Capítulo 2
Los ojos de Leo casi se salieron de su órbita al descubrir que la chica que acababa de llegar era idéntica a la que había visto en su sueño. De inmediato parpadeó para enfocar bien, pero no había duda de que era la misma persona.
—¡Buenos días! ¿Ya está lista mi puerta? —preguntó la joven un poco agitada, dirigiéndose a Jacob.
—Buen día, usted es Maddie Scott, ¿no? —contestó el padre de Leo con amabilidad.
—Sí, soy yo, mucho gusto —respondió la joven risueña, mientras ofrecía su mano derecha a Jacob.
—El gusto es mío, Jacob Brown, del taller de "Brown e hijo" —respondió el padre de Leo, mientras respondía al saludo de Maddie con una sonrisa—. Ya trajimos su puerta, ¿dónde quiere que la coloquemos?
—¡Excelente! Podrían instalarla en lugar de esa puerta —aplaudió emocionada Maddie, al tiempo que señalaba la vieja puerta blanca que estaba en la entrada del inmueble—. La verdad ya está muy desgastada y no me gusta mucho.
—Con mucho gusto, en un momento se la instalamos —dijo Jacob y luego se dirigió hacia el vehículo mientras le hacía señas a Leo para que bajara de la camioneta.
De inmediato, el chico pelirrojo descendió del vehículo para ayudar a su padre con la descarga de la puerta. Mientras lo hacía, pensaba: «Lástima por la puerta, no combina con el diseño de la casa».
Pronto sus pensamientos se vieron interrumpidos al sentir que esa joven tenía puesta su mirada en él. Sin embargo, el joven pensó que tal vez esto era producto de su imaginación y lo ignoró inmediatamente.
En tanto, Jacob no se percató de esta situación, así que continuó con su labor sacando la caja de herramientas del vehículo y disponiéndose a preparar todo para instalar la puerta.
Posteriormente, ambos hombres se dispusieron a retirar la vieja, en tanto que Maddie entró a su casa. Después de unos minutos, regresó para ofrecerles jugo de naranja.
—Mil disculpas si los hice esperar antes. En recompensa, les ofrezco un vaso de jugo —dijo con una dulce voz.
—No se hubiera molestado, no esperamos mucho —contestó Jacob con caballerosidad, mientras tomaba el vaso de jugo—, pero muchas gracias.
Después, Maddie se acercó a Leo con una enorme sonrisa para ofrecerle el jugo. El tímido muchacho no dijo nada y tomó el vaso con indiferencia. Mientras bebía el zumo, notó que ella se había quitado la sudadera y tenía puesta una blusa de tirantes color blanco de licra que hacía resaltar su busto.
Al ver esto, el chico pelirrojo desvió la mirada para enfocarse en el jugo. Cuando terminó, devolvió el vaso con un gesto de agradecimiento. Jacob hizo lo mismo y ambos continuaron trabajando. Luego de un rato, el padre de Leo exclamó con frustración:
—¡Rayos! Traje las brocas equivocadas, creo que voy a regresar al taller.
—No te preocupes, puedo ir por ellas rápido —propuso Leo con diligencia.
—No, quédate, yo iré. Regreso en unos minutos —ordenó Jacob, que de inmediato se retiró sin dar oportunidad a su hijo de protestar.
Cuando Maddie notó que el muchacho estaba solo, se acercó con la intención de hacerle plática.
—¿Se fue el señor Jacob? —preguntó con curiosidad.
—Ajá —contestó Leo con frialdad, sin voltear a ver a Maddie.
En realidad, el chico pelirrojo se sentía inseguro de estar solo con una mujer como Maddie, ya que le hacía recordar a aquellas chicas de sus años escolares que lo despreciaban solo por su color de piel.
Aunque Leo se mantenía distante, esta frialdad provocó que Maddie sintiera más interés por conocerlo. Era la primera vez que se topaba con un chico que la ignoraba de esa manera, pues siempre tenía la atención de los hombres.
En un principio pensó que su actitud era porque el chico pelirrojo era gay, luego se dio cuenta de que en realidad el joven carpintero solo era tímido, así que decidió continuar con su plan de hacerle plática.
—Veo que no hablas mucho —dijo de manera atrevida, mientras se acomodaba el cabello detrás de su oreja, revelando su largo y delgado cuello.
Ese movimiento hizo que Leo tragara saliva y su ritmo cardíaco aumentara, al grado de que sus orejas se pusieran rojas. Para mantener la calma, trató de enfocarse en su trabajo.
—Ah... lo siento, no soy muy bueno charlando —contestó, mientras estaba inclinado intentando sacar los tornillos de forma manual.
Maddie, quien era buena observadora, notó que Leo la evitaba porque estaba demasiado avergonzado. Entonces una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro y pensó: «Este chico es oro puro». Sin perder el ánimo, se agachó para estar al nivel de su objetivo para volver a atacar.
—¡Oh! Bueno, yo tampoco soy buena charlando. Si conozco a alguien que me inspire confianza, no paro de hablar —dijo con la intención de que Leo baje la guardia.
«¿Le inspiro confianza?», pensó Leo al escuchar esto, ya que siempre pensaba que su apariencia era desagradable para que alguna chica sintiera confianza de hablar con él.
—Si tú lo dices, supongo que parezco confiable —respondió Leo manteniendo su expresión estoica.
—¡Así es! —reiteró Maddie—, me pareces buena persona y creo que tienes cosas interesantes qué contar —recalcó la joven atrevida mientras trataba de pensar qué decir para mantener la plática—. Por cierto, ¿Tú hiciste la puerta?
—Ajá — contestó Leo, quien luchaba con un tornillo que estaba desgastado, complicación que lo ayudó a mantenerse concentrado.
—Ya veo, realmente te quedó hermosa —dijo Maddie, mientras se acercaba para observar a Leo trabajar, mostrando a propósito un poco su escote—. ¡Eres muy hábil! Supongo que tu padre te enseñó el oficio.
Maddie sabía que alabar las habilidades de Leo lo ayudaría a romper con su inseguridad y así conseguir acercarse a él. Su interés en ese chico era tal, que no quería descansar hasta que él cayera en sus redes.
Por su parte, el inocente Leo apenas podía mantener la calma con el elogio y sus orejas lo traicionaron de nuevo al teñirse de rojo intenso. «¿Acaso esta chica está coqueteando conmigo?», pensó un tanto contrariado.
Al ver que el joven pelirrojo estaba en aprietos y no hablaba, Maddie continuó con su ataque frontal.
—¡Vaya! Para ser carpintero, veo que tienes unas manos muy lindas —expresó, al mismo tiempo que agarró la mano derecha de Leo.
Justo en el momento en que sus manos se tocaron, una especie de descarga eléctrica los sorprendió.
Capítulo 3
—¡Ay! —gritó Maddie sorprendida, apartándose inmediatamente.
—¿Estás bien? —preguntó Leo preocupado, que también había sentido el choque eléctrico, pero olvidó el malestar para enfocarse en su adolorida anfitriona.
—Sí, ¿qué fue eso? —contestó la joven aturdida, mientras observaba a su alrededor para descubrir la causa del choque eléctrico.
—Al parecer nos electrocutamos —respondió Leo, que también dirigió la mirada al piso para determinar lo que originó la descarga—. Pero, es extraño, ya que no hay algún cable o dispositivo que transmita la energía eléctrica.
Al no encontrar la causa, Maddie decidió irse a la sala para sentarse en el sofá con tal de tomar aliento, mientras Leo se quedó en la puerta mientras la miraba con preocupación.
En ese momento, Maddie volteó a verlo y notó que el chico lució demasiado afligido, así que sonrió para tratar de calmarlo.
—¡Ey! Tranquilo, ya pasó —respondió mientras extendía su mano para invitarlo a pasar—. Entra y toma asiento mientras esperamos a tu papá.
Esta proposición hizo que Leo se congelara, ya que era la primera vez que estaría solo en una misma habitación con una chica.
—¡Oye! No muerdo, acércate —insistió Maddie, que no aceptaba un "no" por respuesta.
—Estoy bien aquí, gracias —respondió Leo con timidez, evitando mirarla a los ojos.
—¡Ven! O quieres que vaya por ti —ordenó con malicia.
Esto provocó que las mejillas del chico pelirrojo ardieran de vergüenza, que por un momento dudó antes de hacer caso a la petición de Maddie.
Cuando al fin se decidió, sus nervios lo traicionaron, provocando que sus pies tropezaran con la alfombra y cayera frente a Maddie.
Al ver que Leo caía pesadamente, Maddie se sorprendió tanto, que se levantó rápidamente para ayudarlo.
—¡Oh por Dios! ¿Estás bien? —gritó asustada.
Esta situación avergonzó tanto a Leo, que en su desesperación trató de mantener su rostro escondido para evitar mirarla. Sin embargo, la hermosa anfitriona reaccionó rápido, tomándolo de los brazos, contacto que dejó en blanco su mente.
Por un momento, Leo se perdió en el hermoso rostro de Maddie, que era igual de precioso que el de la waifu de su videojuego favorito "Liga de Guerreros".
En cambio, Maddie estaba tan preocupada, que no se fijó que el chico pelirrojo estaba embelesado mirándola, y solo se enfocó en revisar que este no hubiera sufrido daño. Mientras hacía esto, comenzó a preguntarle con desesperación.
—¿Estás bien? ¿Te hiciste daño?
Las preguntas de la chica hicieron que Leo saliera de su ensoñación y volviera a avergonzarse por su actitud torpe.
—No —respondió desviando la mirada.
—¿No qué? ¿Estás herido? Vi que la caída fue muy fuerte —insistió Maddie.
—No te preocupes, no me pasó nada —reiteró nerviosamente.
—¡Uf! —suspiró de alivio la joven trigueña, para después comentar con fastidio—. Definitivamente esa alfombra es peligrosa, quienes me visitan por primera vez siempre tropiezan con ella. Es mejor que la cambie.
—¡No! No es necesario —exclamó Leo apenado, pero luego desvió la mirada para ocultar su cara de vergüenza.
Al ver que el chico que tenía enfrente se comportaba como un inocente niño, Maddie tuvo un sentimiento extraño. Aunque en un principio quería acercarse a él para convertirlo en su siguiente conquista, desde ese momento supo que él era completamente diferente a otros hombres con los que había estado. Entonces pensó que debía cambiar la estrategia y ser cautelosa con él.
—No te preocupes, no la cambiaré —sonrió para tranquilizarlo—. Bueno, veo que tu papá está tardando mucho, ¿qué te parece si platicamos en lo que esperamos?
—Oh... está bien —contestó el chico pelirrojo, que trataba de mantener la distancia con Maddie.
—Por cierto —señaló la chica risueña—, no me has dicho tu nombre. Tú sabes el mío, me gustaría saber cómo te llamas.
Sorprendido por la pregunta, Leo sintió que su corazón latía con emoción y los músculos de su garganta se atoraron. Entonces tosió para tratar de calmarse.
—Cof... cof... Me llamo Leonard.
—Leonard… —repitió Maddie pensativa—, es la primera vez que conozco a alguien con ese nombre. ¡Me gusta! Y creo que es perfecto para ti. Supongo que debajo de esa gorra hay una maravillosa melena rojiza... —señaló Maddie mientras tomaba por sorpresa a Leo al quitarle la gorra, revelando su melena pelirroja.
El chico quedó congelado ante tal movimiento, mientras que la atrevida joven quedó impactada al ver la cabellera rojiza que se perdía entre la barba tupida de Leo.
Luego de un instante, se dio cuenta de que los ojos tristes de Leo revelaban la razón por la que mantenía oculta su melena. En ese momento sintió un enorme deseo de ayudarlo a recuperar su autoestima destruida.
—¡Wow! Pareces un león, ¿alguien te lo había dicho antes? —trató de alabarlo con una sonrisa amigable.
Al escuchar esto, Leo no pudo articular alguna palabra y solo giró su rostro para señalar que su respuesta era no.
—¡Oh! Supongo que esta gorra era para ocultar tu hermoso cabello, pero creo que no es necesario. Incluso si vistieras con una camisa de cuadros roja con pantalones de mezclilla, podrías hacer el cosplay de un leñador —aseveró Maddie en un tono gracioso, mientras trataba de desviar la atención y relajar al temeroso chico que tenía enfrente.
Sin embargo, al ver que este no reaccionaba, intentó hacer un último movimiento para evitar que Leo volviera a su caparazón.
—¡Oye! ¿Y si brindamos por nuestro primer encuentro con una cerveza?
—Lo siento, no me gusta —respondió fríamente Leo, levantándose del sillón y acercándose a la puerta—. Continuaré con mi trabajo, no tarda y llega Jacob.
El repentino cambio de actitud de Leo sorprendió a Maddie, por lo que intentó disculparse y recuperar la atención de Leo.
—Perdón, no quería ofenderte. ¿Te parece si comenzamos de nuevo?
Esto último hizo que Leo se detuviera. Su mente estaba tan confundida, que luego de pasar por ese mal rato, solo pensaba en terminar el trabajo y no volver a saber más de esa mujer que parecía tener intenciones de burlarse de él.
Por su parte, Maddie se sentía avergonzada por haber actuado de esa manera, así que se dirigió a él para restablecer la relación que apenas comenzaba a nacer.
—Si me perdonas, ¿podríamos ser amigos?