Capítulo 2

Procuré instruirme. Leí relatos, ví fotos, agudicé la imaginación. A pesar de todo, no veía mi oportunidad. Empecé a buscar la compañía de Paula, a quedarme tarde a estudiar, como ella, estudiante de universidad, hacía. Miraba cada trocito de su piel. No me parecía sentir nada especial cuando la veía. Verla pasear con aquellas minúsculas braguitas jamás me había llamado la atención, ni percibir sus pechos moverse libremente debajo de la camiseta. Al principio dudé, pero luego, lo ví tan difícil, que me lo propuse fervientemente. La dificultad me animaba.

No me perdía película prono y al final, conocía mucho del sexo lésbico, ahora sólo faltaba practicarlo. Ya sabía mucho de tías, casi más que de tíos y empecé a aprender de mí mismo, acariciándome con cuidado y aprendiéndome todas las zonas erógenas de mi cuerpo.

No servía de nada mis roces con Paula, ni mis continuos alagos. No servía mi fingido interés por ella, ni los excesos de confianza que me tomaba, con aquellas entradas sin motivos al baño, o al dormitorio mientras se secaba o se vestía. Lo prohibido, lo comprometido de la situación empezaron a producirme una excitación que pronto empezó a ser también sexual.

No servía de nada las caricias cada vez menos disimuladas y que en alguna ocasión la habían incomodado y me había afeado. Aquellas caricias en las rodillas iban cada vez más arriba, hacia su muslo. Aquellos masajes en los hombros cada vez estiraban más los dedos, intentando llegar a su pecho, a veces libres de sujetador.

Estaba, después de varias semanas, desesperada. Ya estaba pensando en desistir cuando un día, se presentó Paula en casa con el gilipollas del novio. Mis padres no estaban y toda la obsesión de su novio era besarse delante de mí. Paula rechazaba tanta carantoña y besuqueo. Yo pensaba que era... ¡No se qué pensaba!. Paula vestida de manera informal, me miraba de reojo y rechazaba los muerdos y achuchones de su novio. Sólo cuando el chico abandonaba la casa, Paula estuvo dispuesta a besarle, y entonces, el chico la rechazó con evidente mal humor, y era lógico, pues Paula estaba m,uy hermosa

El caso es que llegaron casi a enfadarse. Paula se acostó un poco decepcionada y yo no tardé en seguirla, casi triunfante. Al ir a mi cama, que está junto a la suya y verla medio dormida, se me cruzaron los cables y el ritmo se me aceleró. El corazón se me salía por la garganta cuando me metí en su cama.

Paula se despertó.- ¿Qué haces?-

- Ya ves... me acuesto contigo.- Dije con la voz entrecortada

- Pero., ¿Porqué?.-

- Por que estás muy buena.-

Quise besarla en ese momento, y sólo lo conseguí a medias, pues reaccionó en un momento y me apartó de ella. En un principio tuve un pequeño forcejeo, pero ella se escabulló y se sentó en la cama. No podía seguir intentándome, pues me sentía tan claramente rechazada que sólo pensaba que podría hacerla mía a la fuerza, y entonces la perdería para los restos.

Paula se levantó y se puso a ver la tele. La ví salir del dormitorio en la penumbra de la habitación, excitada y alborotada. Me dio vergüenza y lloré. Estaba avergonzada. Me dormí tarde y decidí olvidarme de todo. A la mañana siguiente. Cuando Paula se levantó, comprendí que ella también estaba dispuesta a olvidarlo todo por esta vez.

Esa misma semana, mis objetivos cambiaron y empecé a fijarme en Eva. La asistenta de la casa se movía con desparpajo y tenía un tipo bonito. Veía dos problemas en la seducción de Eva. El primero era que aunque la chica pasaba muchas horas en la casa, pasaba muy poco tiempo a solas conmigo en la casa. El segundo problema era que si intentaba algo parecido a lo de Paula, Eva seguramente no reaccionaría con la misma comprensión.

Pero me di cuenta que Eva pasaba demasiado tiempo haciendo las habitaciones. Me di cuenta un sábado. Mis padres habían marchado de viaje y Paula hacía un examen en la facultad. Oía abrir a Eva los cajones lentamente y volverlos a cerrar al rato.

Intenté sorprenderla pero me sintió llegar y cerró rápidamente los cajones, pero su cara encendida la delataba. Cuando se marchó inspeccioné los cajones. Todo parecía correcto, nada parecía faltar, pero a los pocos días, Paula echó en falta una de aquellas braguitas con las que seguía paseándome delante de mis narices. Aquello me puso en la pista. Mi propia madre se quejaba de que sus bragas desaparecían y aparecían al cabo de los días.

A los pocos días, un día que tuve libre, esperé a que mamá abandonara la casa. Eva se sentiría más libre y volví a sentir los cajones abrirse. Fui lentamente a la puerta de la habitación de mis padres. A través de un espejo ví como Eva se bajaba la falda. Recogió de la cama unas bragas baratas que se metió en un bolsillo de la falda. Entonces reconocí mentalmente que las bragas qye llevaba eran de mi madre.

Entré. Al verme, Eva se asustó.

-¿Qué hacías aquí?-

-Nada. Mi trabajo.- Dijo con la cara colorada

- ¿Ah sí? ¿Y qué hacías en los cajones de la ropa? ¿Robar bragas?

Eva comenzó a tartamudear..- Es..es que es..estaba colocando la ropa.-

-Y...- Saqué con rapidez aquellas bragas baratas del bolsillo de su falda.- ¿Estas bragas por qué no las colocas?. ¡A ver! ¡Súbete la falda y enséñame si llevas bragas!-

- Pero ¿Qué dices? ¡Estás loca!.-

Cogí sus bragas y me las pasé por la cara. - Se lo diré a mamá.-

Eva me miraba con odio.- No serás capaz.-

- Le enseñaré estas bragas y le diré que busque sus braguitas de brillo. Seguro que se enfada.¿Sabes? Son las preferidas de papá.-

Eva se desmoronó. - Por favor, señorita Julia, no se lo diga a su madre.-

- ¡Eso es lo que has debido hacer desde primera hora! ¡Tratarme como a tu señora!-

- Por favor...haré lo que Usted quiera.-

Cogí a Eva del pelo y le tiré de su caballera larga y morena hacia abajo. Un leve quejido se le escapó.- Pues enséñame las bragas:-

Eva se subió la falda. Las bragas de mamá le quedaban grandes, pero las transparencias de la prenda dejaban ver un sexo cubierto de bello negro, mucho bello negro. En cambio, este bello se concentraba en el sexo, no le cubrían por encima de cinco dedos bajo el ombligo, ni se le derramaba por las ingles. Sus muslos parecían suaves y depilados. Eva era muy morena de piel, aún en esta temporada del año.

-¡Date la vuelta!.- Eva me obedeció. La transparencia del culo era quizás mejor que la del sexo. Estaba deliciosa. Sus nalgas aparecían prominentes bajo el borde subido de la falda. Comencé a acariciarle las nalgas, primero por su parte exterior, luego, buscando el calor de sus partes bajas e interiores. Me excitaba aquel calor.

Capítulo 3

Entonces la tomé del pelo de nuevo y la obligué aque se diera la vuelta y me miraba. Me acerqué a ella y la besé con fuerza, y aunque encontré su boca cerrada, he de decir que no me importaba.

Eva separó sus piernas al sentir mi mano justo en su sexo, por encima de las bragas. La sentí con la respiración acelerada, y aunque no quería demostrar que el tacto de mi mano le producía placer, yo podía percibirlo. Mi mano la tocaba por encima de las bragas. Yo no le decía nada. La miraba y quizás en mi cara había una expresión un poco dura, como de castigo, como de venganza. No sé. Lo cierto es qe Eva no se atrevía a mirar mientras la cogía de un brazo y se lo ponía detrás de su espalda, inmovilizándola y metía mi otra mano por dentro de sus bragas, recorriendo la suavidad de su vientre y luego, aquella maraña de pelos.

Pronto encontré su clítoris, como la creta de un gallo, asomando entre los labios cubiertos de pelo. Estaba ligeramente mojado. Lo acaricié suavemente, casi sin rozarlo, con la yema de los dedos y luego prroseguí hasta alcanzar la humedad de la boca de su sexo. No me hizo falta más que introducir el dedo levemente para que Eva comenzara a moverse en mi mano, a doblar ligeramente las rodillas y a gemir quejidos placenteros, mientras apoyaba su cabeza en mi hombro.

La abandoné sin decirle nada. Me dí la vuelta triunfante. Ella se ponía bien las bragas de mamá y la falda. Me hizo un gesto para que le devolviera sus bragas.- ¡Mañana!.- Le dije simplemente esto. Puso cara entre enfadada y preocupada.

Aquella noche, al meterme en mi cama, lo hice con las bragas de Eva en la mano. Las olí varias veces, comprobando la similitud de dicho olor con el que el rastro de su sexo había dejado en mi mano. Pensé en Eva, imaginé de nuevo como había sido mi primera experiencia lésbica y me masturbé mientras Paula dormía cerca de mí.

No sabía como Eva reaccionaría durante los siguientes días. La verdad es que al principio me daba vergüenza mirarla y pasar cerca de ella. La evitaba. Pero Eva parecía normal y poco a poco, al levantar la vista y ver su tipo de mujer menearse como si tal cosa por delante d mí, me animó a tener una segunda aventura.

Una tarde, después de comer, me acerqué a ella. Mi madre dormía la siesta y Paula estudiaba en su habitación, encerrada y concentrada. Eva lavaba algunos vasos que no merecía lavar en el lavavajillas. Me acerqué por detrás y comencé a subir la falda de su uniforme. Eva comenzó a advertirme - Julia... Julia... ¡Julia!.- Cuando mis manos tocaban la caliente piel de sus nalgas hizo un gesto brusco y dándose la vuelta me miró muy enfadada.- ¡Julia! ¡He dicho que no!.-

Me fui muy enfadada y defraudada. Esta vez no podía hacerle chantaje y por eso no me había dejado. O al vez era que había gente en la casa. No me debía engañar. Lo del otro día había sido por haberla pillado con las manos en la masa.

Urdí un plan bastante cruel. Empecé por hacer desaparecer unos pendientes de Paula. Naturalmente, las culpas iba a Eva. Mi madre le preguntaba si los había visto y ella aseguraba que no. Aquello hacía que Eva se pusiera nerviosa y tensa. Luego, al poco tiempo yo misma escondí mis pulseras y pendientes, y aunque yo defendí a Eva mi madre la culpaba. Habló con ella en un tono muy hostil. Eva casi se moría de miedo.

Esa tarde volví a quedarme a solas con Eva. Fregaba el pasillo. Desde atrás aparecía una imagen muy graciosa, pues movía el trasero al compás de la fregona.

-¿Quieres que desaparezcan tus problemas?.- Le dije, sin más preparativo. Eva dejó de fregar y se dio la vuelta.

- Me gustaría.-

- Lo único que tienes que hacer es dejar que sea u novia.-

- Ya sabes que no me gusta que me toques.-

- En ese caso...debes saber que se ha perdido una pulsera de mamá. Yo diré que te he visto entrar al cuarto.-

- ¿Cómo puedes ser capaz de hacerme esto?-

- Por que te deseo. O eres mía o te vas de casa.-

Una lágrima se deslizaba por la mejilla de Eva. Miraba hacia abajo pero cuando le ordené - ¡Desabróchate la camisa!.- Eva comenzó a desabotonar su camisa y dejar al descubierto su cuerpo, en el que apenas destacaba un vulgar sujetador de color crema.

Eva me seguía obedeciendo mientras me iba acercando poco a poco - Ahora desabróchate el sujetador.- Aparecieron aquellos pechos redondos con unos pezones oscuros y grandes que deseaba comerme. Seguía ordenándole .- Ahora desabróchate la falda y tírala lejos.-

Las lágrimas habían desaparecido del rostro de Eva, que me mantenía la mirada y me reprochaba con los ojos lo que estaba haciendo. Tenía un tipo, así, sólo con las bragas y unos calcetines entre sus pies y las zapatillas de trabajo, muy excitante. Me acerqué a ella y puse mi mano en su barbilla para besarla en la boca. Me encontré con la frialdad de una boca inerte. Al segundo beso que le dí atrapé su labio entre l os míos y tiré de ellos lentamente y luego metí mi lengua en su boca.

Metí sus brazos detrás de la espalda, cruzándolos e introduciendo sus manos en las bragas, y sacando cada mano por el otro extremo de las bragas, por donde se mete la otra pierna. Eva estaba así inmóvil y de pié. Mi boca soltó su labio y se deslizó poco a poco, a lo largo de su cuello y sus hombros hacia sus pechos. Me tomé mi tiempo en lamerlos poco a poco, hasta que finalmente, mis labios se posaron sobre la guinda de sus pezones, intentando atrapar su punta que había crecido y se estaba hinchando al sentir mis labios.

En ese momento comencé a deslizar una mano por su vientre. La sentí erizarse al escurrir mis dedos por su sexo cubierto por sus bragas. Sus muslos se pusieron tensos y más aún cuando superando el clítoris y la apertura de su sexo, le parecían que se dirigían hacia su ojete, pero lo que hice fue atrapar sus dos manos, capturando un dedos de una y otra mano que mantuve aferrados con fuerza.

En ese momento solté sus pezones, que presionaba suavemente con mis labios y me fui agachando poco a poco, deslizando mi lengua por sus costillas, su vientre y tras superar su ombligo, empecé a sentir la textura de sus bragas y el olor de su sexo. Mis labios se abrieron a donde se preciaba que estaba su clítoris y lo atraparon y comencé a moverlos, con lo que su botón recibía el estímulo a través de la cada vez más mojada tela de las bragas.

Estiré mi otra mano, la que no sostenía las manos de Eva, a través de su cuerpo hasta sentir la suave textura de us senos y luego, la exquisita rugosidad de sus pezones. Dejé que su punta se escurriera entre mis dedos y comencé a mover mi mano a un lado y otro, lentamente y en sentido circular. Sentía sus pechos endurecerse en mi mano , y su clítoris crecer entre mis labios.

Tiré de sus manos hacia abajo. Eva casi se desequilibra, pero al doblar algo su espalda hacia detrás, su clítoris apareció más entre mis labios. Mi lengua comenzó a rozarlo. El olor de su sexo me llenaba, me excitaba. Sentía su respiración cada vez más acelerada, hasta que de pronto, empezó a mover su sexo contra mi boca. Restregué su sexo con la muñeca de la mano que la tenía presa. Sentía a Eva moverse contra mí y lanzar ahogados susurros de placer.

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Las reglas de Julia

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