Capítulo 2

Murió mi noveno hijo.

Yo también morí, desangrada en el frío y húmedo sótano de la bodega.

El último recuerdo que tuve fue el rostro de Mateo, mi esposo, frío y sin emociones, mientras me quitaba al bebé de los brazos.

"Isabela, este es el último. Con la sangre de este niño, Catalina se recuperará por completo. Nuestra deuda estará saldada".

Luego, renací.

Me encontré de pie en el umbral de mi humilde casa en los Andes, con el sol de la tarde calentando mi rostro.

Frente a mí estaban los padres de Mateo, los poderosos dueños de las bodegas Valles de Sol. Sus rostros estaban llenos de desesperación y súplica, idénticos a como los recordaba.

"Señorita Isabela, por favor, se lo suplicamos", dijo la madre de Mateo, con lágrimas en los ojos. "Nuestro hijo, Mateo, tiene una enfermedad degenerativa. Los médicos dicen que no hay cura. Solo usted, con el don de la Pachamama, puede salvarlo".

Su padre asintió, con la espalda encorvada por la angustia. "Le daremos todo lo que pida. Riqueza, estatus, nuestra gratitud eterna. Cásese con él, sálvelo".

En mi vida pasada, estas palabras me llenaron de una tonta esperanza. Conocí a Mateo en mi juventud, en un encuentro fugaz que me hizo creer en el amor a primera vista. Acepté su propuesta, creyendo que su corazón era mío.

Qué ingenua fui.

Ahora, con los recuerdos de nueve partos forzados y la imagen de mis hijos sacrificados grabada en mi alma, solo sentía un frío glacial.

Miré a los ancianos desesperados y pronuncié las palabras que había anhelado decir durante años de tormento.

"El destino tiene sus propios caminos. Será mejor que empiecen a organizar su funeral".

Los padres de Mateo se quedaron helados, sus rostros pálidos por la incredulidad.

Antes de que pudieran responder, una voz arrogante y llena de desprecio resonó desde el lujoso auto estacionado detrás de ellos.

"¿Qué clase de tonterías estás diciendo, bruja?"

Mateo salió del coche. Era tan joven y apuesto como lo recordaba, pero sus ojos contenían la misma crueldad que me había atormentado hasta la muerte.

Él también había renacido.

Me miró con odio. "Sabía que eras una charlatana. Solo quieres más dinero. ¿Cuánto te pagaron mis padres para que montaras este numerito?"

Me reí, un sonido hueco y sin alegría.

"Dinero", repetí, saboreando la ironía. "Créeme, Mateo, ni toda la riqueza de tu familia podría pagarme por lo que me hiciste".

Me di la vuelta, dispuesta a cerrarles la puerta en la cara.

"No te atrevas a darme la espalda", gritó él. "¡Tú me perteneces! ¡Tu poder es para mí!"

Me detuve y lo miré por encima del hombro.

"Ve y dile eso a tu amada Catalina. Quizás su sangre impura pueda salvarte esta vez".

Capítulo 3

La mención de Catalina hizo que el rostro de Mateo se contrajera de furia.

"¿Cómo te atreves a mencionar su nombre? No eres digna".

"Ah, pero lo soy", respondí con calma. "Sé todo sobre ella. Sé de su vida promiscua antes de conocerte, de las enfermedades que contrajo. Sé que su útero es tan delgado como el papel y que nunca podrá darte un hijo".

En mi vida pasada, descubrí estas verdades demasiado tarde, después de que él usara el falso aborto de Catalina como excusa para culparme y comenzar su sádico ritual.

Mateo se quedó sin palabras, su arrogancia reemplazada por una conmoción absoluta.

Sus padres me miraron con una mezcla de horror y comprensión. Ellos sabían que yo decía la verdad, pero siempre fueron demasiado débiles para enfrentarse a la obsesión de su hijo.

"En nuestra vida pasada", continué, mi voz tan afilada como un cuchillo, "me acusaste de causar su 'aborto'. Me encerraste y me obligaste a parir nueve hijos para ti. Usaste su sangre pura para intentar curar a una mujer cuya alma está podrida hasta la médula".

Cada palabra era un golpe. Vi el pánico en los ojos de Mateo.

"Estás loca", siseó, pero su voz temblaba.

"No, Mateo. Estuve loca de amor por ti. Ahora, solo estoy libre", dije, y cerré la puerta.

Escuché sus gritos y golpes en la madera, pero no sentí nada. El amor que una vez sentí por él había muerto junto con mi noveno hijo. Esta vez, elegiría mi paz.

Los días siguientes fueron tranquilos. Volví a mi rutina, atendiendo a los aldeanos, cultivando mis hierbas y conectando con la energía de la Pachamama.

Pero la paz duró poco.

Una semana después, camiones de construcción llegaron y comenzaron a trabajar en el terreno baldío junto a mi casa. La familia de Mateo había comprado la tierra.

Poco después, se mudaron a una casa recién construida, una mansión que chocaba grotescamente con la humildad del paisaje andino.

Y con ellos, vino Catalina.

La vi por primera vez desde mi renacimiento un día mientras cuidaba mi jardín de hierbas medicinales. Era alta y delgada, una modelo de pasarela fuera de lugar en las montañas. Se aferraba al brazo de Mateo, mirándome con un desprecio mal disimulado.

"Así que esta es la curandera", dijo su voz, tan artificial como su apariencia. "Parece más una campesina sucia".

Mateo se rió. "Te lo dije, mi amor. No es nada. Solo una charlatana desesperada por atención".

Sabía que lo hacían para provocarme, pero yo simplemente los ignoré y seguí trabajando. Mi indiferencia pareció enfurecerlos más que cualquier insulto.

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Libre del Monstruo que Amé

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