Capítulo 3
La respuesta de Salvatore DiMaggio llegó con la misma rapidez que el mensaje de Isabella. No fue un teléfono, ni un mensajero, sino un Bentley negro que se detuvo en la esquina de su calle. Isabella, que estaba en una cafetería observando la entrada de su edificio, sonrió para sí misma. No le habían dado la dirección de su departamento, pero la habían rastreado hasta su ubicación. Un movimiento imprudente, un signo de desesperación. La ambición había ganado la partida.
Dos hombres, vestidos con trajes impecables, salieron del coche y se acercaron a ella. A diferencia de los Volpe, estos no parecían una amenaza. Sus movimientos eran fluidos, casi corteses. El mayor, un hombre de unos cincuenta años con canas en las sienes, se detuvo frente a su mesa y le hizo una leve inclinación de cabeza.
"La señorita Moretti, supongo", dijo. Su voz era tranquila y profunda, sin el filo de los Volpe. "El señor DiMaggio le envía sus saludos. Está ansioso por hablar con usted."
"No dudo de su ansiedad", respondió Isabella, su voz suave, pero con una confianza que solo una reina podía tener. "Le diré a su jefe que estoy a la espera. ¿O acaso no tiene el valor de venir a la mesa en persona?"
El hombre parpadeó, sorprendido por su audacia. "El señor DiMaggio no es un hombre que se presente en una cafetería. Su mesa es para él... un lugar sagrado."
"Y la mía para mí es un privilegio", replicó Isabella, su mirada fija en la suya. "Si quiere que le dé la información que le salvará la vida, tendrá que venir a mi mesa."
El hombre la miró con una mezcla de respeto y desconcierto. "Señorita, no creo que entienda la gravedad de la situación."
"Y usted no parece entender que la gravedad de su situación está en mis manos. Vaya y dígale a su jefe que el tiempo se acaba. La familia Volpe se está moviendo. Si quiere ganar, tendrá que jugar mis reglas. Y la primera de ellas es que no se negocia con fantasmas."
El hombre pareció considerarlo por un momento. Finalmente, asintió y se retiró. Diez minutos más tarde, el Bentley regresó. Esta vez, fue Salvatore DiMaggio quien salió. Era un hombre imponente, con una presencia que llenaba el espacio a su alrededor. Tenía el pelo plateado, los ojos oscuros y penetrantes, y una sonrisa que podía ser tan cálida como el sol o tan fría como el hielo.
Se sentó frente a Isabella, sin apartar los ojos de ella. "Me dicen que eres una mujer de principios", dijo, su voz grave. "Y que tus principios, al igual que los míos, son inflexibles."
"Mis principios son simples, señor DiMaggio", respondió ella. "No soy una marioneta, ni una pieza de ajedrez. Soy una jugadora. Y tengo un trato para usted."
"He oído lo que has hecho", dijo Salvatore, su sonrisa se ensanchó. "He oído que has jugado con los Volpe como si fueran niños. Debo admitir que me has impresionado, señorita Moretti."
"Gracias. Ahora, hablemos de negocios. Usted quiere la información que tengo sobre las rutas del este, la red de contrabando de diamantes, los activos de los Volpe. ¿Verdad?"
Salvatore asintió. "Esa información es vital. Es la clave para ganar la guerra."
"La guerra está perdida antes de que comience", dijo Isabella, su voz en un susurro. "A menos que haga lo que yo le diga. La información que tengo es una bomba. Pero no se trata solo de información, se trata de una traición. El 'Jefe' de los Volpe no es quien usted cree que es. No es solo un líder. Es un traidor."
La expresión de Salvatore se endureció. "¿Qué quieres decir?"
"El 'Jefe' de los Volpe tiene un trato con un tercero, una familia que ni usted ni yo conocemos. Está utilizando a sus propios hombres para obtener información y activos de sus enemigos, para luego venderla a un tercero. Y, por lo tanto, no confía en nadie. Ni siquiera en los suyos. Él mismo está debilitando a su propia familia para su propio beneficio."
Salvatore se quedó en silencio, su mente procesando la información. La traición era algo que le dolía más que cualquier bala. Era la esencia de la anarquía en su mundo.
"¿Y qué te hace pensar que no me traicionarás a mí?", preguntó, su voz dura.
"Porque yo no estoy en el negocio de la traición, señor DiMaggio. Yo estoy en el negocio del poder. Y el poder se construye sobre la lealtad. Mi lealtad es a mí misma. Y si quiere que le demuestre esa lealtad, tendrá que hacerme una socia. Un puesto en su mesa. Una voz en las decisiones. Y cuando esté sentada a la mesa, le daré la información. No antes."
Salvatore la miró durante un largo momento. Era una jugada arriesgada. Pero la ambición era un motor más fuerte que el miedo. Él quería la victoria. Él quería ver a los Volpe caer.
"Tendrás lo que pides", dijo finalmente. "Pero si me traicionas... te arrepentirás de haber nacido."
"No me darás la oportunidad de traicionarte, señor DiMaggio", respondió ella, con una sonrisa enigmática. "Porque cuando yo me siente a tu mesa, seré un activo demasiado valioso para que lo pierdas."
Salvatore se levantó, le hizo una leve inclinación de cabeza y se retiró. Diez minutos después, Isabella recibió un mensaje en un teléfono desechable: "La mesa de los lobos te espera. Mañana a medianoche. No llegues tarde. Y trae la información."
Isabella sonrió. El juego de las sombras había terminado. Ahora, el juego de las luces estaba a punto de comenzar. Y ella, la Rosa, estaba a punto de convertirse en el Imperio.