Capítulo 2

Nos vimos a los ojos e hicimos lo único que no habíamos hecho. Nos besamos. No fue un beso tierno, tampoco muy apasionado. Fue tan solo una forma de agradecernos el placer que nos habíamos dado.

No quería dejarlo ir de entre mis piernas, pero era claro que el momento había terminado, así que lentamente me moví por sobre él y regresé a mi asiento.

Me quedé recostada ahí sin tapar mis senos o acomodar mi ropa, él tampoco guardó su miembro ni subió sus pantalones. Simplemente nos quedamos ahí uno junto al otro, recobrando energía.

La luz de algún auto grande pasó junto a nosotros y nos devolvió a la realidad. Me cubrí el pecho antes de levantarme y él se subió los pantalones. Levantamos los respaldos y acomodamos los asientos. Terminé de acomodar mi ropa interior que estaba completamente mojada.

Alcancé mi bolsa del asiento de atrás, saqué mi cepillo, mi agua pulverizada, mi maquillaje. Comencé a acicalarme mientras él me observaba.

—Te ves mejor despeinada y esos labios se ven mejor alrededor de esto —me dijo mientras ponía una mano sobre su pantalón.

Increíblemente mi vagina se estremeció con sus palabras y él lo sabía. Me sonrió con malicia y encendió el auto.

En el camino yo solo pensaba en el placer que había sentido, en la locura de lo que había hecho con un completo extraño, pero sin culpa. Me sentía como una cualquiera y, honestamente, estaba encantada con la idea.

—¿Lo disfrutaste? —Me dijo sacándome de mis pensamientos.

—¿Ahora es cuando pides que te digan lo bueno que eres y esas cosas que alimentan tu ego? —Le pregunté sarcástica. Aunque lo cierto es que él había sido increíble, pero no sé lo diría, por lo menos no tan fácil.

Soltó una carcajada.

—Eso no hace falta que me lo digas con palabras, ya me lo ha dicho tu cuerpo, pero no me refiero a eso. Me pregunto si disfrutaste portarte como una cualquiera. Porque, a menos que me equivoque, fue tu primera vez.

Me quedé sin palabras, parecía que leía mi mente tal como leyó mi cuerpo mientras lo jodió como él quiso. Y es que tal vez yo lo había iniciado, pero lo cierto es que fue él quien me hizo como quiso.

—Sí —le dije honestamente —lo disfruté mucho y sí, fue la primera vez.

—Quizá no sea la última. A veces, ya que te entregas así y sales de ese closet, no quieres entrar jamás.

Quería sentirme ofendida por sus palabras, pero escucharlo hablarme de ese modo tenía un efecto directo en mi entrepierna.

De cualquier forma quise respingar al respecto, pero justo al empezar mi diatriba me interrumpió.

—Si no dejas de decir cosas sin sentido, tendré que castigarte.

Sentí cómo fluía mi excitación, estaba mojada de nuevo.

—¿Castigarme? ¿Cómo? —Pronuncié con la poca voz que encontré en mi interior.

—Quizá un par de nalgadas, para empezar.

Él seguía conduciendo sin parecer afectado por la conversación. Yo no sabía qué hacer, estaba completamente fuera de mi elemento, pero sabía que quería sentir sus manos en mi trasero, castigándolo.

Tenía una noción de lo que hablaba, siempre había querido probarlo, pero mis parejas solían ser muy aburridas en la cama. Incluso la forma en que se había cogido mi boca, con fuerza y haciéndome sentir dolor, era algo que siempre había querido que me hicieran. Aunque nunca imaginé que lo haría y menos en un arrebato de locura.

Pero ahí estaba este hombre que se había cruzado en mi camino por casualidad, del que pensé que me aprovecharía para apagar mi calentura y luego lo desecharía. Me había llevado al punto exacto en el que quería estar.

—Pues castígame —Aventuré.

Soltó otra carcajada.

—Sí que eres una zorrita caliente. Sería un placer educarte para que aprendas quien manda. ¿Ya estás caliente de nuevo? —Preguntó mientras metía su mano entre mis piernas para sentir lo mojada que ya estaba. —Lo sabía.

Yo gemí.

—Silencio.

Me mordí el labio para evitar hacer más ruidos. Y abrí más mis piernas con la esperanza de sentirlo hasta adentro.

—No tan rápido, guapa, ya tuviste mucho placer por esta noche, así que ya no vas a correrte.

¿Qué? Pensé, ¡¿cómo puedo evitarlo si estoy a punto?!

Pero entonces se detuvo.

Casi le reclamé, pero cuando me giré para verlo sus ojos estaban clavados en mí, me sentí tan cohibida que bajé la mirada.

—Así me gusta —Me dijo y empezó a mover sus dedos en mi interior nuevamente tan solo para detenerse cuando me sentía cerca de llegar al orgasmo.

—¡Oh, vamos! —Dije con frustración.

—Quizá si me lo pides de buen modo, deje que te corras.

¿Y eso qué significa? Me preguntaba mientras él empezaba de nuevo.

—¡Por favor! —Le dije suplicante cuando volvió a detenerse.

Volvió a poner sus dedos a trabajar y ahora con más fuerza.

—¿Por favor qué? —Preguntó en tono enérgico.

—¡Por favor! Deja que me corra —La desesperación en mi voz era palpable.

—Solo te correrás si yo quiero —me dijo.

—¡Por favor!

—Por favor, señor. Tienes que hablarme con respeto.

Dijo esa última frase con parsimonia, como intentando hacer que entrara letra por letra en mi cerebro para que entendiera bien lo que estaba pasando.

Y lo entendía. Durante un tiempo fue una inquietud personal saber sobre esas relaciones basadas en el poder, pero simplemente había leído o visto algunas cosas en internet.

Mil cosas pasaron por mi mente, la mayoría sin sentido no tenía mucha idea de lo que significaba, aunque lo imaginaba. Estaba tan excitada, pero él paraba en el momento justo para evitar que me corriera. Giré mi rostro para verlo y esa mirada penetrante seguía sobre mí, aunque ahora veía un poco más en ella, veía complicidad, así que lo dije.

—Por favor, señor, deja que me corra.

Sonrió y se movió con más intensidad dentro de mí hasta que por fin me dejó llegar al orgasmo. Me temblaron las piernas, me estremecí completa, gemí de auténtico placer.

Sacó su mano de mí, la acercó a mi boca y metió uno de sus dedos para que probara el sabor de mi excitación. Después llevó esa mano a su boca y chupó uno a uno los dedos que habían estado dentro de mí.

—Me gusta cómo sabes. Me encantará hacerte correr sobre mi cara.

—Oh, eso me encantaría —dije pensando en voz alta y luego me mordí la lengua por haberlo dicho.

Él rio nuevamente.

Apenas fui consciente de que nos habíamos quedado detenidos otra vez, cuando empezamos a andar de nuevo.

—¿En dónde vives? —Me preguntó y sin ser del todo consciente le respondí, estábamos realmente cerca y yo no sabía qué es lo que iba a pasar, cómo iba a terminar esta locura que estaba viviendo.

Hicimos el último trayecto en silencio.

Llegamos a mi calle y le indiqué en dónde detenerse. Él se estacionó justo afuera y apagó el coche.

Permanecimos en silencio algunos minutos, yo no sabía si salir corriendo o volverme a echar entre sus brazos.

—Tienes potencial —me dijo mientras yo veía firmemente hacia mis manos. —Si quisieras, podría ayudarte a explorar tus límites. No imaginas el placer que puedes llegar a sentir de la mano de alguien que te trate duro, tal y como te mereces. Pero ten cuidado —dijo mientras con su mano levantaba mi rostro hacia él —no todos los extraños te tratarán tan bien como yo, no tomes riesgos innecesarios.

Me sonrió casi con ternura.

—Y admito que me sorprendiste, eso no me sucede a menudo. Has sido un verdadero placer.

Me besó rápidamente en los labios. Se volteó, abrió la puerta del coche y salió.

Yo no terminaba de regresar en mí cuando él terminó de rodear el auto y abrió mi puerta. Sobresaltada empecé a aventar todo apresuradamente dentro de mi bolso, me giré y tomé la mano que me extendía para salir del auto. Me puse de pie con dificultad mientras él sonreía divertido. Caminamos hasta la puerta de mi casa y yo seguía sin saber qué decir. Rebusqué mis llaves sin éxito, de tan nerviosa que estaba. Me quitó el bolso y lo sostuvo frente a mí para que pudiera buscar con calma.

¡Basta! Me dije a mi misma. ¿Quieres calmarte? ¡Estás haciendo el ridículo!

Respire profundamente con los ojos cerrados para tranquilizarme. Cuando los abrí él me observaba aún divertido. Le sonreí. Saqué las llaves por fin, abrí mi puerta y me giré hacia él.

—Gracias por… todo —dije sinceramente.

—Gracias a ti, fue una noche singular.

Se acercó de nuevo a mí para otro beso rápido, pero lo detuve y lo hice más largo, más intenso, apretándome contra él y sintiendo su nueva erección contra mí.

—¿Quieres pasar? —le dije sin pensarlo realmente.

—Quizá después —dijo y me invadió una profunda decepción. Pero él volvió a besarme y me perdí en su boca. Lo rodeé por el cuello con mis brazos y él me recargó en la pared, levantando una de mis piernas para frotar su erección contra mi vagina. Sentí una urgente necesidad de volver a tenerlo dentro de mí, pero después de un tiempo dejó mi pierna bajar.

Nos separamos y me quedé medio frustrada, pero volvió a besarme con una especie de ternura que me hizo calmarme. Después los dos nos sonreímos, finalmente había sido un gran encuentro, aunque yo no quería que terminara.

—Cuídate —Me dijo simplemente, dio la vuelta y caminó hacia su auto. Al abrir su puerta levantó su mirada hacia mí por última vez y me sonrió. Después subió a su auto, lo encendió y sin más, se fue.

Lo vi dar la vuelta antes de entrar y cerrar.

Fui dejando mis cosas en el camino y mi ropa por el piso. Me fui directo hasta el baño y puse a llenar la tina. Vacíe sales en el agua y mientras se terminaba de llenar, regresé desnuda por mi bolso, pasé a la cocina por una botella de vino, una copa y un cenicero. Busqué en mi bolso mi cajetilla de cigarros y puse algo de música antes de ir de regreso al baño y acomodar todo en la mesita junto a la tina. Ahí serví el vino y me bebí una copa de un trago, estaba sedienta. Me serví de nuevo. El agua llegó al punto que quería así que cerré la llave, me metí y dejé que me cubriera por completo, solo dejando mi cabeza fuera. Estiré mi mano en busca de un cigarrillo y lo encendí. Di una larga bocanada para llenar mis pulmones y exhalé lentamente.

Las escenas que acababa de vivir se recreaban nítidamente en mi mente.

¿En qué demonios estaba pensando?

“No todos los extraños te tratarán como yo”, me había dicho.

Y era cierto, me pudo tocar algún loco y las cosas no hubieran terminado tan bien. Pero no quería pensar en lo que hubiera sido, prefería quedarme con lo que fue. Y fue maravilloso.

Bebí más vino y seguí fumando mientras recreaba todo en mi memoria. Parecía tener miedo de olvidarlo. Mientras lo hacía me tocaba como si él lo hiciera. Me sentía excitada, pero no llegaba a nada, “solo te correrás si yo quiero” sus palabras daban vueltas en mi mente.

Sí, señor, dije en voz alta. Dejé de tocarme. Y sentí mucho placer al dejar de hacerlo.

¡Todo era tan confuso!

Estuve en la tina hasta que me acabé el vino.

Me envolví en una toalla y luego alcancé otra para mi cabello y caminé a mi habitación. Fui al tocador para secarme el cabello y cuando me senté frente al espejo me quedé viendo mi reflejo. Mi pecho estaba rojo por el agua, pero al mismo tiempo distinguía algunas marcas, recordé sus mordiscos, sus labios chupándolos con fuerza. Recorrí las marcas con mis dedos y sonreí.

Después de secar y cepillar mi cabello, lo amarré en una cola y me fui a la cama. El frío de las sábanas sobre mi cuerpo desnudo me hacía estremecer, pero me encantaba la sensación. Bajé el volumen de la música sin apagarla y me acomodé entre las almohadas.

—Enrique —dije en voz alta.

De la nada vino a mi mente su nombre, pensé que lo había olvidado pues no le puse mucha atención cuando me lo dijo al devolverme mis cosas, pero ahí estaba, había llegado a mi mente.

—Enrique —repetí. Y fue lo último que escuché antes de caer en un profundo y placentero sueño.

Capítulo 3

Desperté agitada, sudorosa y con la mano en mi vagina. Aún sentía el placer recorrer mi cuerpo y sonreí. Me estiré largamente sin abrir los ojos aún, quería disfrutarlo un poco más.

Cuando por fin abrí los ojos y miré el reloj en mi buró, vi que era casi medio día. Sonreí de nuevo. Después de meses durmiendo apenas un par de horas, por fin pude tener una noche de largo y placentero sueño. Estaba segura de que tenía que ver con mi locura de la noche anterior.

Tomé mi teléfono y la realidad me alcanzó. Había olvidado que no servía por el golpe de la noche anterior, así que lo conecté con la esperanza de que reviviera con un poco de carga. Puse música de nuevo y fui a la cocina por algo para desayunar, moría de hambre.

Mientras preparaba algo sencillo me puse seria conmigo misma y analicé a conciencia mis acciones previas.

1. Tener sexo con un extraño no es necesariamente malo, pero sí debería tener más cuidado al hacerlo, una nunca sabe con quién puede encontrarse.

2. Tuve sexo con condón. Lo cierto es que él lo tenía, pero estaba muy segura de que si no lo hubiera tenido, lo hubiera hecho de cualquier manera. Años cuidándome en lo sexual y pude haberlo arriesgado todo por una calentura, me sentí como una chica de secundaria.

3. Llevé a ese extraño hasta la puerta de mi casa, incluso le había preguntado si quería entrar. Ok, no podía imaginar que Enrique fuera un maniático predador sexual que me estaría acechando a partir de ahora y del que podría sufrir algún daño, pero tenía que admitir que podría existir esa posibilidad.

Vaya, ahora sí que se había esfumado toda sensación de placer de esa noche. Bueno, no me sorprendía, yo misma terminaba siempre con cualquier cosa que me hiciera ligeramente feliz. Ni modo. Debía analizar los hechos objetivamente y aún había un par en mi mente.

4. Lo llamé, señor. Le rogué que me llevara al orgasmo. Lo dejé que me tratara como una mujerzuela. Y, por sobre todo eso, me encantó hacerlo.

Sentí un cosquilleo en mi entrepierna. Vaya, ¿cómo podía tener ese efecto en mí, con tan solo recordarlo? En realidad, nunca me había sentido así con nada ni con nadie.

Dejé mi comida en la mesa y fui a mi habitación por mi computadora. Regresé al comedor, la encendí y abrí el navegador. ¿Qué debería buscar?

Lo pensaba mientras comía un bocado y no podía decidirme.

Probé con algunos juegos de palabras que involucraban, sexo, poder, dominación, etc.

La cantidad de respuestas me abrumaba, la mayoría de las cosas que llamaron mi atención se relacionaban con sumisión y prácticas de ese tipo. Al final me fui a la “confiable” Wikipedia.

Leí mientras comía, pasando de una página a otra, encontrando definiciones, estudios, noticias, imágenes muy explícitas, términos que no conocía, otros que tenía mal entendidos. Luego encontré algunos foros.

Me detuve en uno de esos foros sobre BDSM y empecé a explorar, había testimonios, literatura, preguntas, imágenes. Sin pensarlo demasiado me registré y no pasó mucho tiempo antes de empezar a recibir mensajes. Varios tipos se ofrecían a hacerme su “perrita” y a educarme. Me causó un poco de gracia. Los leí todos, pero no respondí a ninguno. Ni siquiera sabía qué decir, pero supe que en realidad algo tan extremo no me gustaba.

Seguí vagando en los foros. Encontré temas muy interesantes y me llamaban particularmente la atención las opiniones de otras mujeres que se denominaban sumisas. Entendí que en realidad era un mundo muy vasto y, sobre todo, que no es algo que haces de noche a la mañana. Hay que entablar confianza con la pareja, hablar de los gustos, límites y realizar un consenso sobre cómo llevar a cabo una “sesión”. Vaya, al final lo que había tenido anoche fue solo un juego comparado con todo lo que leía en ese momento. Admito que me sentí un poco decepcionada, pero al mismo tiempo reafirmé esa idea de que cosas tan intensas en realidad no eran para mí.

Cerré la computadora, limpié el desayunador y me fui a la ducha. Abrí el agua y entré de inmediato, sin importarme que estuviera fría, de hecho lo prefería. Quizá era justo lo que me hacía falta para dejar de fantasear y olvidarme de todo este asunto de una vez por todas.

Mientras me bañaba escuché sonar el teléfono de casa y entró el contestador.

“Hola, guapa, ¿estás en casa? Te llamé al celular sin respuesta, solo quería confirmar el cine para hoy en la tarde. La película empieza a las cinco, pensé que podríamos vernos como a las tres para comer algo antes o quizá un café, tú decide. Llámame”.

Aaggh... Había olvidado por completo esa “cita”. Justo en ese momento no me apetecía salir y aguantar la charla de ese tipo que quería llevarme a la cama, pero no se atrevía a pedirlo. Pero bueno, sería una distracción de mis actuales pensamientos.

Salí de la ducha, tomé el teléfono y le llamé, en pocas palabras le expliqué que mi teléfono estaba muerto, pero que estaba bien, nos veríamos en el café que estaba junto al cine a las tres.

Me vestí sin mucho ánimo con lo primero que encontré, no quería impresionarlo o que creyera que me interesaba por vestirme bien para él, y se notaba: jeans, tenis y una playera. Me sequé el cabello y lo amarré en una coleta sin siquiera pensar en algún peinado elaborado.

Saqué una bolsa del closet y luego busqué la cartera, mis cigarros y el labial para guardarlos en ella junto con mi celular, que seguía sin encender. Apagué la música y me dirigí hacia la puerta.

Mientras abría la cerradura sentí un nudo en el estómago.

¿Y si estaba ahí? ¿Qué tal que si en verdad era un maniático sexual que me esperaba en la puerta para atacarme? Quizá se sentía con derecho después de cómo me había portado por la noche.

¡Tranquilízate, Ariana! Siempre exageras, me dije a mí misma. Aun así, me acerqué a la mirilla de la puerta y claro, no se veía nadie. Resoplé y abrí la puerta. Me detuve en el umbral y observé hacia todos lados, pero no lo vi. Un rastro de decepción se asomaba en mi interior, pero lo deseché de inmediato. Terminé de salir y cerré bien con llave antes de irme.

Decidí ir caminando al centro comercial, tenía tiempo y mientras lo hacía observaba a las personas que encontraba en el camino. ¿Cómo será su vida sexual? Me pregunté. Quizá no tan aburrida como la mía. Y entonces imaginaba escenarios para cada persona. Al tipo alto y delgado le gusta salir con chicas pequeñas. A esa señora le gusta salir con hombres jóvenes. Esos jóvenes tendrían ese día su primera vez. Esa pareja con hijos tiene siglos sin hacerlo. Me divertía.

Cuando llegué a la plaza me encaminé al centro de atención para que revisaran mi teléfono, al parecer el golpe fue demasiado fuerte y necesitaba alguna reparación que podían hacer ese mismo día, menos mal. Lo dejé y salí a recorrer la plaza, tenía mucho tiempo antes de ir a mi cita, así que hice algunas compras. Entré a la librería y me dispuse a perder mucho tiempo vagando entre los pasillos descubriendo algo que fuera interesante. Ya llevaba varios libros encima cuando recordé que en el foro vi algunas recomendaciones de lecturas sobre temas de sexo no convencional, así que fui a una sección de sexualidad y revisé varios títulos. Encontré un par que llamaron mi atención y decidí que eso era suficiente por el momento. Fui a la caja y pagué mientras la cajera veía un tanto sorprendida, dos de los cinco libros que llevaba, supuse que el sexo siempre sería un tabú.

Tenía aún casi una hora antes de mi cita, así que aproveché para hacer algunos pagos y comprar más cosas. Mientras caminaba pasé por una tienda de ropa que siempre me había gustado, pero en realidad sentía que no iba conmigo o con mi vida. Pero ese día sentí un impulso y entré.

Recorrí los pasillos y rebusqué entre las prendas. Un par de pantalones ajustados que imitaban piel acapararon mi atención igual que otros negros que parecían de látex. Busqué mi talla. Después un par de blusas con el escote pronunciado, otra con la espalda descubierta y con adornos llamativos.

La tienda también vendía ropa interior y encontré un par de corsés que me remitieron a las imágenes que vi en internet, los tomé igual que un liguero y lencería en encajes en color negro o rojo.

Una chica se me acercó y me preguntó si quería probármelo, me entró un poco de pena, así que le dije que no, que no era para mí. Quizá mi mentira fue tan obvia que ella se rio y no insistió, solo se ofreció a llevarlo todo a la caja. Mientras caminábamos algo más atrajo mi atención. Una gargantilla de piel negra con un dije de plata. No era particularmente especial, pero de nuevo revivió imágenes que había visto en alguna página de internet: una chica atada de piernas y manos con cuerdas en ropa de piel negra que apenas la cubría, llevaba un collar como ese que resaltaba porque tenía la cabeza echada hacia atrás, pues la mano de un hombre tiraba de su cola de caballo, mientras con la otra mano apretaba sus senos.

Otro cosquilleo.

La empleada me observaba y me preguntó si quería verlo. Le dije que no, aunque quería decir que sí. La verdad es que de nada serviría si no tenía a ese alguien que tirara de mi cabello. Salí de mi ensoñación y fui a la caja a pagar.

Ya era casi la hora de la cita, así que no tendría tiempo de ir a dejar las compras a casa, odiaba llegar tarde, aunque sin ayuda de mi asistente siempre se me complicaba estar a tiempo. Me encaminé hacia el café y al subir por las escaleras eléctricas algo llamó mi atención.

En el elevador que bajaba junto a las escaleras vi a un hombre alto de torso ancho, atlético sin ser musculoso, cabello oscuro con algunas canas, iba recargado en la pared con una pierna cruzada frente a la otra y las manos despreocupadas metidas en los bolsillos de sus jeans negros. Algo en él me hizo pensar en Enrique. Primero creí que era ridículo, no lo veía de frente y solo porque físicamente se asemeja a él ya pensaba que estaba ahí. Pero quería verlo.

El elevador llegó abajo antes que yo al final de la escalera y él salió detrás de una chica con su brazo rodeándola por la cintura. En mi mente parecía más un modo de guiarla que un gesto cariñoso. Caminaron alejándose de donde yo estaba, dándome la espalda. Repasé la plaza en mi mente y deduje la salida a la que podrían dirigirse. Eché a correr en esa dirección, debía dar varios giros por la forma en que estaba construida la plaza, así que apuré el paso, bajé un par de escaleras haciendo que la gente se hiciera a un lado, molesta. No me importó. Cuando llegué a la planta baja me puse de puntas tratando de verlo, pero no lo conseguía, quizá habían entrado en alguna tienda. Caminé buscando desde afuera entre aparadores sin éxito. Entonces me desanimé y pensé en lo ridículamente que me estaba comportando. Suponiendo que fuera él y lo hubiera alcanzado, ¿qué? ¿Me acercaría? Le diría frente a su novia, esposa, lo que sea: ¡Hola! ¿Te acuerdas de mí? Me diste la cogida de mi vida anoche en tu coche.

Solté una carcajada. La gente me miró extrañada, pero no me importaba. Suspiré profundamente y empecé el camino de regreso al cine. Casi inconscientemente volví la mirada hacia atrás una vez más y los observé salir de una de las tiendas del final. Sin meditarlo di la vuelta y caminé en su dirección, cada vez más rápido. Ya habían salido de la plaza y un coche se detuvo ante ellos, eché a correr los últimos metros y llegué justo cuando ella terminaba de subir al auto por la puerta de atrás, sin duda era el mismo coche en el que habíamos cogido anoche, aunque ahora conducía alguien para ellos.

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Lo que una chica quiere

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