Capítulo 2

El sol nacía sobre Tebas como un disco de fuego, reflejando su luz en los muros dorados del templo de Amón-Ra. Las palmeras se mecían suavemente, y el perfume de loto fresco flotaba en el aire, mezclado con el incienso que ardía en los altares. Los sacerdotes caminaban en fila, descalzos sobre el mármol cálido, entonando cantos antiguos que se perdían en las columnas altas como palmeras talladas.

Desde lo alto del balcón del palacio, el faraón Asim contemplaba el Nilo. Vestía una túnica blanca de lino, con un faldellín ceñido por un cinturón de oro. En su pecho, un ancho collar de esmeraldas y cornalinas brillaba con la luz del amanecer. Su cabeza estaba descubierta, el cabello trenzado a la manera tradicional, recogido con una banda de cuero. Tenía veinticinco años, pero sus ojos eran más viejos. Como si llevaran los milenios de Egipto grabados en su pupila.

-¿Los mensajeros han regresado? -preguntó sin girarse.

-Sí, hijo mío -respondió Nefertiti, la reina madre, que se acercaba envuelta en una túnica de gasa azul celeste, coronada por una diadema de lapislázuli y una cobra dorada-. Haamon trae consigo la promesa romana... y a la muchacha.

Asim no respondió de inmediato. Su rostro era una máscara impenetrable. Pero sus manos, fuertes, crispaban el borde de piedra del balcón con cierta tensión.

-Una romana en la Gran Casa de Egipto... -murmuró-. ¿Puede haber mayor contradicción?

-O una oportunidad -replicó Nefertiti con suavidad-. Si Roma busca la paz, y tú la aceptas, el pueblo verá en ti no solo a un dios, sino a un rey sabio. Y si mienten... entonces la habremos tenido cerca para vigilarla.

El silencio entre madre e hijo se extendió un instante, solo roto por el rumor del río y los cantos lejanos de los barqueros. Luego, Asim volvió la cabeza y clavó sus ojos oscuros en los de su madre.

-¿Y tú, madre? ¿Confías en una extranjera para ocupar el trono de Egipto?

Nefertiti se acercó más, con la gracia que aún conservaba desde su juventud. Acarició levemente la mejilla de su hijo, gesto poco común en público, pero permitido en la intimidad de los muros palaciegos.

-Confío en ti. En tu juicio. Y en que los dioses no han permitido esta unión sin razón.

Asim cerró los ojos por un momento. Había aprendido a reinar desde que era apenas un niño, cuando su padre, el gran faraón Mekhura, fue envenenado por manos que nunca lograron ser descubiertas. Desde entonces, su vida había sido disciplina, sabiduría, sospechas y silencio. Aprendió de los sacerdotes, de los generales, de los escribas. Pero también aprendió que el poder, sin vigilancia, se pudre.

-¿Y si ella no acepta nuestra cultura? -preguntó finalmente.

-Entonces será tarea tuya enseñársela -dijo Nefertiti-. Pero recuerda: ni los lotos florecen por la fuerza, ni el Nilo se deja domar por la voluntad de un solo hombre.

Las palabras de la reina madre quedaron flotando en el aire cuando un sirviente apareció en el umbral.

-Haamon ha llegado -anunció-. Y con él, la futura Gran Esposa Real.

Asim respiró hondo. El destino no siempre llegaba con tambores y coronas. A veces lo hacía en forma de una extranjera con ojos oscuros y linaje noble.

-Hacedla pasar.

Mientras descendía los escalones del salón principal, flanqueado por columnas de loto, el joven faraón sintió un leve cosquilleo en la nuca. No de miedo, sino de anticipación. Aquel día no sellaba solo un tratado. Daba inicio a un juego más grande. Más antiguo que ambos imperios juntos.

Y el Nilo, siempre sabio, parecía susurrar en su cauce: todo lo que florece bajo el sol, primero debe sembrarse en la oscuridad.

Capítulo 3

El salón del trono resplandecía con el brillo del mediodía. Los pilares, altos como palmas, estaban decorados con inscripciones doradas que narraban victorias pasadas. Estatuas de Horus, Isis y Osiris vigilaban el recinto con ojos de piedra inmortal. El aire olía a resina de cedro y a flores frescas, traídas especialmente desde los jardines del templo de Karnak.

Asim se sentó en su trono, una estructura imponente de ébano incrustado con marfil, al pie de una escalinata corta. Vestía un pectoral de oro que brillaba sobre su pecho bronceado, y en su frente relucía la diadema con la cobra sagrada, símbolo de su linaje divino.

Las puertas del salón se abrieron con solemnidad, y el sonido de los sistros marcó la entrada de la comitiva romana.

Valeria caminó entre las columnas como una flor extranjera en suelo sagrado. Su vestido era blanco como la leche, ceñido en la cintura con una cinta de oro trenzado. Sus cabellos, oscuros y cuidadosamente dispuestos en trenzas recogidas, caían como hilos de obsidiana sobre sus hombros. Sus ojos brillaban con el mismo misterio que el Nilo en la noche. No llevaba joyas excesivas, solo un brazalete de su madre y un anillo con el sello de su casa.

Al llegar al pie del trono, hizo una reverencia. Delicada, medida. Cuando levantó la vista, sus labios formaron una pequeña sonrisa, ensayada mil veces frente al espejo.

-Gran Faraón, protector del Nilo y amado de los dioses... -dijo con dulzura- es un honor estar ante tu presencia. Soy Valeria, hija de Roma, enviada para ser tu esposa, si los dioses así lo desean... y tú lo permites.

Su voz era suave, casi melodiosa. Y en sus ojos, brillaba una inocencia casi teatral.

Asim entrecerró los ojos.

La belleza de la joven era indiscutible. Pero había algo en su tono, en la forma en que había recitado aquellas palabras, que le resultó... irritante. Sonaban vacías. Como si fuera una actriz repitiendo un libreto. ¿Era esa la mujer que había cruzado mares para unir imperios? ¿Una doncella bien adornada, sin pensamiento propio?

-Bienvenida, Valeria de Roma -respondió con cortesía impecable-. El Nilo te recibe con los brazos del sol... aunque aún no sabe si te merece.

Un leve murmullo recorrió el salón. La frase, en apariencia elegante, tenía filo. Valeria lo notó. Lo esperaba. Y no se inmutó.

Por dentro, sin embargo, lo observaba con la misma atención con la que su padre estudiaba los mapas de campaña.

*Es más joven de lo que imaginaba,* pensó. *Pero también más hombre de lo que aparentan sus años. Está curtido por el sol. Tiene fuerza en la mirada. Y la espalda de un guerrero. No se ha criado entre almohadones.*

Había decidido mostrarse dócil, incluso un poco superficial, como táctica. Roma había enseñado a sus hijas nobles que en la guerra del poder, muchas veces el arma más efectiva era la subestimación. Que el enemigo baje la guardia... y entonces se observa mejor.

Asim, por su parte, mantenía el rostro sereno. Pero sentía que aquella mujer tenía más profundidad de la que dejaba ver. Algo en su postura, en el leve movimiento de su cabeza al observar los símbolos en las columnas... No, no era una muñeca dorada enviada como sacrificio. Era una jugadora.

-¿Conoces los dioses de esta tierra? -preguntó, inclinándose hacia ella.

-Solo lo que me han enseñado los libros -respondió con humildad calculada-. Pero deseo aprender. Y agradar a los dioses... y a ti, mi señor.

Asim se alzó levemente en su trono, dejando que la luz del mediodía iluminara su rostro.

-Los dioses no piden agrado, Valeria. Piden verdad. Y Egipto... también.

Valeria bajó la vista con una sonrisa tenue. Internamente, se anotó el primer punto.

*No será fácil,* pensó. *Pero los juegos interesantes nunca lo son.*

Ambos permanecieron así, por un momento, midiendo al otro sin tocarse, como dos piezas en un tablero que aún no había sido desplegado del todo.

Y afuera, en los jardines de loto, un halcón cruzó el cielo. Quizá un augurio. O una advertencia.

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La Reina de Egipto

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