Capítulo 2
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* * * * * * * * * Kansas * * * * * * * * * * *
—Entonces, ¿a dónde iremos? —me pregunta ella al apegarse a mí mientras caminamos hacia el paradero de autobús más cercano.
—Depende del tipo de música que te guste —le susurro cerca de su oído, con lo cual logro que se estremezca.
—Pues soy una gran fanática de la música disco —precisa al sonreírme.
—Música disco… —repito en un susurro mientras me pongo a pensar a qué lugar la llevaría.
Tenía que ser un buen sitio, el mejor que conociera y en el cual tocasen la música que a ella le gustara.
«¿A dónde la puedo llevar?», me pregunto en silencio mientras repaso cada uno de las discos y bares que conocía.
—¿Kansas? —escucho su voz y, de inmediato, dirijo mi mirada hacia sus ojos oscuros—. ¿Qué pasa? — musita para mí.
—Solo pienso a qué lugar te llevaré —le respondo con un sereno tono de voz; y ella sonríe al tiempo en que abraza con cariño.
—El lugar es lo de menos, Kansas —articula al comenzar a acariciar mi mano que sostenía entre las suyas—. Solo tengo curiosidad por conocer una discoteca —señala—. No importa si no tocan música disco —añade comprensiva y, ante sus palabras, solo sonrío de forma involuntaria para después, atreverme a darle un beso en sus labios (el cual recibe gustosa)—. El lugar es lo de menos —vuelve a recalcar cuando hemos tomado distancia.
—Aun así, ya sé a dónde iremos —le informo y, después de ello, solo continuamos caminando hasta el paradero de buses para tomar el que nos llevaría hasta la discoteca que había elegido.
Luego de cuarenta minutos en bus, llegamos a nuestro destino. Ya eran las ocho de la noche, así que estimaba que solo nos quedaríamos hasta las nueve para poder tener el tiempo suficiente de llegar a su departamento y armar sus maletas y, así, finalmente, dirigirnos a la casa, donde Ángeles se había dispuesto a esperarnos.
—El lugar se ve fantástico —comenta ella al mirar de forma atenta la entrada a la disco.
—Es un bar muy bueno —le digo al girarme a verla y, por instinto, me provoca pellizcar ligeramente la punta de su nariz (acto que produce que Austral sonría divertida).
—Gracias por traerme aquí —susurra.
—Es un placer venir a bailar con la chica que me gusta —respondo de inmediato; y lo que dije parece haberle gustado.
—¿Entramos? —propone, de pronto, un poco impaciente y entusiasmada (aunque trataba de que ello no fuera tan evidente). Austral aún seguía comportándose como la empresaria y eso debía cambiar antes de poner un pie en el interior del lugar al que pensábamos entrar—. ¿Kansas?
—Claro que entraremos ya, pero antes… —la miro fijamente a la vez que decido acariciar una de sus mejillas suavemente.
—¿Qué sucede?
—Nada —susurro sereno al sonreírle.
—¿Entonces?
—Entonces… —exhalo con suavidad—, entonces quería decirte algo antes de entrar.
—Te escucho —precisa seria; y aquello me provoca sonreír.
—¿Por qué te ríes? —inquiere curiosa.
—Porque te ves graciosa cuando te pones seria —le confieso libremente.
—Qué extraño —contesta al ladear, levemente, su cabeza—, a la mayoría de personas parece asustarle —precisa divertida (lo cual me hace sonreír mucho más al tiempo en que me acerco a ella y la envuelvo con mis brazos).
—Te ves hermosa cuando te molestas —le susurro al colocar mis labios sobre una de sus sienes.
—Tú también te ves muy guapo cuando te molestas —responde divertida para después, esconderse en la curvatura de mi cuello como una niña después de haber dicho algo que no debía (acto que me parece muy tierno en ella y el cual me hace reír ligeramente).
—Te quiero, Austral
—Yo también te quiero, Kansas —contesta al dejar de esconderse en mi cuello para poder elevar su mirada hacia mí y quedarse observándome de una manera extraña, pero la cual no me incomodaba, sino todo lo contrario, me gustaba.
—Ya es hora de entrar, vamos —le digo de pronto al acunar sus mejillas para, así, terminar de darle un beso en sus labios—. Vamos, entremos —le pido al alejarme de ella y tomar una de sus manos para comenzar a caminar y entrar al lugar.
—Espera, un momento… —me pide al detener nuestro andar
—¿Qué sucede? —cuestiono extrañado.
—Tú… tenías algo que decirme —me recuerda—. ¿Qué era? —interroga interesada y, ante ello, solo me limito a sonreír.
—Era algo que parece sencillo…
—¿Qué es?
—Que, a partir de ahora, te olvides de tu trabajo…
—¿He hablado de mi trabajo? —interroga apenada; y, ante su gesto de preocupación, solo atino a sonreírle otra vez para, finalmente, volver a atraerla hacia mi cuerpo y estrecharla con mis brazos.
—Kansas —susurra mi nombre al recostarse sobre mi pecho.
—A partir de ahora, Austral —menciono serio—, hasta una semana después de volver a la ciudad otra vez, deberás olvidarte de tu trabajo, tus obligaciones y cualquier otra responsabilidad.
—Kansas…
—Sé que vamos por la operación de Ángeles —indico de repente—, pero… sé que lo mejor para ella es ver esto como unas vacaciones —señalo serio—. Así que sería bueno que, así como serán las vacaciones de Ángeles, pues… —me alejo de ella para mirarla— también deben ser las tuyas, Austral —determino tajante—. Hace mucho no tomas vacaciones, ¿cierto?
—¿Pete te dijo eso? —inquiere un tanto incómoda.
—No estoy reclamando nada, Austral, tranquila —le pido sereno.
—Lo siento, pero es que…
—Mejor olvidemos esto —menciono de pronto; y le sonrío—. Que este sea un nuevo comienzo; disfrutemos del viaje y… solo relajémonos sin pensar en algo más que no sea conocer Londres.
—Estoy de acuerdo con eso, pero, antes —suspira con cierta pesadez—, debo terminar de decir lo que quería —precisa firme.
—Te escucho —contesto con tranquilidad al sonreírle.
—Peter es un chismoso —puntualiza molesta (lo cual me hace reír al instante).
—¿En serio era eso lo que necesitabas decir?
—Era de vital importancia para mí —menciona firme (lo cual me provoca reír mucho más).
—Ay… —suspiro de manera repentina— Eres única, Austral Foster —expreso al abrazarla sin dejar de reír para después, continuar con nuestro camino hacia el interior de la disco.
—¿Qué más te ha dicho Peter? —inquiere, de pronto, de manera curiosa mientras seguimos caminando.
—Ninguna otra cosa
—¿Seguro?
—Nada más. Te lo aseguro —confirmo sereno al sonreírle y, luego de ello, le doy un beso en su sien para terminar de entrar al local.
Cuando ya estamos dentro, lo primero que veo, son las luces parpadeantes (lo cual parece incomodar a Austral).
—Si deseas, podemos ir a otro lugar más tranquilo —le hablo un poco fuerte al acercarme a su oído.
—No te preocupes, está bien —responde al alzar su tono de voz.
—Déjame pedir un lugar más tranquilo…
—No, aquí está bien, no te preocupes.
—El lugar que tengo en mente es mejor —le sonrío—. Ven, vamos —le pido al sostener su mano; y ella me responde con una sonrisa para después, comenzar a caminar hacia las escaleras, en forma de caracol, que nos llevarían a la especie de balcón en el segundo piso (en el cual estaban los boxes, que eran pequeñas mesas privadas). Había alguien que me debía un favor y, aunque no me gustaría cobrarlo, hoy era necesario.
—Tienes razón; este lugar es mucho mejor —precisa Austral, notablemente más cómoda.
—Me alegra que te guste —respondo sonriente—. Ven, debo hablar con alguien —le informo a la vez que la dirijo hasta la barra.
—¡Kansas! ¡hermano! ¿Cómo estás? —me sorprende la voz de un amigo.
—Hola, John —saludo sonriente al extenderle una mano (la cual toma de inmediato, por encima del tablero en el que colocaba los tragos).
—¿Y ese milagro? ¿Qué haces por aquí? —inquiere curioso—. Hace mucho no venías.
—Lo sé —sonrío—. Primero, debo presentarte a Austral —miro a la mujer—. Austral, te presento a John, mi antiguo compañero de trabajo.
—Hola, buena noche —saluda ella, muy cordial.
—Hola, señorita, buena noche —responde educado, uno de mis mejores amigos (aunque no lo viese mucho ahora).
—John —intervengo de pronto.
—Dime.
—¿Se encuentra Víctor?
—Sí, está en su oficina.
—¿Tú crees que pueda hablar con él un momento?
—Sí, claro —responde gentil—. Sabes que eres bienvenido cuando gustes; además —me mira de una forma extraña—. No sabes quién está ahí —sonríe divertido.
—¿Qué? —interrogo confundido.
—Valery está con él. Ella se va a poner muy feliz cuando te vea —añade con un tono sugerente (el cual resultaba inoportuno; y creo que él se da cuenta de inmediato)—. Lo siento, yo…
—¿Crees que Víctor pueda tomar mi llamada?
—¿No vas a entrar?
—Creo que con una llamada estará bien —preciso gentil al tiempo en que me dispongo a observar a Austral de manera disimulada y, cuando lo hago, me doy cuenta de que ella está entretenida observando el lugar (lo cual me tranquiliza).
—Bien, entonces déjame comunicarte con él —puntualiza para después, ir hacia la esquina de la barra y tomar el teléfono que había en aquella para proceder a hacer la llamada.
—¿Todo bien? —pregunta Austral al girarse a verme.
—Sí, todo bien —contesto sereno— Solo debo hablar con un amigo —le informo; y ella sonríe a boca cerrada.
—¡Kansas! —escucho, nuevamente, la voz de mi amigo.
—¿Puedo hablar con él? —le pregunto cuando este se va acercando a mí con el teléfono en la mano.
—Está en la línea —precisa al pasarme el teléfono.
—Gracias, John
—De nada, amigo —responde cortés y, luego de ello, regresa su atención a la barra y los pedidos que le correspondían.
—Dame un momento —le pido a Austral; y ella asiente en respuesta.
Luego de ello, llevo el teléfono hasta mi oído y comienzo a hablar con Víctor…
—Víctor, ho…
—Qué placer volver a escucharte, Kansas —me quedo en silencio al escuchar la voz de una de mis ex novias.
—Hola, Valery. Buena noche —saludo formal.
—Te escucho muy serio
“Dame el teléfono, Valery”, oigo, de forma sorpresiva, la voz de mi amigo.
—No seas amargado, Víctor —le responde su hermana, en forma de una queja.
—Trae ese teléfono aquí —le ordena muy serio.
—Ay… ya… está bien, está bien —responde fastidiada—. Solo déjame despedirme —le pide.
—Trae el teléfono ya, Valery —articula más serio.
—¡Pero qué molestoso eres, Vic! —se queja.
—Dame eso —precisa el hombre al otro lado de la línea.
—¡Llámame, Kansas! —escucho gritar a la mujer.
—Te pido que disculpes a Valery, Kansas.
—No te preocupes, Víctor —respondo formal.
—Bien, ¿para qué me llamabas?
—Víctor, quisiera poder usar una de las mesas del segundo nivel de tu bar…
—Kansas, pero para eso no tienes que pedir permiso. Sabes que eres bienvenido —menciona cordial—; además, todo corre por cuenta de la casa.
—No, no —respondo de inmediato—. Sé que para ocupar estas mesas hay que reservar, así que te agradezco mucho que ya me estés dando una y… no te preocupes, yo voy a pagar lo que consuma.
—Sabes que no es necesario.
—Te agradezco, Víctor —respondo cortés—, pero sí es necesario —respondo firme.
—Bueno, está bien. No insistiré —precisa—. Pero ya sabes, cualquier cosa que necesites, no dudes en avisarme.
—Gracias, Víctor.
—Cuídate, Kansas. Un placer tenerte en nuestro bar otra vez.
—Gracias otra vez —añado cortés—. Bueno, ya debo dejarte.
—Adelante, está bien. Cuídate.
—Igualmente, Víctor, gracias —respondo y, después de ello, damos por terminada la llamada.
Luego de ponerle fin a la comunicación con uno de los dueños del bar, me giro hacia Austral y le sonrío.
—¿Todo bien? —vuelve a preguntar al mirarme curiosa.
—Todo bien —le reafirmo—. Bueno, ahora sí, elige el lugar que quisieras ocupar.
—Cualquiera está bien —contesta sonriente—, aunque me gusta la barra.
—¿Quieres que nos quedemos aquí?
—Sí, por mí está bien…
—Bien, entonces nos quedamos aquí…
—Aunque, pensándolo bien, me gusta la mesa que esta allá —me señala una redonda, un poco alta y con espacio como para cuatro personas, pero la cual era perfecta, ya que estaba alejada y daba cierto grado de privacidad.
—A mí también me gusta —le sonrío—. Ocuparemos esa, entonces —determino y, de inmediato, caminamos a ocupar la mesa.
—Me gusta mucha el lugar —me comenta mientras acomoda su cartera a un lado.
—Me alegra haber elegido bien —expreso sincero; y ella me sonríe.
—¡Ay por dios! —exclama de manera bastante sorpresiva para mí—. Esa canción es muy buena —enfatiza emocionada (lo cual me hace sonreír)
—Rod Stewart…
—Sí, Rod Steward —confirma ella— Es…
—Da ya think I’m sexy? —me adelanto a ella en decir el nombre de la canción.
—Sí, esa es —reafirma sonriente al tiempo en que empieza a moverse, ligeramente, al ritmo de la canción—. ¡Ay! ¡Me encanta este lugar! —vuelve a exclamar—. Ya casi olvido a la tal Valery que te ha de estar esperando emocionada —menciona de manera repentina y, de inmediato, me giro a verla.
—Austral, yo…
—Tranquilo, no te preocupes —responde al interrumpirme, mientras continúa sonriendo sin dejar de moverse al ritmo de la canción—. Es solo una broma —añade serena al encogerse de hombros; y luego, se atreve a darme un beso en mi cuello—. Muy buena canción… ¡sí que lo es! —vuelve a exclamar—. Y sí —menciona de pronto—. Eres muy sexy —articula y… me guiña uno de sus hermosos ojos adornados por unas hermosas pestañas.
—Y eso que aún no has empezado a tomar —preciso divertido.
—Entonces, ¿qué esperamos? —cuestiona impaciente y, ante su actitud, solo sonrío.
—¿Qué deseas para tomar? —le pregunto al abrir una de las cartas que estaban sobre nuestra mesa.
—Mmm… no sé —se encoge de hombros—. Creo que algo de whiskey estará bien —precisa sonriente.
—¿No es muy fuerte? —inquiero curioso; y ella niega de inmediato.
—Es eso o absenta —menciona de pronto, muy relajada.
—No dejaré que tomes absenta, Austral —preciso serio; y ella comienza a reírse.
—Yo tampoco la tomaría; no soy tan fuerte —señala divertida.
—Creí que hablabas en serio —respondo algo aliviado.
—¿Tendría algo de malo en que la probara? —me pregunta curiosa.
—No, claro que no, pero… no es recomendable; el grado de alcohol es muy alto…
—Lo sé, no te preocupes —me sonríe—, pero sí quiero mi Whiskey…
—Entonces tomaremos Whiskey —le correspondo a su sonrisa al tiempo en que llamo a una de las personas que atendían las mesas y hago el pedido—. Bueno, ¿qué te parece el lugar?
—Muy entretenido —contesta al dirigir su mirada al primer piso—. Mucha gente baila —menciona al hacer referencia al tumulto de gente que bailaba al ritmo de la canción en el primer nivel.
—¿Quieres que bailemos ahora?
—No, primero quiero tomar una copa de Whiskey —me sonríe.
—Está bien, como desees —respondo gentil y, en ese momento, llegan a dejarnos nuestro pedido.
Cuando la botella que había pedido estaba sobre la mesa, procedo a abrirla para después colocar hielo en las copas y, finalmente, servir el licor y, así, darle una copa a Austral.
—Gracias… —responde mientras continúa moviéndose, sobre su silla, al ritmo de la canción.
—Creo que tienes muchas ganas de bailar…
—Sí, tengo muchas ganas de bailar contigo, pero me estoy familiarizando con el lugar —precisa—. Quiero observarlo un poco más y tomar un poco más de whiskey
—¿Qué mejor manera para familiarizarte que bailando? —insisto caballerosamente al mirarla; y ella sonríe.
—Bueno, para ser sincera, creo que necesito whiskey para tomar el valor de pararme en la pista de baile —señala un tanto apenada.
—Entonces es por eso que…, de alguna manera, estabas poniendo excusas…
—Creo que esa era una de las razones por las que no he venido antes a una disco…
—¿Te apena bailar en público?
—No —niega con la cabeza—. Lo que me apena, en sí, es bailar —señala para después, beber un poco de su whiskey—. Yo… no sé bailar —especifica—. Ni bailar, ni cantar, ni nada que tenga que ver con el talento artístico —indica divertida al reír ligeramente.
—Sabes tocar el piano —le recuerdo.
—Bueno, entonces digamos que soy una aburrida que no sabe bailar ni cantar…
—Bueno, yo tampoco soy buen cantante, pero… —la miro fijamente— lo de bailar creo que sí podremos solucionarlo.
—¿Cómo?
—Bailando —respondo sonriente—. Ven, vamos —le digo al tiempo en que tomo una de sus manos y me levanto de mi asiento.
—Kansas, no —me pide algo nerviosa.
—Vamos, confía en mí —le pido al acercarme a ella—. Esta canción es buena y… te he estado observando, así que creo que sí sabes bailar…
—¿Cómo afirmas eso?
—Movías bien tus hombros…
—Solo son los hombros —minimiza.
—Me encantan tus hombros —le digo de pronto al guiñarle un ojo; y ella parece sonrojarse un poco—. Vamos, bailemos —acorto casi toda la distancia entre ambos al acercarme a su asiento—. Solo disfrutemos de la canción, divirtámonos —preciso; y ella me mira algo temerosa—. Confía en mí, Austral —le vuelvo a pedir; y ella, por fin accede, ya que asiente con la cabeza.
Todavía notar que se encontraba dudosa, pero… estaba seguro de que tomaría confianza cuando comenzáramos a bailar.
—¿A dónde vamos?
—Al primer nivel —le informo al tiempo en que nos dirigimos a la escalera.
—Cambiaron de canción —me comenta.
—Es mucho mejor, ¿no crees? —le pregunto al girarme; y ella sonríe para después, asentir.
—Sí, es mucho mejor —señala.
Luego de un par de segundos, llegamos al primer piso y yo la llevo hasta una parte de la pista en la que no había mucha gente para, así, comenzar a bailar “I’m so excited” de The Pointer Sisters.
—No sé cómo bailar —precisa algo apenada.
—Solo relájate —le pido al tomar su cintura con mis manos y comenzar a moverme relajado.
—Okey, está bien —responde al tiempo en que exhala con cierta pesadez.
—Tranquila, Austral —le pido sereno al acercarme a su oído para que me escuchara—. Es un lugar libre, nadie nos está evaluando, puedes moverte como quieras, no importa si está bien o mal —señalo—. De hecho, aquí no existe algo mal —preciso—. Solo diviértete.
—Parece algo difícil divertirse
—Tranquila —le pido—. Si quieres, bailamos lento…
—Esta canción no es para bailar lento…
—No, pero estamos cerca —le guiño un ojo; y ella sonríe.
Luego de esa corta conversación, ambos continuamos bailando y, tal y como lo había previsto, Austral comenzaba a relajarse un poco más, lo cual se reflejaba ante el hecho de que ya bailaba con más soltura.
—La canción ha sido muy buena —precisa sonriente.
—¿Quieres que bailemos la siguiente?
—Me encantaría, pero quiero ir a la mesa un momento…
—Bien, vamos entonces —respondo y, de inmediato, vuelvo a tomar su mano para llevarla hasta el segundo nivel nuevamente.
—Sí que hay mucha gente –opina ella al buscar salida para subir las escaleras e nos llevarían al segundo piso.
—Ven, vamos por aquí…
—Yo te sigo —me responde mientras caminamos tomados de la mano, entre todo el tumulto de gente hasta que, de pronto, siento cómo ella se suelta de mí, así que, cuando siento ello, me giro rápidamente para verla.
—Austral… —la nombro, pero me quedo en silencio al ver a dos personas que no creí volver a cruzarme y, mucho menos, en una disco.
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Recuerden leer Aroma a café hasta el capítulo 60 como mínimo.
Esto es "Más que aroma a café", la versión que muchos me estaban pidiendo hace mucho y por fin me decidí a publicarla.
¡Gracias por su apoyo incondicional!
Espero que les guste...
Capítulo 3
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* * * * * * * * * Kansas * * * * * * * * * * *
—Yo… lo lamento mucho —expresa Austral, realmente, muy apenada.
—Oh, no, no… —sonríe la mujer embarazada—. No te preocupes —le pide dulce.
—Yo estaba muy distraída; de verdad, lo siento mucho —se sigue disculpando Austral.
—Y yo ya dije que no fue nada; no te preocupes —continúa sonriendo la extraña mujer mientras que el hombre que la acompañaba se mantenía serio.
—Liana, amor, lo mejor será regresar a casa —le precisa el hombre que la acompañaba y quien era su esposo.
—Yo también quiero regresar —expresa ella, muy sincera—. Quiero ver a Tom —le precisa.
—Entonces vámonos …
—No, Daston —lo detiene su mujer—. Nuestros amigos se ofrecieron a cuidar a nuestro hijo para darnos este momento como pareja —le señala ella—. Quedémonos solo treinta minutos y luego, regresamos —le propone—. ¿Te parece? —interroga al mirarlo dulcemente y, ante la mirada de la mujer, el hombre parece hipnotizado, ya que solo sonríe mientras parece perdido en los ojos de su esposa.
—Está bien —accede él—, pero si quieres que nos vayamos antes…
—Solo quedémonos treinta minutos y, después, nos vamos. Solo hay que escuchar un poco de música mientras nos damos besos —le propone ella, muy pícara; ante lo cual el hombre solo reacciona sonriendo.
—Entonces vayamos al segundo piso —demanda el hombre; y su esposa asiente en forma de respuesta.
Luego de ello, el señor de unos cuarenta años, pone toda su atención en Austral.
—Quédese tranquila; no se preocupe —le precisa gentil (lo cual me sorprende)—. Es un bar y estamos cerca de la pista de baile, así que… —se encoge de hombros—. De verdad, no se preocupe —concluye serio y, ante ello, Austral le sonríe.
—Muchas gracias —responde la mujer que me traía con el corazón revuelto de sentimientos extraños.
—No tiene nada que agradecer —le responde cortés, el señor.
—Kansas, ¿cierto? —escucho de pronto, la voz de la mujer embarazada, así que dirijo mi mirada a ella.
—Sí, Kansas —confirmo—. Buena noche, señora —la saludo al extenderle una mano.
—Hola, buena noche —me sonríe.
—Buena noche, señor —saludo al hombre de la misma manera.
—Buena noche —contesta él, de manera formal, al estrechar mi mano para después regresar su atención a su esposa—. Liana, amor, subamos de una vez —le pide con delicadeza—. Alguien podría golpearte.
—Sí, tienes razón —le contesta su esposa a la vez que se apega a él—. ¿Ustedes también subían? —nos pregunta de pronto.
—Sí, sí, nosotros también subíamos.
—Vamos entonces —nos dice la mujer al continuar sonriendo.
—Primero usted, por favor —preciso gentil; y ella me sonríe.
—Vamos, amor —le dice al hombre, unos años mayor que ella.
Y así, el hombre ayuda a su esposa a subir las escaleras y, después de ellos, Austral y yo los seguimos.
—¿Son tus amigos? —me pregunta, de manera repentina, al hacer alusión a la pareja de casados que estaba subiendo delante de nosotros.
—Los conocí cuando fui a recoger a Margaret a la universidad —le informo; y ella sonríe.
—Son muy lindos —me comenta al mirar al hombre y a la mujer de manera curiosa.
—Sí; sí lo son —confirmo al ver a la particular pareja.
—Él me agrada mucho —comenta de repente y, ante su comentario, me giro a verla.
—Tal vez… ¿es porque se parece a ti? —interrogo divertido; y ella me mira con su mirada asesina—. Estoy bromeando —le digo al tiempo en que pellizco una de sus mejillas.
—Lo acabas de arruinar —precisa firme para después, dirigir su mirada hacia el frente y terminar de subir los últimos peldaños.
—Un momento —articulo a la vez que la detengo al sostener, delicadamente, uno de sus brazos para hacer que se girara hacia mí para, así, atraerla hacia mi cuerpo.
—Estoy molesta —precisa firme.
—¿En serio? —interrogo al tiempo en que me acerco, peligrosamente hasta su boca—. Porque no lo parece —agrego un tanto autosuficiente; y ella sonríe con cierta malicia (la cual… me agradaba).
—Vas a tener que hacer algo para remediarlo —menciona de repente, algo sugerente.
—¿Algo como… qué? —inquiero al rozar mis labios con los suyos al hablar.
—Algo como esto —determina y, tomándome por sorpresa, lleva una de sus manos hasta mi nuca y acorta toda distancia alguna para terminar de devorar mis labios con los suyos en un muy apasionado beso, al cual no me resistí en corresponder, sino que, por el contrario, para profundizarlo, tomé a Austral de su cintura para atraerla mucho más cerca de mí y; además, también coloque mi mano libre sobre su nuca para intensificar el beso mientras nos retábamos sobre quién llevaría el ritmo.
Al final decidí ceder y dejé que ella fuese quien tomara el mando y… no me arrepentí, ya que la mujer besaba demasiado bien…
—Realmente exquisito —susurro sobre sus labios, mientras sonrío como un tonto; y ella reacciona sonriendo satisfecha por lo que había logrado ocasionar en mí.
—¿Te gustó? —interroga triunfal.
—Sabes que ni siquiera deberías preguntarlo —preciso tajante— porque sabes bien que lo disfruté —completo y, ante ello, Austral solo atina a sonreír satisfactoriamente.
—Por eso me gustas —murmura mientras juguetea, de manera traviesa, con mi deseo de obtener más de su boca.
—Austral…
—Debemos ir con tus amigos —me recuerda.
—Apenas los conozco —le susurro.
—Son muy agradables…
—En eso tienes mucha razón, aunque el hombre es muy serio —señalo; y ella sonríe.
—Pero es un buen hombre.
—¿Cómo afirmas eso? —inquiero curioso; y ella me mira fijamente mientras sonríe para después, desviar su mirada, por unos instantes, hacia la mesa que había ocupado la pareja.
—Por el cómo mira a su… ¿esposa?
—Sí, son esposos —le confirmo; y Austral sonríe.
—Debemos ofrecerles sentarse con nosotros —propone.
—Tal vez, ellos deseen estar a solas —deslizo la posibilidad.
—Sí, puede ser cierto, pero… igual creo que deberíamos ofrecerles sentarse con nosotros o… —me mira— ¿no te gusta la idea?
—No es que no me guste —aclaro—. Solo pienso que, tal vez, ellos quieran estar solos, aunque… —alargo— tienes razón; deberíamos ofrecerles que compartan mesa con nosotros.
—Entonces vamos; hablemos con ellos —determina a la vez que, de forma simultánea, entrelaza una de mis manos con una de las suya para, así, caminar hacia donde estaba la pareja.
—Hola, buena noche —los saluda Austral.
—Hola —le contesta la mujer mientras continúa acariciando el brazo de su esposo.
—Buena noche —vuelve a saludar el hombre a mi cita.
—Buena noche —le contesta ella.
—¿Podemos ayudarlos? —interroga el señor, de manera muy formal.
—Daston, sé más ameno —le pide su esposa al girarse a verlo para sonreírle—. Estamos en una disco.
—Yo sigo insistiendo en que, si no quieres estar aquí, deberíamos irnos —precisa firme; y, de manera muy repentina, cuando termina de decir ello, a su esposa se le empiezan a poner sus ojos vidriosos de manera casi inmediata (lo cual nos toma por sorpresa a Austral y a mí, quienes nos miramos cómplices como preguntándonos ¿qué estaba pasando?).
—Liana, amor —articula el hombre, muy preocupado al querer tomar las mejillas de la mujer.
—No, no, tranquilo —precisa ella al no permitirlo, sino que, por el contrario, desvía toda su atención a su cartera para sacar de ella un pañuelo.
—Liana…
—Tranquilo, Daston —lo interrumpe la mujer, al hablar un poco seria.
—Liana…
—Ahora no, Daston —responde firme y, cuando hace ello, torna la situación muy incómoda.
—Liana, amor —le habla el hombre, mucho más preocupado—. Mírame, por favor —le pide sutil al tiempo en que parece afectarle mucho ver a su esposa así—. Liana —articula su nombre de una manera muy… extraña, tal y como mi padre solía nombrar a mi madre—. Liana —repite su nombre, pero la mujer seguía sin mirarlo (solo se limitaba a limpiar sus lágrimas con su pañuelo), así que, ante ello, el hombre la mira con notoria preocupación para después cerrar los ojos y respirar profundamente
—Creo que debemos irnos —me susurra Austral; y yo asiento de inmediato; sin embargo, nos detenemos cuando el hombre ha vuelto a abrir los ojos y, de manera sorpresiva y valiente, se aventura a pasar uno de sus brazos por los hombros de su esposa para, así, con muy extrema delicadeza, atraerla hacia él para terminar de envolverla con sus brazos y, cuando hace eso, la mujer empieza a llorar con mayor libertad.
Ante la reacción de la mujer, la única manera en la que reacciona el hombre (su esposo) es dándole un beso en su cabeza y…
—Te amo, Liana —expresa de manera muy profunda (tan profunda que provoca que Austral estreche un pcoo fuerte mi mano mientras se queda observando la escena con… admiración)
—Perdóname, Daston —articula la mujer mientras se recuesta sobre el pecho de su esposo.
—Te amo, Liana Lizabeth Hamptom Thompson —articula al tiempo en que la abraza más fuerte—. Te amo, señora Greene —precisa; y aquellas palabras provocan que la mujer emita una instantánea risa (lo cual me vuelve a sorprender).
—Las hormonas van a terminar por separarnos —menciona, de pronto, la mujer al tiempo en que se aleja de su esposo para poder mirarlo.
Cuando hace ello, el hombre, por instinto, saca un pañuelo de uno de sus bolsillos de manera rápida para, así, comenzar a limpiar el rostro de su esposa de manera muy delicada mientras le sonríe.
—Te amo, Liana —le repite y, luego de ello, le da un beso en la punta de su nariz (lo cual la hace sonreír de inmediato).
—Gracias por soportar mis cambios de humor —le dice ella y, hasta ese punto, pareciese que ambos se hubiesen olvidado de la presencia de Austral y la mía.
Austral, por cierto, parecía haber sido hipnotizada por la muy curiosa escena que había llamado toda nuestra atención.
—Es un trabajo en equipo, ¿lo recuerdas? —le pregunta al llevar una de sus manos hasta el vientre de su mujer—. Además, ¿qué sería de mi vida sin tus repentinos cambios de humor, Liana Hamptom? —le pregunta divertido; y ella corresponde riendo para después abrazarlo y dejar salir un suspiro sobre aquel.
—Te amo, Daston —expresa—. Te amo mucho.
—Y yo a ti, Liana —le responde él, muy sereno al abrazarla nuevamente.
—Ahora sí, debemos retirarnos —precisa Austral al girarse a verme.
—Sí, claro —articulo sorprendido al tratar de procesar lo que acababa de ver.
—Ah… lo siento —escuchamos, de pronto, la voz de la mujer que se había puesto a llorar, así que de inmediato, Austral y yo dirigimos nuestra atención a ella—. Lo lamento precisa apenada…
—No, no —se apresura en responder Austral—. No tiene nada que lamentar —manifiesta tajante; y la mujer (llamada Liana) le sonríe.
—Las hormonas suelen jugarme estas malas pasadas —menciona apenada.
—Tranquila, señora, no se preocupe —le sonrío; y ella corresponde—… Además, creo que nosotros debimos habernos retirado, lamentamos mucho ello…
—No tienes nada de qué disculparte, Kansas —contesta gentil al tiempo en que continúa siendo acariciada por su esposo—. ¿Qué es lo que querían decirnos? —cuestiona cortés.
—Lo que nosotros queríamos decirles —interviene Austral— era que… sería un placer que nos acompañaran en nuestra mesa —manifiesta.
—Me gusta la idea —responde la mujer, en el acto—. ¿Los acompañamos, Daston?
—Lo que tú quieras, Liana —le responde sereno y luego, le da un beso en sus labios.
—¿Dónde está su mesa? —cuestiona la mujer al separarse de su esposo.
—Es esa de ahí —Austral señala nuestro lugar con una de sus manos.
—Bueno, entonces vamos para allá —precisa la mujer al pretender levantarse.
—También podríamos ser nosotros quienes se trasladen aquí —propongo al mirar al Austral para su aprobación.
—Claro, es una gran idea —secunda animada—… Nosotros podríamos acompañarlos aquí.
—Por mí, no hay ningún problema —responde la señora de unos veinticinco años—. ¿Daston?
—Tampoco —responde el hombre al sonreír (al parecer, ya se encontraba más relajado).
—Bueno, entonces iré a traer la cubitera de hielo y la botella con nuestras copas —le anuncio a Austral.
—Aquí te espero —precisa y, luego de ello, procedo a hacer lo que anuncié para así, finalmente, tomar asiento en la mesa de los esposos.
—Liana me estaba contando que sus amigos tienen un bar —me comenta cuando ocupo mi asiento—. Ellos lograron reservarle una mesa en el bar de tu amigo.
—¿Cómo se llaman? —inquiero curioso.
—Alex y Pierre —informa—. Ellos son dueños de un bar.
—Sí, los conozco —le comento—. Son personas muy agradables y, hasta donde me enteré, creo que ya se casaron, ¿cierto?
—Sí, el año pasado —contesta sonriente.
—Esa es una gran noticia —expreso sincero.
—Sí, en cierta parte sí —interviene el hombre—. Desde que se casaron, Alex está menos molestoso —precisa divertido; y, ante sus palabras, su esposa le sonríe.
—Alex le tiene un cariño muy especial a Daston —nos precisa la mujer muy divertida para después, girarse a ver a su esposa—. Alex te quiere mucho…
—Sí… y aún recuerdo cuando me hizo vestir ese ridículo traje —puntualiza y, al decir ello, su mujer explota en risas.
—Te amo, Daston… —le da un beso.
—Te amo —le responde al sonreírle.
—Y díganme —la mujer nos observa—. ¿Ustedes son novios? —nos pregunta de manera repentina (lo cual nos toma por sorpresa a Austral y a mí).
—No… —responde ella por ambos—, aún nos estamos conociendo —le informa un tanto tímida al tiempo en que se sirve un poco de Whiskey.
—Ou… entiendo —responde la mujer, un tanto apenada.
—¿Desea una copa de Whiskey? —le pregunta Austral al señor cuyo nombre era Daston.
—Le agradezco —le precisa con amabilidad—, pero debo conducir, así que no puedo ingerir alcohol.
—Entiendo, entiendo; no se preocupe —le sonríe—. ¿Y usted, Liana? ¿Desea algo de tomar? ¿Quiere que pidamos un jugo? ¿Un vaso con agua?
—No, no, gracias. Daston ha traído mi bebida —nos informa sonriente y, en ese momento, el hombre que estaba a su lado, saca una botella de aluminio pequeña, así como un vaso para verter en aquel… — es batido de fresa —precisa la mujer; y su esposo sonríe al tiempo en que le entrega su bebida—. Pidamos algo para que bebas —le dice ella.
—Tranquila, yo estoy bien —le contesta sereno.
—¿Seguro? ¿No quieres un jugo de moras? —inquiere su esposa.
—Liana —le habla dulce mientras le sonríe—, no creo que vendan jugo de moras aquí —le menciona divertido; y ella reacciona riendo ligeramente—. Tranquila, yo estaré bien; además, no nos quedaremos mucho tiempo.
—Eso es cierto —le sonríe ella—. En veinticinco minutos, nos vamos —puntualiza sonriente—. Creo que deberíamos llamar a Dena para saber cómo está Tom.
—Tom ha de estar bien, Liana; además, ellos ya han criado a dos hijos; tienen mucha más experiencia que nosotros —le precisa divertido—. Solo disfrutemos de estos veinticinco minutos.
—Sí, tienes razón —le susurra ella—. Entonces, ¿qué hacemos? —nos cuestiona de pronto.
—¿Podríamos brindar? —nos propone Austral (de quien me había descuidado). Y digo que me había descuidado porque no sabía en qué momento, había bebido tanto Whiskey en tan poco tiempo y prueba de ello era el desregular contenido de la botella.
—Me parece buena idea —secunda Liana al alzar su vaso de batido de fresa—. Salud por una noche agradable —precisa la mujer y, de forma inmediata, todos respondemos salud en una sola voz.
Luego del brindis, los cuatro comenzamos a conversar de cosas triviales, las cuales se volvieron interesantes. El hombre y la mujer que nos acompañaban eran bastante brillantes; y eso me motivaba a estudiar mucho cuando empezara la universidad. Entendía algunas cosas que comentaban sobre matemáticas, ya que había llevado el curso de matemáticas avanzadas en el colegio, así como logré llevar cursos virtuales de esa rama (cursos gratuitos que ofrecían algunas universidades por muy corto tiempo, lo cual era ideal para mí, ya que esos cursos, generalmente, eran grabados, así que podía estudiarlos cuando yo pudiese y, generalmente, lo hacía después de acostar a Ángeles).
La charla estaba amena y notaba que Austral se estaba divirtiendo mucho con la conversación (había una complicidad entre las dos mujeres) y, siendo sincero, el esposo de Liana resultó ser muy agradable (serio por ratos, pero su esposa se encargaba de hacerlo sonreír hasta que logró relajarse por completo). En fin, todo estaba marchando bien; sin embargo, sin poder evitarlo, ya que Austral no tenía ánimos de recibir sugerencias, ella parecía estar un poco embriagada (lo cual me preocupaba, ya que, después de todo, pude notar que estaba bebiendo de esa manera, como medio para olvidar la discusión que haya tenido con su familia).
—Austral…
—Estoy bien, Kansas, no te preocupes —me pide—. Estoy en mis cinco sentidos —aclara firme al observarme para después, darme un beso—. Pregúntame lo que quieras y te responderé —me sonríe.
—¿Te parece si… consumimos un poco menos? —le propongo sutil; y ella me sonríe—. Mañana tenemos que viajar; recuérdalo…
—Está bien, tomaré menos —promete.
—Gracias —expreso al tiempo en que coloco un mechón de su cabello detrás de su oreja.
—¿Me das un beso? —me pregunta de pronto al hacer un puchero (lo cual era otro signo de que ya no debía beber más).
—Solo si eso significa que esta será la última copa…
—¿Estás condicionando nuestros besos? —inquiere un tanto indignada.
—Ven, dame ese beso —le pido; y ella sonríe para después, terminar de acortar la distancia y besarme con como solo ella sabía.
—Me gustó mucho —susurra al separarse de mí.
—Y a mí —le contesto sonriente—. Y sé que te va a molestar lo que te voy a decir, pero…
—Está bien, será mi última copa —precisa al interrumpirme; y, escucharla decir eso, me tranquiliza.
—Gracias…
—Gracias a ti por cuidarme —responde al mirarme de una manera distinta y, luego de ello, presiona sus labios sobre los míos—. Te quiero, Kansas White…
—Y yo a ti, Austral Foster —expreso sincero; y ella me sonríe para, de forma instantánea, acercarse a mí para reglarme otro de sus besos; sin embargo….
—¡Aaaaah! ¡Amo esa canción! —exclama al tomar distancia.
—¡Por dios! ¡Yo también! —enfatiza Liana, muy emocionada al comenzar a mover sus brazos al ritmo de Gimme! Gimme! Gime! de ABBA (canción que apenas se estaba empezando a reproducir).
El ver a ambas mujeres emocionada, me provoco sonreír, pero, sobre todo, sonrío porque veo a Austral reír con total liberta al tiempo en que se para de su asiento para comenzar a bailar sola en la misma mesa.
Austral no era una perfecta bailarina, pero disfrutaba lo que estaba haciendo y eso, me hacía feliz.