Capítulo 2

El olor a tierra húmeda y aceitunas amargas se me pegaba a la piel. Llevaba un mes en esta finca de Jaén. Un mes desde que mi padre, Javier, me quitó las tarjetas de crédito, el móvil y me mandó aquí.

"Vas a aprender lo que cuesta un euro", me dijo con una voz que no admitía réplica.

La razón era Adrián. Un influencer de Instagram. Sus fotos en yates en Ibiza, sus fiestas en Marbella. Me enamoré de la imagen que vendía.

Y quise financiar su supuesto proyecto de arte digital. Con un millón de euros.

Mi padre lo descubrió. Se enfureció no por el dinero, sino por mi estupidez.

"Ese hombre es un fraude, Sofía. Y tú has caído como una niña".

Ahora mis manos, que solo conocían la manicura francesa, estaban llenas de pequeños cortes y callos por recoger olivas.

El capataz, un hombre mayor y seco como la tierra, me miraba con desconfianza.

"La señorita no está hecha para esto", le oí murmurar a otro jornalero.

No dije nada. Tenía que aguantar. Mi padre era el dueño de Bodegas Imperiales, una de las fortunas más grandes de España. Yo era su única heredera, aunque nadie aquí lo supiera.

Esta finca de olivos, en comparación, era una de sus propiedades menores, un capricho.

Para mí, era el infierno.

Por la noche, en mi pequeña y fría habitación, pensaba en mi vida de antes. En los tutores privados, los viajes a París para comprar un vestido, los coches de alta gama.

Me sentía vacía. Humillada.

Pero una parte de mí, muy pequeña, empezaba a entender a mi padre.

Un día, mientras cargaba una caja de aceitunas, el capataz se me acercó.

"Hay una señora preguntando por ti. Dice que es tu madre".

Me quedé helada. Yo era adoptada. Javier nunca me ocultó la verdad, pero mi madre biológica nunca había aparecido.

Una mujer de mediana edad, con ropa sencilla pero de buena calidad y ojos nerviosos, me esperaba junto a un coche caro.

Era Carmen.

"Sofía", dijo con la voz temblorosa. "Te he encontrado".

Capítulo 3

El coche de Carmen era un Mercedes de alta gama. Olía a cuero nuevo y a un perfume caro que no lograba ocultar su nerviosismo.

"Vivo en Madrid", me explicó durante el viaje. "Me casé. Mi marido es... un hombre de negocios".

No me importaba. Solo tenía una pregunta.

"¿Tienes un teléfono que pueda usar?".

Me miró sorprendida. "Claro, hija".

Me pasó su móvil. Marqué el número de la oficina de mi padre. Contestó su asistente personal de toda la vida, García.

"Señorita Sofía, el señor Javier está muy preocupado. ¿Está usted bien?".

"Estoy bien, García. Dile a mi padre que no se preocupe. Estoy gestionando la situación. Solo necesito que me hagas un favor muy discreto".

Le di unas instrucciones rápidas y colgué antes de que Carmen pudiera hacer preguntas.

Llegamos a una urbanización de lujo en las afueras de Madrid. Chalets enormes con jardines perfectos.

La casa de Carmen estaba llena de gente. Música, risas, camareros con bandejas.

"Es la puesta de largo de mi hija, Valeria", susurró Carmen, mortificada. "No sabía que llegaríamos justo ahora".

Entré detrás de ella. Yo, con mi ropa de trabajo sucia, oliendo a campo y a sudor.

Todas las cabezas se giraron. La música pareció bajar de volumen.

Un hombre alto, con un traje impecable y una mirada de desprecio, se acercó a nosotras. Era Ricardo, el marido de Carmen.

"Carmen, ¿qué significa esto? ¿Quién es esta... campesina?".

A su lado, una chica de mi edad, vestida con un diseño de alta costura, me miraba como si fuera un bicho. Era Valeria.

"Mamá, qué vergüenza. ¿La has sacado de una granja?".

Me sirvieron una copa de champán. Cogí un canapé de la bandeja de un camarero. Tenía hambre.

Me lo comí de un bocado.

Valeria soltó una risita cruel. "Mira cómo come. Qué modales tan poco refinados".

Ricardo ni siquiera me miró. Se llevó a Carmen a un rincón y empezó a hablarle en voz baja y furiosa.

Yo me quedé sola en medio del salón, con mi ropa sucia y la copa de champán en la mano, sintiendo el peso de cien miradas juzgándome.

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La Señorita Esconde su Identidad

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