Capítulo 2

Hoy es nuestro séptimo aniversario de compromiso, pero Luciana ya está haciendo las maletas.

No para celebrarlo conmigo, sino para irse a Argentina.

Máximo, su exnovio, la necesita. Siempre la necesita.

"Iván, cariño", dice ella, doblando cuidadosamente un vestido de seda en su maleta. Su voz es suave, como si estuviera hablando con un niño. "Máximo no se siente bien, el médico dice que necesita relajarse en el campo, en la pampa. Solo será una semana."

Asiento con la cabeza, sin decir nada. Mis manos descansan sobre mi vieja guitarra, los dedos rozando las cuerdas gastadas.

"Ya sé que es nuestro aniversario", continúa, sin mirarme. "Por eso te he encargado un regalo especial. Una guitarra de Manuel Reyes. Llegará en unos días. ¿Te gusta la idea?"

"Sí, Luciana. Gracias."

"Buen chico", dice, y finalmente me mira. Su sonrisa no llega a sus ojos. "Pórtate bien y espérame. Volveré antes de que te des cuenta."

Se acerca y me besa en la frente, un beso rápido, casi una formalidad.

La veo cerrar la maleta, una maleta que no es suya. Es de él. Reconozco la etiqueta de cuero con las iniciales M.R. que le regaló el año pasado.

Observo cómo se va, arrastrando la maleta de otro hombre para cuidar de él, dejándome a mí con la promesa de otro objeto caro.

Pero esta vez es diferente.

Mientras la puerta se cierra, mi mirada se desvía hacia el sobre que descansa sobre la mesa de centro. Dentro, un billete de avión a Sevilla.

La fecha de salida es dentro de siete días.

Esta será la última vez que espere.

Capítulo 3

Después de que Luciana se fue, la casa se sintió vacía y silenciosa. El único sonido era el zumbido del refrigerador.

Me senté en el sofá, rodeado de los fantasmas de nuestros aniversarios pasados. Siete años. Siete guitarras. Siete abandonos.

Recuerdo el primero. Fue hace seis años. Yo era joven, lleno de esperanza. Creía en su amor, en nuestra historia. Organicé una fiesta sorpresa en este mismo apartamento. Invité a todos nuestros amigos. Cociné paella, compré el mejor vino de su bodega familiar y decoré todo con farolillos y flores. Quería recrear una noche andaluza, nuestra noche.

Ella nunca llegó.

Una hora antes de que empezara la fiesta, me llamó.

"Iván, lo siento mucho. Máximo ha tenido una crisis. Su caballo de polo favorito se ha lesionado, está destrozado. Tengo que ir a consolarlo."

Le rogué que viniera, aunque solo fuera una hora. Le dije que todos estaban llegando.

"No seas egoísta, Iván", me espetó. "Él me necesita. Lo nuestro puede esperar."

Y colgó.

Mis amigos llegaron y trataron de animarme, pero la humillación era demasiado grande. Fue Patrick, mi mejor amigo, quien me mostró la verdad.

Abrió el Instagram de Máximo en su teléfono.

Allí estaban. Luciana y Máximo, abrazados bajo las viñas de la bodega de su familia. La misma bodega donde mis padres trabajaron y murieron. La misma bodega que yo consideraba mi hogar.

La foto era íntima. La cabeza de ella descansaba en su pecho, y él la rodeaba con sus brazos protectores.

El pie de foto decía: "Solo tú entiendes mi mundo".

Esa noche, me emborraché por primera vez. Cuando Luciana volvió dos días después, trajo consigo mi primera guitarra de "compensación". Una Conde Hermanos. Una obra de arte valorada en miles de euros.

"Para mi talentoso artista", dijo, como si eso pudiera borrar la traición.

Cada año, la historia se repetía. Un viaje a un torneo de polo en Dubái. Un retiro de "sanación" en una isla privada en Tailandia. Una visita a su rancho en Argentina.

Cada aniversario, Máximo tenía una nueva "crisis", y Luciana corría a su lado.

Y cada vez, yo recibía una nueva guitarra. Una Ramírez. Una Fleta. Una Bouchet.

Guitarras magníficas. Símbolos de su culpa.

Se acumulaban en el estudio, apoyadas contra la pared. Siete jaulas doradas. Siete monumentos a mi estupidez.

Pero ya no.

El dolor crónico se había convertido en una rabia fría y silenciosa. Y esa rabia me había dado un plan.

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Las Siete Guitarras y un Adiós

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