Capítulo 2
La velada no acababa, y como nada era de acabar a medias en esos tiempos, encontraron al cochero herido de un puñal cerca de la entrada, el pobre hombre se habría de haber arrastrado hasta el lugar para dar con el mensaje; ''Que aparezca el conde''. Inmediatamente la gente no tardó en notar que faltaban los papeles principales de la noche; Woodgate y la mayor de las Hamilton, como siempre, nadie se había preguntado dónde había ido a parar Victoria, quizás, hasta hubiesen pensado que estaba merodeando la mansión o dando alguna que otra crítica al decorado de la fiesta, como era propio de las Browning.
—Hay que salir Victoria, se darán cuenta que falto, y allí afuera hay un bullicio —dijo Carlisle mientras espiaba por la cerradura de la puerta que sucedía afuera del cuarto de limpieza. Por los pasillos, iban y venían decenas de pies, de aquí para allá, sin dar lugar a conjeturas sólidas —.Saldré yo primero. Procura salir después, y que no te vean —concluyó antes de terminar de alistar su pañuelo como si éste no hubiese estado cerca de los labios de Victoria en la última media hora.
—Claro que no me haría ver. No es propio de mí tener aventuras con el prometido de mi amiga en el cuarto de la limpieza. La verdad es que prefiero las habitaciones más grandes. —aclaró. Carlisle la observa con gesto reticente antes de deslizarse cuidadosamente por los pasillos devuelta al salón.
Pero la desaparición de Carlisle era lo menos importante de la noche, su sola presencia pasó a ser algo más del decorado. Todos se encontraban haciendo un círculo alrededor del hombre que yacía en las escaleras de la entrada, donde logró arrastrarse, intentando colar las palabras y armar un croqui de lo que quería advertir. Otros, preocupados porque alguien había apuñalado al cochero, más que del cochero en sí, solo querían salir corriendo a por sus carruajes, pero temían, por supuesto, salir afuera y encontrarse con el culpable de semejante acto de crueldad.
—Tranquilos señores, recordemos que somos personas civilizadas y que aún en un desconcierto como éste, podremos actuar de forma deliberada. —acudió a decir el conde Woodgate.
—¿Es que ud pretende que nos mantengamos calmados mientras alguien ha cometido una barbarie frente a nuestras narices? ¡Lo lógico sería abandonar la mansión! —agregó el conde Lugo.
—Por eso mismo les aconsejo tomar con calma la situación, para que más actos de barbarie no se sigan cometiendo. El culpable puede estar ahí afuera y así mismo me dejaría de llamar hombre si dejara salir a mujeres y niños a donde un criminal podría andar suelto.
Se entendía el desquicie de la multitud, la velada había sido más que inoportuna, y ya se veían venir en las primeras planas, el escabroso escándalo de esa noche. Ahora mismo, el cochero, se encontraba entre la vida y la muerte, más allá que acá, intentando balbucear con un hilo de voz, el mensaje completo, mientras en agonía, logró recordar al ver a la Sra Hamilton, que la mayor de sus hijas había sido llevada a fuerza por los criminales.
—Srta Hamilton... —consiguió decir el hombre. La Sra Hamilton junto a la menor de sus hijas, Esme, observaba al hombre con confusión y miedo, miedo quizá de lo que vendría a decir después. —Se llevaron a la Srta Hamilton.
La multitud no tardó en rodar la mirada a las ahí presentes Hamilton, que dicho sea de paso, faltaba la principal, recién llegada de América, Gladys Hamilton. Su madre, Elizabeth Hamilton, se llevó la mano a la boca, mientras su hermana no tardó en romperse en llantos. Para cuando Victoria Browning había aparecido en escena, la multitud ya lamentaba la pérdida de una de las hijas solteras de la alta sociedad. Mientras tanto, el hombre se dejó ir, consciente quizás, de que su presencia no habría sido tan protagónica jamás como esa misma noche, que al fin y al cabo dio rienda suelta a la imaginación y al morbo de muchos de los presentes.
Por más que buscaron y buscaron, Gladys Hamilton era una figura de humo. ¿Quién había sido capaz de llevarse a la recién llegada? ¿Había sido esto un secuestro con propósitos de dinero? Desde luego que eso era lo que se esperaban, esa misma noche iba a nacer una nueva dinastía si todo hubiese salido a la perfección. Un Woodgate comprometido con una Hamilton atraería más riquezas a las familias, y con ello, también envidia. ¿Pero era profundamente el dinero lo que le importaba a estos criminales? Las lagunas no tardaron en aparecer.
Victoria Browning se encontraba al día siguiente leyendo las primeras planas de los periódicos, suscitando la vaga esperanza de que en alguno de los títulos apareciera su nombre junto a su amado Woodgate, mencionando quizás el arrebato de pasión que habían tenido en el cuarto de limpieza. Luego, se sintió mal al ver que sus sentimientos mezquinos y vanidosos estaban desviándola del eje central de los postulados de todas las noticias del día; La desaparición de su amiga de la infancia, Gladys Hamilton.
— ¿Es que acaso podría ser más trágico que te secuestren antes de que anuncies tu compromiso en público? —le comentaba a su madre mientras tomaban el té.
—En mi opinión no debiste asistir anoche. Imagina si esos criminales te hubiesen visto, hasta pudiste haber sido tú en vez de esa niña con aires de americana. —le reprochó su madre, mientras tomaba un sorbo de té.
—Ni lo digas. Yo no creo poder haber asistido a un evento tan catastrófico desde aquel vals donde Verónica Sellers casi se atraganta con una aceituna en pleno banquete.
— ¿Esa muchacha sigue estando igual de gorda?
—Me habían contado de que ahora ha adelgazado tanto que se le nota las clavículas, siempre las tapa con un pañuelo, pero las mucamas han contado lo que han visto una vez le sacan el corsé. —comentó Victoria.
—Quizás sufrió un aborto. Por suerte tú, mi niña, siempre has mantenido una figura espléndida de connotaciones nupciales. —agrega la Sra Browning. Victoria se detiene un momento en las palabras de su madre, y se pregunta a si misma porque con todo esto y más, aún le costaba tanto ser aceptada por el único hombre al que amó.
Mientras tanto, los Woodgate se encontraban de camino a la mansión en donde habían sido presentes de un secuestro silencioso la noche anterior. Carlisle se sentía apenado por el secuestro, pero entendía que era un problema de los Hamilton que ni él ni su familia tendrían que ver, y muy profundamente, junto a sus penas y a su culpa, se encontraba un cierto regocijo que trataba de acallar, un suspiro de alivio porque entonces aún no tendría que comprometerse. Sin prometida no hay casamiento, pensó.
—Ahora que ha pasado esto del secuestro, hay que brindarnos en completo apoyo emocional a las Hamilton. —sugería el conde Woodgate. Mientras su esposa, la Srta Van de Woodsen asentía a la brevedad.
— ¿Iremos a dar el pésame? —preguntó Carlisle.
— ¡Carlisle! ¿Cómo dices? ¡Pero si el pésame se da cuando alguien está muerto! —refunfuñó el conde.
—Lo siento, eso ha sido descortés.
—Del todo descortés, esperamos que tengas modales frente a las Hamilton desde ahora. —le ordena su madrastra, de unos pocos años más de su edad. Carlisle hizo silencio, y no solo porque se acercaban a las aceras de la mansión, sino también porque no tenía ganas de discutir. Ahora mismo, por muy egoísta que sonase el alegrarse del secuestro de lo que sería su prometida, Carlisle se sentía en libertad de estar feliz porque ahora mismo no tendría la obligación de comprometerse.
Los portones de la mansión Hamilton se abrieron para dar entrada al carruaje que llevaba a los Woodgate. Una vez dentro de la mansión, fueron presentes de la primera vista al mundo después de su pérdida, a Elizabeth Hamilton y a su ahora única hija Esme Hamilton.
—Sra Hamilton, Srta. —saludó cordial el conde mientras se sacaba el sombrero en gesto cortés, Carlisle le parecía agresivo tener tanta cortesía en un día como este, hasta le parecía un poco indecoroso que estén la mañana siguiente al día que pasó todo.
—Conde. —hicieron reverencia madre e hija. Prosiguieron a llevarlos al jardín a tomar el té, según Elizabeth, era mucho más confiable hablar de temas personales de la familia en el jardín, puesto a que no había puertas y paredes en dónde la servidumbre pudiera esconderse a escuchar.
—¿Recibió noticias sobre su hija? —preguntó Carlisle rompiendo el silencio, el conde Woodgate le dirigió una solemne mirada, pero demasiado tarde, las Hamilton ya se encontraban desconcertadas.
—No, lamentablemente, solo sabemos lo que logró decir el cochero —aclaró Elizabeth — .Esperamos tener noticias, desde luego todo debe ser por una suma de dinero y luego esperamos tener a Gladys devuelta.
—Desde luego que así será. —instó el conde y devuelta vuelve a mirar a Carlisle, intentando callar todos sus pensamientos, y diciéndose a si mismo que su único hijo hombre debería poder obedecerlo con tan solo mirarlo.
—Claro que a Gladys le hubiese encantado anunciar el compromiso con su hijo, Sr Woodgate. —intentó decir Elizabeth para mantener la cordialidad —.De hecho, Esme hablaba con Gladys la noche en la que fue secuestrada y ella le había comentado su entusiasmo por el compromiso.
—Pues creo que hablo en lugar de mi hijo, cuando digo que a él también le hubiese encantado comprometerse con una de sus muchachas.
—Usted siempre las ha criado tan refinadas y tan educadas, ya me hubiese gustado tener hijas así a mí, pero por supuesto, aún no he tenido la gracia de ser madre —contó la Sra Van De Woodsen.
—Es un gran halago, después de todo no es fácil criar hijas mujeres en esta época. —comenta Elizabeth.
—Siempre nos debatimos quien había criado mejor a sus hijas, si Ud o la Sra Browning. Pero claro que usted y su refines le ganan por mucho.
—Ohh no, que nosotras hemos sido amigas de la Sra Browning y de hecho Gladys solía llevarse muy bien con Victoria Browning, y de no ser porque Gladys es mi hija, diría que la Srta Browning ha hecho un gran labor educando hijas mujeres. —comentó Elizabeth, quien tiene un gran aprecio a la madre de Victoria, Emma Browning.
Mientras tanto, Carlisle observaba la situación y se decía para sus adentros que Victoria era por mucho más mujer que cualquiera de las Hamilton. Y de no ser por su total negación a vivir una vida de casado y dejar de ser libre, hasta hubiese preferido casarse con Victoria, que desde luego hubiese sido mucho más divertida que la ahora desaparecida Gladys, o el traste que ahora se encontraba en frente tomando té, Esme, que no lograba decir ninguna sola palabra sin tener que mirar a su madre. Nada comparada con Victoria, que tenía tanto para decir y por hacer.
—Sra Hamilton, no olvide que nuestro trato sigue en píe. —explicó el conde. —Lo que ha pasado ayer ha sido un desafortunado percance, pero que me atrevo a decir que si concluimos con lo que habíamos empezado desde un principio, eventualmente los raptores aparecerán pidiendo lo que está claro que quieren, dinero.
—Pero no sabemos hasta cuando Gladys seguirá desaparecida. ¿Qué intenta decirnos?
—Lo que intenta decir mi esposo es que si anunciamos el compromiso de igual manera, puede que los raptores de su hija aparezcan pidiendo una suma de dinero a cambio de Gladys. —aclaró la Sra Van De Woodsen.
—No podemos anunciar el compromiso de mi hija desaparecida sin lo primordial, que es mi hija.
—En lo absoluto, si me permite aclararle, no será el compromiso de Gladys con Carlisle, sino el de Carlisle y su hija menor, Esme. —dicho esto, Esme y Carlisle casi escupen el té sobre la mesa. —Nosotros necesitamos a una Hamilton, y usted necesita que su otra hija vuelva. Los malhechores desde luego al ver que se avecina una celebración importante pedirán inmediatamente una remuneración a cambio de entregar a Gladys.
Carlisle ahora mismo miraba la escena atónito. Se preguntaba para sus adentros si era tanta la desfachatez de sus padres de querer realizar el casorio de todas formas, sin mostrar respeto alguno a la tragedia.
—Piénselo, Sra. Hamilton. Acaso, ¿Ud. No quiere que sus hijas se conviertan en señoritas aptas para contraer matrimonio? —insistió el conde Woodgate.
—Conde, claro que eduqué a mis hijas para contraer en matrimonio, tal como me educaron a mí. Y entiendo su querer, pero está pidiéndome que ignore el hecho de que mi hija mayor está desaparecida, y posiblemente en peligro. Mi deber ahora como madre es encontrar a Gladys. —aclaró pertinente la Sra. Hamilton.
—Todos queremos devuelta a Gladys. Pero piénselo, anunciar el matrimonio puede hacer que los raptores pidan sus exigencias más rápido al ver que dos familias podrán pagar el precio. Solo piénselo, todo es cuestión de dinero. —mitigó la Sra. Van De Woodsen.
La Sra. Hamilton se lleva la mano al entrecejo, y se permitió pensar unos minutos. Mientras que al conde se le formaba media sonrisa y para sus adentros carcajeaba con despotismo.
—Está bien. La menor de mis hijas se concederá en matrimonio —logró decir la Sra. Hamilton. —.Además me temo que no tenemos muchas opciones, como verán somos solo dos mujeres y la servidumbre, en una situación peligrosa, mi deber como madre es protegernos. Claro que espero contar a partir de ahora con su protección.
—Y la tendrá. —aseguró el conde a la magnanimidad.
Esme intentó decir algo, pero si intentó o no, no se notó. Puesto a que su madre estaba muy ocupada negociando su futuro, y ahora mismo la menor de las Hamilton se encontraba siendo un extra, un decorado, su opinión poco importaba cuando se trataba de lo que sería su vida en matrimonio. Todas querían ser aptas para un Woodgate, pero la pregunta era... ¿sería lo mismo para ella? Pero confió entonces en lo que aseguraban los Woodgate, si eso traería a su hermana devuelta, lo haría.
Los preparativos para el casorio no iban a tardar en llegar, poco importaba entonces la opinión de alguno de los principales. Las tarjetas de invitaciones se mandaron a repartir a las familias más importantes, claro que el evento no volvería a tener lugar en la mansión Hamilton, ésa mansión por ahora era el símbolo de un catástrofe, de una tragedia, una tragedia que la alta aristocracia no estaba acostumbrada. El evento encontraría lugar en la mansión Woodgate, y esa noche, habría más hombres encargados de la seguridad del perímetro, que invitados a la fiesta. Las tarjetas eran claras, anunciaban textualmente el compromiso de nada más y nada menos que de Carlisle Woodgate y de Esme Hamilton. Si entonces alguien habría de sospechar que el matrimonio fue totalmente planeado, la excusa sería que la noche en la que fue secuestrada Gladys, ya se iba a anunciar el compromiso.
La primera familia en recibir la tarjeta de invitación, fueron las Browning. Claro que se encontraba entonces la Sra. Browning junto a su hija mayor Victoria, con sus hermanas menores, las mellizas Eliana y Adele Browning, de diez años. La mayor de las hermanas Browning, Victoria, fue la primera en abrir la tarjeta en cuanto leyó en la solapa el apellido de su hombre. Y tan pronto fue que la abrió, tan prontas fueron las lágrimas que desearon salir ese día.
Nuevamente, el único heredo de los Woodgate, iba a anunciar su compromiso. Y ésta vez no era una ilusión ni tampoco un rumor, era tan real como los encuentros imprudentes que habían tenido a solas mucho antes de que llegara Gladys de América, incluso antes de eso, Victoria y Carlisle ya habrían dormido juntos, hacía tanto tiempo que habían sido amantes, que a Carlisle le costaba recordar cuando comenzó todo, y todo había comenzado tiempo después de que Victoria se mostrara ante la sociedad como una jovencita de tan solo quince años, desde entonces Carlisle no tardó en depositarle los ojos a aquella mujer tan rebosante de una personalidad dominante. Y nuevamente, su hombre, aquello que era suyo por legítimo derecho, estaba siendo arrebatado por cuestiones que desconocía. Claro que ella sabía muy bien que en el fondo del corazón de aquél hombre no había ninguna Hamilton. Victoria siempre conoció muy bien a Carlisle. Pero ahora mismo solo conseguía preguntarse; ¿Por qué? ¿Por qué una Hamilton y ella no?
Capítulo 3
Rostros desconocidos, miradas pérdidas, y nadie ahí parecía importarle lo que sucedía y dejara de suceder en la alta aristocracia. ¿Sabían de su desaparición? Se preguntó Gladys para sus adentros, mientras viajaba en el tren, a su lado izquierdo la custodiaba Heather. No había escapatoria, a la primera intención de huida, él le cortaría el cuello. Observó de reojo los rasgos de aquél muchacho, no habría de tener un poco más de la edad de su hermana menor Esme. Se permitió pensar un momento en cuál sería el motivo de que un chico de su edad terminara secuestrando jóvenes. ¿Acaso estaría siendo manipulado por el otro joven? ¿Cuál sería el motivo que una a estos dos hombres en una fechoría como ésta?
—No se preocupe mi lady, no falta mucho para llegar. —susurró el joven de cabellos dorados como el sol que ahora mismo entraba por la ventana del ferrocarril. —Esperamos que disfrute el viaje.
— ¿A dónde vamos? —preguntó temblorosa. Gladys estaba haciendo un sacrificio enorme para no largarse a llorar en medio del tren. Temía que ese fuese su último llanto.
De hecho, intentó mirar fijamente a alguno de los pasajeros allí presentes, sostenerle la mirada quizás alguno, y señalarle mediante ellas que algo andaba mal con los hombres que la acompañaban. Pero al contrario de lo que esperó, nadie la miró.
—Ya verá. —dijo el joven con una sonrisa deslumbrante. Gladys observó su perfecto semblante y no tardó en preguntarse el porqué de que un hombre de su índole se volvería un criminal.
Pero acalló sus infantiles pensamientos y volvió a la realidad; ¿La estarían buscando? ¿El hombre que Heather acuchilló habrá llegado a dar el mensaje? ¿Seguirá con vida? El tren se ha parado. El muchacho de los ojos pardos se levanta de su asiento y acto seguido la toma del brazo.
—Heather, ahora la escoltaré yo. —agregó apócrifo el joven. —Además, creo que a la Srta. Le gustaría más ser escoltada por un conde, como todas las hijas de la alta sociedad. ¿No es así Gladys?
—Como si fueses a ser un conde. —replicó beligerante mientras bajaba del tren escoltada en sus brazos.
—Ohh mi lady, claro que lo soy. Nuestro inoportuno encuentro no ha permitido que nos presentemos correctamente. Soy Howard Collingwood. Glagys, impávida, recordó haber escuchado ese mismo apellido hacía tiempo atrás, cuando su padre le comentaba de pequeña que una vez que crecieran tendrían que aspirar a familias como los Woodgate o los Collingwood. Pero tiempo después dejó de escuchar a su padre nombrar a éstos últimos. ¿Podría ser este joven realmente un Collingwood legítimo? Nada habría de raro si lo fuese, pues su aspecto era más bien el de un príncipe.
''Pero los príncipes no secuestran jovencitas'' se respondió instantáneamente.
— ¿A dónde nos dirigimos? —preguntó al verse encaminada hacia la salida de la estación.
—Que pregunta Gladys, por supuesto que afuera. Donde nos espera el cochero. —aclaró el conde, mientras posaba su mano un poco más arriba de su cintura. Gladys intenta quitarle la mano, pero de pronto se ve abrumada por tanta gente mirándola, o mejor dicho, mirándolo.
Las señoritas sonreían suspicaces mientras le dirigían todas las miradas al joven. A Gladys incluso le pareció indecorosa la forma en la que tantas miradas se depositaron en él. Ni siquiera pudo haber pedido ayuda mediante señas, porque su existencia pasó a ser total o parcialmente eclipsada con la presencia de los dos jóvenes allí presentes, que ahora mismo la escoltaban a la berlina más cercana. Se permitió el regocijo, pero solo un poco, para luego terminar volviendo a la realidad, estos jóvenes la habían secuestrado. Nada tenían de galanes. Y nada tenía de dichosa su situación.
—Suba a la berlina, por favor. —dijo con arrullo el joven Heather, quizás con una ternura que Glagys no notaba en un muchacho desde hacía tiempo. Éste le recordó a su hermana Esme, y por un momento hasta olvidó que el mismo joven le había acercado un cuchillo a la yugular la noche anterior.
Gladys sube a la berlina y seguido a ella, el joven cautivador de todas las miradas inocentes de las señoritas de la estación, quizás el adalid de todas las fantasías de las jovencitas de la época.
— ¿Terminó su espectáculo? —comentó con ironía la joven Gladys mientras observaba de reojo a su secuestrador, olvidándose quizás de ése hecho.
—No esté celosa Srta. Gladys. Ninguna de esas jóvenes serían de mi interés.
— ¿Y quién sí? —preguntó, para luego ruborizarse y devolverse a la situación actual. —Disculpe. —consiguió decir. — ¡Ni siquiera sé porque me estoy disculpando!
—Porque me ha planteado una escena de celos digna de intereses románticos. ¿Acaso Ud. Desea eso? Desde luego que Ud. Podría ser de mi interés, aunque en este caso estudiando los roles que estamos llevando por el momento no podemos tener algo. —comentó Howard.
— ¡Claro que no quiero eso! —aclaró ella. Su rostro se tiñó de algo que jamás pensó experimentar, de vergüenza.
—Pues a mí se me ha hecho algo muy tierno de su parte, Gladys. —agregó sin pudicia.
—No quiero tener nada que ver con ustedes. Quiero irme a mi casa. ¿Qué es lo que quieren? ¿Dinero? —comentó asidua. —Si es dinero lo que desean, mi familia e incluso la de mi prometido darán lo que sea, solo pongan un precio.
—Gladys, ¿no lo pillas, cierto? —preguntó mirándola fijamente a los ojos. Ésta vez con una mirada más solemne, como si hubiese cambiado de persona, como si no fuese el mismo que tonteaba con ella hace cinco minutos.
— ¿Pillar qué?
—No queremos dinero. Queremos al conde. —volvió a decir.
''Otra vez con eso'' pensó Gladys.
—Ya le he dicho que mi padre está muerto. Esto que hace no tiene sentido. ¡Solo déjeme ir! —insistió ella. Heather saca su navaja y se la acerca nuevamente a la yugular.
—Srta, obedezca al conde Howard, por favor. —Gladys observa la situación mientras se traga un poco de saliva, ésta, trajinó a través de su garganta lentamente.
—No me gusta ponerme serio, Gladys. ¿Ud. Me quiere ver serio? —preguntó mientras la miraba fijamente, con la mirada fría, como si no tuviese problema alguno de degollarla si fuese necesario. Gladys reniega con la cabeza lentamente con gesto dócil. —Eso espero. Gladys, no tengo miedo de matarla. Su vida me da lo mismo que la vida del cochero que apuñaló Heather el día que la trajimos con nosotros. Sin duda es necesaria, pero no tengo problema alguno en ordenarle ahora mismo a Heather que la aniquile. Por favor, no sea estúpida, y obedezca.
Gladys asintió con la cabeza. Howard le dirige una seña a Heather, y éste, le retira el cuchillo de la cercanía de su yugular.
—Dentro de un momento llegaremos y no quiero sorpresas. No me gustan las sorpresas. ¿Entiende, Srta. Gladys? —Gladys vuelve a asentir con la cabeza. —Y por favor, hable. No me tema. —dice sonriente. Gladys no puede evitar llorar, las lágrimas comienzan a verter.
La berlina se ha parado y eso era señal cada vez más de que estaba muy lejos de casa. Sintió que serían sus últimos momentos de vida. Ahora mismo se encontraba desconcertada, añorando abrazar a su madre y a su hermana Esme, que desde luego debían estar preocupadísimas desde su desaparición. Se preguntó si el joven Woodgate, Carlisle, estaría enfadado. Quizás después de su desaparición previa al compromiso, los Woodgate podrían estar muy enfadados por perder a la esposa para su único heredero. Pero desde luego eso no era un problema. Carlisle era muy apuesto, podría conseguir a alguien mejor que ella para realizar el casorio. Ahora lo que más le preocupaba era como seguirían su madre y su hermana después de su desaparición, ya se vaticinaba las miradas lastimeras de sus conocidos, o los comentarios poco acertados y poco almibarados de las Browning.
— ¿Por qué llora Srta. Gladys? —le preguntó el joven Heather. Gladys sofocada tras una barrera de flema se detiene en él por un instante.
— ¿Qué por qué lloro? Pues por esto, porque más. —dijo seseante. Howard baja y rodea la berlina para poder abrirle la puerta a Gladys.
—Mi amo no la lastimará. —susurró. —Pero manténganse calma, no queremos hacerlo enfadar.
'' ¿Mi amo?'' hizo hincapié Gladys, pero Howard ya le estaba abriendo la puerta con gesto cortés.
—Srta...—dice Howard ofreciéndole su mano para ayudarla a bajar. Gladys se seca las lágrimas con una mano mientras que con la otra le recibe el gesto.
Observó boquiabierta el lugar, era nada más y nada menos que un puerto. A unos pasos se encontraban entre los cruceros más grandes de la época, el crucero con el que se volvió de América. No tardó en reconocer el puerto en el que estaban. Exhaló una nube de vaho. Por fin un escenario conocido. No debía de estar tan lejos del pueblo.
— ¿Y qué hacemos aquí si se me permite saber? —preguntó a Heather, en quien ahora era el que más parecía darle confianza entre los dos. Heather agacha la mirada sin responder.
—Srta. Ud. Se ha ganado un viaje en crucero. No hace falta agradecérmelo. —respondió Howard vehemente.
—Me dan náuseas los cruceros. —consigue decir Gladys en un pobre intento de engañarlos. De hecho había estado acostumbrada a viajar en cruceros desde pequeña, cuando comenzó a ir a América con su padre. Consciente de que no estaban tan lejos del pueblo, su propósito era claro, no alejarse más. Temía quizás, de que no la encontraran una vez se subiese al navío.
—Srta. Gladys, no tema, ni siquiera sentirá que está en uno. Mis barcos suelen ser muy acogedores. —agregó Howard mientras entrecruza su brazo con el de ella y la escolta hacia el navío más cercano.
— ¿Mis barcos? —preguntó ella.
—Son solo una de las muchas adquisiciones como único heredero vivo de los Collingwood. —aclaró con ínfulas.
'' ¿Único heredero vivo? ¿Será que es realmente un Collingwood? No puede ser. Porque un Collingwood estaría haciendo esto.'' Se decía para sus adentros nuevamente Gladys mientras era escoltada al crucero próximo y despedía su última oportunidad de escapar al ver que el puerto estaba vacío, nuevamente, como si el mundo conspirara en su contra y le trajera un montón de desdichas seguidas.
El barco era digno de ser llamado crucero, Gladys observaba abrumada, las cortinas que caían delicadamente en el salón principal dejando entrar un hilo de luz. El techo del salón de baile, con dibujos pintados y detallados quizás por algún pintor de la época. Los retratos de personas que no conocía. Se preguntó si serían algunos Collingwood. Suelos de mármol por todas partes, que daban el toque suntuoso. Las escaleras con detalles tallados en el barandal. Escalón por escalón y aún desde que entraron al crucero no se encontraron con nadie.
— ¿Un crucero sin pasajeros? —instó.
—Le puede llamar mi crucero personal. —respondió Howard con una sonrisa al semblante.
— ¿Y quién maneja el barco?
—Oh, no se preocupe por eso. Tenemos capitán. Pero desde luego no se hará ver. —dice Howard, mientras la toma de la cintura y le susurra algo al oído. —Y no intentes buscarlo.
El escalofrío invadió el cuerpo de Gladys. Sumisa, asintió con la cabeza intentando dar un ''Si...''
—Heather, acompaña a la Srta. A su habitación. —designó Howard, dicho esto el muchacho de los ojos pardos apresura a guiar a Gladys por los pasillos. —No tema, está en buenas manos. —sonrió alegre. ''Ese hombre está loco'' consiguió pensar ella.
Siguió por los pasillos al jovencito, mientras observaba las puertas cerradas a sus costados, se preguntó si estarían trancadas. Inspeccionó durante el trajín cada una de las rutas de escape posibles hasta que llegaron a la habitación principal.
—Aquí es Srta. —dice Heather, indicándole que entre. Una vez dentro, Gladys rodó los ojos por todo el escenario.
—Sin ventanas ehh...—bromeó.
—Por órdenes del amo, debo asegurar la puerta. La habitación tiene baño independiente, así que no será necesario que salga. Si necesita algo, solo golpeé la puerta. Estaré del otro lado. —explicó Heather y posteriormente cierra la puerta con llave.
—Huh...así que esta es la situación...
Gladys entra al baño buscando algo que quizás le sirva para defenderse de sus secuestradores, pero por el contrario, el baño no tenía ni espejos. Descartó la idea tras ver que la habitación había sido probablemente vaciada antes de su llegada, como quien dice, para no dejar cabos sueltos.
Abrumada con la decepción de no poder encontrar, nuevamente, una salida. Decide recostarse en la cama que yacía en el centro de la habitación. Se recostó mirando hacía el techo, y se preguntó si su padre la estaría viendo desde donde esté. Le rezó, y le encomendó a él, encontrar la salida para su apresamiento. Pero él no la oyó. Y no puntualmente porque no estuviese en el cielo, si no, quizás, porque no estuviese muerto.
Dunster, 1873. Sábado. 1:15 am. Bar Los Sombreros.
—Secuestraron a una jovencita en Londres. Y luego uno se lamenta por ser pobre...—explicaba un hombre mientras tomaba una cerveza y leía los periódicos del día anterior.
— ¿Cuál sería el lado bueno de ser pobre? —contestó entre risas su compañero, mientras daba un sorbo de cerveza.
—Vea hombre, yo soy padre de dos niñas. Y por lo menos están seguras ordeñando vacas con la misma edad de estas chiquillas, que luego se les obliga a casarse con tipos de nuestra edad solo por apariencia. —contaba el hombre mientras dejaba de lado el periódico. —Un brindis, por nosotros compadre. Por nuestras familias. Aunque tú estés lejos de la tuya. —esbozó.
El otro hombre se reía, con las mejillas de un color rosado por el efecto del alcohol. Tomó el periódico para leer la noticia y entender de qué hablaba su borracho compañero, entonces, leyó entre líneas y no pudo evitar leer el apellido de la familia damnificada; ''La familia Hamilton''.
Su familia.