Capítulo 2
Después de salir de los establos, fui a mi habitación donde afortunadamente estaba más fresco, aunque el aire fuera cálido. La casa era aireada y garantizaba más confort; me relajé sobre la cama, tumbada de espaldas para mirar el techo blanco.
Había decorado el cuarto a lo largo de los años de acuerdo con mi gusto. Había un lado bueno en tener que vivir encerrada y escondida: mis padres me daban cualquier cosa que quisiera; por suerte, nunca fui muy materialista. Cuando era niña, eso era genial tratándose de juguetes; hoy no tanto, se volvió indiferente y aburrido, principalmente cuando la única cosa que me gustaría tener sería la presencia de ambos, una participación un poco más activa en mi vida.
Sabía exactamente el motivo: habíamos asesinado a alguien importante de la Tríada y por eso había un conflicto entre ellos y la Cosa Nostra; ahora yo, mis abuelos y mis padres éramos objetivos. Como una familia que defiende mucho el honor y su propio valor, la Tríada no dejaría eso pasar, nunca. Ese era el principal motivo del exilio que sufríamos mis abuelos y yo. Y aun ante todo eso, no podía negar la nostalgia y las ganas de hablar con mi madre más que unas pocas veces al teléfono cada tres meses.
Un purgatorio, eso es lo que es. Leí esa palabra en un libro una vez y me asombré de cuánto me había identificado con ella. El sentimiento egoísta frecuente que siento es el de estar siendo castigada por un error que no cometí.
Mi madre, Isabella, se había esmerado en asegurar que, si iba a vivir la mayor parte de mi vida lejos de ellos, fuera con todo el confort posible. De esa forma, en una de nuestras llamadas trimestrales (a veces ese tiempo variaba; a veces eran cuatro o cinco meses, como también había pasado que transcurrieran solo dos; preferían no mantener una regla, pero casi siempre eran tres, y yo contaba los días en una agenda reservada especialmente para eso), pedí cambiar mi habitación. Una vez estaba aburrida, ya tenía 15 años y mi cuarto aún tenía la apariencia infantil de cuando tenía 10. Lo cambiamos poco a poco; todo era revisado.
Esas fueron las cosas en las que mi padre logró ser flexible. Un celular solo para mí era una posibilidad absurda; tenía que hablar con ellos por otro teléfono, no rastreable y usado solo para recibir llamadas de ellos y de nadie más.
Era una jaula de oro. Pero una jaula segura, donde no tenía que temer por mi vida, aunque no pudiera decir lo mismo de mis familiares. Creo que Isabella y Enrico nunca pensaron que su hija podría perder noches de sueño seguidas preocupada por si la próxima llamada ocurriría para poder escuchar una vez más sus voces, o la de alguien desconocido anunciando sus muertes.
Afortunadamente, ese día aún no había llegado. Me levanté de la cama y fui hasta el escritorio que estaba al lado de la ventana, tomé mi agenda y miré el conteo de días: un mes y algunos días más desde la última llamada, casi dos meses desde que hablé con mi madre por última vez... Generalmente tachaba el día al final de la jornada, pero estaba convencida de que no llamarían hoy, por eso me adelanté y anoté un día más.
Pasé el resto del día en mi habitación, mirando mis cuadernos de estudio, los cuales hacía en casa con dos profesoras diferentes. Mujeres, por supuesto, ya que jamás se permitiría que ningún hombre se quedara a solas conmigo. Les habían pagado muy bien para no comentar sobre mi existencia con nadie y, aparentemente, cumplieron su palabra. Casi no podía decidir si me sentía feliz o triste por eso. Si lo contaran, mis padres se verían obligados a mantenerme cerca... y ellas morirían, claro, por traicionarnos.
Desechando esos pensamientos, respondí al llamado de mi abuela para la cena, que estaba en la puerta diciendo que bajaría en seguida. Guardé todos los cuadernos en sus debidos lugares y bajé hacia la sala de estar. Me senté a la mesa y, tras la oración católica de mis abuelos, comenzamos a comer.
Aunque me parecía una hipocresía, nunca osé cuestionar la fe de mi abuelo. Aun siendo quien era, creía en algo y llevaba el símbolo de ello en un tatuaje en el antebrazo; mi abuela, en su collar largo que le llegaba al pecho con un colgante de cruz. Observé a la mujer frente a mí; estaba inquieta y con expresión preocupada, y mi abuelo, al contrario de lo que solía ser, estaba demasiado callado.
- ¿Qué pasa? -pregunté, incapaz de aguantar aquel silencio inquietante por más tiempo.
- Tu abuelo... -ella se aclaró la garganta-. Me contó sobre la conversación que tuvieron más temprano y... -miré en dirección a él acusadoramente; él se dignó a mirarme no más de unos segundos y, después, simplemente fingió que no era con él.
- ¡Debería haber sabido que no eras de confiar! -dije. Aquello no pareció surtir el efecto que me gustaría, ya que creí ver un atisbo de sonrisa de soslayo.
- No lo hizo por mal y, de cualquier forma, en el fondo sabía que lo preguntarías de nuevo... Son tus padres, después de todo. -La sonrisa compadecida hizo que se me encogiera el corazón. Era triste y patético al mismo tiempo.
Abrí la boca para responder, pero fui interrumpida por una de las empleadas, Maria, que traía el teléfono en la mano y se lo entregó a mi abuelo. Ni siquiera ellos tenían celulares aquí.
Me extrañó, pero me emocioné, porque las personas al otro lado solo podrían ser mis padres; era demasiado pronto para otra llamada, pero aunque llamaran todos los días no me importaría. Sin embargo, toda la emoción se fue cuando, al atender, mi abuelo sonó serio; irguió la espalda sin dejar traslucir nada en su expresión, pero pude sentir que algo iba mal. Miré a mi abuela, que frunció el ceño, también observando y esperando; parecía preocupada.
Cuando se vive aislada en una casa, uno empieza a preocuparse y a fijarse en cosas irrelevantes, como llevar el control de cuántas veces suelen llamarte tus padres. Pensé en lo patético que parecería visto desde fuera.
Mi abuelo se levantó, pidiendo permiso y saliendo de la cocina, pero se detuvo y miró a Simona, quien entendió de inmediato y se levantó. Ambos salieron de la habitación y todo lo que escuché antes de que desaparecieran por los pasillos fue: "Sí, ella ya está conmigo".
Nada bueno. Ciertamente algo malo, muy malo había pasado. Mi apetito para la cena, que ya no era mucho, se fue definitivamente por el desagüe. Lo que había ingerido dejó un sabor amargo en la boca y, para aliviarlo, tomé la copa de agua para mitigar el efecto externo que representaba exactamente cómo me sentía por dentro.
Pasaron largos e interminables minutos antes de que Simona apareciera de vuelta; mi abuelo no la acompañaba... Traía el teléfono en las manos, se sentó a mi lado y noté que evitaba mi mirada.
Aún sin mirarme, depositó el aparato en la mesa entre nosotras, activó el manos libres y acto seguido dijo:
- Ella está aquí, Isabella. Está escuchando. -Me pareció verla encogerse de hombros; parecía cansada y... ¿triste?
Continuará...
Capítulo 3
- ¿Hija? -la voz de mi madre sonó del otro lado y sentí que se me encogía el pecho. Qué falta me había hecho oír su voz, incluso en un tiempo más corto que las últimas veces. No pude evitar que mis ojos se llenaran de lágrimas por la nostalgia de sentir su abrazo. Aún recordaba cómo pasábamos las tardes juntas junto a la chimenea mientras ella leía y yo jugaba.
- Hola, mamá -la voz entrecortada no disfrazaba la emoción.
- Hola, Paola -esta vez había sido la voz grave de mi padre la que se pronunció. Mi situación solo empeoró después de eso. Aun siendo el Capo, Enrico nunca dejaba de demostrarme cariño y afecto, aunque no fuera lo común entre los hombres de nuestro mundo.
- Hmm... Hola, papá -menos calurosa, pero no fue intencional.
Aunque lo amaba tanto como a mi madre, mi alejamiento había puesto una distancia entre nosotros; de alguna forma, lo culpaba por estar atrapada aquí. La decisión había sido suya; mi padre había elegido alejarme. Para protegerme, claro. Lo sabía, pero... aun así, parecía injusto y cruel.
- Mi amor... Tenemos tantas ganas de verte -sonreí, aunque no pudieran verme.
- Yo también, mamá.
- Entonces creo que te alegrará saber que vamos a traerte de vuelta -anunció mi padre y me quedé gélida. Incapaz de recordar cómo llevar aire a mis pulmones.
Finalmente.
No lo percibí de inmediato, pero había algo en la manera en que mi abuela se apoyó en la silla, pareciendo prepararse, como alguien que espera lo peor. Aquel momento me hizo volver a la realidad y llegué a la conclusión de que para que yo volviera, algo diferente había pasado y, aunque quería creerlo, la teoría de haber vencido a la Tríada era, ciertamente, ilusoria. Eso nunca terminaría.
- ¿Pa... Pasó algo? -pregunté. Unos segundos de silencio y entonces fue mi padre quien respondió. Los conocía muy bien para saber que libraban una batalla silenciosa de miradas.
- Solo... necesitamos que estés en casa. En este momento es más seguro estar con nosotros -mi madre no parecía tan segura de lo que decía; opté por preguntarle a quien de hecho respondería.
- ¿Papá? -llamé, pero no respondió.
- Por Dios, díganselo de una vez -se pronunció mi abuela, impaciente e irritada-. No tendrán tiempo de prepararla psicológicamente de la forma correcta mañana -la miré en silencio, del otro lado de la línea tampoco hubo ruido alguno. Sentí la ansiedad creciendo y mi estómago revolviéndose ante lo desconocido. La sensación de que una ola enorme venía hacia mí, sin poder evitarla-. Será mejor que se acostumbre a la idea cuanto antes, Isabella -Simona se dirigió directamente a mi madre, sabiendo que ella era el mayor motivo por el que mi padre aún no había sido directo.
- Las cosas han empeorado -fue mi padre quien respondió, pero al fondo escuché el suspiro de protesta de mi madre y pronto la imaginé negando con la cabeza, como solía hacer. Afortunadamente, eso no le impidió continuar-. La guerra entre nosotros y la Tríada no va bien. Estamos perdiendo, Paola -escuché. Incapaz de decir nada, pues mi padre jamás compartía los asuntos de sus negocios con nosotras, mucho menos conmigo, y para que eso estuviera cambiando, entonces las cosas iban realmente de mal en peor. Lo que convertía esto en una información que tarde o temprano me llegaría, y ese era el único motivo por el que mi padre me lo contaba ahora-. Para tener una oportunidad y, principalmente, para garantizar tu seguridad, nos hemos visto obligados a tomar medidas extremas.
- ¡Enrico! -Isabella sonó al fondo y mi abuela sacudió la cabeza en desaprobación, no sabía si por la actitud de mi madre o por lo que sea que él diría a continuación. Tal vez por ambos.
- Las alianzas son necesarias en estos casos -continuó él, ignorándola y, como si fuera un chasquido en mi mente, entendí a dónde quería llegar.
- No... -dije, sin pensar e incapaz de contener las palabras de negación-. Papá... -el tono de súplica en mi voz demostraba mi desesperación. Ya debería haber esperado esto.
- Hemos hecho un acuerdo con el líder de la Yakuza... - ¿Yakuza? ¿La mafia japonesa?
Mi mente divagó, escuchaba lo que mi padre decía, pero ya no prestaba atención. Cerré los ojos y una lágrima solitaria, no deseada e inútil, cayó. Respiré hondo e intenté mantener todo el control que podía.
Un matrimonio.
Un maldito acuerdo.
Y yo era el pago.
- Estarás a salvo, Paola. Y tendrás más libertad de la que puedes tener ahora - ¿Libertad? ¿Qué sabía él sobre eso?-. Él es joven. Tiene prácticamente tu edad, pocos años mayor - ¿por qué aquello sonó como si fuera razonable? Como si yo debiera agradecer por no estar siendo forzada a casarme con un viejo asqueroso.
Eso, en realidad, era lo mínimo.
Yo debería elegir con quién casarme.
- ¿Libertad? -pregunté, y mi abuela, que divagaba mirando cualquier cosa detrás de mí, finalmente me miró a los ojos.
Era amada y me habían tratado mucho mejor que a muchas chicas en mi mundo, que eran invalidadas por su propia familia y, ciertamente, yo debería agradecer de hecho por eso, por tener realmente una FAMILIA. Pero, por más egoísta que fuera para ellos, no estaba agradecida.
La mirada de advertencia de Simona no surtió efecto, sabía bien lo que querían decirme: él es el Capo. Aunque no estés de acuerdo, es tu deber obedecer y no cuestionar.
¡Ah, al carajo!
- Libertad... -repetí; el otro lado seguía en silencio absoluto y el gusto amargo de la palabra se reflejó en mi voz-. Tendré que acostarme con él por obligación... ¿Eso es libertad para ti, papá?
Mi abuela abrió los ojos de par en par y se quedó estática. Imaginé que por el silencio del otro lado, mis padres estaban igualmente sorprendidos, pero mi padre no tardó en recomponerse.
- Yo soy el Capo, Paola. Y ser mi hija no te exime de tus deberes. Las mujeres también tienen sus papeles que cumplir en esta familia -su voz sonó firme y sin espacio para discusiones, pero había algo más que no logró ocultar, ¿era amargura?-. Esto es una orden.
Otra lágrima cayó cuando respondí: - Entendido, jefe.
No dije nada más después de eso, solo asentí sin que me importara si él podía verlo cuando mi Capo informó que partiría a la mañana siguiente y que conocería a mi futuro marido en la cena.
Subí a mi habitación justo después de terminar la llamada y lloré durante toda la noche; me quedé dormida sin siquiera darme cuenta y, cuando volví a abrir los ojos, mi despertador estaba sonando y era hora de hacer las maletas y despedirme de la hacienda que por tantos años había sido mi hogar.