Capítulo 2

El grito que salió de la garganta de Lord Alistair Thorne no era un sonido humano, ni tampoco el aullido limpio de un lobo. Era como el estruendo de algo rompiéndose: el tejido de la realidad, la lógica médica y, sobre todo, la integridad de sus propios huesos.

Eleanor Vance no se echó atrás. Sus botas de cuero se afianzaron en la alfombra roja mientras el hombre frente a ella se desplomaba. Los muebles, tallados en caoba y roble, parecían encogerse ante la violencia de su transformación. Alistair se arrodilló, sus manos —que hace un momento sostenían elegantemente el sillón— ahora se hundían en el suelo, las uñas desgarrando las fibras de la lana con un chirrido insoportable.

—¡Atrás! —rugió él, la palabra salió envuelta en una mezcla de saliva y sangre—. ¡Señorita Vance... por el amor de Dios... huya mientras mis dedos todavía... todavía pueden soltarla!

—Guarde sus plegarias, Milord, y escúcheme —respondió Eleanor, su tono tan gélido y preciso como el bisturí que escondía. Se movió con la eficiencia de un general en combate—. El pánico acelera el pulso, y el pulso acelera el veneno licántropo. Respire.

—¿Respirar? —Alistair levantó la cabeza. Su rostro era una máscara de agonía. La mandíbula se le desplazaba hacia adelante, los tendones del cuello tensándose como cuerdas de piano a punto de estallar—. Siento... siento que mi columna es una hilera de brasas encendidas. ¡Me estoy partiendo en dos!

Eleanor dejó su maletín a un lado y sacó un par de correas de cuero reforzadas con remaches de plata. Sabía que las cadenas de la pared no serían suficientes si la instintividad prevalecía sobre la voluntad.

—Es el Loto de Plata —explicó, arrodillándose a una distancia prudente pero firme—. Está luchando contra la mutación. Su cuerpo quiere convertirse en una bestia ciega, pero mi suero está forzando a su sistema nervioso a permanecer consciente. El dolor que siente es la prueba de que usted sigue ahí dentro, Alistair. No le daré el lujo del olvido.

—¡Es usted... una mujer cruel! —gritó el Conde, arqueando la espalda. Se escuchó un crack seco, como una rama de invierno quebrándose. Su camisa de seda se rasgó de arriba abajo, revelando una musculatura que se hinchaba y retorcía bajo la piel, como si serpientes vivas estuvieran atrapadas en su torso.

—Soy una científica, y la ciencia no conoce la compasión, solo resultados —replicó ella, aunque un destello de admiración cruzó sus ojos al ver la resistencia del hombre—. Ahora, pase el brazo por aquí. ¡Ahora!

Alistair lanzó un zarpazo instintivo. Sus uñas, ahora garras negras de tres pulgadas, pasaron a escasos milímetros del rostro de Eleanor. Ella ni siquiera parpadeó. Con una rapidez asombrosa, aprovechó el impulso del Conde para rodear su muñeca con la correa de plata y anclarla a la anilla de hierro empotrada en el suelo.

—¡Maldita sea! —aulló Alistair, su voz volviéndose más profunda y gutural—. ¡Si me suelto... si este metal falla... la devoraré! ¡Veré sus ojos mientras le arranco la vida!

—Entonces asegúrese de que el metal no falle —dijo Eleanor, acercándose tanto que podía sentir el calor ardiente que emanaba de la piel del Conde. Su temperatura corporal debía estar por encima de los cuarenta grados—. Míreme, Lord Thorne. Olvide el bosque. Olvide el hambre. Mire mis ojos. ¿Qué ve en ellos?

Alistair, con la mitad de su rostro ya cubierto por un pelaje oscuro y áspero, enfocó sus pupilas dilatadas en ella. Sus ojos eran dos pozos de ámbar líquido, inyectados en una furia roja que amenazaba con devorar su humanidad.

—Veo... —jadeó, el sudor mezclándose con la sangre que brotaba de sus poros—... veo una arrogancia que desafía al mismo infierno.

Eleanor esbozó una mínima sonrisa, casi imperceptible. —Se llama determinación. Y es lo único que nos separa de los animales que acechan en las sombras de Londres.

De repente, un golpe violento sacudió la puerta doble de la habitación. —¡Milord! —la voz del mayordomo, cargada de un terror mal disimulado, llegó desde el pasillo—. ¡Los caballos! ¡Están rompiendo los establos! ¡Y la servidumbre dice haber visto sombras moviéndose por los jardines del ala este!

Alistair soltó un gruñido que hizo vibrar los cristales de las lámparas de gas. Sus colmillos ya eran visibles, largos y curvados como dagas de marfil. —Dígale... dígale que se largue —logró articular, luchando contra la marea de instinto asesino—. Si entran ahora... no podré... no podré detenerme.

—¡Váyase, Bates! —ordenó Eleanor hacia la puerta—. ¡Si alguien pone un pie en esta habitación antes del amanecer, no me haré responsable de lo que quede de él! ¡Traiga más agua y déjela en el umbral, nada más!

Se hizo un silencio pesado afuera, seguido por el sonido de pasos apresurados alejándose. Eleanor volvió su atención al monstruo que tenía enfrente. Alistair ya no era un hombre, pero tampoco un lobo completo. Era algo intermedio, una quimera de pesadilla atrapada en un espasmo eterno.

—El suero está alcanzando su cenit —susurró, tomando una esponja fría y pasándola por la frente del Conde—. Su mente está separada de su cuerpo. Es una disociación química. Dígame algo, Alistair. Algo que solo un hombre recordaría. No deje que el lobo gane el silencio.

Alistair cerró los ojos, sus garras enterrándose en la alfombra hasta alcanzar la madera del suelo. —El... el perfume de mi madre —susurró, con una voz que sonaba a rasguño de piedras—. Olía a jazmín y... y a lluvia. Y el sabor del jerez en el club... y el sonido de las hojas secas en el parque St. James...

—Bien. Siga. No se detenga.

—Siento... siento el hambre, Eleanor —sus ojos se abrieron de golpe, fijos en su cuello, donde el pulso de la vena carótida latía con una regularidad tentadora—. Es como un vacío absoluto en el centro de mi ser. Quiero... quiero romper este mundo en pedazos. Quiero sentir el calor de la carne viva entre mis dientes.

Eleanor no se apartó. De hecho, se inclinó más hacia él, desafiando la lógica del instinto de supervivencia. —Esa hambre no es suya. Es un parásito. Usted es el anfitrión, no el invitado. Usted manda en esta casa, Milord. Mande en su propia sangre.

El Conde lanzó un rugido que terminó en un gemido de pura desesperación. Sus músculos se tensaron al límite, y por un momento, la luz plateada que recorría sus venas brilló intensamente. Luego, con un suspiro que pareció vaciar sus pulmones por completo, se desplomó contra el suelo, sujeto por las cadenas, agotado.

La medianoche había pasado. La luna llena reinaba en el cenit, bañando la habitación con una luz pálida y juzgadora.

Alistair permanecía inmóvil, su cuerpo una masa de pelaje, músculos hipertrofiados y restos de humanidad. Sus ojos ámbar seguían abiertos, pero la ferocidad había sido reemplazada por una lucidez dolorosa.

—¿Por qué hace esto? —preguntó él, su voz ahora un susurro animal—. ¿Por qué arriesgarse por un hombre que ya está muerto por dentro?

Eleanor se sentó en el suelo frente a él, cruzando las piernas, sin importarle que su vestido de seda se manchara de sudor y fluidos químicos. Comenzó a limpiar sus instrumentos con un paño limpio.

—Porque el mundo de la medicina cree que usted es un mito, y el mundo de la religión cree que usted es un demonio —respondió ella, mirándolo con una seriedad absoluta—. Yo creo que usted es un paciente con una patología fascinante. Y no permitiré que un simple virus de la sangre destruya una mente tan compleja como la suya.

Alistair soltó una risa seca, que sonó como un crujido de huesos. —Es usted una mujer peligrosa, señorita Vance. Más peligrosa que cualquier bestia que camine por Mayfair.

—Duerma, Milord —dijo ella, apoyando su espalda contra el sillón, lista para su larga guardia—. Mañana el sol volverá a salir, y necesitaremos cada gramo de su fuerza. Esto es solo el principio. El Loto de Plata solo ha ganado la primera batalla.

Fuera, en las calles de Londres, un aullido lejano respondió al silencio de la mansión Thorne. Pero dentro de la habitación, solo se escuchaba el tic-tac del reloj y la respiración acompasada de una mujer que no conocía el miedo y un monstruo que empezaba a recordar cómo ser hombre.

Eleanor sacó su cuaderno y, bajo la luz de una vela agonizante, escribió con mano firme:

“Observación 1: La voluntad humana puede ser reforzada mediante el dolor consciente. El paciente no solo sobrevivió a la transición, sino que retuvo el habla. El vínculo entre el médico y el monstruo se ha sellado. El peligro real, sospecho, no vendrá de sus garras, sino de aquellos que desean que el Conde nunca se cure.”

Capítulo 3

El primer rayo de sol se filtró a través de las pesadas cortinas de terciopelo, cortando el aire cargado de la habitación como una hoja de oro. No trajo tranquilidad, sino la dura verdad del desastre. La alfombra de Aubusson estaba hecha jirones y el ambiente aún vibraba con el olor metálico de la sangre y el dulce aroma casi narcótico del Loto de Plata.

Eleanor Vance no había cerrado los ojos. Observaba cómo el cuerpo de Lord Alistair Thorne pasaba por una metamorfosis inversa: un proceso que sonaba menos violento, pero parecía más doloroso en su patética fragilidad. Los músculos hipertrofiados se contraían en espasmos agónicos, el pelaje oscuro se retraía en los poros y los huesos crujían al tratar de volver a sus posiciones originales.

Alistair soltó un gemido que rompió el silencio del amanecer. Ya no era un monstruo, pero apenas parecía un ser humano. Estaba desnudo entre los restos de su camisa de seda, cubierto de sudor frío y moretones profundos que marcaban donde la bestia había intentado romper su piel.

—Bates... —susurró Alistair, recuperando su voz humana, aunque sonaba como cristal roto—. Agua...

—Bates no vendrá todavía —respondió Eleanor, levantándose con una rigidez que delataba su propio cansancio. Se acercó a él y, con una naturalidad que habría escandalizado a cualquier dama de Londres, cubrió los hombros del aristócrata con una manta de lana—. Sus correas siguen puestas, Milord. No las soltaré hasta que compruebe su pulso.

Alistair apoyó su frente contra el suelo frío de madera. Sus manos, ahora de dedos largos y pálidos, temblaban violentamente. —¿Sigo siendo... yo? —preguntó, alzando la mirada. Sus ojos ya no eran ámbar, ahora eran de un gris tormentoso, nublados por la fatiga.

—En un noventa y ocho por ciento —respondió ella, tomando su muñeca para medir su ritmo cardíaco—. El otro dos por ciento es el residuo químico que nos permitirá trabajar la próxima vez. Su resistencia ha sido... notable.

Eleanor comenzó a desabrochar las hebillas de plata. Al sentir sus dedos en su piel, Alistair experimentó una sacudida que no tenía que ver con el veneno. Era una conciencia aguda de la mujer que lo había visto en su estado más abyecto y no había parpadeado.

—Me llamó cruel —dijo ella, mientras limpiaba una herida en el costado del conde—. ¿Lo sigue pensando?

Alistair soltó una risa ronca, intentando incorporarse con la ayuda de Eleanor. Por un momento, quedaron a pocos centímetros. El conde percibió en ella el aroma a jabón de glicerina y productos químicos, un olor limpio que parecía anclarlo a la realidad.

—Es usted una criatura aterradora, señorita Vance. Ha mirado al abismo y le ha tomado la temperatura con un termómetro. —Él la miró fijamente—. ¿No sintió ni un ápice de miedo cuando mis garras tocaron su mejilla?

—El miedo es una pérdida de tiempo cuando se tiene un objetivo —replicó ella, aunque por primera vez, desvió la mirada hacia su maletín—. Además, sabía que no me haría daño. No porque no quisiera, sino porque su voluntad es su rasgo más arrogante, Milord. Y usted odia perder el control.

Un golpe seco en la puerta interrumpió el momento. No era el mayordomo. Era un golpe rítmico y autoritario.

—¡Thorne! —una voz potente y áspera resonó desde el pasillo—. ¡Soy el Inspector Blackwood! Tenemos informes de disturbios en la propiedad y el avistamiento de un animal salvaje. Abra la puerta o la echaremos abajo en nombre de la Corona.

El rostro de Alistair se volvió de una palidez mortal. —Blackwood... pertenece a la Orden de la Luna Blanca. Si entra y ve este desastre... si ve las correas de plata...

Eleanor reaccionó de inmediato. Guardó las correas en su maletín de doble fondo y lanzó los frascos vacíos tras una estantería. —Cúbrase con la manta y siéntese en el sillón. Finja una crisis de tisis o una debilidad intensa por los pulmones. Yo me encargaré de la narrativa.

—Señorita Vance, si descubren que estoy asociado con esto, me colgarán por brujería o algo peor —advirtió Alistair, luchando por levantarse.

—Entonces asegúrese de parecer un caballero moribundo y no un lobo hambriento —sentenció ella, ajustándose el cuello de su vestido y caminando hacia la puerta con una expresión de perfecta indignación victoriana.

Eleanor abrió la puerta justo cuando el Inspector Blackwood se preparaba para embestir. El hombre, robusto, con patillas grises y ojos de cazador, retrocedió sorprendido ante la presencia de la mujer.

—¿Qué significa esta intrusión? —exclamó Eleanor, bloqueando la entrada con su propio cuerpo—. Lord Thorne está sufriendo una crisis respiratoria aguda bajo mi cuidado médico. ¿Es que la policía de Londres ya no respeta el descanso de un noble enfermo?

Blackwood entrecerró los ojos, intentando mirar por encima del hombro de ella hacia la habitación en penumbra. —Hemos seguido el rastro de una bestia desde los muelles, señorita... ¿Vance, verdad? La famosa "médica de los suburbios". Extraño encontrarla en Mayfair. Huele a sangre aquí.

—Huele a tratamiento para la anemia y a sudor de fiebre —mintió Eleanor con una calma aterradora—. Si desea entrar, necesitaré ver una orden firmada por el Comisionado, o de lo contrario, mi siguiente nota será para el Times, detallando cómo la policía acosa a un héroe de guerra en su lecho de muerte.

Tras una tensa confrontación, Blackwood se retiró, aunque su mirada prometía que esto no había terminado. Eleanor cerró la puerta con llave y se apoyó contra ella, dejando salir el aire que no sabía que estaba reteniendo.

Alistair la observaba desde el sillón, envuelto en su manta, con asombro y algo que comenzaba a arder más que la propia transformación.

—Lo ha salvado, Milord —susurró ella sin mirarlo—. Pero Blackwood tiene razón en algo. El olor no se irá fácilmente. Y ellos saben que algo cambió anoche en la mansión Thorne.

Alistair se puso en pie, caminando con dificultad hasta quedar detrás de ella. Extendió una mano, dudando si tocar su hombro, y finalmente la dejó caer. —¿Por qué me protege de esa manera, Eleanor? No es solo por la ciencia. No se arriesga la vida ante un inspector de la Corona solo por una "patología fascinante".

Eleanor se giró, encontrando sus ojos. El silencio se prolongó, cargado de una electricidad nueva, una que no provenía de la luna llena, sino de la innegable conexión entre dos parias.

—Porque el mundo necesita monstruos que puedan pensar —dijo ella en voz baja—, y yo necesito a un hombre que no me tenga miedo por ser más inteligente que él.

En ese instante, desde el jardín, llegó un sonido que heló la sangre de ambos: un silbido bajo, melódico y humano. Alguien estaba marcando la casa.

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Lazos de Sangre y Corse

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