡Eso es lo que quería oír! -dice Miranda, aplaudiendo como si hubiéramos logrado un trasplante exitoso.

Un rato más tarde

El bar no es exactamente mi lugar favorito. Está lleno, huele a cerveza y desodorante masculino, y la música está lo suficientemente alta como para evitar una conversación sincera... pero no tan fuerte como para callar mis pensamientos. Miranda ya está rodeada de colegas, riendo con un mojito en la mano, como si no existiera nada más allá de ese instante.

Yo, en cambio, me quedo sentada al borde de la barra, jugando con la servilleta entre los dedos como si fuera un salvavidas en medio de una marea de risas, vasos tintineando y luces bajas. Estoy contando los minutos, esperando tener una excusa decente para huir sin parecer una antisocial.

-¿Vas a pedir algo o planeas torturar esa servilleta toda la noche? -dice una voz a mi izquierda, cálida, grave... familiar.

Levanto la vista. Y ahí está Robert Parker, el galán.

Camisa oscura, sin corbata, el primer botón desabrochado. Su cabello castaño algo revuelto, la barba recortada justo al límite, y esos ojos... azules, nublados, con una tristeza tan profunda que parece no tener fondo. Me mira con una sonrisa ladeada, casi tímida, como si estuviera tanteando el terreno, como si no supiera si tiene permiso para estar ahí... o si ya nada le importa.

-Deberías estar en cama -le digo, entrecerrando los ojos con un gesto acusador, pero sin dureza-. Recuperándote de los traumatismos.

-Lo intenté -responde, encogiéndose de hombros-. Pero dormir no me está funcionando. Pensé que un trago ayudaría... aunque no lo está haciendo.

Bebe un sorbo sin apartar la vista de mí. Hay algo inquieto en su mirada, algo que no se acomoda del todo.

-¿Y tú qué haces aquí? -pregunta, alzando una ceja con curiosidad genuina-. ¿Olvidando las penas o buscando compañía?

Su pregunta cae como una losa pesada, dejándome arrinconada y sin saber como responderle.

Capítulo 3

La misma noche

New York

Bobby

Muchos escapan de la realidad para no sentir culpa, decepción o dolor... pero sabes que es solo temporal. Podrás ignorarlo, taparlo, anestesiarlo por un rato... pero al final te alcanza. El pasado no se borra, no importa cuántas veces quieras dar borrón y cuenta nueva. Se queda ahí, como una mancha que no se quita. Vuelve con sus errores, con sus preguntas sin respuesta, con todo lo que no supiste decir, con lo que perdiste.

Y, aun así, seguimos huyendo. Porque la maldita cobardía nos gana. Porque no todos sabemos mirar de frente lo que rompimos. Nos escondemos detrás del alcohol, de una cama vacía, de una rutina que simula normalidad. Fingimos que estamos bien, que podemos con todo... pero por dentro nos estamos deshaciendo.

Y yo no soy la excepción. Nunca lo fui.

Fue tan devastador escuchar al detective decirlo en voz alta -"Selena está muerta"- que sentí cómo algo se me partía en dos. No pude soportarlo. No tuve el coraje de asimilarlo con entereza. Me emborraché como un miserable, con la esperanza de apagar el incendio en el pecho. No quería pensar, no quería sentir. Solo necesitaba silencio, aunque viniera del fondo de una botella.

Pero lo que realmente conseguí fue casi matarme. Me subí al auto sin rumbo, sin lógica, sin ganas de volver. Terminé estrellado contra un poste, con cortes en la cara, una costilla fisurada y el cuerpo tan adolorido como si me hubiera pasado por encima una jauría de elefantes. Y, aun así, eso no fue lo peor.

Lo peor vino después... cuando abrí los ojos y entendí que no estaba escapando del dolor. Estaba corriendo directo hacia él. Porque hay algo que el alcohol no apaga, que los golpes no borran, que ni el cansancio silencia...Y es el peso de la culpa.

Sin embargo, en medio del dolor, de la confusión y del zumbido persistente en mis oídos, había algo que no encajaba. Las palabras de la doctora se repetían en mi cabeza una y otra vez, como una maldita contradicción: "Su esposa está hablando con la policía..."

Me quedé inmóvil, aturdido, como si mi mente no pudiera procesar lo que acababa de oír. Un segundo después, la puerta de la sala de emergencias se abrió... y ahí estaba Kelly, mi hermana. Con el rostro descompuesto, el cabello revuelto, los ojos llenos de angustia, furia... y ese amor incondicional que, sinceramente, no creía merecer en ese momento, pero entendía el malentendido de la doctora.

Y seguí, recostado en la camilla, con el cuerpo adolorido y la cabeza a punto de estallar, mientras ella entraba como una tormenta.

-¡Mierda, Bobby! -estalló, plantándose junto a mi cama con los brazos cruzados-. ¿En qué demonios estabas pensando para conducir borracho? ¿Dónde quedó mi hermano el centrado?

Cerré los ojos con fuerza. Apreté los dientes. No tenía fuerzas para discutir. No después de todo lo que había pasado. Pero Kelly no iba a callarse. Nunca lo hacía.

-Basta de regañarme, Kelly... -murmuré con la voz ronca, quebrada-. Ya tengo suficiente con la culpa que me consume como para seguirte escuchando.

Ella no se movió. Me miró fijo, clavando los ojos en los míos, y respiró hondo como si intentara mantener el control. Su voz se quebró apenas cuando dijo:

-Claro que me vas a escuchar. Porque no tienes idea de lo que sentí cuando me llamaron. Pensé que te habías matado. -Su voz se hizo más baja, más rota-. No sabes lo que fue imaginarte muerto, sin poder hacer nada. No sé ni cómo no me quebré en el auto camino aquí...

Vi cómo sus ojos se humedecían, cómo luchaba por no romperse. Se pasó una mano por el vientre con un gesto inconsciente, buscando serenarse, y entonces, en medio de esa tensión, solté con un suspiro y un intento de ironía:

-¡Diablos...! El embarazo sí que te tiene sensible. Pobre Matthew, lo que debe aguantarte...

Ella frunció el ceño, pero no respondió. Me conocía demasiado bien. Sabía que ese comentario era solo una forma de protegerme del abismo que se abría bajo mis pies.

-¿Eso es todo lo que vas a decir? -soltó con decepción, cruzando los brazos otra vez-. ¿Después de estrellarte, después de hacerme pasar por esto?

Sentí cómo sus palabras se clavaban en mi pecho. Suspiré. Bajé la voz.

-Sácame de aquí, Kelly... Quiero ir a casa. Tal vez... pensar en visitar la tumba de Selena.

Ella negó con la cabeza de inmediato, como si esa idea fuera lo peor que pudiera ocurrírseme.

-¿Para qué? ¿Para seguir martirizándote? ¿Para revolcarte en la culpa una vez más? Ni lo pienses.

-¿Entonces qué quieres que haga? -alcé un poco la voz, aún sin mirarla-. ¿Que salga, que me distraiga, que me olvide como si nada?

-Exactamente -me dijo con firmeza-. Distráete. Conoce a alguien. Como la doctora que te atendió... amable, inteligente, hermosa. Tu tipo de mujer.

Me giré para verla. Dolido. Confundido. Incrédulo.

-Estás loca... Acabo de enterarme de que mi esposa está muerta y pretendes que actúe como si no me importara.

-No, Bobby -susurró entonces, y su tono cambió, más bajo, más triste, como si cada palabra le pesara en el pecho-. No te digo que no te importe... te digo que ya no puedes hacer nada por ella. No puedes traerla de vuelta. Y tampoco puedes seguir castigándote.

Me quedé callado. Sentí un nudo en la garganta que no me dejaba tragar. El corazón me latía lento, como si cada latido doliera. Ella se inclinó hacia mí, con manos temblorosas me acomodó la sábana como si pudiera aplacar mi dolor con ese simple gesto...

-No te pido que la olvides -continuó, con los ojos vidriosos pero firmes-. Solo que no te olvides de ti. La vida no se detiene por nadie, Bobby. Es injusta, cruel, sí, pero también te da nuevas oportunidades... si te atreves a mirarlas. No sigas huyendo. No sigas viviendo entre cenizas.

Tragué saliva con dificultad. La miré por unos segundos.

-¿Lo dices por Matthew?

Ella ladeo la cabeza, sin responder, pero no hacía falta. Su historia con Matthew no fue un cuento de hadas, aun así, tenían un nuevo comienzo y un hijo en camino.

-Lo digo porque no es bueno seguir arrastrando un pasado que duele, que no puedes cambiar. Entonces lo que toca es levantarte y recoger los pedazos que quedan de ti...

La observé en silencio. La voz de Kelly, su mirada, su postura... todo era diferente.

-Nunca te había escuchado hablar así -dije finalmente, sin rastro de burla-. Supongo que cambiaste. Como todos.

Ella sonrió, apenas con nostalgia.

Al final, me dieron el alta al día siguiente. El médico fue claro, pero más clara fue Kelly: si no guardaba reposo, llamaría a papá. No bromeaba. Incluso se jactó de haber hecho malabares para evitar que la policía me arrestara por daño a la propiedad. Aunque la conozco bien... seguro movió un par de contactos, chantajeó a alguien con su carita de embarazada y resolvió todo a su manera.

Así que terminé como un reo en mi propio pent-house, rodeado de recuerdos que me mordían los talones. El perfume de Selena aún colgaba de las cortinas, sus libros seguían ordenados en la repisa. Cada rincón tenía su voz, su risa, su ausencia. Y esta noche, no pude más.

Me dije que no me iba a dejar tragar por la culpa ni por esa soledad que ya se sentía como segunda piel. En cuanto Kelly y Matthew salieron por la puerta, tomé mi abrigo, bajé por el ascensor y salí a la calle. Subí al primer taxi sin destino.

-¿A dónde lo llevo? -preguntó el chofer, mirándome por el retrovisor.

-No lo sé... solo maneje. Cuando vea un lugar que parezca olvidado por el mundo, me deja ahí.

Después de un rato, el taxi se detuvo frente a un bar pequeño, medio escondido entre locales cerrados. Bajé, caminé sin pensarlo demasiado y empujé la puerta. Adentro, el aire olía a madera vieja, a cerveza y a una nostalgia tibia. La música no era demasiado fuerte, las luces eran tenues, y el murmullo general tenía ese ritmo lento de los que no tienen prisa por volver a casa.

Fue entonces que vi a Violet Clapton, la doctora que me atendió después del accidente, sentada sola en la barra. El cabello suelto cayéndole sobre los hombros, la mirada clavada en la servilleta que giraba entre sus dedos como si en ese gesto encontrara algo de control.

Y no sé qué me impulsó a acercarme. Tal vez las palabras de Kelly: "Conoce a alguien, sal, respira". O tal vez esos ojos, tan jodidamente humanos, que me desconcertaron desde la sala de emergencias. Así me senté a su lado. Y antes de darme cuenta, ya estaba hablando. Con sinceridad, demasiada, quizá. Porque a veces es más fácil confesarlo todo a una desconocida que no te juzga, que no sabe tu historia completa.

Y ahora el silencio reina entre nosotros, pero no es incómodo. Es ese tipo de silencio que se instala cuando dos personas han bajado la guardia y están decidiendo qué hacer con la vulnerabilidad que flota en el aire.

-Hay más razones para estar en un bar que solo olvidar o emborracharse -dice de pronto Violet, sin mirarme, mientras hace girar el vaso vacío entre sus dedos.

Su voz me toma por sorpresa. Es firme, pero baja, como si hablase más consigo misma que conmigo.

-¿Ah, sí? -respondo, apoyando los antebrazos en la barra, sin quitarle los ojos de encima-. Ilústrame, por favor.

Ella suelta un suspiro, casi imperceptible, y se encoge de hombros.

-Mi amiga me arrastró hasta aquí por una cerveza, y ahora es el centro de atención de todos esos internos hormonales -dice, con una sonrisa cansada.

Sigo su mirada. Veo a una mujer rubia riendo a carcajadas rodeada de un grupo de jóvenes residentes.

-¿Y tú? ¿Vienes buscando diversión? -pregunta, girando hacia mí con interés.

-Yo... no lo sé -murmuro, bajando la vista al vaso en mi mano, casi vacío-. Supongo que busco algo que no me recuerde que el mundo se me vino abajo hace una semana.

Ella me observa en silencio. La veo fruncir apenas el ceño, como si intentara adivinar qué tan rota está mi historia. Me lanza una mirada rara, incómoda, como si recordara algo.

-¿Te pasa a menudo eso de contarle cosas personales a una extraña? -pregunta, con una media sonrisa.

-Solo cuando la extraña ya me vio con la cara partida y llorando por morfina -digo, devolviendo la sonrisa con un deje de ironía.

-Tienes un punto -responde. Y por primera vez, noto que baja un poco la guardia.

Y entonces, como si el ambiente se cortara de golpe, una voz masculina irrumpe con tono engreído:

-Violet -dice un hombre de voz grave-. No esperaba encontrarte en un bar... pero definitivamente la noche acaba de mejorar.

Ambos giramos la cabeza. Un tipo corpulento, de unos 37 años, camisa ajustada, barba perfectamente recortada. Sonríe con esa seguridad desagradable que viene de saberse atractivo y necesario. Sus ojos recorren a Violet con descaro, como si le perteneciera.

Violet cambia por completo. Se tensa, su sonrisa desaparece.

-Hola, Galvin -responde, intentando sonar neutral-. Solo vine un rato, ya estaba por marcharme.

-No puedes irte justo ahora -dice, acercándose-. Vamos a una mesa. Quiero hablar contigo... sin interrupciones.

Ella titubea, da un paso hacia atrás, incómoda. Me lanza una mirada rápida, casi pidiendo auxilio.

-Eh... es que yo...

Me levanto. Saco unos billetes del bolsillo, los dejo con calma sobre la barra. Me acerco a ella sin dudarlo. Apoyo una mano firme en su hombro. Ella gira hacia mí, y le hablo sin apartar la vista de Galvin.

-Amor -digo con tono tranquilo, pero claro-, ya pagué la cuenta. ¿Nos vamos?

Violet se queda callada un segundo. Me observa. Luego, como si algo dentro de ella se aflojara, asiente con una sonrisa suave que apenas curva sus labios.

-Sí... claro. Gracias.

Galvin se queda congelado. Nos observa con la mandíbula apretada. Pero no dice nada más.

Salimos juntos. La puerta del bar se cierra tras nosotros con un golpe sordo. Afuera, la noche es densa, el aire fresco. Caminamos en silencio unos metros.

-Gracias por salvarme de mi compañero -dice finalmente, con la mirada fija en el suelo, mientras camina a mi lado-. Es de esos doctores que se creen irresistibles, con un ego del tamaño del edificio... En una palabra: insoportable.

Su tono suena entre fastidiado y avergonzado. Evita mirarme, como si le costara admitirlo.

-No fue nada -respondo, encogiéndome de hombros-. Tampoco me debes explicaciones.

Ella asiente, pero no dice nada más. Caminamos en silencio hasta que, justo al llegar cerca del estacionamiento, se detiene de golpe. Yo freno unos pasos más adelante. La escucho trastear con sus llaves y, cuando me doy vuelta, me está observando. Tiene una expresión indecisa, como si dudara entre hablar o seguir caminando.

-Supongo que no trajiste tu auto -dice, haciendo girar las llaves entre los dedos-. Si quieres, puedo llevarte a tu casa... o... no sé, tal vez tienes otros planes.

Su tono es neutro, pero hay algo en sus ojos que no lo es. Tal vez una pizca de curiosidad, o quizás empatía. O solo cortesía. No lo sé y por primera vez no tengo una respuesta clara.

Lee la historia completa ahora
Apoya al autor e inspíralo a crear más historias increíbles en Moboreader
Desbloquear todos los capítulos

Me Robaste el Corazón

Capítulo 2
Capítulos
Personalizar
Siguiente capítulo