Capítulo 2

La luz cálida de la tarde se filtraba a través de las ventanas del apartamento, bañando la sala en una calma casi irreal. Ana y Sebastián se encontraban sentados frente a frente en la mesa del comedor, uno frente al otro, como si fueran dos piezas perfectamente alineadas en un rompecabezas. La conversación era fluida, pero vacía, como si ambos hubieran aprendido a navegar en esas aguas sin nunca tocarse realmente.

- ¿Cómo estuvo tu día? -preguntó Sebastián, levantando la vista de su teléfono móvil por un momento, solo para luego volver a hundirse en la pantalla.

Ana sonrió débilmente, mirando el plato de pasta frente a ella, que había quedado intacto. No tenía hambre, pero no sabía cómo expresar lo que realmente sentía. Algo en su pecho se oprimía cada vez que la conversación tomaba ese tono monótono, como si los dos estuvieran viviendo en mundos paralelos que rara vez se cruzaban.

- Bien. Un día normal. -respondió, buscando algo que decir, pero sintiendo que sus palabras eran ecos vacíos.

El apartamento era hermoso, sin lugar a dudas: muebles modernos, colores neutros y un estilo minimalista que reflejaba la perfección, pero esa perfección no podía ocultar lo que había debajo. Ana podía sentir cómo la rutina de los días la envolvía, apretando cada vez más las paredes de su vida.

De vez en cuando, su mirada se encontraba con la de Sebastián, y en esos breves momentos, sentía como si él estuviera allí, pero al mismo tiempo, tan lejano. Su rostro, hermoso pero impasible, siempre tan tranquilo, tan calculador. ¿Qué le había pasado al hombre que una vez la había mirado con pasión? Ana no podía recordar. O mejor dicho, no quería recordar.

La incomodidad se hacía más palpable a medida que pasaba el tiempo. No sabían cómo llenar los silencios. Las risas se habían ido desvaneciendo, y los "te quiero" ya no sonaban genuinos, sino casi como una rutina que debían seguir.

- ¿Sabes? Estaba pensando en las vacaciones. - Sebastián cambió de tema, pero Ana notó el ligero tono distante en su voz. Como si hablase de algo que no le importaba tanto como debía.

- ¿Vacaciones? - Ana levantó la vista, sorprendida por la repentina aparición del tema. ¿Vacaciones? ¿De verdad?

- Sí. Un destino tranquilo. Tal vez una isla o algo por el estilo. Quiero decir, hemos estado trabajando mucho. - Sebastián no levantó la mirada de su teléfono, como si esa propuesta no tuviera nada que ver con él realmente, solo una obligación.

Ana pensó por un momento, luego asintió con la cabeza sin decir nada. "Vacaciones." Todo sonaba tan distante, tan ajeno. En un principio, pensó que podría ser una oportunidad para recobrar lo perdido, para acercarse, pero una parte de ella sabía que cualquier intento era en vano. Algo más profundo, algo irreparable, había comenzado a fracturar su relación.

- Ana, ¿estás escuchando? - Sebastián levantó la vista, finalmente preocupado.

- Sí, claro. - Ana lo miró fijamente, sintiendo una punzada de frustración. ¿Por qué él no veía lo que ella veía? ¿Por qué no notaba las grietas, los susurros que se colaban entre ellos?

- Parece que no estás tan entusiasmada con la idea... - Sebastián observó con detenimiento.

Ana vaciló, y luego dejó escapar una pequeña risa sin alegría. "Ni siquiera sé si podríamos compartir un lugar como ese. En este momento, estaríamos tan lejos el uno del otro como ahora."

El silencio invadió la habitación, y ambos quedaron atrapados en una burbuja que cada vez se hacía más opresiva.

Esa misma noche, Ana y Sebastián fueron invitados a una cena familiar. La casa de los padres de Sebastián estaba llena de gente, risas y voces, pero Ana se sentía como un espectro, desplazada en ese ambiente bullicioso. Las conversaciones giraban en torno a temas triviales, mientras Ana se mantenía en silencio, observando desde su rincón.

En algún momento, la tía de Sebastián, una mujer robusta y de risa contagiosa, comenzó a hablar de su pasado.

- ¿Sabían que Sebastián y Gabriel fueron inseparables cuando eran jóvenes? - dijo la tía, mientras servía el vino tinto en las copas, sin notar el cambio inmediato en la expresión de Sebastián.

Ana lo notó de inmediato. Sebastián se quedó inmóvil por un segundo, y sus ojos, que antes brillaban con indiferencia, se oscurecieron ligeramente. La mención del nombre de Gabriel provocó una reacción sutil, casi imperceptible, en él. Como si una sombra hubiera cruzado su rostro, y con un gesto involuntario, sus labios se apretaron.

¿Gabriel? El nombre flotó en el aire como un eco. Ana lo repetía en su cabeza, pero no lograba comprender completamente la reacción de Sebastián. ¿Quién era Gabriel para él?

- Sí, Gabriel. Siempre juntos... Como dos hermanos. Pasaban todo el tiempo en mi casa, ¿recuerdas, Sebastián? - insistió la tía, mientras todos en la mesa sonreían.

Ana observó a Sebastián. Algo en su postura cambió. Se enderezó un poco, pero su mirada no se encontraba con la de Ana. ¿Era solo su imaginación o Sebastián parecía incómodo? Como si quisiera desvincularse de esa parte de su pasado.

- Sí, claro. - Sebastián murmuró, tomando un sorbo de su copa de vino y mirando hacia otro lado, como si evitara profundizar más en el tema.

Ana sintió una punzada en su pecho. Gabriel. Ese nombre seguía resonando en su cabeza, y por un segundo, no pudo evitar preguntarse si había algo más entre Sebastián y ese tal Gabriel. Algo que no le habían contado.

La conversación siguió su curso, pero para Ana, el ambiente se volvió denso. Sentía que algo importante se le escapaba, algo que no lograba entender por completo. ¿Por qué Gabriel causaba tal incomodidad en Sebastián? El nombre se repetía en su mente, y con cada repetición, la sensación de inquietud crecía. Algo estaba escondido, algo que ni ella ni Sebastián querían desenterrar.

La noche terminó sin más incidentes, pero Ana no pudo dejar de pensar en ese momento, en la sombra que había cruzado por el rostro de Sebastián. Algo estaba mal, y ella lo sabía. Pero, ¿qué?

Capítulo 3

La casa de los padres de Sebastián, que una vez había sido un lugar de risas y alegría, estaba ahora llena de conversaciones intrascendentes, risas forzadas y miradas furtivas. La fiesta, que al principio había prometido ser una oportunidad para relajarse, se había transformado en una serie de interacciones incómodas. Las luces cálidas de la sala de estar caían suavemente sobre los rostros de los invitados, pero la atmósfera era densa, como si algo importante se estuviera a punto de revelar.

Ana se encontraba al fondo de la habitación, observando el panorama. Su copa de vino estaba apenas a la mitad, sus dedos nerviosos la giraban entre sus manos. Sebastián había pasado gran parte de la noche conversando con su hermano, Tomás, y algunas de las personas que se acercaban a la mesa del buffet. Sin embargo, Ana no podía evitar sentirse desconectada de todo lo que la rodeaba. Algo en ella había cambiado en las últimas semanas. La mención de Gabriel, el distanciamiento de Sebastián, la fría rutina de su matrimonio... Todo la había llevado a una profunda reflexión.

De pronto, la puerta principal se abrió con un sonido que cortó la música de fondo y, en ese instante, Ana sintió un pequeño estremecimiento recorrer su espalda. Fue una presencia sutil, pero penetrante. Sebastián levantó la cabeza rápidamente, su rostro enrojeció por un instante, pero su expresión se mantuvo seria, controlada. Ana observó, fascinada y desconcertada.

Una figura alta, de cabello oscuro y algo despeinado, entró en la habitación. Su presencia era imponente, casi como si el aire mismo lo hubiera reconocido. Gabriel. No era un desconocido para Ana, ni mucho menos. La última vez que lo había visto, el tiempo parecía haberse detenido entre ellos. Aunque no compartían palabras, algo en sus miradas había dicho mucho más de lo que cualquier conversación podría haber expresado.

Gabriel avanzó lentamente hacia el centro de la sala, saludando a algunos familiares con una sonrisa tímida, pero su mirada se mantuvo fija en Sebastián por un momento antes de desviar hacia Ana. Los ojos de ambos se encontraron brevemente, y en ese instante, el mundo alrededor de ellos pareció desvanecerse. Era como si las palabras no fueran necesarias, como si todo lo que había sucedido antes de ese momento hubiera dejado una huella indeleble entre ellos, algo que ni el tiempo ni las circunstancias podrían borrar.

- ¿Gabriel? - La voz de Sebastián sonó más tensa de lo que Ana esperaba. Era una mezcla de sorpresa y algo más profundo, algo que estaba oculto bajo su tono tranquilo. - No sabía que vendrías...

Gabriel sonrió de forma enigmática, un gesto que transmitía tanto misterio como familiaridad. No era una sonrisa de bienvenida, sino más bien una sonrisa de conocimiento compartido, como si ambos estuvieran conscientes de algo que los demás ignoraban.

- Tuve un cambio de planes. Pensé que sería una buena ocasión para... ponernos al día. - dijo Gabriel, mientras su mirada pasaba por encima de los rostros de los presentes, pero siempre regresando a Sebastián y luego a Ana.

Los invitados, que en su mayoría se habían dispersado por la sala, comenzaron a notar la extraña energía que había surgido con la entrada de Gabriel. Había una tensión palpable, como si el aire se hubiera espesado. Los murmullos comenzaron a expandirse, y algunas sonrisas se volvieron forzadas.

Ana, curiosa, pero también inquieta, intentó no mostrar su incomodidad. Se mantenía cerca de la mesa, fingiendo interés en una conversación trivial sobre el clima que había comenzado con una de las tías de Sebastián. Sin embargo, sus ojos no podían evitar seguir el movimiento de Gabriel. No solo era su presencia lo que la desconcertaba; era el hecho de que había algo en su postura, en la forma en que miraba a Sebastián, que no podía dejar de interpretar. ¿Qué había pasado entre ellos?

Al poco tiempo, Gabriel se acercó a Ana, dejando de lado a los demás. Su mirada fue directa, casi desarmante. Sus ojos, tan intensos como ella recordaba, la miraron con una mezcla de reconocimiento y algo más profundo, algo que Ana no lograba entender del todo.

- Hace mucho que no nos vemos, ¿verdad? - dijo Gabriel, su voz grave, pero suave, como si estuviera esperando que Ana lo recordara en su totalidad.

Ana, sintiendo un leve escalofrío, asintió lentamente.

- Sí... mucho. - murmuró, sin poder articular más palabras. Su mente estaba llena de preguntas sin respuestas, y la cercanía de Gabriel solo hacía que todo se volviera aún más confuso.

Pero antes de que pudiera procesar sus pensamientos, un comentario inesperado de la tía de Sebastián cortó el aire tenso. Ella se acercó a Gabriel con una sonrisa algo descarada, como si lo conociera muy bien.

- Ay, Gabriel, siempre has sido como parte de la familia, ¿verdad? Sebastián y tú se llevaban tan bien. No puedo creer cuánto tiempo ha pasado desde aquellos días en que ustedes dos... bueno, tú sabías todo de Sebastián, no solo como amigo... -La tía de Sebastián soltó la frase sin pensar del todo, sin darse cuenta de la reacción de los demás.

Hubo un breve silencio en la sala. Todos los ojos se volvieron hacia Gabriel y Sebastián, que intercambiaron una mirada significativa. Sebastián, que hasta ese momento había mantenido su compostura, apretó los labios y su mirada se endureció.

Gabriel sonrió con cierto cinismo, pero no dijo nada al respecto. Solo levantó la copa de vino que tenía en las manos y la levantó en dirección a Sebastián.

- Esos eran otros tiempos, - dijo Gabriel, dejando entrever que había mucho más detrás de esa afirmación de lo que parecía a simple vista.

Ana observó la interacción, con la mente llena de preguntas. ¿Qué significaban esas palabras? ¿Qué tipo de amistad, o algo más, había compartido Gabriel con Sebastián? ¿Y por qué esa mirada cargada de significado entre ellos?

La conversación entre los invitados siguió, pero la atmósfera había cambiado irrevocablemente. La tensión estaba palpable en el aire, y Ana no podía evitar sentirse atrapada en una red de misterios que ni siquiera sabía si quería desenredar.

Sin embargo, una cosa estaba clara: Gabriel no era solo un amigo del pasado. Y Sebastián, a pesar de sus intentos por mantener una fachada de normalidad, no podía esconder lo que realmente sentía.

La noche avanzó, pero para Ana, el peso de lo no dicho, lo oculto, lo que no se había revelado aún, la rodeaba como una sombra que no podía sacudir.

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