Capítulo 2

Desde aquel momento en el que le prometí a Nicolás tomar un café con él, pasaron varias semanas, en las cuales su visita era una de las mas recurrentes del local. Poco a poco ambos cogimos confianza y casi todos los días nos sentábamos a charlar e incluso ya teníamos una hora establecida: las cinco de la tarde se había convertido en nuestro momento perfecto. Sí, una hora en la que el sol empezaba a ocultarse y la luna reclamaba su espacio en el cielo.

Como si hubiese un antes y un después en el mismo día, cada vez que él llegaba; yo observaba la metamorfosis que le ocurría al cielo en aquel corto lapso de tiempo, como el día se transformaba en noche y, al igual que el cielo, así actuaban mi cuerpo y mis emociones.

Nicolás se acercó mucho a mis hermanas. Patricia dejó a un lado algunos de sus prejuicios y dejó de verlo como un "bicho" raro; en cuanto a Alejandra, ella lo aceptó desde el primer día. Me sorprendí a mí misma al darme cuenta del gran cuarteto que logramos crear en tan poco tiempo.

Todas las tardes, los cuatro nos sentábamos a charlar, compartíamos experiencias vividas a nuestra corta edad y algunas anécdotas familiares. La química entre Alejandra, Nicolas y yo era muy evidente; sin embargo, Patricia mantenía cierta distancia con Nicolás, que él no era capaz de cruzar. El comportamiento de la menor de las gemelas no me sorprendía en lo absoluto, sabía muy bien como era la <<pecas>> de reservada.

Me coloqué el horrible delantal azul, amarré mi larga cabellera negra en una coleta alta. Finalmente, había llegado el momento de trabajar; todas las tardes, después de salir de unas apasionantes clases de pedagogía en la universidad, ayudaba a mis hermanas con el negocio familiar.

Alejandra se había esforzado mucho por darle un mantenimiento decente al café, realmente, asumió su rol como la hermana mayor. Sin embargo, su motivación iba más allá de darnos una vida digna tanto a Paty como a mí, ya que Alejandra era un alma apasionada por el café y todo lo que el local representaba para nuestra familia.

Patricia y yo habíamos decidido seguir con nuestros estudios. Por mi parte, decidí perseguir mi sueño de ser maestra, así que opté por la carrera de pedagogía en la universidad, por el contrario de Patricia, ella era una fiel amante de los libros; pero nuestro corto presupuesto impidió que mi hermana estudiara en la universidad. Ante esta situación, Paty emprendió el camino de la educación autodidacta.

En años anteriores, había tratado de convencer a Alejandra de seguir nuestros pasos para que buscara de alguna forma el estudio; no obstante, la negatividad presentada por la mayor de las gemelas me hizo desistir en mi propuesta y desde ese momento no me volví a involucrar en sus decisiones.

Alejandra se colocó frente a mí, sus labios se movieron; pero no entendí ninguna de sus palabras. Arrugué mi cara y ella de inmediato captó que no logré comprender nada lo que me había dicho gracias al bullicio del lugar.

Se acercó más a mí y me dijo:

—Beca, ya es hora de atender el local. Patricia te esta esperando y no solo ella…— hizo una pausa suspensiva.

—¿Quién más? — Me hice la tonta, desde luego, la respuesta era más que obvia.

De reojo eché un vistazo al lugar y me percaté de que Nicolás me veía a lo lejos. Con mi tan característico gesto de tomar unos cuantos mechones de cabello y esconderlos detrás de mis orejas, como si de una niña inocente se tratara, le sonreí y me acerqué peligrosamente hasta su mesa.

Nicolás me sonrió, sus hoyuelos se marcaron a la perfección, se veía tan tierno que daban ganas de comerlo a besos y su sonrisa… uff su sonrisa era capaz de derretir, no solo a mujeres, también al mismo sol.

Cuando me acerqué a él, su tierna mirada cambió, ahora me veía con otros ojos; no con los ojos de un inocente niño. Su mirada se parecía mas a la de un hombre, sin embargo, no era capaz de engañarme, sabía muy bien que bajo esa tenue mirada se escondía el tierno Nicolas.

Ajusté el delantal, por momentos se me encogía y mis piernas quedaba al descubierto. Nicolás notó mi gesto e hizo un largo recorrido con sus azulados ojos.

—Así te queda bien. No hay necesidad de que lo ajustes tanto.

Su comentario me hizo sonrojar. Para desviar su atención. Empecé a carraspear mi garganta simulando tener una pequeña alergia.

—Estoy bien, no te preocupes — dije, al ver que él trató de darme un pequeño vaso de agua.

—Me gustaría que te sentaras. Te he traído algo. — Nicolás se levantó de la silla y, como todo un caballero, me apartó asiento.

—¿A mí me has traído algo? — Miré a todos lados para verificar que no se trataba de una broma. Sin embargo, todo transcurría con normalidad. Patricia atendía a los clientes, Alejandra preparaba el café y el lugar estaba transformado en un bullicio, sí todo normal.

—¿Por qué no dices nada? Ya pasaron cinco minutos y sigues viendo el lugar como una tontita.

Le dediqué una mirada asesina a Nicolás. El intentó disculparse por su comentario, sin embargo, por ser él dejé pasar esa <<caricia>>.

—No tienes porqué disculparte. Solo no lo vuelvas a hacer.

Nicolás se sonrojó, estaba avergonzado. Tomó su mochila, por lo desaliñado que se veían sus cuadernos, estaba casi segura de que acababa de salir de clases. Sacó un libro de un gran grosor, parecían tres biblias unidas. Con nula delicadeza, colocó el libro en la mesa y esta tembló debido al gran peso del libro.

—Es tuyo, lo he conseguido con mama — dijo orgulloso.

En mi intento fallido por mover el libro, por poco derramo el botecito con agua de Nicolás. Me sentí una ilusa, nunca antes un hombre, en este caso niño, me había regalo algo. A pesar de las fuertes críticas que mi subconsciente le realizaba Nicolás, el logró su cometido: hacerme sentir especial, tan especial que mis manos a duras penas podían sostener el obsequio debido a mi nerviosismo.

—Muchas gracias. — Intenté de disimular mi asombro, pero me era muy difícil guardar mis emociones. En ese instante todo y todos desaparecieron. Mis ojos solo podían ver a Nicolas, mis oídos solo podían escuchar sus palabras y mi tacto solo podía sentirlo a él; su aroma se adueñó de mi olfato y todo el me invadió.

—De nada. He notado que te gusta mucho tu carrera y decidí dártelo, porque… —hizo una pequeña pausa para acariciar mis manos.

—Gracias —repetí ilusionada.

—Por nada, espero y este regalo simbolice un gran inicio.

Mi cabeza intentó moverse por si sola, sin embargo, mi cerebro retuvo mis instintos carnales. No podía ser tan ilusa como para creerme la dueña de su corazón, cuando apenas me había dedicado unas palabras que podían ser mal interpretadas. Su noble gesto no necesariamente simbolizaba un amor romántico, quizá era un símbolo de amistad. Los hombres y las mujeres también pueden ser amigos, ¿no?

Capítulo 3

Con una sutileza, que ni yo misma sabía que poseía, me levanté de la silla. Y con una disimulada mirada, me percaté de que Nicolás observaba mis pechos que más que pechos parecían unos pequeños limones.

Con suma vergüenza, me aferré al libro para intentar cubrir mis pechos Al darse cuenta de mi gesto, Nicolás desvió su mirada hacia el bote con agua que tenía en sus manos y empezó a apretarlo de forma nerviosa.

—Debo seguir atendiendo. —Me di media vuelta y, cuando estuve cerca de dar mi primer paso, el chico me tomó entre sus brazos y por poco caigo encima de su cuerpo.

—¿Por qué siempre te tienes que ir? — Nicolás tomó mi cabellera negra que, entre sus blanquecinas manos, se veía más oscura.

—Siempre hay mucho trabajo que hacer. Es de nunca acabar.

Un picor recorrió cada célula de mi cuerpo y moví el cuello como si me estuviera intentando quitarme el estrés. Poco a poca retiré sus manos de mi cintura para que no se sintiera rechazado.

—Comprendo, Rebeca. —Nicolás escondió sus manos atrás de su espalda. Al ver que habíamos llamado la atención de la mayor parte de clientes, sus mejillas se enrojecieron.

Nuevamente, fingí un picor en mi garganta para acabar con el momento incomodo y, de inmediato, lo clientes se enfocaron en lo suyo.

—Ahora si debo irme —dije para escabullirme de aquella incómoda situación.

—¿Me puede traer un café?; si esa es la única forma de estar un tiempo más contigo, podrías traer veinte más.

Una ilusa sonrisa se formó en mi rostro, ¡vaya que para poeta no se ganaría ni un tan solo euro!

—Está bien, te traeré veinte tazas de café; pero cada una en diferente día, para que así me visites a diario.

Le guiñé un ojo y salí rumbo a la cocina. Aunque, normalmente, mis hermanas eran las encargadas de la preparación del producto; no tenía la mínima intención de que prepararan el café de Nicolás, ya que estaba dispuesta a prepararlo yo misma.

En lugar de abrir la puerta como toda una persona civilizada, guiada por las emociones de una chica ilusionada, decidí tirarla e hice que se estrellara contra la pared. Mis hermanas se exaltaron y por poco tiran la jarra de café al suelo.

—¡Dios mío!, ¡qué te pasa? — Patricia tocó el pecho de Alejandra—. Vas a matarla de un susto…

Patricia cerró la boca como si le hubiesen cortado el aire y yo le reproché con la mirada. La menor de las gemelas sabía muy bien el porqué de mi molestia, pues ambas estuvimos presentes cuando un fuerte dolor se apoderó del pecho de Alejandra y no eran más que señales de un infarto. Desde ese día, era un tema intocable.

—No te preocupes, Paty, estoy más que bien — expresó Alejandra. Nos regaló una sonrisa a ambas.

Agradecí al cielo porque las dos salieron de la cocina y así no les explique por qué mi efusivo comportamiento. A mi manera, preparé el café pedido por Nicolás y me dirigí en busca de la mesa en la que el se encontraba.

—Aquí esta tu café. — Coloqué la taza en la mesa y me senté justo enfrente de él. Observé como sus labios le dieron un pequeñito sorbo al café, sus mejillas se sonrojaron debido al calor.

—Está demasiado caliente, pero me gusta. — Ese "me gusta" salió un poco forzado.

Fruncí el ceño y le dije:

—Yo misma lo preparé, así que debe gustarte —ordené y Nicolás empezó a tomar el café como si se tratara de agua. Aunque mantuve mi expresión seria, muy en el fondo estaba disfrutando verlo como un niño regañado.

—Ya te dije que estuvo muy bueno. — Nicolás empujó el platito, en el cual estaba el café, hacia mis manos—. Gracias por sentarte conmigo un momento más.

Cuando Nicolás estaba a punto de levantarse, arrastré la factura por la superficie de toda la mesa y se la entregué.

—Es el costo del café. Ya sabes, en los negocios no existen amigos ni familiares.

Nicolás tomó el papel y sus azulados ojos se expandieron. Enrolló la factura y la guardó en el bolsillo de su pantalón.

—Rebeca… — dijo con voz apagada y yo me preocupé por él. Me levanté de la silla para auxiliarlo; su rostro palideció. Me alteré tanto que con mi cadera fui capaz de mover la pequeña mesa y por poco caen los platos que había en ella.

—¿Qué pasa?, ¿estas bien? —pronuncié en un susurro, no quería que nadie escuchara nuestra conversación.

—Por poco lo olvido, no puedo pagarte el café —dijo avergonzado, yo respiré profundo y me relajé. Cerré mis oscuros ojos y los abrí lentamente en señal de alivio —. Mi madre no está muy bien de salud y he gastado todo el dinero de estos días.

—Nicolás… — llevé una mano hasta mi pecho y respiré. Miré a todos lados y, por suerte, no llamamos la atención de nadie, lo que me daba plena seguridad de que nuestras palabras quedaron entre nosotros —, ¿todavía tienes dinero para pasar estos días?

Él se encogió de hombros y tocó los bolsillos de su pantalón

—No, Rebeca.

—¿Por qué no me lo has dicho antes?

—Hasta ahora que vi mi billetera lo recordé. — El chico agarró su cabellera rubia con desesperación.

—¡Dios mío! — Intenté bajar el tono de voz — ¿Tu mamá necesita algo?

—No lo sé, el doctor no me ha dicho nada. No sé si tendré que comprar algo.

—Bueno, no te preocupes. Por favor, espera aquí; en unos minutos regreso.

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Los amores de Rebeca

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