Capítulo 3
Comenzó la cuenta regresiva. Faltaban seis días.
Sofía empezó a empacar. No su ropa, ni sus objetos personales. Empezó a empacar el alma de la casa.
Cajas y cajas de sus libros de agronomía, los diarios de su abuelo con anotaciones sobre el agave, las herramientas de laboratorio con las que desarrolló la levadura. Todo fue enviado discretamente a una bodega de almacenamiento en Guadalajara.
Luego, se deshizo de los regalos de Máximo.
El collar de diamantes que le regaló por su quinto aniversario, lo donó a una organización benéfica. El coche de lujo que le compró cuando firmaron su primer gran contrato, lo vendió y transfirió el dinero a una cuenta nueva, una que solo ella conocía.
Máximo llegó a la hacienda dos días después, con Valeria a cuestas. Notó los espacios vacíos en las estanterías.
"¿Dónde están tus libros?"
"Los envié a la casa de mis padres para que les hagan espacio. Con la mudanza a Napa, no quería que se estropearan", mintió Sofía con una naturalidad que lo sorprendió a él y a ella misma.
Máximo no le dio importancia. Estaba demasiado ocupado presumiendo.
"Por cierto, amor, te he traído algo."
Señaló un coche compacto y modesto estacionado en la entrada.
"Pensé que necesitarías algo para moverte por el pueblo cuando no estemos. Es práctico."
Luego, con una sonrisa de suficiencia, le lanzó unas llaves a Valeria.
"Y para ti, mi vida, el convertible que querías. Para que recorras los viñedos de Napa con estilo."
Valeria soltó una risita y miró a Sofía con desprecio.
"Oh, Máximo, eres demasiado bueno. ¿Seguro que a Sofía no le importa? Digo, su coche es tan... sensato."
Sofía los miró a los dos, y una calma gélida se apoderó de ella.
"No me importa en absoluto", dijo, para sorpresa de ambos. "De hecho, Valeria, si quieres, puedes quedarte con el coche compacto también. Yo no lo voy a necesitar."
Le lanzó las llaves a Valeria, que las atrapó confundida. La cara de Máximo era un poema. No entendía esta nueva actitud dócil y desapegada.
"Sofía, ¿estás bien?"
"Perfectamente. Solo estoy simplificando mi vida."
Esa tarde, Sofía canceló el reloj de edición limitada que le había encargado a Máximo por su cumpleaños. Un reloj que costaba una fortuna. Llamó a la joyería y pidió que el importe se donara íntegramente a un refugio para mujeres maltratadas.
"¿Está segura, señora Castillo?", preguntó el joyero.
"Completamente segura."
Faltaban cuatro días.
Sofía condujo hasta Guadalajara. No fue a ver a sus padres. Fue a una clínica privada. Su amiga de la universidad, Elena, ahora una ginecóloga respetada, la esperaba.
"Sofía, ¿estás segura de esto?", le preguntó Elena, con la voz llena de preocupación.
"Nunca he estado más segura de nada en mi vida, Elena. No puedo traer un hijo a este mundo para que sea un arma en una guerra que ya he perdido."
El procedimiento fue doloroso, física y emocionalmente. Pero mientras yacía en la cama de recuperación, sintió una extraña sensación de liberación. Había cortado el último lazo que la ataba a Máximo.
Cuando regresó a la hacienda, escuchó risas en el patio. Máximo y Valeria estaban sentados junto a la piscina, bebiendo tequila.
Se acercó sin hacer ruido y escuchó su conversación.
"Pronto tendremos nuestros propios hijos, mi amor", decía Máximo. "Fuertes y sanos. No como Sofía, que se arruinó la salud por su obsesión. Es una pena, pero algunas mujeres simplemente no están hechas para ser madres."
Valeria rio.
"No te preocupes, yo te daré todos los hijos que quieras. Y serán hermosos y sofisticados, como nosotros."
Sofía se dio la vuelta y se fue, el corazón hecho un bloque de hielo.
Al día siguiente, Máximo la confrontó.
"Valeria está embarazada", soltó, sin rodeos.
Sofía lo miró, sin mostrar ninguna emoción.
"Felicidades."
Máximo pareció desconcertado por su falta de reacción.
"Es un niño. Y va a ser mi heredero. Quiero que lo entiendas. Este hijo será mi prioridad. No es tu culpa, Sofía. Bueno, en parte sí. Si te hubieras cuidado más..."
"Máximo", lo interrumpió ella. "Tengo una pregunta."
"¿Qué?"
"Si yo también estuviera embarazada ahora mismo, ¿a qué hijo preferirías?"
Él no dudó ni un segundo.
"Al de Valeria, por supuesto. Es un niño sano, de una madre sana. Sería lo más lógico."
Esa fue la confirmación que necesitaba. La prueba final de que no había nada que salvar.
"Entiendo."
Faltaban dos días. Era el cumpleaños de Máximo.
"Quiero que vengas a mi fiesta esta noche", le exigió. "Valeria estará allí. Es importante que la gente nos vea como una familia unida. Por el bien de la marca."
Una familia unida. La ironía era tan amarga que casi se atraganta.
Asistió a la fiesta. Se vistió con un simple vestido negro y observó desde un rincón cómo Máximo y Valeria recibían a los invitados, actuando como los anfitriones perfectos.
En mitad de la noche, Máximo tomó un micrófono.
"Amigos, gracias por venir. Hoy no solo celebro mi cumpleaños, sino también una noticia maravillosa. ¡Voy a ser padre! Valeria y yo estamos esperando un hijo."
Los aplausos llenaron la sala. Sofía se quedó quieta, recordando todas las veces que Máximo le había prometido que celebrarían así cuando ella quedara embarazada.
Valeria se acercó a ella, con una copa de champán en la mano (aunque solo fingía beber).
"¿No es maravilloso, Sofía? Deberías estar feliz por nosotros."
Luego, se inclinó y le susurró al oído.
"Sírveme un poco de ese postre, ¿quieres? Y un consejo, si quieres divorciarte de él con algo de dinero, más te vale que te embaraces de otro. Porque Máximo nunca te dará nada si no es por un hijo."
La ira, fría y controlada, subió por la garganta de Sofía.
"Valeria, si vuelves a dirigirme la palabra, te juro que te romperé los dientes."
Se dio la vuelta y salió de la fiesta sin mirar atrás.
Lo que no sabía era que Valeria ya había puesto en marcha su propio plan. Mientras Sofía caminaba hacia su coche en el aparcamiento oscuro, vio a Valeria enviando un mensaje de texto.
De repente, tres hombres salieron de las sombras y la rodearon.
"Vaya, vaya, miren a quién tenemos aquí. La esposa abandonada."
La arrastraron hacia una zona apartada del aparcamiento, detrás de unos contenedores.
"Tu amiguita Valeria nos ha pagado bien para que te demos una lección."
El pánico la invadió, pero la adrenalina fue más fuerte. Sofía no era una mujer delicada. Había pasado su vida en el campo, trabajando la tierra. Era fuerte.
Cuando uno de los hombres intentó agarrarla, le dio un codazo en la garganta. Al segundo le lanzó un puñetazo en la nariz. El tercero la sujetó por detrás, pero ella se revolvió, lo mordió y le clavó las llaves del coche en la pierna.
Gritó y la soltó. Sofía no perdió un segundo. Corrió.
Corrió de vuelta a la fiesta, con el vestido rasgado y un corte en la mejilla.
Entró como un torbellino, buscó a Valeria con la mirada y se abalanzó sobre ella.
La agarró del pelo y la tiró al suelo.
"¡Tú! ¡Tú los enviaste!", gritó, fuera de sí.
Máximo corrió hacia ellas. Sin preguntar, sin mirar las heridas de Sofía, la apartó de Valeria de un empujón tan fuerte que la hizo caer.
"¡Estás loca! ¿Qué te pasa? ¡Eres una salvaje!"
Se arrodilló para ayudar a una Valeria que sollozaba, fingiendo estar aterrorizada.
"Tranquila, mi amor, yo te protejo de esta arpía."
Sofía se levantó, temblando de rabia y dolor.
"Máximo, ella me tendió una trampa. Me atacaron tres hombres en el aparcamiento."
"¡Cállate!", gritó él. "Siempre con tus dramas. ¿No te acuerdas de cuando te defendí de aquel competidor? Dije que eras demasiado buena para hacer daño. ¡Qué equivocado estaba! La única malvada aquí eres tú."
El recuerdo de su defensa pasada, ahora usado como un arma en su contra, fue el golpe final.
Máximo tomó a Valeria en brazos y se la llevó, dejando a Sofía sola en medio del salón, rodeada de invitados que la miraban con una mezcla de pena y desprecio.
Mientras se miraba en un espejo, notó que su blusa estaba manchada de sangre. No solo por los rasguños. Era una hemorragia. El esfuerzo físico, el estrés...
Se dio cuenta de algo terrible. Máximo no había notado sus heridas. No había visto el corte en su cara, ni el vestido roto. Solo había visto a Valeria, su víctima perfecta.
Se fue a casa, sola y sangrando.
Una hora después, Máximo llegó con Valeria. Ella cojeaba de forma exagerada.
"Mira lo que le has hecho. ¡Casi le rompes el tobillo! Tuvimos que ir al hospital. Por tu culpa, casi pierde al bebé."
Sofía lo miró, exhausta.
"Máximo, abre los ojos. ¿No ves lo que es? Es una manipuladora."
"¡La única manipuladora aquí eres tú! La amo, Sofía. La amo a ella. No a ti."
Sofía asintió lentamente.
"Está bien. Entonces solo te pido una cosa."
"¿Qué?"
"Firma los papeles del divorcio."
Faltaba un día. El día de la partida.
En el aeropuerto de Guadalajara, Sofía los acompañó hasta la zona de facturación.
"Mi vuelo es más tarde", dijo con calma. "Es uno nacional, más barato. Tengo que ir a ver a mis padres."
Máximo la miró con condescendencia.
"Claro. Cuídate, Sofía."
Valeria le dedicó una sonrisa triunfante.
Vio cómo se dirigían a la sala VIP, riendo, planeando su futuro en Napa.
Sofía se dio la vuelta, caminó hacia otra terminal y embarcó en un vuelo.
No a la casa de sus padres.
Su destino era el Valle de Guadalupe.
Cuando el jet privado de Máximo aterrizó en Napa, un hombre con un traje impecable lo estaba esperando en la pista.
"¿Señor Hewitt?"
"Sí, soy yo."
El hombre le entregó un sobre.
"De parte de la señora Castillo."
Máximo lo abrió. Dentro, estaban los papeles de divorcio. Se rio.
"Un berrinche. Se le pasará."
Sacó su teléfono para llamar a Sofía y gritarle. El número que había marcado estaba fuera de servicio.
Su sonrisa se desvaneció. Intentó de nuevo. Nada.
Una sensación de inquietud comenzó a crecer en su interior.
"No te preocupes, cariño", dijo Valeria, ajena a todo. "Ya se le pasará. Ahora, vamos a nuestra nueva casa."
Máximo, todavía confundido, la siguió. Creía que tenía todo el poder. Creía que Sofía volvería arrastrándose.
No podía estar más equivocado.