Capítulo 3

Pasaron tres días. Iván regresó a la mansión. Yo lo había estado evitando, encerrada en mi habitación, empacando mis cosas en silencio.

Él entró en la habitación sin llamar. Vio las maletas abiertas sobre la cama.

"¿Qué estás haciendo?", preguntó, su voz extrañamente tranquila.

No lo miré. Seguí doblando una blusa.

"Me voy".

"¿A dónde?"

"A casa. A España".

Él frunció el ceño, confundido. "¿Por qué? ¿Es otro de tus berrinches?"

Su falta de comprensión me enfureció. Para él, mi dolor era un simple capricho.

"No es un berrinche, Iván. Es el final".

Se acercó y vio la caja donde estaba guardando mis joyas. Tomó un collar que él me había regalado en nuestro primer aniversario. Un aniversario que él no celebró.

"¿Vas a tirar esto? Me costó una fortuna".

Le arrebaté el collar de la mano y lo tiré a la basura junto con otras baratijas.

"No lo quiero. No quiero nada de ti".

Él me miró, una extraña expresión en su rostro. Quizás por primera vez, se dio cuenta de que hablaba en serio.

"Elena, no seas así. Sé que he sido... distante".

Era la primera vez que admitía algo.

"Hagamos un viaje. Como una luna de miel tardía. A donde tú quieras".

La oferta era tan ridícula, tan fuera de lugar, que casi me reí. Una luna de miel. Ahora.

Antes de que pudiera responder, su teléfono sonó.

Vio el nombre en la pantalla y su expresión se suavizó. Era Sofía.

"Dime, Sofía... Sí, por supuesto... Voy para allá".

Colgó y me miró, ya sin rastro de la falsa calidez de antes.

"Tengo que irme. Sofía me necesita".

"¿Y nuestro viaje? ¿Nuestra luna de miel?", pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

"Lo hablamos después. Esto es importante".

Se dio la vuelta para irse.

"Voy contigo", dije, poniéndome de pie.

Él se detuvo. "¿A dónde?"

"A la fiesta de la vendimia de Imperio Castillo. Me invitaste, ¿recuerdas? Dijiste que sería nuestra compensación".

Él pareció molesto, pero asintió a regañadientes. "Está bien. Pero no causes problemas".

Mientras nos dirigíamos a la fiesta en su coche, vi el pequeño dije de plata que siempre llevaba colgado al cuello. La hoja de agave. Un regalo de Sofía, su primer amor. El símbolo de su eterna devoción por ella.

En la fiesta, me convertí en una sombra. Iván no me soltó la mano, pero era un gesto vacío, una actuación para el público. Todos sus gestos, todas sus sonrisas, estaban dirigidos a Sofía, que se movía a su lado como la verdadera señora de la casa.

Me sentí sola, invisible en medio de la multitud.

Decidí tomar un poco de aire. Salí al jardín, el aire fresco de la noche me aclaró la mente. Era hora de irme. No tenía nada más que hacer aquí.

Mientras regresaba para buscar mi bolso, pasé junto a un salón privado. La puerta estaba entreabierta. Escuché risas groseras y una voz femenina que protestaba débilmente.

Era la voz de Sofía.

"¡Suéltenme! ¡No saben con quién se están metiendo!"

"Tranquila, preciosa. Solo queremos divertirnos un poco", dijo una voz masculina, arrastrando las palabras por el alcohol.

Me asomé por la rendija. Tres empresarios, visiblemente borrachos, habían acorralado a Sofía. Uno de ellos le sujetaba el brazo.

Antes de que pudiera pensar en qué hacer, escuché un grito furioso.

"¡Quítenle las manos de encima!"

Iván irrumpió en el salón como un huracán. Su rostro era una máscara de ira.

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Las 19 Humillaciones de Elena

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