Capítulo 3

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* * * * * * * * * Kansas * * * * * * * * * * *

—Yo… lo lamento mucho —expresa Austral, realmente, muy apenada.

—Oh, no, no… —sonríe la mujer embarazada—. No te preocupes —le pide dulce.

—Yo estaba muy distraída; de verdad, lo siento mucho —se sigue disculpando Austral.

—Y yo ya dije que no fue nada; no te preocupes —continúa sonriendo la extraña mujer mientras que el hombre que la acompañaba se mantenía serio.

—Liana, amor, lo mejor será regresar a casa —le precisa el hombre que la acompañaba y quien era su esposo.

—Yo también quiero regresar —expresa ella, muy sincera—. Quiero ver a Tom —le precisa.

—Entonces vámonos …

—No, Daston —lo detiene su mujer—. Nuestros amigos se ofrecieron a cuidar a nuestro hijo para darnos este momento como pareja —le señala ella—. Quedémonos solo treinta minutos y luego, regresamos —le propone—. ¿Te parece? —interroga al mirarlo dulcemente y, ante la mirada de la mujer, el hombre parece hipnotizado, ya que solo sonríe mientras parece perdido en los ojos de su esposa.

—Está bien —accede él—, pero si quieres que nos vayamos antes…

—Solo quedémonos treinta minutos y, después, nos vamos. Solo hay que escuchar un poco de música mientras nos damos besos —le propone ella, muy pícara; ante lo cual el hombre solo reacciona sonriendo.

—Entonces vayamos al segundo piso —demanda el hombre; y su esposa asiente en forma de respuesta.

Luego de ello, el señor de unos cuarenta años, pone toda su atención en Austral.

—Quédese tranquila; no se preocupe —le precisa gentil (lo cual me sorprende)—. Es un bar y estamos cerca de la pista de baile, así que… —se encoge de hombros—. De verdad, no se preocupe —concluye serio y, ante ello, Austral le sonríe.

—Muchas gracias —responde la mujer que me traía con el corazón revuelto de sentimientos extraños.

—No tiene nada que agradecer —le responde cortés, el señor.

—Kansas, ¿cierto? —escucho de pronto, la voz de la mujer embarazada, así que dirijo mi mirada a ella.

—Sí, Kansas —confirmo—. Buena noche, señora —la saludo al extenderle una mano.

—Hola, buena noche —me sonríe.

—Buena noche, señor —saludo al hombre de la misma manera.

—Buena noche —contesta él, de manera formal, al estrechar mi mano para después regresar su atención a su esposa—. Liana, amor, subamos de una vez —le pide con delicadeza—. Alguien podría golpearte.

—Sí, tienes razón —le contesta su esposa a la vez que se apega a él—. ¿Ustedes también subían? —nos pregunta de pronto.

—Sí, sí, nosotros también subíamos.

—Vamos entonces —nos dice la mujer al continuar sonriendo.

—Primero usted, por favor —preciso gentil; y ella me sonríe.

—Vamos, amor —le dice al hombre, unos años mayor que ella.

Y así, el hombre ayuda a su esposa a subir las escaleras y, después de ellos, Austral y yo los seguimos.

—¿Son tus amigos? —me pregunta, de manera repentina, al hacer alusión a la pareja de casados que estaba subiendo delante de nosotros.

—Los conocí cuando fui a recoger a Margaret a la universidad —le informo; y ella sonríe.

—Son muy lindos —me comenta al mirar al hombre y a la mujer de manera curiosa.

—Sí; sí lo son —confirmo al ver a la particular pareja.

—Él me agrada mucho —comenta de repente y, ante su comentario, me giro a verla.

—Tal vez… ¿es porque se parece a ti? —interrogo divertido; y ella me mira con su mirada asesina—. Estoy bromeando —le digo al tiempo en que pellizco una de sus mejillas.

—Lo acabas de arruinar —precisa firme para después, dirigir su mirada hacia el frente y terminar de subir los últimos peldaños.

—Un momento —articulo a la vez que la detengo al sostener, delicadamente, uno de sus brazos para hacer que se girara hacia mí para, así, atraerla hacia mi cuerpo.

—Estoy molesta —precisa firme.

—¿En serio? —interrogo al tiempo en que me acerco, peligrosamente hasta su boca—. Porque no lo parece —agrego un tanto autosuficiente; y ella sonríe con cierta malicia (la cual… me agradaba).

—Vas a tener que hacer algo para remediarlo —menciona de repente, algo sugerente.

—¿Algo como… qué? —inquiero al rozar mis labios con los suyos al hablar.

—Algo como esto —determina y, tomándome por sorpresa, lleva una de sus manos hasta mi nuca y acorta toda distancia alguna para terminar de devorar mis labios con los suyos en un muy apasionado beso, al cual no me resistí en corresponder, sino que, por el contrario, para profundizarlo, tomé a Austral de su cintura para atraerla mucho más cerca de mí y; además, también coloque mi mano libre sobre su nuca para intensificar el beso mientras nos retábamos sobre quién llevaría el ritmo.

Al final decidí ceder y dejé que ella fuese quien tomara el mando y… no me arrepentí, ya que la mujer besaba demasiado bien…

—Realmente exquisito —susurro sobre sus labios, mientras sonrío como un tonto; y ella reacciona sonriendo satisfecha por lo que había logrado ocasionar en mí.

—¿Te gustó? —interroga triunfal.

—Sabes que ni siquiera deberías preguntarlo —preciso tajante— porque sabes bien que lo disfruté —completo y, ante ello, Austral solo atina a sonreír satisfactoriamente.

—Por eso me gustas —murmura mientras juguetea, de manera traviesa, con mi deseo de obtener más de su boca.

—Austral…

—Debemos ir con tus amigos —me recuerda.

—Apenas los conozco —le susurro.

—Son muy agradables…

—En eso tienes mucha razón, aunque el hombre es muy serio —señalo; y ella sonríe.

—Pero es un buen hombre.

—¿Cómo afirmas eso? —inquiero curioso; y ella me mira fijamente mientras sonríe para después, desviar su mirada, por unos instantes, hacia la mesa que había ocupado la pareja.

—Por el cómo mira a su… ¿esposa?

—Sí, son esposos —le confirmo; y Austral sonríe.

—Debemos ofrecerles sentarse con nosotros —propone.

—Tal vez, ellos deseen estar a solas —deslizo la posibilidad.

—Sí, puede ser cierto, pero… igual creo que deberíamos ofrecerles sentarse con nosotros o… —me mira— ¿no te gusta la idea?

—No es que no me guste —aclaro—. Solo pienso que, tal vez, ellos quieran estar solos, aunque… —alargo— tienes razón; deberíamos ofrecerles que compartan mesa con nosotros.

—Entonces vamos; hablemos con ellos —determina a la vez que, de forma simultánea, entrelaza una de mis manos con una de las suya para, así, caminar hacia donde estaba la pareja.

—Hola, buena noche —los saluda Austral.

—Hola —le contesta la mujer mientras continúa acariciando el brazo de su esposo.

—Buena noche —vuelve a saludar el hombre a mi cita.

—Buena noche —le contesta ella.

—¿Podemos ayudarlos? —interroga el señor, de manera muy formal.

—Daston, sé más ameno —le pide su esposa al girarse a verlo para sonreírle—. Estamos en una disco.

—Yo sigo insistiendo en que, si no quieres estar aquí, deberíamos irnos —precisa firme; y, de manera muy repentina, cuando termina de decir ello, a su esposa se le empiezan a poner sus ojos vidriosos de manera casi inmediata (lo cual nos toma por sorpresa a Austral y a mí, quienes nos miramos cómplices como preguntándonos ¿qué estaba pasando?).

—Liana, amor —articula el hombre, muy preocupado al querer tomar las mejillas de la mujer.

—No, no, tranquilo —precisa ella al no permitirlo, sino que, por el contrario, desvía toda su atención a su cartera para sacar de ella un pañuelo.

—Liana…

—Tranquilo, Daston —lo interrumpe la mujer, al hablar un poco seria.

—Liana…

—Ahora no, Daston —responde firme y, cuando hace ello, torna la situación muy incómoda.

—Liana, amor —le habla el hombre, mucho más preocupado—. Mírame, por favor —le pide sutil al tiempo en que parece afectarle mucho ver a su esposa así—. Liana —articula su nombre de una manera muy… extraña, tal y como mi padre solía nombrar a mi madre—. Liana —repite su nombre, pero la mujer seguía sin mirarlo (solo se limitaba a limpiar sus lágrimas con su pañuelo), así que, ante ello, el hombre la mira con notoria preocupación para después cerrar los ojos y respirar profundamente

—Creo que debemos irnos —me susurra Austral; y yo asiento de inmediato; sin embargo, nos detenemos cuando el hombre ha vuelto a abrir los ojos y, de manera sorpresiva y valiente, se aventura a pasar uno de sus brazos por los hombros de su esposa para, así, con muy extrema delicadeza, atraerla hacia él para terminar de envolverla con sus brazos y, cuando hace eso, la mujer empieza a llorar con mayor libertad.

Ante la reacción de la mujer, la única manera en la que reacciona el hombre (su esposo) es dándole un beso en su cabeza y…

—Te amo, Liana —expresa de manera muy profunda (tan profunda que provoca que Austral estreche un pcoo fuerte mi mano mientras se queda observando la escena con… admiración)

—Perdóname, Daston —articula la mujer mientras se recuesta sobre el pecho de su esposo.

—Te amo, Liana Lizabeth Hamptom Thompson —articula al tiempo en que la abraza más fuerte—. Te amo, señora Greene —precisa; y aquellas palabras provocan que la mujer emita una instantánea risa (lo cual me vuelve a sorprender).

—Las hormonas van a terminar por separarnos —menciona, de pronto, la mujer al tiempo en que se aleja de su esposo para poder mirarlo.

Cuando hace ello, el hombre, por instinto, saca un pañuelo de uno de sus bolsillos de manera rápida para, así, comenzar a limpiar el rostro de su esposa de manera muy delicada mientras le sonríe.

—Te amo, Liana —le repite y, luego de ello, le da un beso en la punta de su nariz (lo cual la hace sonreír de inmediato).

—Gracias por soportar mis cambios de humor —le dice ella y, hasta ese punto, pareciese que ambos se hubiesen olvidado de la presencia de Austral y la mía.

Austral, por cierto, parecía haber sido hipnotizada por la muy curiosa escena que había llamado toda nuestra atención.

—Es un trabajo en equipo, ¿lo recuerdas? —le pregunta al llevar una de sus manos hasta el vientre de su mujer—. Además, ¿qué sería de mi vida sin tus repentinos cambios de humor, Liana Hamptom? —le pregunta divertido; y ella corresponde riendo para después abrazarlo y dejar salir un suspiro sobre aquel.

—Te amo, Daston —expresa—. Te amo mucho.

—Y yo a ti, Liana —le responde él, muy sereno al abrazarla nuevamente.

—Ahora sí, debemos retirarnos —precisa Austral al girarse a verme.

—Sí, claro —articulo sorprendido al tratar de procesar lo que acababa de ver.

—Ah… lo siento —escuchamos, de pronto, la voz de la mujer que se había puesto a llorar, así que de inmediato, Austral y yo dirigimos nuestra atención a ella—. Lo lamento precisa apenada…

—No, no —se apresura en responder Austral—. No tiene nada que lamentar —manifiesta tajante; y la mujer (llamada Liana) le sonríe.

—Las hormonas suelen jugarme estas malas pasadas —menciona apenada.

—Tranquila, señora, no se preocupe —le sonrío; y ella corresponde—… Además, creo que nosotros debimos habernos retirado, lamentamos mucho ello…

—No tienes nada de qué disculparte, Kansas —contesta gentil al tiempo en que continúa siendo acariciada por su esposo—. ¿Qué es lo que querían decirnos? —cuestiona cortés.

—Lo que nosotros queríamos decirles —interviene Austral— era que… sería un placer que nos acompañaran en nuestra mesa —manifiesta.

—Me gusta la idea —responde la mujer, en el acto—. ¿Los acompañamos, Daston?

—Lo que tú quieras, Liana —le responde sereno y luego, le da un beso en sus labios.

—¿Dónde está su mesa? —cuestiona la mujer al separarse de su esposo.

—Es esa de ahí —Austral señala nuestro lugar con una de sus manos.

—Bueno, entonces vamos para allá —precisa la mujer al pretender levantarse.

—También podríamos ser nosotros quienes se trasladen aquí —propongo al mirar al Austral para su aprobación.

—Claro, es una gran idea —secunda animada—… Nosotros podríamos acompañarlos aquí.

—Por mí, no hay ningún problema —responde la señora de unos veinticinco años—. ¿Daston?

—Tampoco —responde el hombre al sonreír (al parecer, ya se encontraba más relajado).

—Bueno, entonces iré a traer la cubitera de hielo y la botella con nuestras copas —le anuncio a Austral.

—Aquí te espero —precisa y, luego de ello, procedo a hacer lo que anuncié para así, finalmente, tomar asiento en la mesa de los esposos.

—Liana me estaba contando que sus amigos tienen un bar —me comenta cuando ocupo mi asiento—. Ellos lograron reservarle una mesa en el bar de tu amigo.

—¿Cómo se llaman? —inquiero curioso.

—Alex y Pierre —informa—. Ellos son dueños de un bar.

—Sí, los conozco —le comento—. Son personas muy agradables y, hasta donde me enteré, creo que ya se casaron, ¿cierto?

—Sí, el año pasado —contesta sonriente.

—Esa es una gran noticia —expreso sincero.

—Sí, en cierta parte sí —interviene el hombre—. Desde que se casaron, Alex está menos molestoso —precisa divertido; y, ante sus palabras, su esposa le sonríe.

—Alex le tiene un cariño muy especial a Daston —nos precisa la mujer muy divertida para después, girarse a ver a su esposa—. Alex te quiere mucho…

—Sí… y aún recuerdo cuando me hizo vestir ese ridículo traje —puntualiza y, al decir ello, su mujer explota en risas.

—Te amo, Daston… —le da un beso.

—Te amo —le responde al sonreírle.

—Y díganme —la mujer nos observa—. ¿Ustedes son novios? —nos pregunta de manera repentina (lo cual nos toma por sorpresa a Austral y a mí).

—No… —responde ella por ambos—, aún nos estamos conociendo —le informa un tanto tímida al tiempo en que se sirve un poco de Whiskey.

—Ou… entiendo —responde la mujer, un tanto apenada.

—¿Desea una copa de Whiskey? —le pregunta Austral al señor cuyo nombre era Daston.

—Le agradezco —le precisa con amabilidad—, pero debo conducir, así que no puedo ingerir alcohol.

—Entiendo, entiendo; no se preocupe —le sonríe—. ¿Y usted, Liana? ¿Desea algo de tomar? ¿Quiere que pidamos un jugo? ¿Un vaso con agua?

—No, no, gracias. Daston ha traído mi bebida —nos informa sonriente y, en ese momento, el hombre que estaba a su lado, saca una botella de aluminio pequeña, así como un vaso para verter en aquel… — es batido de fresa —precisa la mujer; y su esposo sonríe al tiempo en que le entrega su bebida—. Pidamos algo para que bebas —le dice ella.

—Tranquila, yo estoy bien —le contesta sereno.

—¿Seguro? ¿No quieres un jugo de moras? —inquiere su esposa.

—Liana —le habla dulce mientras le sonríe—, no creo que vendan jugo de moras aquí —le menciona divertido; y ella reacciona riendo ligeramente—. Tranquila, yo estaré bien; además, no nos quedaremos mucho tiempo.

—Eso es cierto —le sonríe ella—. En veinticinco minutos, nos vamos —puntualiza sonriente—. Creo que deberíamos llamar a Dena para saber cómo está Tom.

—Tom ha de estar bien, Liana; además, ellos ya han criado a dos hijos; tienen mucha más experiencia que nosotros —le precisa divertido—. Solo disfrutemos de estos veinticinco minutos.

—Sí, tienes razón —le susurra ella—. Entonces, ¿qué hacemos? —nos cuestiona de pronto.

—¿Podríamos brindar? —nos propone Austral (de quien me había descuidado). Y digo que me había descuidado porque no sabía en qué momento, había bebido tanto Whiskey en tan poco tiempo y prueba de ello era el desregular contenido de la botella.

—Me parece buena idea —secunda Liana al alzar su vaso de batido de fresa—. Salud por una noche agradable —precisa la mujer y, de forma inmediata, todos respondemos salud en una sola voz.

Luego del brindis, los cuatro comenzamos a conversar de cosas triviales, las cuales se volvieron interesantes. El hombre y la mujer que nos acompañaban eran bastante brillantes; y eso me motivaba a estudiar mucho cuando empezara la universidad. Entendía algunas cosas que comentaban sobre matemáticas, ya que había llevado el curso de matemáticas avanzadas en el colegio, así como logré llevar cursos virtuales de esa rama (cursos gratuitos que ofrecían algunas universidades por muy corto tiempo, lo cual era ideal para mí, ya que esos cursos, generalmente, eran grabados, así que podía estudiarlos cuando yo pudiese y, generalmente, lo hacía después de acostar a Ángeles).

La charla estaba amena y notaba que Austral se estaba divirtiendo mucho con la conversación (había una complicidad entre las dos mujeres) y, siendo sincero, el esposo de Liana resultó ser muy agradable (serio por ratos, pero su esposa se encargaba de hacerlo sonreír hasta que logró relajarse por completo). En fin, todo estaba marchando bien; sin embargo, sin poder evitarlo, ya que Austral no tenía ánimos de recibir sugerencias, ella parecía estar un poco embriagada (lo cual me preocupaba, ya que, después de todo, pude notar que estaba bebiendo de esa manera, como medio para olvidar la discusión que haya tenido con su familia).

—Austral…

—Estoy bien, Kansas, no te preocupes —me pide—. Estoy en mis cinco sentidos —aclara firme al observarme para después, darme un beso—. Pregúntame lo que quieras y te responderé —me sonríe.

—¿Te parece si… consumimos un poco menos? —le propongo sutil; y ella me sonríe—. Mañana tenemos que viajar; recuérdalo…

—Está bien, tomaré menos —promete.

—Gracias —expreso al tiempo en que coloco un mechón de su cabello detrás de su oreja.

—¿Me das un beso? —me pregunta de pronto al hacer un puchero (lo cual era otro signo de que ya no debía beber más).

—Solo si eso significa que esta será la última copa…

—¿Estás condicionando nuestros besos? —inquiere un tanto indignada.

—Ven, dame ese beso —le pido; y ella sonríe para después, terminar de acortar la distancia y besarme con como solo ella sabía.

—Me gustó mucho —susurra al separarse de mí.

—Y a mí —le contesto sonriente—. Y sé que te va a molestar lo que te voy a decir, pero…

—Está bien, será mi última copa —precisa al interrumpirme; y, escucharla decir eso, me tranquiliza.

—Gracias…

—Gracias a ti por cuidarme —responde al mirarme de una manera distinta y, luego de ello, presiona sus labios sobre los míos—. Te quiero, Kansas White…

—Y yo a ti, Austral Foster —expreso sincero; y ella me sonríe para, de forma instantánea, acercarse a mí para reglarme otro de sus besos; sin embargo….

—¡Aaaaah! ¡Amo esa canción! —exclama al tomar distancia.

—¡Por dios! ¡Yo también! —enfatiza Liana, muy emocionada al comenzar a mover sus brazos al ritmo de Gimme! Gimme! Gime! de ABBA (canción que apenas se estaba empezando a reproducir).

El ver a ambas mujeres emocionada, me provoco sonreír, pero, sobre todo, sonrío porque veo a Austral reír con total liberta al tiempo en que se para de su asiento para comenzar a bailar sola en la misma mesa.

Austral no era una perfecta bailarina, pero disfrutaba lo que estaba haciendo y eso, me hacía feliz.

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